FUISTE SALVAJE UNA VEZ, NO TE DEJES DOMESTICAR

FUISTE SALVAJE UNA VEZ, NO TE DEJES DOMESTICAR

Muchas veces digo eso de “necesito fluir”. Me doy cuenta de que con esto quiero asegurarme de que lo que hago, el tiempo del que dispongo y mi energía, estén auténticamente en sintonía con lo que deseo. Cuando es así siento que experimento más felicidad. Entonces la vida se vuelve mi aliada. Por lo tanto, ¿como definiría qué es esto de fluir? Para mi es otorgar la máxima calidad a la experiencia. Asegurarme de que lo que vivo, lo hago en un lugar de conciencia clara y en conexión con mi escucha y mi deseo auténtico.

Fluir es como estar en buena sintonía con el ahora y con el placer. Estar en absoluto presente, sin interrupciones, sin mucha mente, pero consciente y plenamente perceptivo hacia lo que estoy experimentando. Mihaly Csikszentmihalyi, intentó definir esta experiencia concretando una psicología de la felicidad.

No me preocupo por lo que quiero llegar a hacer o a ser, sino que pongo el foco en la experiencia, en “estar siendo”. Lo que acontece ahora, se vuelve interesante e intenso. Empiezo a fluir.

Si la energía de mi psique es óptima, no está excesivamente entregada a las tareas o la distracción, si no es arrastrada por la ilusión, entonces me otorga un orden en la conciencia. Aquí es donde descubro que experimento una escucha física y emocional de la experiencia, de lo que acontece aquí y ahora.

Un efecto habitual del comportamiento fijado en el carácter es la distracción, la reacción y la pérdida de contacto con el cuerpo. La energía queda así secuestrada por la personalidad. Olvidamos la auténtica intención que funda nuestro deseo. Nuestra forma de ser adquiere rigideces que se traducen fisiológicamente en corazas o armaduras. Son las tensiones, los bloqueos posturales, los automatismos del cuerpo, la falta de salud, de flexibilidad, etc., que inhiben la vida del cuerpo. Es una energía que no ha logrado descargarse por la contención del ego que sigue patrones de supervivencia desde el miedo y la escasez. Aquí subyace parte de nuestra incapacidad para fluir.  

Existen varias vías para la mejora en la calidad de nuestra experiencia, vías que ordenan nuestra energía psíquica y corporal haciéndola más óptima. La vía de la atención, la vía de la sanación emocional y la vía de la sensación. Sentir en un orden más perceptivo y saludable. Enfocarnos en niveles de conciencia más claros e involucrar al cuerpo y su sabiduría.

EL TRABAJO CON EL CUERPO: salir de lo domesticado.

En el cuerpo convergen la vida y el espíritu, dos voluntades no domesticables. El cuerpo, cuando le damos permiso para movilizar la energía y las memorias contenidas, reproduce por sí mismo estados de liberación que disuelven las funciones del carácter, procurándonos cambios internos y recuperando la función de la espontaneidad asociada al placer. La salud emocional y el desbloqueo físico van parejos y conducen a una mayor disponibilidad de la energía psíquica y espiritual.

La contracción muscular, el dolor, la pérdida de flexibilidad, la falta de sensibilidad en áreas del cuerpo, son síntomas de la rigidez emocional. En la fisonomía se manifiestan las carencias que desde la infancia arrastramos por la desatención a las necesidades y los deseos específicos. El ego, que se aleja de la sensibilidad emocional, nos aleja a su vez del propio cuerpo, separándonos de la creatividad y del gozo.

Al alejarnos del contacto real con la sensibilidad, nos resistimos a que la vida fluya espontáneamente a través de nosotros. El cuerpo busca naturalmente el placer en sintonía con la energía sexual. Reencontrarnos con la sensibilidad es mágico: se traspasa la rigidez y accede al placer de la liberación organísmica. Este es el objetivo del trabajo con el movimiento expresivo y la bionenergética.

Somos energía disponible. El bienestar emocional y la energía interna están en proporción directa. La adecuada disponibilidad de esta energía permitirá regular nuestro placer y viceversa. El cuerpo es un aliado para rescatar la unidad interna. La garganta, la pelvis, los brazos, la respiración, la descarga energética, nos permiten canalizar y expresar de forma que podemos volver a conectar los centros separados: la mente, el corazón y los genitales. El cuerpo da mucha información sobre todo esto: la forma de pisar, la sensación de arraigo, la facilidad para el contacto con otros cuerpos, el estado de alerta o de abandono, como se incorpora la expresión en la comunicación, la tensión de la mandíbula, etc.

Es necesario recuperar la sensación de estar completamente vivos. El cuerpo devuelve el realismo a la vida cotidiana. Te vuelves más propioceptivo. Nos reencuentra con el sentir, la función que permite ser fieles a lo que nos sucede y no evadirnos en fantasías que no nos pertenecen. Comenzamos a fluir. En este camino de sanación, las diversas fijaciones completan su homeostasis, su equilibrio interno final. El tipo esquizoide, recupera su derecho a existir de manera segura; el tipo oral, su derecho a estar seguro en su propia necesidad; el psicopático a ser autosuficiente; el masoquista a ser independiente; y el rígido a recuperar su derecho a desear y procurar la satisfacción.

La experiencia óptima es autotélica, poderosa, salvaje.

Significa que yo identifico mi propósito, me doto de las experiencias que necesito y completo la satisfacción a través de mi movimiento único. Cuando me sano a través de mi cuerpo, percibo que tengo muchos recursos internos para sentirme bien, para absorber permanentemente estados de gozo. El cuerpo lo domestiqué, pero si lo libero, despiertan todas las energías de la naturaleza que me recuerdan cual es mi origen, en conexión con el sentido del ser.

Para mi fluir tiene que ver con atreverme a ser salvaje, es decir, a no controlar la experiencia, no atar el presente, ser permeable a lo que acontece a través de mi sentir no condicionado. Vivir liberado de los miedos, es tomar la osadía de permitir que cada instante, cada emoción, cada acontecimiento, me sorprendan en su forma única, y entregarme a esa experiencia abarcante. Estar abierto a la vida con la certeza de que nada me puede hacer dimitir de ser yo mismo, aquí y ahora, en plena conexión con las energías primordiales que nos animan a todos/as: la energía para vivir, para sentir, para estar presente, para amar y para manifestar lo que soy.

Cuando pierdo la estabilidad, recupero el equilibrio.

Cuando pierdo la estabilidad, recupero el equilibrio.

Verdaderamente la naturaleza es mi casa, el lugar del que vengo, mi hogar espiritual. Es mi cuarta búsqueda de la visión. Esta vez me llevo una sensación poderosa de sanación. Reconozco cuanto poder tiene la naturaleza. Me pongo en sus manos. Me acerco al misterio, no lo puedo abarcar. Quiero abandonarme con perseverancia a este estado. Sé que la claridad llega por revelación. Al abandonarme, toda la energía que habitualmente derrocho, se pone a mi favor. Reconozco que yo soy la suma de mi poder personal, por eso elijo hacerme responsable de mi energía.

He llegado con una sensación de gozo por el amor que estoy viviendo. Me encuentro muy feliz. Percibo como me alimenta el amor. Me coloca en un energía adecuada, con mi corazón por delante. Me trae calma y quietud. La experiencia amorosa y tántrica me abre a la presencia, y tomo esta energía poderosa en mi para iniciar esta búsqueda. En esta ocasión he experimentado dos regresiones y dos ascensos al Nagual. Me han hecho comprender aspectos profundos de mi momento, de mi camino de despertar.

Voy dejándome fluir en el silencio, hecho de brisa y cantos de pájaros envueltos en primavera, en este paraje singular. Según me vienen las intenciones, muevo la energía. Me entrego a lo que venga: invocar, evocar, cantar, abrir mi percepción, visualizar, dialogar con los elementos, con los seres, escuchar mi voz interna, ascender al Nagual, crear estados, enfocarme en la magia, elaborar una reflexión a través de una idea lúcida que se me regala. El truco de la búsqueda es estar, permanecer. También darse cuenta de que la mente se entretiene y entonces, saber esperar y confiar. Como guerrero dejo que el pensamiento disuelva sus propias contradicciones y me entrego al no saber. El poder existe, se mueve, está más allá de mi comprensión. Actuar en alianza con el poder y el misterio, derrota las creencias. Confío en lo que sucede cuando la magia del universo se apodera de mi.

Me llega a la mañana siguiente una primera intuición, me percato del sentido de esta búsqueda: disolver formas de la rabia de mi carácter, completando el abrazo al dolor que inicié hace tiempo. Entiendo así el sentido de esta búsqueda, me alegra verlo. Soy consciente de que el guerrero que llevo dentro sostiene su compromiso de sanación como premisa para aumentar mi conexión con el espíritu.

Comienzo uno de esos paseos sin rumbo entre árboles, sintiendo que toda la naturaleza me acompaña. Esta vida es un viaje entre la polaridad del dolor y el anhelo del éxtasis. En el deseo hay fuerza, movimiento, sinergia. Tomamos el deseo para viajar en las polaridades. Me siento junto a un gran algarrobo. Le digo que me hable de todo esto: me muestra la mágica integración a la que tiendo cuando aprendo a abrazar el dolor, ya que esto despierta en mi la compasión más potente hacia la fragilidad. Al mismo tiempo, esto me permite construir mi poder y determinación, mi estructura y mi amor. ¡Qué potente! Abrazar el dolor despierta la compasión y se combinan en una polaridad fascinante. Tener una polaridad integrada da mucha energía. No quiero negar ninguna de las dos.

Encuentro caminando una piedra singular, amplia y plana, empotrada en el suelo, como un altar labrado hace tiempo en la roca. He llegado de forma casual. Me invita a tumbarme. Invoco la disolución de mi rabia y su transmutación en un abrazo amable al dolor. Y en esta posición, con la mirada puesta en las ramas de un árbol que me cubre en esta ara improvisada, de nuevo se me revelan cosas. Veo la polaridad que componen la agresión, la rabia, la ira y la defensa, por un lado, y la ternura y la compasión por otro. Caigo en la cuenta que la mutación pasa por la alquimia del dolor. Solo así se despeja la vía para la dulzura del corazón. Incorporo un mantra para cuando siento rabia: me duele mucho esto, siento mucha rabia y elijo atender mi rabia hasta poder abrazar mi dolor. Lo repito y lo grabo dentro de mi.

Vuelvo a mi espacio donde tengo una tela y el tambor. Después de tocar un rato me tumbo, me ha llevado a respirar de una manera particular, más conectado. Me viene la pregunta sobre la vía del chamán. Celebro haber descubierto en mi itinerario de vida esta forma auténtica de compromiso con mi despertar. En este momento le pregunto al Espíritu: ¿qué es el chamanismo? Me responde: la libertad espiritual. ¿En qué consiste? en manejar la energía. ¿Como se maneja? Le vuelvo a preguntar. Entendiendo la polaridad, me dice. En ese momento empieza a fluir dentro de mí una explicación, apareciendo con claridad, con la mente como testigo. Me dice: se maneja así; de un lado venimos con toda la densidad genética pendiente de sanar, que heredamos y que condiciona nuestros estados del ser, es el karma. Pero en el otro polo está nuestra capacidad para elegir, el poder de nuestra conciencia para configurar la realidad como deseamos a través de la visualización creadora, eligiendo con la intención dónde quiero ir. Es un poder específico de nuestra condición. En medio se sitúan los elementos del carácter condicionado por la sombra del ego, que oculta dentro la propia virtud. Donde hay polaridad hay energía. Lo único que podemos hacer es aprovechar esa energía en esta dimensión que es un conglomerado de polaridades, energía para crear, y hacerlo en el lado de la conciencia. Me dedico un tiempo a integrar este conocimiento. Es revelador ver los mecanismos de la existencia con nitidez. Me fascina la claridad.

El segundo día tengo un rato difícil. Me duele el cuerpo, la energía la tengo muy atascada, siento mucha inquietud física e incomodidad. Confío en la naturaleza, en sus tiempos y su sabiduría. Ella me espera. Entro en contacto con la ansiedad del no hacer, de la espera. Percibo lo adictiva que es la comida. Veo mi manera de comer sin escuchar mi cuerpo. Mi mente no para de planificar, le encanta y me cuesta salir. Confío en el tambor. Purifico mi ansiedad, mi necesidad permanente de encadenar tareas, de moverme. Invoco mi limpieza con el tambor. Permanezco un rato hasta que me envuelve el ritmo y me trasporta.

Tomar el poder pasa por restar fuerza al hacer cotidiano y al auto reflejo, la importancia personal. Quitar énfasis, dedicar la energía a través del reposo a los campos sutiles de la acción espiritual. Soltar las agendas del yo, desmantelar tanta energía atrapada. Cuando me rindo a mi poder interior, ninguna necesidad me arrastra. Veo algo más curioso aún: cómo funciona dentro el mecanismo de víctima. En el pasado le di fuerza al hecho de pensar que estoy condicionado por mis vivencias, por mis padres, por lo que no he tenido, etc., y eso me hace justificar muchas cosas. Error.

EL poder supone cambiar esto. Tiene que ver con la capacidad de ser fluido y libre. “Libre de” las expectativas, creencias, suposiciones y miedos. Si elimino esto quitándole poder, me aguarda la experiencia del gozo. El gozo no es la simple gratificación autocomplaciente. Para llegar al gozo tengo que vivir el equilibrio entre la sobriedad y la entrega.

Me tumbo en la tienda y pongo el foco en acceder a mi primera regresión. Entro tras un rato de esperar a que la mente se apacigüe. Soy granjera, vivo en un espacio pequeño. Cuido las gallinas y atiendo la cocina. Mi marido, agricultor, llega hacia el atardecer cada día. Es un lector ávido de libros de historia. Cada noche me relata episodios que me hacen viajar con mi fantasía. Es el único momento de placer, como lo es el contacto con la vida, viendo pasar las estaciones con las que conecto y con el trascurrir del tiempo. No tengo hijos. Todo es rutinario y austero. Acudo al final de mi vida. Estoy sola. Miro por la ventana, sé que esa primavera es la última estación del año para mí. Veo mi cuerpo de anciana con un camisón. Abrazo el dolor que supone aceptar una vida sin grandes estímulos, sobria. Apenas había vivido experiencias, pero sentía un poso de alegría auténtica. Estaba bien. Me abandonaba al curso de la vida. Siento mucha confianza ahora. Esta vida me trae una alianza muy bonita con los ciclos de la vida y la naturaleza. Asumo con mucha tranquilidad el final. Es extraordinario mi sentimiento de abandono confiado a transitar la muerte. Me conecta con aceptar los límites de la vida, con la alegría contenida en la sobriedad y con la importancia del amor sostenido, sencillo. Abrazo esta claridad.  

Invoco la magia. Observo como tengo mucha motivación para pensar en las situaciones de personas queridas y ensayar la magia. Invoco la sanación y ensayo esta práctica. Imagino a las personas logrando estados de mayor bienestar y consiguiendo situaciones más satisfactorias en su vida. Me da placer. Para ello ideo situaciones concretas en las que se da esa realidad. Las visualizo y las conecto con mi emoción. Invoco también la magia para mí. Recuerdo la frase que me impactaba recientemente: lo que sale de Dios vuelve a Dios. Si yo vuelco una mirada y una intención como Dios, la realidad me devuelve eso que yo proyecto y programo, como Dios que soy. Sanación, respuesta amorosa, lo que sea. Practico la fe. Me parece un ámbito de poder fascinante. Me comprometo conmigo a explorar más esta faceta.

Es de noche. Me despierto y me asomo a ver el cielo estrellado. El silencio del bosque ahora me hace conectarme con la vida que hay contenida en todo lo que me rodeo, extraordinaria. Donde aparentemente no hay nada, hay mucha presencia, misterio lleno de noticias que me esperan. Me atrapa el espectáculo de la naturaleza en profunda calma. Vaya regalazo.

Me tumbo y comienzo un nuevo viaje al Nagual. La técnica ya me resulta familiar. Aparezco de nuevo en la cueva donde otras veces me he visto con una anciana chamana. Entro y la encuentro como siempre, disponible a devolverme sabiduría. Me pide que mire al fuego. Me siento a su lado y me pregunta ¿Qué traes?, le digo: quiero saber cómo libero el corazón de los sentimientos de rabia y de miedo. Me dice que mire el fuego. Veo una escena bien conocida para mí: el niño de mi infancia abrazado a sus piernas y aterrorizado en el pasillo. Ella me dice: la alquimia consiste en cambiar la rabia por dolor. ¿Cómo lo hago? Le pregunto. Me ha hecho volver a mirar el fuego y he visto el niño saliendo de casa, decidido, con fuerza, convirtiéndose en hombre. Entonces me ha llegado esta afirmación de poder: yo doy el amor que quiero en tiempo y forma, y esto es adecuado para mí. No hay exigencia en el amor. Lo doy a mi manera, escuchando mi necesidad. Y no dudo de que eso es amor. Suelto el requerimiento. Puedo decir por ejemplo: yo te quiero, solo que ahora, no puedo; solo que así no; solo que esto no puedo hacerlo. Te quiero, pero esto elijo no hacerlo. Te quiero y no dudo de mi amor. Y estoy en paz.

Abrazo a mi niño aterrorizado por el dolor y la culpa. Salgo a un estado de lucidez. Así como el deseo trae de la mano el miedo y empuja a que los atravieses, el amor invita a abrazar el dolor. El deseo invita a que muevas el miedo y cuando te entregas al amor de la mano de esos miedos, completas el viaje más potente que es la sanación del dolor a través del amor. Entiendo ahora este universal. Confío en el poder transmutador del amor, me trae mucha claridad y quiero entregarme a esta vivencia. Ahora sí siento fuerza para abrazar el dolor, el propio y el de las personas que amo. Percibo un cambio potente dentro de mí. Lo integro, dejo sentirlo dentro durante largo rato. Me duermo.

Al día siguiente, en el segundo ascenso al Nagual, completo la experiencia. Pongo la intención de nuevo en sanar la rabia y entrar en la dulzura. Inicio la visión, como siempre, dando prioridad a mi mente intuitiva y dando espacio a lo que aparece, para que el relato vaya fluyendo en automático. Me he encontrado a lo pies de un árbol descomunal. En el tronco un hueco me permitía sentarme como empotrado en la madera. De alguna forma me abraza. Me dice que él, para ser así de fuerte y pacífico no ha hecho nada más que estar ahí. Sentía como inhalaba aire por las raíces y expiraba por las hojas, y viceversa. Percibía su poder al mismo tiempo que experimentaba como absorbía mi rabia en este movimiento respiratorio.

En un momento dado me pregunta si tengo fe. Le respondo que quiero practicarla. Al instante ha llegado la figura de Cristo y me ha mirado a los ojos. Se ha señalado el corazón con dos de sus dedos, lo cual me ha conectado con la ternura y con un fuerte sentimiento amoroso. Esta vez es él el que me pregunta si creo en él, le digo que sí. Entonces me responde: queda sanado. Me inunda una sensación extraordinaria de paz. Al instante me dice: veo a tu niño aterrorizado. Inmediatamente aparece mi padre. Acudo por impulso a abrazarme a su pecho. Por primera vez mi cuerpo experimenta una ternura abundante en contacto con él. En este instante me rindo emocionado a sentirlo como padre amoroso y tierno. ¡Es tan sanador sentir esto! Él me habla y me dice: lo siento, yo no pude aplacar mi rabia y me ahogué, pero tú si puedes. Me deja profundamente conmovido. Cuanta sanación cada vez que restauro la energía masculina desde el corazón.

Me despierto de madrugada y de nuevo me asomo para disfrutar de la fascinante bóveda celeste. Me doy cuenta de que, despertarme a esa hora, es una invitación de la vida a poner energía en la ensoñación. Me da alegría entenderlo, así lo haré. De momento me entretengo en hablar con las tres cartas del Simbolón que extraje antes de iniciar esta búsqueda. Me pongo a la escucha. Es sorprendente, cada vez es más fácil visualizar, cada vez es más natural recibir ideas claras desde la percepción ampliada.

La primera carta del Simbolón dice que trabaje mi magia, que no haga nada, que no me pelee con nada y que proteja la paz, como el guerrero. Que practique la fe, que el universo me inunda de bienes y que trabaje mis estados internos, ya que todo lo que necesite que venga, vendrá. La segunda carta me dice que cada persona tenemos un viaje espiritual único y personal. Que cuando estoy en una relación sintonizada, este viaje se amplifica y se puede llevar más lejos. Que no me pierda en las vicisitudes de la relación, los guiones argumentales, que nos enfoquemos en el viaje espiritual. Que no me acomode ni me pierda en las complejidades innecesarias. Que descubra la peculiaridad y el valor especial de cada uno en el viaje espiritual. La tercera me habla de que pronto sabre lo que estar al servicio del espíritu y de la intuición. Me fascina la claridad con la que llegan las palabras. No provienen de mi, pero están en mi, no es mi mente, pero mi mente hace de testigo.

Dejo para el final la historia que más me ha marcado en esta búsqueda. Es la segunda regresión en la que tuve mucha claridad en la experiencia. La viví tumbado debajo de un árbol. Yo era niño en el continente americano en tiempos del descubrimiento. Caminaba y jugaba con el agua a orillas del mar. Observo de repente un galeón al fondo, es la primera vez que avisto algo así y me extraña su forma a la vez que excita mi curiosidad. Subo la pendiente de arena que me separa del poblado hecho de chozas y según llego, ya salen todos a verlo, se han percatado de ese extraño objeto navegante. Me abrazo nítidamente a la pierna izquierda de mamá mientras observo con curiosidad y sintiéndome protegido por la tribu. Todos vestimos con una tela similar, color crema y con una cenefa. Somos morenos de pelo liso y bellísimos.

Salto de escena. Soy ahora el guerrero jefe de la tribu. Voy al frente con varios guerreros conmigo y me acerco a un capitán español que ha atracado el galeón junto a nuestro poblado. Están en la orilla. Traen sus vestimentas acorazadas, sus armas de pólvora y un baúl con bisuterías. Hay un traductor a su derecha y numerosos marineros le acompañan. Me dice que quiere asentarse aquí, en esta tierra. Entiendo que solicita permiso. Yo le digo que el sol brilla para todos los que habitan aquí y que la lluvia cae sobre quienes descansan en esta tierra sin distinción y que, siendo así, nosotros no tenemos poder para decidir quién quiere vivir aquí. No somos dueños de nada. Ellos me dicen que me traen regalos de su país en ese baúl como muestra de cortesía para instalarse en la tierra. Les digo que, si quieren regalarme eso, bien, pero no será para comprar un permiso que no puedo darles. Nosotros cazamos, pescamos y cuidamos a los niños. Defendemos y preservamos el mayor bien: la paz. Se regocijan en mi respuesta. Nos despedimos. En ese momento les expreso: conoceré vuestros corazones.

Salto de escena. Soy más anciano y me acerco con mi caballo a un fuerte construido por los conquistadores. Entro y me siento frente a un capitán con el que me he citado para conversar. Estamos en un patio de arena. Allí le digo que he distinguido sus corazones. Abro toda mi expresión y con fuerza les digo como siento que los guía la rabia, al afán de poder y la venganza. El me dice que solo obedece órdenes de Castilla. Yo le digo que me entristece. Nosotros solo obedecemos a la vida, la naturaleza y únicamente nos guía nuestro corazón que sirve a la paz. Le pido que no se acerquen a nuestros hijos, que los corrompen. Y me voy.

Soy un guerrero de paz. Me conmueve sentir dentro de mi esta fuerza que no depende de lo que hago ni de como me defiendo, sino que reside en el poder de mi corazón y mi palabra. Siento dentro de mi una poderosa energía que nace de la renuncia a toda lucha. No soy dueño de nada. Siento con más claridad como es rendirse a mi poder interior. No hay nada que hacer, está hecho todo, esto me completa. Disuelvo la rabia, es un mecanismo viejo de huida del dolor. Invoco la paz, un bien espiritual dentro de mi.

Hay mucha novedad en esta experiencia junto a la naturaleza. Me da más de lo que necesito, no tengo ni que pedirlo. Ya no busco tanto obtener respuestas concretas a mis dilemas, sino simplemente recibir la sabiduría del nagual en cada presente. Reactivo la atención creativa, confío en las posibilidades de la percepción, y llega la novedad: existe un vasto campo de poder en el no hacer y la apertura a la visión interna.

Veo muy claramente como todo esto ya lo tuvimos y simplemente lo hemos olvidado: la confianza en el poder de la naturaleza, la apertura de los sentidos sutiles, la conexión energética con el cuerpo y la danza, la capacidad de entrar en estados de visión y de claridad. Lo denso me enreda. No hay espacio para el milagro. Cada búsqueda me abro más a la vida del espíritu.   

Retorno con una extraordinaria sensación de paz. Mi guerrero me ha impregnado de presencia y de poder. Entiendo el significado de abrazar el dolor. Puedo con ello. Quiero poner más consciencia en la comida. Estar aquí tres días me coloca ante mis límites y me da la oportunidad de romper la estabilidad de mi mente y mi ego para recuperar el auténtico equilibrio.  

El vacío está lleno

El vacío está lleno

Necesitamos de la naturaleza para liberar nuestra naturaleza. Caminar por la montaña, sentir el aire y recibir el sol en un estado de total receptividad y conciencia del presente, me libera y me hace recordar quién soy. Días atrás en el bosque tuve la sensación de que un día me escapé de este lugar sagrado y preexistente en el que tengo mi sitio, la naturaleza, para ir a buscar fuera algo que no sé qué es, en lugares donde irremediablemente no está. Eso que busco soy yo mismo y la naturaleza me recuerda que estoy aquí, que cuando desisto de salir y respiro, me encuentro. Es un estado de expansión que no había experimentado antes.

Llegar aquí es un regalo. Pero reconozco la paradoja, he necesitado previamente completar un viaje que me ha supuesto: entrar en la herida; desear despertar; acudir a buscar en lugares nuevos (distintos a donde se crearon los problemas) y llegar al vacío. La experiencia del vacío está llegando en este tiempo a mi vida con claridad. Siempre había hablado del vacío de modo mental, pero esta vez dos experiencias, en el bosque haciendo una búsqueda de la visión y con mi compañera Susi mediante una sesión de conexión, invocación y escucha, he tocado este lugar misterioso.

Cuando haces posible la técnica del abandono, del no hacer, es factible la llegada del vacío. Hay que quedarse ahí y esperar. Ya reconozco como los estados emocionales me sacan siempre a nuevos escenarios para evitar el contacto (en esto es especialista el carácter que no quiere tocar la incomodidad de la emoción pendiente). El no hacer me invita sencillamente a quedarme en el presente, en contacto con mi cuerpo. No hacer es no reaccionar. Solamente lo que el cuerpo necesite para su acomodo energético. Comienza así el trabajo: observar todo lo que pasa dentro.

En el bosque, durante día y medio viví una lucha interna que en realidad acepté como un proceso de limpieza. Solo podía aceptar que no pasaba nada. Ahí fuera me rodeaba una naturaleza excepcional pero no podía tomar nada ni sentir nada especial. Abandonarse sin reaccionar, esa es la clave. Confiar. En este lugar puedo, en ocasiones, sentir una sensación de poder en el hecho mismo de permanecer aquí, en el vacío, sin más. Desde el principio conecto con la palabra “medicina” que invoco ahora de manera espontánea. Se que este trance me trae algo que necesito.

Aquí puedo observarlo todo: la mente ansiosa encadenando imágenes; las emociones movilizándome; la rabia de episodios pasados; la amargura… también la desesperación que me trae observar durante horas esto. Pero hay un placer peculiar en descubrir que no reacciono a las emociones. Confío en mi cuerpo, solo acomodarlo y responder a su movimiento. Ahora me percato de algo. Me doy cuenta de mi mecanismo de evasión: me encanta planificar cosas y adelantar el escenario de satisfacción. Veo como eso funciona dentro de mí y me saca de la responsabilidad del pleno presente. Elijo ahora dejarlo pasar y volver al vacío. Me acerco a otro darme cuenta. Veo la fuerza que invertí en el pasado para sostener el personaje, en movilizar mi energía de hacer y de huir.

Me he sentado, tumbado en diversas posiciones, caminado en círculo… Sigo el movimiento del cuerpo como parte de mi escucha. Y cuando el movimiento cesa dentro de mí, me quedo sorprendentemente en contacto pleno con la experiencia sensorial. Ocupan el espacio las sensaciones sutiles del exterior de forma amplificada. Descubro que hay numerosísimos pájaros a mí alrededor. Siento mi respiración. Percibo la leve agitación de una rama. Un insecto. Hasta el tiempo que pasa lento lo puedo sentir de algún  modo a través del tenue ruido de fondo que me trae el paisaje.

Comienza mi diálogo con las cosas y empiezo, ahora sí, a descubrir. Le pregunto al vacío qué es. El vacío me responde: es no saber la respuesta a qué es el vacío. Aquí se para todo mi movimiento y empiezo por entender como la identidad y la voluntad me atrapan. ¡Soltar la identidad! Recibo esta invitación, pero. ¿Quién soy yo sin las cosas que hago? Recuerdo que esto se lo he escuchado a otras personas en terapia. Estoy en ese mismo punto. Me da miedo.  

Por fin, el vacío me lleva al contacto pleno con el placer y me llega un profundo alivio. Han pasado muchas horas. ¡Uf! La espera paciente ha merecido la pena. ¡Claro!, me digo, aquí en el vacío sin forma, entra a ocupar su espacio todo el placer de la vida. Me inunda, es un placer instalado, pleno, que invade mi cuerpo y mis sentidos. Está conectado con el hecho de estar ahí, de sentirme vivo en ese preciso instante. Me siento dispuesto a recibirlo en la forma que llega y desconectado del tiempo. En cierto modo, es eterno.

Amplio mi estado de comprensión en este momento. Dejo de luchar para que vengan cosas, se trata como de un estado especial de percepción en el que puede aparecer lo nuevo. Ahora sí que puedo estar aquí horas o meses. El vacío es aceptar que todo lo que hay está bien. Todo está para mí aquí. En el vacío máximo todo está a mi disposición, y al mismo tiempo estoy aquí disponible para la vida. No pretendo nada y lo entiendo todo: la vida es estar en el vacío, que es como estar en la escucha sensible máxima. Tomarlo todo para el disfrute.

Y, ¡sorpresa!, resulta que estar en esta actitud me conecta con la aventura auténtica: es extraordinario estar simplemente a la expectativa de lo que la vida te pueda traer de manera sorpresiva. Me emociona. Es la pura contemplación. Yo solo tengo que vivirlo. Me da todo el permiso para experimentar la libertad profunda y solo quedarme en recibir lo que llega para, si lo deseo,  jugar con todo en mi circo interior. Se me abre todo un mundo en el no hacer, no tengo palabras. El vacío está lleno de emoción receptiva y benevolente. Es otro tipo de conocimiento. Intuyo que una vez aquí solo se puede hacer una cosa: despertar a la auténtica realidad.

La noche en la que compartía invocación con mi compañera, tenía una sensación de que todo estaba bien, de que todo lo que recibiera en ese tiempo, era adecuado. Además me atravesaba una profunda gratitud. Es como si sorteara la dualidad. Me vino a la mente como la materia, si acudes a sus últimas partículas, entre ellas solo hay vacío. Es ahí donde debía encontrarme en ese momento. Es algo enigmático, no sé cómo abordarla, no hay polaridades. Intuyo que el vacío abre la puerta a una comprensión profunda de la realidad, de mi realidad.

Me apasiona la física cuántica. ¿Por qué la materia cambia de onda a partícula?; ¿Como el pensamiento se transforma en moléculas tales como neuropéptidos, hormonas y enzimas que ponen en marcha la actividad corporal? ¿Cómo se ha creado la información inscrita en el ADN, cuyas moléculas de carbono, hidrógeno y oxígeno por separado no despliegan ese programa?  Me despiertan una gran atracción todas preguntas. Cabría decir que donde no hay nada, parece que está todo. Intuyo una profunda conexión entre estos descubrimientos y mi experiencia en el bosque.

La materia y la energía nacen a la vida de algo que no es ni una cosa ni otra, un estado primigenio sin espacio ni tiempo que los físicos llaman “singularidad”. A su vez, el teorema de Bell es considerado por la mayoría de físicos del mundo como el descubrimiento más profundo de la historia de la ciencia que ha hecho que la física acepte la interconexión, la existencia de una especie de campo invisible que mantiene unida a toda la realidad. Este campo posee la propiedad de saber en todo momento lo que está pasando en cualquier parte.

La experiencia del vacío es un puente para acercarme a estos campos donde salgo de la persistente dualidad y comienzo mi despertar. Considero que existe una inteligencia flotante a la que puedo conectarme atravesando esa experiencia de no hacer. Es una posición de la conciencia que une todo lo existente y que me permite verlo todo sin hacer nada, ver la singularidad, el campo invisible que conecta todas las cosas unificándolas.

Cuando llego a esta conclusión, me invade el entusiasmo por entrar más a fondo en lo que no veo para empezar a ver. Le voy a llamar la nueva psico-física de la conciencia. Quiero indagar más y hacerlo a través del auténtico laboratorio del que dispongo: el inmenso entramado de mi realidad subjetiva abierta al espíritu, a la naturaleza y al todo.

Al otro lado del confinamiento

Al otro lado del confinamiento

Después de días de confinamiento, pasamos un umbral. Parece que inevitablemente nos vamos encontrando con nosotras/as mismas/as. Noto el cansancio. Lo escucho en las personas con las que hablo. Conecto mucho estos días con  el silencio y el vacío. Parar a mi ego-plan es buenísimo. De algún modo me está viniendo bien. Recuerdo la famosa frase de Blaise Pascal: «la infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación«. Queremos volver a la normalidad. Yo desde luego si; y abrazar a la gente que quiero; y viajar. Pero creo que esa misma normalidad es el problema. No hablo de la paz y de cierta seguridad.  

Después de días de confinamiento, pasamos un umbral. Parece que inevitablemente nos vamos encontrando con nosotras/as mismas/as. Noto el cansancio. Lo escucho en las personas con las que hablo. Conecto mucho estos días con  el silencio y el vacío. Parar a mi ego-plan es buenísimo. De algún modo me está viniendo bien. Recuerdo la famosa frase de Blaise Pascal: «la infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación«. Queremos volver a la normalidad. Yo desde luego, sí; y abrazar a la gente que quiero; y viajar. Pero creo que esa misma normalidad es el problema. No hablo de la paz y de cierta seguridad.  

Esta “normalidad”, como cuenta Yayo Herrero, es la de una cultura hegemónica capitalista que va en contra de las bases materiales de la vida: el planeta tierra y el cuerpo finito. Configura nuestra forma de ser, nos lleva a una lógica sacrificial donde todo se pone al servicio de un tótem: el progreso. Crea una religión civil y acatamos su voz. Explota los recursos naturales, nuestro tiempo y nuestra energía en orden a sostener una sociedad desigual y extractivita.  

Durante mucho tiempo yo internalicé esas voces y me instalé en la normosis. Eran voces que hablaban por mí, me sustituían: creencias, opiniones, posicionamientos que estructuraban mi importancia personal. Con todo ello reproduje una identidad, me la creí y viví con ella. Me entregué al infinito debate de la dualidad, me encantaba debatir. Adquirí argumentos, ideas, posiciones. Desde niño me educaron para recibir enseñanzas, instrucciones, guías, y cuando comencé a beber de fuentes humanistas, a explorarme, entendí que no las necesitaba, que el auténtico poder está dentro. Y fíjate: me costaba creerlo. ¡Cómo cuesta creerse el poder propio! Tampoco sabía qué hacer con él. Toda una paradoja.

Ahora descubro que lo que me ha salvado es volverme real. Recuerdo el mito de la caverna de Platón escrito hace 2.400 años. Su sencilla metáfora visual sigue siendo actual. Lo que hay dentro no es real, son sombras. Salir fuera es el reto, supone acceder a lo permanente, a las matrices suprasensibles, al mundo de las ideas: los universales. Se trata de ver la luz primigenia. Las sombras son la dualidad. El espíritu es, solo puede ser, luz. Dentro de la cueva observo como me aferro al mundo de la razón. Esta realidad hecha de dualidades me lleva fácilmente al colapso. Yo también anduve obsesionado en generar coherencias operacionales para agarrar la realidad. Eso hace la mente, juegos de la dualidad. Cuando sales de la cueva, sales de la matrix. Es una osadía; para salir de la cueva tienes que darte cuenta de que estás en una cueva. Fue entonces cuando la vida me trajo reconocer mejor las auténticas fuentes de la satisfacción humana, que para mí son: la naturaleza, nuestras cualidades creadoras, la sensibilidad, los cuidados y las relaciones (comunidad-intimidad), mis recursos instintivos y el despliegue de mis poderes espirituales.

Cuando suelto la obsesión victimista y el juicio, comprendo que estoy aquí para disfrutar la experiencia de ser, de estar vivo en este maravilloso planeta. Entonces suelto la dinámica explotadora. La física cuántica nos reclama un cambio en el modelo de pensamiento: teoría del caos, campos morfo genéticos, modelos holográficos, etc., nos están diciendo que la realidad es misterio, que es inaprehensible y que pretender apropiarse de todos sus principios distorsiona la propia naturaleza, ya que el observador (nos dice este modelo) modifica lo observado. Pero el miedo se obsesiona con las certezas y preferimos seguir discutiendo dentro de la cueva.  

El miedo es el peor virus, el gran depredador. Sigue condicionando las posibilidades mágicas de las que estamos dotados como seres humanos cuando activamos la confianza interna. El miedo y la pérdida del ánimo nos enferman. Ánimo = ánima = alma.

Estos días hablando con varias personas he podido observar la mecánica del miedo. Amigas que se han visto confinadas con sus familias, reciben advertencias cuando, por diversas razones, se plantean salir de casa. Les recuerdan, con cierta presión emocional, que existe una ley “inquebrantable” que exige, dentro del clan familiar, protegerse mutuamente del miedo. Es una lealtad debida, que perdura generación tras generación: el miedo, nos dicen, siempre se ha vencido renunciando a cuotas de libertad, y así debe seguir siendo. El virus ha venido a desvelar estas dinámicas. Podemos elegir conquistar algo distinto. El ser humano tiene una extraordinaria audacia espiritual.

Somos seres eternos aunque, a menudo, desconectados de la fuente. El origen de todas las guerras ha sido el miedo a lo que llevamos dentro: la herida. Por eso huimos de estar solos. Por eso exigimos lealtad al clan, al amor, por eso nos apegamos a una identidad falsa. Esta herida, en último término, es siempre una experiencia incompleta en forma de dolor ancestral. Nace de la profunda necesidad que tiene el ser humano de vivenciar el amor incondicional, sentir que tenemos un lugar en el corazón de otra persona. Rehabilitar la experiencia amorosa espiritual, curar el corazón, permite reconectar con la fuente. Esto, más allá de lo terapéutico, pasa por ensayar fórmulas comunitarias cohesionadas, en tribus donde nos sintamos vinculados por nuestro deseo de sanar, conquistar los miedos y despertar.

Ahora que nos hemos quedado solos/as en la habitación, te propongo: déjate sentir, sostén la ansiedad, para el  mundo y respira. Si puedes, suelta todos los planes por un día, por tres días. Todo eso que aparece como emoción intensa, incómoda, desconocida, es la materia prima de la auténtica transición ecológica. Ahora abre esta experiencia a una persona de confianza.  Explora la vulnerabilidad en un espacio de intimidad. Contacta con tus recursos espirituales y observa que sucede cuando logras completar experiencias de compasión hacia ti mismo/a. Bien, has salido de la cueva, de las sombras, el auténtico confinamiento. Porque conectando vía experiencia con los universales, dejamos de ser manipulables. Es la vía espiritual.

Salir de la rueda del maya pasa por: abordar esta herida; parar el mundo y estar consciente de ser; y despertar nuestro potencial como seres perceptivos. Es como renacer, reinventarnos. El mito del ave fénix, el ave que se desvanece para renacer con toda su gloria de sus propias cenizas, además de su extraordinaria fuerza y dominio sobre el fuego, contenía una curiosa virtud: sus lágrimas eran curativas. Esta es la forma misteriosa que adopta en esta dimensión el conocimiento silencioso.

Somos parte del misterio. El conocimiento auténtico es silencioso, no se puede pensar ni expresar y sin embargo es total (Castaneda). El Físico Eddington definió el universo como “algo desconocido que hace algo que no sabemos qué es”, en referencia al misterio de las fuerzas que actúan entre los cuerpo celestes. El verdadero progreso es entender que cada cual somos gurús, magos y hacedores de esas energías universales a las que pertenecemos.

Salir de la cueva es muy inquietante. ¿Quién seré al otro lado? ¿Quién soy cuando renuncio a mis debates, a mis empeños, mis rutinas? ¡Con todo el esfuerzo que hago para ser feliz! La trama del despertar espiritual pasa por un sutil cambio interior. Entender que la verdadera alegría es una causa y no un efecto. Si crees que es un efecto estarás toda la vida buscando fuera lo que te complete. El camino espiritual comienza cuando entiendes que estás completo/a. Dentro tienes la sombra y la luz que la alumbra. La herida y la medicina. Dentro está el dolor y el máximo potencial de mutación. El amante y el amado. El dios y la diosa. Mi cuerpo energético, por ejemplo, incluye el de mis padres a los que puedo abrazar permanentemente a través de él.

¿Cómo me imagino en la práctica maneras de despertarnos, de construir la nueva normalidad? Aquí van una serie de sugerencias.

  1. Hemos dimitido de nuestra naturaleza espiritual y salvaje. ¡Me pido un plan de rescate! Adquirir la práctica de maravillarnos simplemente de ser, estar vivos. Soltar el plan, dejarme sorprender permanentemente. No estamos separados de la vida. Somos una sinfonía interconectada y solo tenemos que danzar instintivamente para experimentar altos grados de expansión en unión con la vida.
  2. Descondicionar el amor y la sexualidad de todas las adherencias emocionales y las creencias, para abrir todo el potencial espiritual que contiene la energía sexual.
  3. Permitirnos que la vida nos abra el corazón a través de las relaciones. Abrir el camino de la sensibilidad que se manifiesta en las formas de relaciones íntimas y de confianza.
  4. Una parte de la tecnología viene a interponerse entre nosotros y nuestras cualidades innatas. Esa tecnología no tiene alma. A mí me deja vacío, me hace autómata, me absorbe el cerebro. Últimamente, además, nos controla, toma el poder. Elijo protegerme.
  5. La auténtica tecnología la llevamos dentro. Pasa por desplegar el propósito superior escondido en el ADN, acelerar el despertar. Pasar de la materia a la conciencia y comenzar a utilizar nuestro potencial psíquico del plexo solar y extrasensorial.
  6. Creernos que nuestro estado natural es un estado cercano al éxtasis, al que accedemos sin agotar energías ni recursos, sino a través de la contemplación de la vida fuera y dentro de nosotros y a través de nuestro poder interno.
  7. Tenemos un rol protagonista en configurar ya el humano futuro, sus formas de relación sensibles y su libertad auténtica. Comencemos por hacer el ejercicio de imaginarlo y ensayarlo en laboratorios comunitarios.

Salir de la matrix es un acto instintivo, espiritual y salvaje. Sócrates dijo que si el alma puede tomar aunque sea una pequeña distancia del cuerpo, entonces puede percibir el verdadero ser. Es eso, una parada, en el silencio de tu habitación, de tu meditación, de tu danza sutil, es una iluminación, a tu alcance, muy cerca, al otro lado del confinamiento.

Después de días de confinamiento, pasamos un umbral. Parece que inevitablemente nos vamos encontrando con nosotras/as mismas/as. Noto el cansancio. Lo escucho en las personas con las que hablo. Conecto mucho estos días con  el silencio y el vacío. Parar a mi ego-plan es buenísimo. De algún modo me está viniendo bien. Recuerdo la famosa frase de Blaise Pascal: «la infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación«. Queremos volver a la normalidad. Yo desde luego si; y abrazar a la gente que quiero; y viajar. Pero creo que esa misma normalidad es el problema. No hablo de la paz y de cierta seguridad.  

Esta “normalidad” como cuenta Yayo Herrero, es la de una cultura hegemónica capitalista que va en contra de las bases materiales de la vida: el planeta tierra y el cuerpo finito. Configura nuestra forma de ser, nos lleva a una lógica sacrificial donde todo se pone al servicio de un tótem: el progreso. Crea una religión civil y acatamos su voz. Explota los recursos naturales, nuestro tiempo y nuestra energía en orden a sostener una sociedad desigual y extractivita.  

Durante mucho tiempo yo internalicé esas voces y me instalé en la normosis. Eran voces que hablaban por mí, me sustituían: creencias, opiniones, posicionamientos que estructuraban mi importancia personal. Con todo ello reproduje una identidad, me la creí y viví con ella. Me entregué al infinito debate de la dualidad, me encantaba debatir. Adquirí argumentos, ideas, posiciones. Desde niño me educaron para recibir enseñanzas, instrucciones, guías, y cuando comencé a beber de fuentes humanistas, a explorarme, entendí que no las necesitaba, que el auténtico poder está dentro. Y fíjate: me costaba creerlo. ¡Cómo cuesta creerse el poder propio! Tampoco sabía qué hacer con él. Toda una paradoja.

Ahora descubro que lo que me ha salvado es volverme real. Recuerdo el mito de Platón escrito hace 2.400 años. Su sencilla metáfora visual sigue siendo actual. Lo que hay dentro no es real, son sombras. Salir fuera es el reto, supone acceder a lo permanente, a las matrices suprasensibles, al mundo de las ideas: los universales. Se trata de ver la luz primigenia. Las sombras son la dualidad. El espíritu es, solo puede ser, luz. Dentro de la cueva observo como me aferro al mundo de la razón. Esta realidad hecha de dualidades me lleva fácilmente al colapso. Yo también anduve obsesionado en generar coherencias operacionales para agarrar la realidad. Eso hace la mente, juegos de la dualidad. Cuando sales de la cueva, sales de la matrix. Es una osadía; para salir de la cueva tienes que darte cuenta de que estás en una cueva. Fue entonces cuando la vida me trajo reconocer mejor las auténticas fuentes de la satisfacción humana, que para mí son: la naturaleza, nuestras cualidades creadoras, la sensibilidad, los cuidados y las relaciones (comunidad-intimidad), mis recursos instintivos y el despliegue de mis poderes espirituales.

Cuando suelto la obsesión victimista y el juicio, comprendo que estoy aquí para disfrutar la experiencia de ser, de estar vivo en este maravilloso planeta. Entonces suelto la dinámica explotadora. La física cuántica nos reclama un cambio en el modelo de pensamiento: teoría del caos, campos morfo genéticos, modelos holográficos, etc., nos están diciendo que la realidad es misterio, que es inaprehensible y que pretender apropiarse de todos sus principios distorsiona la propia naturaleza, ya que el observador (nos dice este modelo) modifica lo observado. Pero el miedo se obsesiona con las certezas y preferimos seguir discutiendo dentro de la cueva.  

El miedo es el peor virus, el gran depredador. Sigue condicionando las posibilidades mágicas de las que estamos dotados como seres humanos cuando activamos la confianza interna. El miedo y la pérdida del ánimo nos enferman. Ánimo = ánima = alma.

Estos días hablando con varias personas he podido observar la mecánica del miedo. Amigas que se han visto confinadas con sus familias, reciben advertencias cuando, por diversas razones, se plantean salir de casa. Les recuerdan, con cierta presión emocional, que existe una ley “inquebrantable” que exige, dentro del clan familiar, protegerse mutuamente del miedo. Es una lealtad debida, que perdura generación tras generación: el miedo, nos dicen, siempre se ha vencido renunciando a cuotas de libertad, y así debe seguir siendo. El virus ha venido a desvelar estas dinámicas. Podemos elegir conquistar algo distinto. El ser humano tiene una extraordinaria audacia espiritual.

Somos seres eternos aunque, a menudo, desconectados de la fuente. El origen de todas las guerras ha sido el miedo a lo que llevamos dentro: la herida. Por eso huimos de estar solos. Por eso exigimos lealtad al clan, al amor, por eso nos apegamos a una identidad falsa. Esta herida, en último término, es siempre una experiencia incompleta en forma de dolor ancestral. Nace de la profunda necesidad que tiene el ser humano de vivenciar el amor incondicional, sentir que tenemos un lugar en el corazón de otra persona. Rehabilitar la experiencia amorosa espiritual, curar el corazón, permite reconectar con la fuente. Esto, más allá de lo terapéutico, pasa por ensayar fórmulas comunitarias cohesionadas, en tribus donde nos sintamos vinculados por nuestro deseo de sanar, conquistar los miedos y despertar.

Ahora que nos hemos quedado solos/as en la habitación, te propongo: déjate sentir, sostén la ansiedad, para el  mundo y respira. Si puedes, suelta todos los planes por un día, por tres días. Todo eso que aparece como emoción intensa, incómoda, desconocida, es la materia prima de la auténtica transición ecológica. Ahora abre esta experiencia a una persona de confianza.  Explora la vulnerabilidad en un espacio de intimidad. Contacta con tus recursos espirituales y observa que sucede cuando logras completar experiencias de compasión hacia ti mismo/a. Bien, has salido de la cueva, de las sombras, el auténtico confinamiento. Porque conectando vía experiencia con los universales, dejamos de ser manipulables. Es la vía espiritual.

Salir de la rueda del maya pasa por: abordar esta herida; parar el mundo y estar consciente de ser; y despertar nuestro potencial como seres perceptivos. Es como renacer, reinventarnos. El mito del ave fénix, el ave que se desvanece para renacer con toda su gloria de sus propias cenizas, además de su extraordinaria fuerza y dominio sobre el fuego, contenía una curiosa virtud: la de que sus lágrimas eran curativas. Esta es la forma misteriosa que adopta en esta dimensión el conocimiento silencioso.

Somos parte del misterio. El conocimiento auténtico es silencioso, no se puede pensar ni expresar y sin embargo es englobante, total (Castaneda). El Físico Eddington definió el universo como “algo desconocido que hace algo que no sabemos qué es”, en referencia al misterio de las fuerzas que actúan entre los cuerpo celestes. El verdadero progreso es entender que cada cual somos gurús, magos y hacedores de esas energías universales a las que pertenecemos.

Salir de la cueva es muy inquietante. ¿Quién seré al otro lado? ¿Quién soy cuando renuncio a mis debates, a mis empeños, mis rutinas? ¡Con todo el esfuerzo que hago para ser feliz! La trama del despertar espiritual pasa por un sutil cambio interior. Entender que la verdadera alegría es una causa y no un efecto. Si crees que es un efecto estarás toda la vida buscando fuera lo que te complete. El camino espiritual comienza cuando entiendes que estás completo/a. Dentro tienes la sombra y la luz que la alumbra. La herida y la medicina. Dentro está el dolor y el máximo potencial de mutación. El amante y el amado. El dios y la diosa. Mi cuerpo energético, por ejemplo, incluye el de mis padres a los que puedo abrazar permanentemente a través de él.

¿Cómo me imagino en la práctica maneras de despertarnos, de construir la nueva normalidad? Aquí van una serie de sugerencias.

  1. Hemos dimitido de nuestra naturaleza espiritual y salvaje. ¡Me pido un plan de rescate! Adquirir la práctica de maravillarnos simplemente de ser, estar vivos. Soltar el plan, dejarme sorprender permanentemente. No estamos separados de la vida. Somos una sinfonía interconectada y solo tenemos que danzar instintivamente para experimentar altos grados de expansión en unión con la vida.
  2. Descondicionar el amor y la sexualidad de todas las adherencias emocionales y las creencias, para abrir todo el potencial espiritual que contiene energía sexual.
  3. Permitirnos que la vida nos abra el corazón a través de las relaciones. Abrir el camino de la sensibilidad que se manifiesta en las formas de relaciones íntimas y de confianza.
  4. Una parte de la tecnología viene a interponerse entre nosotros y nuestras cualidades innatas. Esa tecnología no tiene alma. A mí me deja vacío, me hace autómata, me absorbe el cerebro. Últimamente, además, nos controla, toma el poder. Elijo protegerme.
  5. La auténtica tecnología la llevamos dentro. Pasa por desplegar el propósito superior escondido en el ADN, acelerar el despertar. Pasar de la materia a la conciencia y comenzar a utilizar nuestro potencial psíquico del plexo solar y extrasensorial.
  6. Creernos que nuestro estado natural es un estado cercano al éxtasis, al que accedemos sin agotar energías ni recursos, sino a través de la contemplación de la vida fuera y dentro de nosotros y a través de nuestro poder interno.
  7. Tenemos un rol protagonista en configurar ya el humano futuro, sus formas de relación sensibles y su libertad auténtica. Comencemos por hacer el ejercicio de imaginarlo y ensayarlo en laboratorios comunitarios.

Salir de la matrix es un acto instintivo, espiritual y salvaje. Sócrates dijo que si el alma puede tomar aunque sea una pequeña distancia del cuerpo, entonces puede percibir el verdadero ser. Es eso, una parada, en el silencio de tu habitación, de tu meditación, de tu danza sutil, es una iluminación, a tu alcance, muy cerca, al otro lado del confinamiento.

ALFREDO C. DOMBON

El despertar del chamán/bruja y el ascenso al Nagual

El despertar del chamán/bruja y el ascenso al Nagual

La búsqueda de la visión es un trabajo personal de privación y aislamiento que propicia la comunicación con el mundo espiritual y la profundización interna. Son diversas las formas que puede tomar. El retiro en la naturaleza o en un espacio silencioso apropiado y la dieta, estructuran una energía corporal y emocional adecuada para la apertura de la mente nativa y el diálogo con la realidad no ordinaria. Su finalidad es aumentar el poder interno y acercarse a experiencias de transformación a través el diálogo con el espíritu.

El espíritu es una esencia animada con inteligencia y grados de poder. Sus manifestaciones son muy diversas y se comunica por canales muy variados y creativos. Todo está atravesado por la conciencia, la energía universal, el ser, el espíritu, Dios, lo que cada una identifique. Establecer un diálogo con esta esencia es parte del aprendizaje de nuestro despertar de poder.

En esta búsqueda se practica la “no compasión”, que en los términos de Castaneda es una deliberada opción por traspasar nuestros límites, forzarnos en cierto modo a ir más allá del cansancio, el sinsentido, el miedo, etc., y mantenerse en la presencia yo soy dentro de la aparente desesperación o caos.

La naturaleza es el escenario más propicio. Existen lugares de poder, enclaves donde la energía está más presente para este trabajo: cuevas, lago, cascada, montañas, árboles, etc. La naturaleza es la aliada perfecta. La experiencia permite sentir como ésta es una manifestación del espíritu, nos habla, revela aspectos de sentido, tiene poder, formamos parte de ella, nos limpia y nos acompaña, podemos descansar en ella y fundirnos en ella. Es un espacio para la disolución del ego un portal para la comunicación con las realidades espirituales.

Utiliza la invocación, es la forma de expresar el deseo de ayuda a los seres espirituales con los que se realiza la experiencia. Abuelos (como genérico de antepasados), seres compasivos, animales de poder, espíritus del lugar. Puedes invocar la alianza de las energías de poder que reconozcas en tu vida: la energía crística, guías, maestros/as, etc.

Suelta la mente y el tiempo. No hay que hacer nada más que esperar a que el espíritu haga y a escuchar y encontrar las formas sutiles por las cuales este se va manifestando.

Utiliza algún instrumento de apoyo. Usa el sonido del tambor o de un instrumento que te permita mantener un sonido rítmico y constante durante un rato con comodidad. El tambor se sabe que altera el sistema nervioso central modificando la frecuencia del cerebro. Se trata de reproducir una inmersión auditiva. Lo puedes acompañar de sonidos o cantos espontáneos, deja que estos surjan de tu garganta, no los empujes.

Cuando lo sientas, inicia tu diálogo. Espera que tu propia mente nativa intuya, sienta el contacto la conexión con la realidad espiritual a través de la presencia de un ser amado, un elemento de la naturaleza, un animal de poder. Dialoga con tu experiencia interna. Deja que poco a poco, lo externo se vaya apoderando de lo interno.

DESPERTAR EL POTENCIAL BRUJA/CHAMÁN

Esta experiencia te introduce en el universo de tus posibilidades chamánicas. El chamanismo es un sistema o método para alcanzar la plena autonomía y autoridad espiritual, no para entregarla a nadie. Es un camino de independencia, una disciplina que conduce a la libertad en la práctica y el conocimiento del mundo espiritual. Va a propiciar un proceso de integración de lo mental, lo emocional y de la capacidad espiritual no mediatizada. El poder está dentro, pero hay que elegir  realizar un cambio deliberado de conciencia. Esto requiere de un compromiso personal.

El uso de plantas, los trabajos con la sombra, los aislamientos, la danza instintiva, la inmersión en la naturaleza, los temazcales o cabañas de sudoración, los cantos prolongados, las prácticas intuitivas, la visualización creativa, la ensoñación, son actividades que van despertando en cualquier persona su poder espiritual.

Un primer paso es reconocer la existencia de una realidad no ordinaria y la posibilidad de acceso. A partir de ahí hay que ensayar, practicar el viaje no físico a otros registros, dimensiones, mundos.

La bruja/chamán se acostumbra a viajar al nagual (la realidad espiritual) y a salir del tonal (la realidad material), y logra estar en cualquiera de las dos realidades a voluntad. Se dota de recursos y prácticas para ese cambio de conciencia. Poco a poco van internalizando cualidades de clarividencia o de sanación.

Primeramente adquiere el poder de la presencia: se apoya en su cuerpo físico y energético. Toma conciencia de estar ubicado en su cuerpo, de sentirse presente energéticamente, de que ese es el punto de partida. Se coloca ahí sin mente y practica ese contacto con la energía que existe en su presencia física y su cuerpo de luz.  

A partir de ahí, inicias una nueva forma de captar a través de los sentidos. Aprendes a ver con todos los sentidos muy despiertos, lo que va configurando el ver con el corazón. La comprensión se mueve con otros matices, otra configuración. Ahora la certeza adquiere un carácter emocional. El tercer ojo se hace presente y la percepción se hace más amplia. Cambia el lenguaje interno.

Comienza a practicar el diálogo con los seres. Da igual lo que sea que se presente. Es una práctica. Todo son entidades energéticas (también las enfermedades) y todas las almas pueden entrar en diálogo. Cuando habla con un espíritu lo hace de igual a igual, sin ceder la responsabilidad. Ahora la comunicación adquiere otros códigos. La bruja/chamán se acostumbra al lenguaje metafórico. Los espíritus se expresan mediante experiencias o enseñanzas simbólicas, parabólicas y metafóricas. Va más allá de lo literal y te conduce al conocimiento profundo. Hay un trabajo de descodificación de la semántica del universo en favor de otras personas y para su propio aprendizaje. En este registro percibes como el corazón despierta y sana con metáforas curativas y mensajes simbólicos. Toda la información que llega la vas registrando, va configurando un escenario interno de sentido. 

Inevitablemente irá emergiendo una conexión con la medicina. Hay una comprensión de fondo en este viaje: todo te lleva a la sanación porque de algún modo todo cura, todo sana. Por una parte tocar tus heridas y tu propia sanación te abre la sensibilidad al dolor universal. Inevitablemente al principio el espíritu te lleva a recapitular escenarios de tu propia vida, a sanar aspectos pendientes. Hay que vivirlos. Seguidamente se despierta la cualidad de la compasión: comenzamos a ver las situaciones de otras personas con una mirada que busca apoyar, entender, sanar lo que otros sufren. Entonces buscas hacerte presente a otras personas o conectarte con ellas para invocar en ellas la salud y el bienestar. Emerge el corazón compasivo. Explora las formas que adquiere en tu viaje ese propósito sanador.

EL ACCESO AL NAGUAL

Una práctica milenaria es la del acceso al nagual. Ayudados de la visualización creativa, practicamos el cambiar de plano, viajar a la realidad no ordinaria. Requiere de un esfuerzo y un estado que la búsqueda de la visión precisamente propicia.

Tanto si estás en la naturaleza como si eliges hacer esta práctica de manera puntual en un lugar silencioso de tu casa, túmbate y cierra los ojos. Todo lo que vaya sucediendo a partir de ahora, si lo deseas, lo puedes ir verbalizando, como describiendo en tiempo presente y en voz alta.

Pon intención al viaje. Declara tu misión, es importante. ¿Qué quieres hacer? Extraer alguna información, acudir a dialogar con alguien, simplemente explorar esta dimensión, pedir sanación…

Si dispones de una grabación de un tambor, utilízala de fondo. Es ideal que su duración sea de entre 20´a 30´. Abandonas la mente, puede pasar un rato, espera a que se calme. Apóyate en la respiración. Cuando sientas que estás dispuesto/a, te adentras en la visualización o imaginación activa creadora.  Lo que haces no es simple inventiva fantástica, aunque a la mente se lo parezca. Al contrario, permítete darle valor a lo que se te representa. Al principio y en base a estas pistas que sugiero a continuación, tu visualización será intencionada, pero poco a poco verás cómo adquiere autonomía. Esta es la clave. Antiguamente esto se consideraba una técnica de la medicina popular, se les llamaba “viajes del alma”. Se familiariza con el lenguaje eminentemente mítico de estas experiencias.

Busca en tu memoria la imagen de un lugar conocido que te transmita poder y en el que hayas estado. Esto te facilita representar los detalles de ese lugar. Puede ser una montaña, un árbol, una cueva, algún sitio especial asociado a la naturaleza. Es importante que hayas estado allí y lo conozcas.

Partiendo de ese lugar, inicia el ascenso hacia la realidad no ordinaria. Pon intención a tu visualización creativa. Hazlo a través de una columna de luz, la vía láctea, una escalera de cristal, escalera dorada, un arcoíris o de lo que sea que se te represente, y deja que el viaje comience a llevarte. (Las alfombras voladoras vienen de esta tradición, también la escalera de Jacob. Los chamanes siberianos usaban un trineo con renos, de ahí Papá Noel, que en realidad fue San Nicolás, obispo turco del S. IV)

Ahora deberás encontrar algún elemento que sirva de escenario de paso. El portal que da paso al otro lado. Experimentar esto, a partir de ahora, te va a indicar que has entrado en la otra realidad. Puedes hacerlo visualmente a través de nubes, portales o membranas. Es una barrera permeable que te ofrece la sensación de cambio de plano. Puedes traspasar los niveles que desees.

Una vez ahí, deja que el escenario se vaya representando por sí solo. Date tiempo, observa lo que viene. Elementos del paisaje, personajes, tus animales de poder… Ve creando un  mapa. Ahora eres el centro del universo. Lo que veas ahora será un mapa que se irá repitiendo en próximos ascensos y sobre los que irás avanzando. Si alguien se adelanta o tu animal de poder echa a correr, síguelos. Permítete el humor, toda emoción fija y cohesiona la experiencia.

Puedes encontrar todo tipo de escenarios, también todo tipo de maestros, deidades, personas fallecidas, conocidos o no. A cada encuentro pregunta si es tu maestro/a y si responde afirmativamente, inicia un diálogo. Eres un cosmógrafo, cartografía todo el escenario, muévete a tu voluntad también y explora.

Se accede a este plano para obtener respuestas o para promover sanación. Trabaja abierto al enigma y observa que cualquier elemento puede ser objeto de tus preguntas. Todo responde. A partir de aquí los diálogos y las experiencias se suceden. Déjalos que emerjan. Si lo que experimentas está conectado con la emoción, es la señal de que has alcanzado la realidad no ordinaria. No hay criterio, cada experiencia en esta dimensión es absolutamente personal y es válida en función de la congruencia que adquiere posteriormente en el escenario interno de la vida. Tú eres tu propia autoridad.

Una vez finalizada la experiencia, visualiza como retornas por el mismo camino al mismo lugar que elegiste al principio. Procura que la experiencia dure entre 20´ y 30´. El potencial chamánico se reaviva repitiendo estos viajes. No te desanimes si todo esto al inicio es muy débil. Lleva tiempo conectar con los registros sutiles del viaje espiritual. Cuando no pase nada, simplemente, nómbralo: “no pasa nada”. Y espera. Que tus primeras preguntas o intenciones sanadoras estén dirigidas hacia tu propia persona.

UNA EXPERIENCIA PERSONAL

Durante tiempo atrás me he ido familiarizando con el lenguaje de la visión que conduce a estados de clarividencia. La hipnosis primero, los enteógenos y la práctica de la visualización creativa, van dotando de poder a tu intuición.

Al inicio me ubico en un viejo árbol centenario, un pinsapo en el cual, dice la tradición, fue enterrada una curandera. Desde allí me visualizo trepando. Cuando llego a la copa ya una imagen cobró autonomía desde el principio: un tubo de luz me permite seguir trepando hacia el espacio. En un momento dado un Jaguar me ayuda en la ascensión, me subo a su lomo y llego a las nubes. Sé que ellas son la puerta de acceso al otro lado. Las traspaso y tengo la sensación de atravesar como una rendija que me hace aparecer en un paisaje natural. Allí se queda el Jaguar, sé que me espera para la vuelta. Una vez allí, durante los viajes que he realizado, voy reconociendo elementos a uno y otro lado del camino. Los animales de poder me acompañan, transmitiéndome una sensación de mucha alegría y apoyo.

En un primer viaje vi como un recoveco en la montaña. Allí estaba presente una antigua relación. Vi cómo se debatía entre el atrapamiento de su instinto-creencias, la aceptación y la adquisición de su máxima libertad. Entendí que yo también me identificaba con eso y que estábamos en el mismo viaje. Puede realizar un trabajo de sanación y reconciliación con ella.

En la siguiente incursión experimenté lo mismo en mi ascensión. El Jaguar me volvió a dejar al inicio de este espacio natural. Vi el mismo escenario que acabo de narrar a mi derecha y seguí el camino. Ahora encontré un palacio de cristal a mi izquierda. Entré y me maravillé de las formas de la arquitectura y de la belleza de la luz que allí había. Tuve una experiencia preciosa ya que en el centro de la sala principal, un enorme salón luminoso, entendí que podía acudir a ese espacio siempre que quisiera para pedir sanación para mí. Sentí mi cuerpo en perfecto estado de salud y tomé el placer de estar completamente sano.

En el siguiente viaje de nuevo reconozco los escenarios anteriores y sigo más adelante, descubriendo en cada experiencia lo que hay más allá. Veo una cabra encima de un montículo a la derecha. Me indica que entre a una cueva a través de un hueco que existe justo debajo de ella. Me agacho por su angosta entrada y desciendo a una cueva. Llego enseguida. Me encuentro un espacio oscuro en el que puedo distinguir un pequeño lago subterráneo y a la izquierda una mujer frente a una hoguera. Me acerco. Tenía el pelo blanco y no tenía dientes. Me viene a la memoria la imagen de María Sabina. Atizaba un fueguito. Yo me siento a su lado y le pregunto si es mi maestra (siempre hay que hacerlo y esperar la respuesta de los seres que nos encontramos). Me responde que sí. Al tiempo, me dice que la veo como María Sabina porque mi alma elije verla así. Le formulo la pregunta que traigo como intención en este viaje: ¿son adecuados mis viajes al Nawual? Me mira durante unos segundos y me dice que están bien. Se ha puesto a mirar el fuego. A partir de aquí despliega una serie de sencillos consejos: que cuide mi alimentación; que estoy en el lugar adecuado en la casa del búho; que mi madre está en un espacio de luz, fue sabia y buena, por eso es que reparte protección. Que me cuide en mi energía con lo femenino para que no me atrape mi inconsciencia, que recuerde que es un espacio de abundancia para crecer.

Las recibo todas con gratitud. Miraba el fuego mientras me decía estas cosas como si le viniera de él toda esta información. Me gusta mucho escucharla. Me dirige esas palabras con mucha paz y sabiduría. Le digo entonces: ¿Te puedo hacer más preguntas?  Ella responde rotundamente: no, ya has cumplido el propósito de este viaje. Cuando vuelvas, la cabra te indicará si puedes pasar o no. Me repite que practique así los viajes, que deje que el Jaguar me lleve. Sigue hablándome: tienes una lechuza blanca muy bonita, muy amorosa; tu inocencia está intacta; ese coyote que va contigo atrae los poderes chamánicos. Me despido.

Al salir encuentro a mis animales de poder. Siento entonces mucho amor por ellos. Percibo también su alegría. Son bellísimos espíritus guardianes. Ellos me conectan con el poder del universo a través de su ayuda y su pedagogía. Son representantes espirituales con un acompañamiento propio. Entiendo ahora que están conmigo como me recuerdan mi intención compasiva. La conexión con ellos es parte de ese incremento de poder, sin duda. 

Los animales de poder me conducen en mi cuarto viaje al Nagual. Vamos más lejos atravesando el paisaje inicial. Llegamos a un caudaloso rio que atraviesa el paisaje de izquierda a derecha. Una vez allí me invitan a vivir la experiencia de abandonarme al fluir tirándome al agua. Siento cierta indecisión, me cuesta. Al final me lanzo ayudado por la lechuza. Voy a la deriva, sin nada a lo que agarrarme. Percibo la angustia. La siento en mi cuerpo, experimento el miedo. (Recuerdo que le pedí a la búsqueda que me acercara a mis miedos. También que soñé días atrás como veía la muerte al final de mi vida y sentía una profunda angustia por primera vez). Entiendo en este trance como mis rutinas y planes diarios son auténticos agarraderos que me impiden entregarme al fluir de la vida. Pero ahora experimento cómo es soltarlo todo.

Mi cuerpo se tambalea como si verdaderamente estuviera moviéndome por esos rápidos. Pido un poco de tranquilidad, entiendo que ya he captado lo que me proponen y necesito parar, el rio entonces se aquieta en una ensenada. Me hago cargo de mis impedimentos para entregarme al fluir, aun puedo conquistar más libertad soltando cosas. Pero siento el reto dentro de mi.

Vuelvo a la orilla. Allí los animales me dicen que en realidad puede ser más suave el proceso. Me trae alivio. Puedo permitirme fluir equipado con una barca. Y allá voy. Me veo en una barca de remo de nuevo descendiendo a cierta velocidad por el caudaloso rio. Vuelvo a sentir los rápidos y la sensación de no tener asidero ninguno, ninguna seguridad a la que agarrarme, pero esta vez es más llevadero. Observo esta inquietante escena ya con cierta calma. Mi cuerpo, literalmente, sigue respondiendo a las ondulaciones de la barca, cuando observo como se acerca un paisaje de tormenta y se oscurece la luz. Entonces me abrigo, me acurruco en la barca y tengo un contacto emocional intenso. Siento que, en medio de esa situación adversa que hace más hostil la experiencia, me sostiene el hecho de sentir mi respiración y mi corazón. Las siento dentro con intensidad. Percibo que esto es todo lo que necesito para este viaje a la intemperie. Me conmueve esta vivencia, lloro al sentir como me abrazo a mi interioridad. La respiración y el corazón son la vida palpitando intensa dentro de mí. En realidad, con esto puedo hacer cualquier viaje, me puedo fiar. Pasa la tormenta y me adentro en unos meandros en los que la corriente se calma y el viaje se torna tranquilo. Se asemeja este tramo al cañón del colorado. Dentro de la barca están mis tres amigos. El Coyote, tumbado a mis pies, ahora me informa de que él es el instinto: que si me entrego al fluir de la vida, tendré mucha más energía disponible para lo que verdaderamente importa y que el instinto se me hará presente otorgándome más poder. La lechuza esta posada en la proa, me confirma también que tendré mucha energía para los viajes de sanación, para enfocarme en eso, a ella le encanta, es su poder específico. El mochuelo anda posado atrás, me fijo que se apoya sobre la palanca que mueve el timón. Me dice que ella es la intuición y que, del mismo modo, si me abandono al fluir, tendré mi energía vital conectada a la intuición, entenderé mejor las cosas y la sabiduría de la vida estará más a mi alcance. Sabré conducirme.