Los estados no ordinarios de la conciencia, una frontera abierta al futuro.

Los estados no ordinarios de la conciencia, una frontera abierta al futuro.

Los estados no ordinarios de la conciencia (ENOC) nos acompañan desde los inicios de la historia de la  humanidad. Se trata de estados modificados donde nuestra percepción está más centrada y al mismo tiempo más ampliada, donde se intensifica la experiencia del darse cuenta.  Neuronalmente se da un incremento general de nuevos patrones de comunicación entre diferentes áreas del cerebro y se experimenta como norma general una disolución del sentido del yo y una sensación de que todo está conectado. Estos estados se pueden reproducir en situaciones comunes: el sueño, la meditación, el acto sexual, una experiencia impactante emocionalmente, etc.

La repercusión que estas experiencias han supuesto en el desarrollo cultural y espiritual de las diversas culturas en el planeta ha sido absolutamente relevante. La investigación moderna de la conciencia cuenta con un recorrido interesante y altamente positivo. Desde los años 40 el trabajo con diversas técnicas encendió debates sobre el significado de las experiencias transpersonales, los profundos contenidos inconscientes que albergamos, las vivencias espirituales y sus explicaciones químicas y filosóficas. Este fenómeno desborda los enfoques de la neurociencia y se adentra en los campos de la antropología, la filosofía y la misma ontología.

La Psicología transpersonal nace en los años sesenta en EE.UU. Abraham Maslow la denominó “La cuarta fuerza”, después del conductismo, el psicoanálisis freudiano y la psicología humanista. La Asociación transpersonal internacional (ITA) y otras iniciativas, se han ido haciendo eco de este movimiento histórico que viene sustentado por la filosofía humanista, y que se ha abierto a nuevos campos y técnicas, nuevos enfoques de autoexploración bajo el nombre de “psicoterapias experienciales”, tales como: la Gestalt, la respiración, la bioenergética, la hipnosis permisiva, la terapia primal, los enteógenos, etc. La novedad que incorpora es que ponen el foco en la cuestión de la experiencia interna o subjetiva, o lo que podríamos llamar: procesos autoreferenciales.

Estas experiencias transpersonales se mueven en diferentes registros como por ejemplo: el conocimiento intuitivo, la intensificación de la imaginación, la revisión biográfica, la percepción, las estructuras de sentido, el movimiento de la vida y la muerte, la regulación existencial, etc.  Lo más interesante es que estas experiencias se vienen desvelando desde hace años con un gran potencial autoregulador.

Albergamos en nuestro subconsciente y nuestras células un amplísimo caudal de información. Son mapas de la conciencia. Los estados no ordinarios de conciencia facilitan que aumente el nivel energético de la mente de forma que los procesos internos profundos se hagan disponibles. Abren las ventanas a esos mapas que nos hablan de nosotros y de la vida.

Como en cualquier proceso terapéutico, estos estados confrontan la polaridad clásica: los sistemas de defensa y el material inconsciente. Son un buen coadyuvante de la psicoterapia. También acercan la cognición y la emoción. Pero al incorporar un caudal de energetización y un fuerte movimiento de apertura del inconsciente, abren niveles experienciales que amplían esas funciones cognitivas y emocionales. Experiencias arquetípicas, contacto con fenómenos de renacimiento o muerte, y experiencias de despertar espiritual. Vivencias que la psiquiatría actual, en algunos casos, consideraría como psicóticas.

Cada vez existe un mayor consenso en que estas experiencias mejoran el bienestar. Se viene comprobando en fenómenos asociados al estrés, las fobias, la depresión o la alteración de conductas tales como las sociopatías. Tienen un alto reporte para las situaciones que V. Frankl llamó “noógenas” o de pérdida de sentido vital. Ayudan a desactivar las complejas neurosis de las que se dota la mente, optimiza las emociones al darles un mayor espacio y ordenan psicológicamente hacia una conexión más natural con el sentido de las cosas y de la propia vida. Es habitual que las personas que viven este tipo de experiencias, adquieran un mayor contacto con la naturaleza, el autocuidado y aumenten sus actitudes cooperativas. Por último, también son una plataforma de acceso a estados creativos estimulantes, lo que llamamos pensamiento divergente. Estos estados crean las condiciones donde se potencia la cognición. Dos premios Nobel, Francis Crick y Kary Mullis, reconocieron el aporte de los estados alterados de conciencia para su investigación sobre el ADN y la cadena de polimerasa respectivamente.

Las experiencias tienen otro gran potencial: reproducen espontáneamente aprendizajes integradores. Empujan una inteligencia que va más allá de la mente ordinaria y conducen a estados de armonización interna. Pero ¿qué es lo que vive la persona que accede a estos estados? Las vivencias internas son muy versátiles. Un estado ampliado de conciencia puede permitirte visualizar aspectos estéticos o visitar tu infierno, los pozos de emoción contenidos desde la más tierna infancia; pueden liberar el animal que espera su momento para expresar la fuerza de una resistencia o desvelar una necesidad sin atender; puede abrir el corazón para ampliar tu comunicación interpersonal y despertar tu mundo emocional ampliado; y pueden descubrirte estados espirituales donde se reproducen conexiones especiales con la vida y el valor de la existencia.

Viajar en un estado ampliado te acerca, en definitiva, a un lugar donde hay una mayor densidad de experiencia humana. Las experiencias no las tenemos, más bien podríamos decir que la experiencia es la que nos tiene, nos sostiene. Solo hay que darle el espacio y mitigar la obsesión de la  mente por racionalizarlo todo y tener el control. Es la memoria de esta experiencia la que regula, en las horas y días posteriores, la experiencia interna y la va conduciendo a lugares de mayor claridad e integración.

Las nuevas formas de terapia transpersonal trabajan con este vector de sentido interno. Hay un gran misterio en relación a nuestro propio ser. Se siguen investigando las conexiones entre la función de la oxitocina y la auto compasión, entre la Ayahuasca y la función de la molécula DMT, entre el cerebro y la conciencia. Esta sigue siendo una gran frontera abierta en este siglo XXI.

A continuación transcribimos dos experiencias reales de dos personas en estado ampliado de conciencia.

Alicia.

Alicia entró en la tristeza, un sentimiento profundo que le hacía llorar como si no hubiera fin. El viaje le llevó a la infancia y visualizó una escena cotidiana en su casa. Conectó inmediatamente con la desatención vivida de niña. Veía a sus padres y a su abuela, estoicos, rígidos y sin emociones. Ella se sentía no vista, muy pequeña. Se sentaba de espaldas a ellos y estaba sumida en una profunda soledad, y no sabía qué hacer. Se  inventaba un “mundo de colores”, la fantasía que daba espacio a su necesidad emocional, pero nadie la acompañaba. Veía un “pozo negro”, el pozo de su tristeza y eligió transitarlo, despacio, entrando “un poquito cada día para ir integrándolo”. Desahogó durante casi tres horas su tristeza, la que tenía contenida en un ciclo de la experiencia sin completar. “¿Por qué son así?”, se preguntaba mientras los miraba. Emergían en ella preguntas cuyas respuestas se volvía innecesarias, lo importante era vivir este viaje, ir más allá.

Alicia, una niña sensible, sentía una honda carencia en la atención de sus necesidades por parte de sus padres. Se levantó del sofá para salir al balcón. Quiere deshacerse de esta tristeza. “No la quiero” grita asomándose a la calle. Durante todo este tiempo tiene una molestia, como un tapón en la garganta que reconoce ya de otras sesiones terapéuticas y que desea que se vaya.

La experiencia le permite extraer toda la emoción contenida, y abordar una respuesta creativa. En un momento dado entiende que debe salir de ahí y que tiene que dar un paso. Por eso se levanta y se ayuda de su cuerpo, literalmente da un paso, y comienza a expresarse desde su novedad. “Aquí estoy, soy yo”, dice con el rostro cambiado. Se mueve por el espacio y comienza una exploración. Mueve sus piernas que las siente pesadas y toma la fuerza para dirigir su función creativa. “La niña no obtuvo lo que necesitaba, pero ahora está la adulta para atenderla y acompañar esta tristeza” le dice el acompañante counselor.

Ella toma la propuesta. La observa, mira a su niña y comienza un movimiento con ella. La coge de la mano, la saca al balcón para que vea el mundo. Ella se sienta en el interior de la sala y la observa cariñosamente. Su rostro se vuelve amoroso. Es capaz de ver a su niña en un nuevo registro, atendida, acompañada por su propia mirada. La recoge de la mano al cabo de unos minutos y se tumba con ella en el sofá. La abraza y la sostiene en un movimiento lleno de afecto.

Dialoga después, internamente con los diferentes actores de su vida. Abraza a su padre y a su abuela integrando la culpabilidad que había proyectado hacia ellos. Con su madre se atreve a mirarla atravesando una cierta rabia. Reconoce el daño que le ha provocado su desatención, visualizando su sombra, su falta de generosidad emocional. Y habla también con todas las personas por las que se ha sentido acompañada en su vida: amigas, personas cercanas, dándose cuenta del apoyo que han supuesto. Mira por la ventana y expresa: “qué bonito es el mundo”, ve los colores fuera, ya no tiene que inventar su propio decorado de protección. Nombra cómo se siente con energía renovada: “soy fuerte”. Reconoce su necesidad y al tiempo su capacidad para comunicar amor con las personas que le rodean. Se da cuenta de la importancia que tiene esto, la expresión y la abundancia del amor en su vida.

El viaje va ahora más lejos. Entra más profundamente en su estado de conciencia para conectar con una escucha interior que le hace advertir la importancia de confiar, de tener paciencia. Pero sigue queriendo deshacerse de su molestia en la garganta. Al mismo tiempo algo le dice que es su mente la que crea ese síntoma. El counselor simula ayudarle a extraer la molestia pero no se va. Entonces le verbaliza “no tienen que venir a quitártela, tienes que soltarla. El síntoma delata todo lo que has tragado y al mismo tiempo tu ansiedad por seguir siendo atendida. Solo tú puedes soltar todo esto”.

La experiencia desvela aspectos de su carácter. Una inclinación a esperar siempre la respuesta externa, la ayuda que viene de fuera para sacarle, evitando su responsabilidad, de la situación de debilidad que vive. Al mismo tiempo revela su apremio, su impaciencia para permitir que los procesos internos fluyan durante el tiempo que sean necesario.

Gabrielle

Gabrielle conectó en apenas 20’ con su estado de conciencia extendida. Y emergió la risa. Una risa espontánea y sin objeto. Reía sin parar. No se reía de nada pero todo era gracioso. La forma que adquiría su emoción delataba falta de conexión interna. Rio durante horas pero no se permitía sentir o ver nada más allá de la propia risa. Parecía como que el absurdo acompañara la experiencia nombrando polaridades que no tenían ningún sentido para ella, pero que le provocaban la hilaridad. Al mismo tiempo, su energía corporal se abandonaba. Perdía la tonicidad y la coordinación, y daba la sensación de que el cuerpo era un objeto con inercia propia que, al igual que la risa, se desconectaban de todo para quedar en un espacio volátil, sin sentido.

Emergían las necesidades más primarias: las ganas ir al servicio, las molestias de la ropa, el frio, el hambre. Su contacto se dirigía a las partes más básicas. El viaje le llevaba a atender lo más esencial, a escuchar su cuerpo en su ciclo instintivo. “Quiero comer”, dijo en un momento dado. El acompañante le trae la comida y ella actúa como si su voluntad de comer estuviera interrumpida. Le falta la conexión entre su cuerpo y su movimiento de satisfacción. En toda esta secuencia, queda patente una doble funcionalidad. Por un lado la risa actúa como una potente máscara que se desvela en este viaje de la conciencia. Es el personaje del que Gabrielle se sirve en su vida cotidiana para ocultar otras necesidades importantes pero inconscientes. Por otro lado, la risa en este punto ejerce una función de desvelamiento y por lo tanto de desahogo en el carácter. Al manifestarse en su forma neurótica, la libera para que deje de ser una función “rehén” y pueda manifestarse, a partir de ahora, de manera natural.

Durante el proceso se da en Gabrielle un contacto con su capacidad creadora. Imagina universos estéticos y se da cuenta de cómo puede intervenir con su intención creativa. Dando forma al papel, al metal, la madera, etc. Le fascina el mundo de las formas. Le rodean y están ahí a su disposición. Esto le produce satisfacción y le permite conectar en cierto modo con un movimiento emocional.

En un momento dado elije descansar. Se retira brevemente y entra en contacto con una nueva fase de este viaje de la conciencia. Entra en el vacío. Mira para atrás y contempla todo el movimiento de las horas anteriores como algo que no quiere. No quiere ser eso. Se torna la observadora de su evitación. “¿Qué evitas?” le pregunta el counselor. “Este vacío. No me permitía vivirlo”. Se encuentra desorientada, no sabe qué hacer con ello. Ahora se da cuenta de su retirada: durante un tiempo necesitó alejarse de sus amistades, salir de sus círculos y crear relaciones nuevas. Era parte del proceso de transformación que venía intuyendo. Sentía que necesitaba un cambio, ser otra mujer más auténtica, pero no podía dejar de ejercer su personaje. Hasta ahora había sido la mujer fuerte, a la que nunca le pasa nada. Era dependiente de su propio rol de mujer sustentadora, que siempre resuelve para los demás. Pero estaba desatendiendo una parte interna.

Gabrielle se da cuenta de que necesita reconstruirse desde sus necesidades más auténticas. Que puede presentarse delante de otras personas con su vulnerabilidad, con su “no saber”, y que no pasa nada. Que el vacío es el punto de inicio desde el cual puede comenzar a atenderse, a reconocer las necesidades internas que mueven su vida, a darse lo que necesita desde lo más primario, comenzando por explorar el ciclo del sentir – querer – actuar. Que no tiene que seguir necesariamente una carrera y un trabajo de letras cuando su entusiasmo se despierta a través de su función estética o de sus relaciones personales.

Descansa tras el viaje. Habla de que es una persona nueva, en una nueva etapa. Que deja atrás a la que fue y que quiere abandonar ese viejo rol. Está más en contacto con un estado auténtico. Su rostro se relaja y toma la responsabilidad de dejarse sentir, con lo que eso conlleve.

 

Despertar de la chamana interior.

Despertar de la chamana interior.

Todo lo que existe en el universo esta entrelazado por un fuerte vínculo de cohesión y está empujado por una inspiración que moviliza energías profundas. Las diversas tradiciones espirituales han nombrado esto de diferentes formas: pneuma, espíritu, ruah, ser, vida, etc. Es el flujo de las cosas, la fuerza que lo impregna todo.

En buena medida estar en la vida es incorporarse a eso que vincula todas las fuerzas existentes y alinearse con la inspiración que las alimenta. Entrar ahí, abandonarse a lo que la vida es, nos conduce a un conocimiento directo que no necesita usar palabras. Es una suerte de intuición que otorga claridad a la mente. Un conocimiento lúcido que no necesita de la maquinaria mental y que podemos ir desplegando a lo largo de toda la vida. De hecho, todo lo que nos sucede, viene como invitación a acrecentar esta conciencia.

Existe un poder incalculable al alcance de nuestra mano si optamos por ampliar la percepción y dar mayor espacio al inconsciente. La percepción humana ha cambiado a través de los siglos. Las culturas chamánicas en las que los seres humanos nos hemos desarrollado durante millones de años, reconocían en la percepción la auténtica vía para desentrañar la naturaleza de las experiencias que vivían. Su paradigma de conocimiento era el de la revelación. La realidad es una “epifanía”. Estaban en contacto con lo fascinante y lo tremendo. La admiración y el estremecimiento eran formas de acercamiento profundo a la realidad, emociones cargadas de sentido. En este movimiento se insertaba el inconsciente que aportaba su propio caudal de información. El primer homo que despertó a la conciencia, abrió el camino a lo abstracto. La propia naturaleza inauguraba de este modo una forma más expansiva de mirarse a sí misma. Esa inspiración o espíritu que moviliza todo lo que existe, esta forma de comprensión, sólo se puede experimentar.

Organizar esta energía y alinearse con ella, es la fuerza de tu chamán o chamana interior. Todos lo tenemos dentro, aunque hoy por hoy, degradado.

Es innegable que el proceso evolutivo se ha polarizado en un paradigma científico que nos aleja de esta conexión con la naturaleza de las cosas y de la vida. La muestra está en que las grandes religiones de libro, que han programado las culturas dominantes, han dado al traste con el planeta, quebrando el ecosistema. En nombre de Dios, se ha justificado la dominación y la explotación de los recursos naturales. El gran desastre colectivo que vivimos actualmente es haber perdido esta conexión y pretender tratar de transformar la inmensidad que nos rodea en algo estrictamente razonable. Para nosotros lo precipitado de nuestra existencia, nuestros inflexibles intereses, preocupaciones, esperanzas, frustraciones y miedos tienen prioridad. En el plano de nuestros asuntos prácticos, no tenemos ni la más remota idea de que estábamos unidos con todo lo demás.*

El ser humano se ha obsesionado con su capacidad de control y de transformación, olvidando los recursos innatos y su lugar específico en el complejo proceso evolutivo de la conciencia. Nos hemos convertido en criaturas de inventario: conoce los pormenores de cualquier realidad y eso le hace considerarse erudito o experto. El concepto de si, le ha llevado al ser humano a un modelo egocéntrico y homicida, además de ecocida. Ha quedado así atrapado completamente por su propia imagen, en su importancia personal, disfrazando de este modo el miedo.

La racionalidad y lo que muchas veces denominamos como sentido común, son en parte una construcción que nos aísla de nuestro lado más antiguo, lo que está depositado en el inconsciente, donde las emociones reproducían una función primordial, donde lo que se sabe no se puede expresar con argumentos. Hemos renunciado al conocimiento de lo abstracto a cambio del mundo de la razón.

Despertar al chamán interior es oponerse a este proceso de individuación racionalista y conectar con nuestra forma simbiótica e intuitiva. ¿Cómo hacerlo? Saliendo del programa de la vida cotidiana que nos adormece. Lanzándonos a conductas desacostumbradas. Es lo que Castaneda llama mover el “punto de encaje”. Intentar un “desatino controlado” qué nos permita acercarnos a ese conocimiento intuitivo conectado con el espíritu. Se trata de un salto mortal que va del conocimiento a lo incognoscible.

El chamán interior nos inicia en la maestría de estar conscientes del ser. Nos conduce hacia una sabiduría que no puede ser analizada, solo puede ser experimentada. Sabe que el único modo de entender con claridad es no pensar en absoluto. Y así se inicia el viaje de apertura al espíritu.

El viaje del chamán pasa por detener el mundo para introducir un elemento disonante en la trama de la conducta cotidiana. Un elemento disonante, por ejemplo es: no hacer. O hacer algo diferente. La hipnosis, la danza, la ensoñación, la canalización de la energía sexual, los estados alterados de conciencia, nos permiten abrir la puerta de esa conexión con el espíritu. Este se encuentra a disposición de cualquiera. Son puertas que nos llevan a nuevos estadios de nuestro potencial perceptivo.        

La percepción existe en un plano muy abundante, más allá de la conceptualización. Y esa percepción puede moverse. Es la libertad que existe más allá de nuestras necesidades concretas. Modificar y ampliar la percepción nos abre a todo lo que es humanamente posible, fuera del plano bidimensional de escasa profundidad en el que nos manejamos cotidianamente. Cuando nos abrimos a ella, entendemos la importancia de renunciar a la importancia personal, de cortar luego las cadenas que nos atan a nuestro reflejo, y de descolocarnos.

Cada vez más personas intuyen todas las posibilidades ocultas que existen dentro de nosotros. El chamán interior nos despierta nuevas ideas para relacionarnos con ellas y con lo desconocido. Nos empuja a una suerte de abandono y al mismo tiempo impulsa nuestra audacia. Rompe la línea de continuidad en la que nos sujetamos y nos conduce a experimentar la muerte simbólica de nuestra importancia personal.

¿Cómo encontrarte con él? Experiméntalo en cualquiera de los talleres de Counseling Experiencial. A continuación un breve relato, un síntesis real de uno de los viajes en proceso hipnótico vivido por una persona con el nombre simulado.

El encuentro a través de la hipnosis con el chamán interior:

Antonio viaja internamente a una época antigua, como del siglo XVII. Es Joven. Se ve caminando por una gran ciudad, perdido. Recuerda que se ha ido de casa porque estaba muy mal. Siempre había discusiones y decidió escapar. Va ahora en busca de trabajo. Entra en una tienda de comestibles en la que hay mucha gente. Él es aún bajo de estatura y no sabe cómo acercarse a los tenderos para pedirles que le den una oportunidad. La gente se agolpa en el mostrador y el vive la escena con angustia. Al final acaba empujado hacia fuera, saliendo despedido por la puerta. Salió uno de los tenderos y le preguntó: oye chaval, ¿qué sabes hacer? Él respondió entre confuso e ilusionado: sonreír.  Su viaje continúa más adelante y ahora Antonio se visualiza en un campo, seco, entre montañas. Hay un perro con él. Lleva una chaqueta cruzada, botas altas y mangas anchas. Camina hacia una casa. Al entrar, lo primero que reconoce es la chimenea y sentado junto a ella, un hombre anciano. Este hombre cuenta historias, habla de libros y narraciones interminables. Él se sienta a su lado y, con admiración y regocijo, le escucha durante largas horas. No habla, sólo sonríe. 

Hacia el final de esa vida, se encuentra a sí mismo en la cama. Junto a él, su hija y sus nietos jugando alrededor. Su hija le coge de la mano. Él la mira a la cara. Llora profundamente.

  • ¿Por qué lloras? Le pregunto.
  • Porque la quiero mucho, dice Antonio.

Poco a poco abandona la escena. Va despertando y contacto con su cuerpo y su respiración. Se le ve claramente emocionado. Han emergido dentro de sí sensaciones que le han puesto en contacto con sustratos profundos de su biografía.

  • Y ¿Qué has aprendido de esta experiencia? Le pregunto al finalizar la regresión.
  • He aprendido a reconocer el amor. Ahora estoy en contacto con la necesidad de vivir la entrega hasta donde pueda y con la valentía de salir a tomar la vida, al mismo tiempo que sostengo el miedo. Veo la importancia que tiene para mi escuchar la sabiduría que me viene de otros. Y me doy cuenta del valor de equivocarme. Necesito sostener mis errores como parte de mi aprendizaje.

 

*C. Castaneda. El conocimiento silencioso. Madrid 2016.

La Inteligencia intuitiva y el despertar de la conciencia.

La Inteligencia intuitiva y el despertar de la conciencia.

Nuestro pensamiento está acostumbrado a funcionar con un modelo convergente, esto es, lo hemos entrenado para encontrar soluciones y respuestas pragmáticas. Es una forma de pensamiento que se ha acostumbrado a manejar polaridades, a extraer juicios y que gusta de practicar el “acercadeismo”, construir opiniones alejadas de la experiencia. La mente busca como prioridad minimizar la incertidumbre, pero: ¿qué pasa si nos permitimos dar espacio a la incertidumbre? ¿Qué sucede si incorporamos el vacío, cómo si del cero matemático se tratara, a la ecuación de la vida? ¿Y si damos cabida a variables ilógicas desde el punto de vista del pensamiento convergente? Sucede que una información que ya conoces y a la que estás acostumbrado, de repente te sorprende.

Todos podemos dotarnos de ciertas estrategias internas que dan un mayor espacio a los procesos intuitivos, no dominados por los pensamientos convergentes. El pensamiento divergente es aquel que estimula la creación de asociaciones nuevas. Esta forma de vincular ideas, abrirse a nuevos paradigmas, despierta nuestras zonas creativas y nuestras áreas más espirituales, incorporando nuestro sentir a un campo más amplio, reconociendo que nuestras emociones forman parte de un ecosistema amplio y complejo, lejos de las lógicas binarias. El pensamiento divergente se permite validar momentáneamente un escenario irreal, una conversación ilógica, un juego sin finalidad aparente, una visualización creadora, y toma en consideración lo que sucede en esas situaciones. Recoge la información sutil que emite el cuerpo, la emoción, la intuición, para incorporarla a una base de datos multifacética en la que convergen nuevos inputs, donde cambia el punto de vista de lo observado.

Lo que se observa son: los elementos autobiográficos, la memoria, las emociones, etc., sin estar constreñidos por las estructuras mentales de interpretación de la realidad y por los condicionamientos previos. Esto nos permitirá dejar de estar fusionados con los propios pensamientos. El pensamiento es “algo que pasa”, más que “algo que te pasa”. Somos el pensador, no el pensamiento.  Es un proceso de “decentering” que alivia los mecanismos de auto enjuiciamiento en los que la mente entre en muchas ocasiones, ofuscando las posibilidades creativas.

Dar cabida al pensamiento divergente posibilita cambios internos y despierta la intuición. Existen una serie de zonas en el cerebro de los mamíferos, especialmente en el hipocampo, en las que se generan nuevas células, neuronas y astrocitos, durante la vida adulta. Células pluripotenciales disponibles, sin programación, que renuevan las posibilidades del cerebro, permitiendo su plasticidad. La intuición es una de esas posibilidades y necesita vías creativas para habilitarse, formas divergentes mediante las cuales recoger la información diversa que  nos ofrece la experiencia a través del cuerpo, las emociones y la comunicación con el entorno. Esas vías son múltiples: recrear los escenarios de nuestra vida o de nuestros sueños para actualizar su sentido; practicar formas de escucha diversa; interactuar con la percepción del cuerpo; ponerle voz a nuestros síntomas o a nuestros miedos; experimentar con nuestra fantasía una progresión en el tiempo; movilizar a través de la bioenergética nuestra memorias más profundas; ponerse en el lugar de otra persona y expresarse; representar en forma de animal tu emoción más presente, etc.

La intuición tiene una sabiduría ancestral. Proviene de un registro milenario que ha recogido los códigos de comportamiento biológico y las formas de satisfacción de las necesidades. Despertarla conlleva perder el miedo al inconsciente humano. Se habilita cuando permites que las emociones, auténticas reveladoras de esa naturaleza profunda, pasen mientras permaneces abierto, confiando y soltando.

La apertura de la conciencia pasa por practicar este “darse cuenta”, por desplegar todas las potencialidades de esa percepción interna, por dar cabida a la incertidumbre, al vacío, a nuestros personajes ocultos y, al mismo tiempo, por acercarnos al sentido de nuestro viaje existencial.  Nosotros no tenemos experiencias, sino que la experiencia nos tiene a cada uno de nosotros. Descúbrela a través de este intensivo.

Laboratorios humanos de experimentación

Laboratorios humanos de experimentación

Cuando me doy permiso en la apertura y la exploración y coincido con otras personas en este mismo lugar, me encuentro un espacio y un tiempo donde puedo ser yo misma, o al menos intentarlo a pesar de mis resistencias. Esto actualiza la alegría de ser y le da poder a lo que soy, a pesar de lo que creo que debo ser y me impongo como mi cárcel personal en forma de identidad.

Hoy abro la puerta de mi cárcel y me sumo a este círculo donde invocamos juntos el autoconocimiento, sin condicionamientos sobre lo que pienso que es bueno o es malo –basados en mi historia personal. Me abro a experimentar en un sitio donde puedo tocar mi vulnerabilidad y atravesarla. Hemos llegado a este acuerdo de estar presentes y en contacto individual. Ya conocemos el enredo donde entramos cuando tengo expectativas en mis relaciones, cuando no cumplo las expectativas del otro y el otro no cumple las mías, cuando yo misma no cumplo mis propias expectativas para mi vida. Cuando aparece el reproche, la culpa, el juicio de lo que es bueno, lo que es malo, lo que es mejor, lo que es peor, la exigencia, y el juego de tortura contra mí misma o contra el otro. ¿Quiero abandonar el sufrimiento, con sus miles de caras?

Hoy me doy permiso para ser quien soy y descubrirme, sin entrar en manipulación con la excusa de que todo en mí está mal y debo cambiar para ser mejor… me relaciono conmigo desde la inocencia de no saber quién soy y estar aquí para descubrirlo. Y aterrizo a través de los encajes del plan de la vida en un laboratorio humano de experimentación donde cada cual toma la responsabilidad de lo que siente, de lo que quiere y de lo que hace con todo eso. Me expreso en primera persona para mostrar quién soy desde la receptividad de escuchar mi propia voz. Mi garganta –cuando la libero de filtros en su expresión –manifiesta con el sonido mi ser genuino y me anima a seguir este sonido para completarme. Yo soy mi propio viaje.

La exploración de la mente profunda a través de la terapia regresiva permite acceder, de manera muy inmediata, a sustratos internos donde nos encontramos con nuestras necesidades pendientes: la soledad, el juicio, el abandono, la pérdida. En contacto con ellas y en ese estado de conciencia modificada, se reproduce un espacio terapéutico privilegiado. Nuestra memoria celular y nuestro inconsciente albergan todos los códigos biográficos, todo el mapa de nuestro viaje existencial. Al mismo tiempo, contienen las posibilidades internas para actualizar esa necesidad y dotarnos del ajuste interno necesario. La hipnosis regresiva permisiva es un trabajo de auto regulación sutil que nos despierta al viaje de la vida y a su sentido personal.

Cada persona viene a la vida con su personal y específico impulso creador. Existe un movimiento interno que permite nuestra expresión propia, al cien por cien, cada cual en su forma. Se distingue claramente porque conecta con la vida, como si se amplificara el contacto con la experiencia misma de vivir, de sentir las cosas. Cuando ese movimiento se interrumpe, genera insatistacción.

La garganta es nuestro centro creador. Contiene el sonido, la vibración y la autoexpresión. Simboliza el dominio de la consciencia que crea, transmite y recibe las comunicaciones, tanto con nuestra sabiduría interna como con los demás. Activar ese centro es ponernos en contacto con nuestra capacidad creadora. Y si esto se realiza dentro de la tribu, adquiere un carácter muy movilizador.

La tribu posibilita que se produzca la alquimia donde todo puede suceder, todo es posible expresarlo, porque nada nos es indiferente. Se abren nuestras posibilidades de ser, lo tuyo también es en cierto modo mío, me sucede. Esto me descubre y me despierta. En la tribu la energía se amplía, lo dionisiaco rompe con nuestras estructuras mentales rígidas y nos da permiso para sentir con el cuerpo como perfecto aliado.

 

HABILITAR LA INTUICIÓN DESPERTANDO NUESTRO RECURSOS INTERNOS.

HABILITAR LA INTUICIÓN DESPERTANDO NUESTRO RECURSOS INTERNOS.

Inteligir consiste en tener una idea clara acerca de alguien o de algo. Esa idea clara es un acto muy sencillo, un darse cuenta que tiene la cualidad de simplificar, de ordenar, de abrir el conocimiento a un momento integrador de la experiencia. Se trata de algo que la mayoría hemos vivido alguna vez. Nos permite ver el problema con más perspectiva, nos reporta cierta paz y nos hace sentir más comprensivos con las partes que estaban en conflicto.

Cuando esta inteligencia decimos que es intuitiva, es porque está en sintonía con todos los procesos internos, con todas las potencialidades que dotan al conocimiento de claridad. Esas potencialidades emanan del movimiento emocional interno, de escuchar la sabiduría del cuerpo, permitir que emerjan nuestras memorias instintivas y dar espacio a la conciencia extensa.

La inteligencia intuitiva emerge por tanto, como resultado de un proceso de revalidación de todas las cualidades específicas que como seres humanos almacenamos, de nuestras formas de inteligencia que se han desarrollado a lo largo de millones de años y que nos conectan de nuevo con el fenómeno en el que estamos insertos: la vida, en toda su expresión y anchura. No hay vida intuitiva, no hay verdadero inteligir si no es en contacto con nuestras memorias, nuestro cuerpo expresivo, nuestra emoción desplegándose en plenitud. La conciencia extensa, además, nos actualiza el hecho de que somos una partícula en un contexto universal extraordinario, y que en ese contexto tenemos un viaje cargado de sentido y de posibilidades.

De ahí vuelve a surgir la intuición como un proceso interno que nos forma y que posteriormente nos informa, es una conquista que nos conduce a una vida más plena.