Corre el mes
de marzo. Sobre el planeta se cierne la preocupación y la parálisis que genera en
el ser humano la incertidumbre, el miedo y la fragilidad de la vida. Yo me
retiro solo al bosque durante tres días, sin comida, abierto al diálogo con la
naturaleza, los seres espirituales y las revelaciones del mundo interno. Salgo
al atardecer. Me adentro en este bosque a una hora de camino habitado por árboles
centenarios: quejigos, espino blanco, algarrobos, etc. Llego al lugar. Al oeste
un valle con campos de cultivo, detrás, la montaña. Ya es de noche, el silencio
solo es removido por el sonido del viento entre las ramas que ahora sopla
intenso. La noche es fría y comienza a llover. Comienza mi entrega a la
experiencia.
En el camino
he sentido emocionado toda la energía femenina presente en mi vida. Me venían
algunos rostros, su fuerza colectiva y como esta energía me acompaña poderosa. Me
da fortaleza. Elijo un sitio resguardado para poner la tienda y me abandonado
al no hacer, a la escucha. Invoco para estos días la apertura de un portal
dentro de mí, más allá de la avidez y el ego, donde ampliar la comprensión, el
sentir sobre la vida. Me duermo con la imagen de mis padres y mis abuelos que
vi tiempo atrás en una cueva. Creo profundamente que más allá de esta realidad hay
revelación, que el espíritu de la vida y la naturaleza se manifiesta, a quien
quiere y cuando quiere. Elijo confiar.
Muchas
tradiciones han explorado este viaje. En los ritos de paso de la antigua
Grecia, los que se sumían durante varios días en el viaje enteógeno en la
ciudad de Eleusis, vivían una epopteia,
una visión transformadora que les iniciaba en la vida espiritual. El viaje del
héroe se refiere también a esta búsqueda. Este suele responder a un esquema
universal que conlleva: salir a la aventura desde tu mundo cotidiano a lugares
de sombra que retan tus capacidades; atravesar experiencias sobrenaturales; luchar
con fuerzas que interrumpen el viaje; experimentar la privación, la
desorientación, la locura, el miedo a la muerte o la pérdida de identidad. Al
final de esta misteriosa aventura, el héroe vuelve a casa transformado, dotando
de mayor sentido a su vida, con una sensación de conquista y poder personal, provisto
en ocasiones del don de consejo o de sanación. El aprendiz de brujo, tras
encarar el inframundo, se vuelve un curador herido. En los relatos de
Castaneda, el viaje de transformación busca el “descenso del espíritu” donde,
al cruzar un umbral, este se revela al buscador. En realidad todas estas
vicisitudes del héroe, no son sino la confrontación con los propios
condicionamientos.
Me despierto
por la mañana temprano. Me pongo frente al sol, toco el tambor y activo mi
canto espontáneo. Mi garganta vibra con sonoridades desconocidas para mí. Pido
ver mis condicionamientos en esta búsqueda. Tras un rato, suelto todo y me tumbo, entro en
otro estado. El tambor me saca de la mente y me permite entregarme a ser
sostenido únicamente por la naturaleza que me rodea. Reviso una antigua
relación. También me viene con fuerza la presencia de papá y mi relación con
mamá. Entonces veo mis miedos a soltar el control, tengo miedo a sentirme preso
emocionalmente. Cuando me acerco a este sentimiento me defiendo con fuerza. Me
acerco a reconocerlo más de cerca. Me siento frágil. Reviso la historia de mi
padre y conecto con la soberbia de no pedir ayuda. Tengo dificultad para
reconocer mis miedos, es entonces, cuando huyo de ellos, cuando manipulo y creo
sufrimiento. A veces no he tenido valor para reconocer que me supera, que no
puedo manejarlo. Me duele haber causado dolor. Veo mis apegos y mi prepotencia,
me conecto con esto y sollozo profundamente, me perdono. Veo mis fantasmas: el
apresamiento que viví de niño sigue presente en mi cuerpo y me paraliza para
sentir. Es miedo, sí, me cuesta verlo. Me perdono de nuevo. Durante un rato
siento el alivio apoyado en la fuerza sanadora de la naturaleza que lo absorbe
todo y lo mitiga.
Si quiero
resolver mis laberintos, tengo que practicar en primera persona, perforar la
sombra, implicar el cuerpo y sumergirme en la propia experiencia. Existe todo
un componente energético-mental-emocional que estructura mi manera de ser y de
ver la vida: creencias, corazas, pasiones y traumas que he venido disolviendo
estos años para dar dirección a la propia vida. Me doy cuenta como el miedo me deja
confinado en lo concreto, lo útil, lo fáctico, me encierra en la idea de que
solo es válido lo inmediato, lo que está bajo mi control (mental). Pero también
sé que liberar esto es abrirme a mi poder interior. Así me lo narra un viejo
árbol. Me siento a su lado y le pido que me hable de mi sombra, de lo que
necesito limpiar. Comienzo a familiarizarme con la claridad interna:
La pereza que traes de tu rama materna, una
vez sanada, se torna en una energía apropiada para esperar y configurar la
entrega al presente y el fluir con la energía de la intuición. Es un estado en el que sueltas los propósitos y
las expectativas. El presente está bien así, amas las cosas como son. También
la vanidad que traes de tu rama paterna, cuando sana y se rompe el espejo narcisista,
se transforma en autoapoyo y amor propio auténtico, una fuerza poderosa para
vivir. Por último con tu forma de vida has resuelto con la tacañería de tus
abuelos, que te lleva a soltar el apego a la seguridad material y despierta en
ti un estado de tranquilidad y suficiencia con lo que la vida da, tomando la
verdadera abundancia del corazón donde reside la auténtica generosidad.
Esta
información me trae mucha alegría, reconozco mi itinerario con las pasiones y
dónde he ido resolviendo. Doy gracias por todas las personas que me han
acompañado en mi sanación. Emerge dentro de mí un estado de confianza en la vida.
Me doy cuenta de lo que nos lastra al ser humano: el apego al sufrimiento y el
miedo patológico.
Esta noche he
soñado con comida. El estómago parece que no se queja. Deshago hábitos a través
del ayuno y limpio. A veces pienso que esto va a ser difícil, que no es bueno
tantos días sin comer. Pero siento mi cuerpo bien y tengo energía. De nuevo el
tambor me lleva a cambiar mi estado. De mi garganta salen sonidos inspiradores
que me facilitan viajar. Esta vez me tumbo bajo el sol aprovechando que ha
despejado el cielo. Disfruto como nunca de sentir la luz solar calentando mi
piel. Le pido a los seres del bosque que me hablen de la información que traigo
dentro, los códigos dormidos. En un estado de profunda concentración recibo
esto.
En este ciclo de vidas que vivimos y
morimos, resulta paradójico pero: el alma mantiene esta forma de amnesia por la
cual en cada vida partimos aparentemente de cero. Eso sí, todos disponemos de
un montón de códigos dormidos dentro que traemos a través del aprendizaje a lo
largo de nuestra evolución. ¿Y por qué no vienen ya despiertos? -Le digo-, porque
hay que elegir abrirlos, filtrarlos a través de la experiencia y poner mucho
foco de conciencia para que conlleven un verdadero despertar. Es como un tesoro
que solo debidamente abierto es posible acceder a él y activar su riqueza. El
primer paso es reconocer que existen ahí dentro. Luego el proceso de acceder a
ellos propicia ese cambio de percepción, de actitud, de conocimiento interno y
de poder. Estos códigos emergen a un nivel consciente desde el instinto y la
intuición cualificadas, lo que configura nuestro perfil creativo. ¿Como se
despiertan los códigos? –pregunto-: con
la magia, es decir, la imaginación creadora. Dialogando con los seres y los
espíritus. Con el proceso de curación emocional, limpiando y sanando, están
disponibles los códigos para ti. También con el trabajo de regresión a vidas
pasadas y de ampliación de la conciencia. Acudiendo a técnicas propias de
clarividencia, mediumnidad y telepatía. Leyendo las claves genéticas. Pidiendo
al mismo Akasa y al universo astral conectado con esos códigos que se te
desvelen. También entregándote a la danza instintiva. Los códigos son un panel
de sabiduría que traemos insertado.
¡Cuanta
información! Me doy cuenta de que la mente, cuando procesa esta información, no
está activa, recoge esto en un estado de pasividad y de inmediatez. Cuando lo
experimento, me conecta con lo que podemos llamar la mente nativa, un sustrato de inteligencia primigenia. Un segundo
cerebro que combina receptores del plexo solar y cualidades instintivas e
intuitivas. Es una forma orgánica de percibir que activa una inteligencia más
allá de la cognición habitual. Cada vez que se experimenta, deja una sensación
particular. Recuperas el sentimiento primordial de fascinación ante la
inconmensurable abundancia, gracia y sabiduría de la naturaleza.
Esta
experiencia la viví con intensidad la segunda mañana. Me movía sin rumbo,
dejando que mis pasos fueran intuyendo la dirección dentro del entorno que me
había marcado para vivir la búsqueda. Vagaba de un punto a otro, y me inundó
una experiencia fuerte. Sentí el caudal infinito de la energía universal
crística disponible, una energía que la tradición llama Gracia y que es
extraordinariamente abundante. Es desbordante y está toda ahí, envolviéndonos.
Me conmoví.
¿Cómo
explicamos esta forma de comprensión? La psicología ha debatido largamente
sobre la percepción. Esta ha quedado atrapada en una estrecha franja física y
cognitiva. Solo aceptamos los estados de vigilia y de sueño. El estado de vigilia
es tan solo uno de los estados de conciencia posible, y no el más audaz. El
sueño está poco explorado. La psicología y la psiquiatría han devaluado lo
espiritual y lo mítico. Por eso hay que restaurar otra forma de pensar.
Para hacer
este viaje tenemos que entregar la autoridad del saber, más allá del conocimiento
científico, a la sabiduría de la vida inscrita en la naturaleza. Es el comienzo
para poder conjugar lo inefable y la reflexión empírica. Esta prueba siempre va
a poner en crisis nuestra mente. Es inevitable confrontar el mundo ordinario
con lo espiritual, es una crisis de separación por la que hay que pasar. Pero
cuando logras conjugarla, amplías tus posibilidades de ser y de crear la
realidad. Comienza un giro en tu relación con la naturaleza y la energía a
través de la cual experimentas que estas no son inanimadas. Abrimos un puente
entre la actividad bioquímica del cerebro y la actividad de la consciencia.
Esta noche he
dormido mal. Es la tercera. Horas sin pegar ojo dando vueltas en mi incómodo
aislante. Siento como mi cuerpo acusa dolorido el estar quieto muchas horas.
Percibo como manejo el estrés con poca paciencia. Siempre me ha costado sujetar
las situaciones dolorosas. El viento azota con fuerza la tienda esta noche y mi
mente bulle. Ya no sé qué hacer. Me levanto con decisión, ya es madrugada. Tomo
la determinación de marcharme a falta de un día. En ese momento respiro y
entiendo que se trata de una prueba más, que traspasar esto es parte del viaje.
Me recuesto de nuevo y logro dormir. Al día siguiente me siento milagrosamente descansado.
Salgo a la luz del día. Los colores y los contrastes de luz me parecen
brillantes. Mi vista se ha agudizado, presto mucha más atención a los detalles
y los disfruto de un modo más especial. El ayuno hace su efecto. Comienzo a
caminar dando vueltas a un mismo árbol. En muy anciano. Lo percibo y me entrego
a su sabiduría. Le pregunto por la inocencia y su papel en mi historia.
La inocencia es el sustrato espiritual de
esta configuración material en la que vivimos. Fue la primera manifestación que
adquirió todo lo material. Es un estado perfecto de entrega y de gozo. Hace
posible la sinarquía, la forma equilibrada de existir los seres. Está muy cerca
de la compasión. La inocencia tiene muchos nombres para el ego: estupidez,
mojigatería, incapacidad, falta de fuerza e iniciativa, infantilismo, etc.,
pero el que no se hace como uno de estos, como un niño, no puede abrir las
puertas al mundo espiritual. El que no purifica su niño no puede abrirlas, el
que no hace una alianza con su niño interno, lo cura y lo coge de la mano. La
inocencia permanece intacta a lo largo de las vidas para el que nunca asesina
(es verdad lo que vio Susi, pienso). Matar es la locura y lleva a la locura.
Hiere la inocencia. En el polo opuesto está el sanador y el artista, el primero
compensa la locura del asesino, el segundo la locura de la herida. El
contenido de esta información me parece profundamente espiritual. Recuerdo los
años en los que me entregué a la meditación en un contexto espiritual, todo
adquiere ahora un mayor sentido.
El chamanismo
y la mística han ido históricamente de la mano. En ambas emerge algo
inexplicable en el encuentro entre el individuo y la totalidad. En todo caso se
experimenta una vivencia incondicionada de la verdad. En el acceso a lo
espiritual, la ciencia debe declarar la indeterminación ontológica y reconocer
que se trata de un espacio inmaterial difuso pero dotado de razón. (Roger
Walsh). Cuando creo dentro de mí una alianza con la naturaleza, se van
ampliando estos estados perceptivos, e Irrumpe ¡el otro lado! Ahí, cuando me entrego a esta confianza mágica,
comienzo a trasmutar los parámetros que me han tenido subyugado durante años, y
comienza la exploración. Todo es posible cuando conectas con este nuevo poder. Lo
insondable se vuelve atractivo y cambia la lógica de comprensión. Incorporo
nuevas formas de percepción: la sincronicidad, el simbolismo, la fluidez, la
intención, el desvelamiento, la clarividencia, la visualización activa, etc.
Después de
rendirme ante la comunicación del árbol, me abrazo a su viejo tronco. Siento la
fluidez del tiempo. Respiro. Toda la naturaleza me parece un canto sublime a la
inocencia. Lo acojo. Me entrego a su poder, no hay nada que hacer. El bosque me
invita ahora a danzar con él, a penetrar en su espacio, en su energía. Me muevo
de nuevo sin rumbo entre las piedras y los árboles. Un palo en mi mano se mueve
mágicamente, sobre mis dedos, como si fuera una brújula. Me he abandonado
durante tres horas y luego me he tumbado. He sentido que empezaba a estar
abierta la visión. Invoco la voz de la montaña, a los animales del bosque, a
los elementales del lugar… todos me van dando claves para comprender mi vida y
mi momento.
Ensaya la ensoñación, -me dice un quejigo
centenario-, ahí puedes despertar vías de sanación. La sexualidad, como el sol,
son fuentes de energía para la vida si los tomas con receptividad,
abandonándote. Vas a tener mucha salud, -me dice otro árbol con el troco hueco-.
Estudia, profundiza en los temas y comparte tus pensamientos, esto amplifica
muchos efectos. Activa el placer a través de la presencia, de la música y el
cuerpo. Existen muchos planos del sentir, si los tomas sin apego y sin pasión, serán
espacios abundantes de captación y regulación de la energía disponible. Dialoga con la realidad, con los seres.
Le pregunto a los espíritus compasivos como
experimentar a Dios: me dicen que sanando y creando, me refiero –dice- creándote a ti mismo, despertando tus máximas
posibilidades internas. Le pregunto al viento y me dice que las palabras se las
lleva el viento. Me rio. Pero –dice luego- las palabras que nacen del corazón
las retengo y las esparzo.
Sigo
escuchando más mensajes. No hay que hacer
nada para completar el propósito, solo hacer lo que está en ti desde el placer.
Come algas, traen información muy antigua. El tambor también es un código muy
antiguo, confía en él. Haz círculos de palabra con otras personas. Hay una
funcionalidad profundamente estructurada en esta realidad, es la funcionalidad
del amor. Despójalo de su manto romántico, construye una pedagogía del amor
propio. Verifica la potencialidad y el poder del amor cuando lo consolidas
dentro. Tiene una maestría propia que formula y estructura la realidad, todas
las formas de lo humano.
La montaña me vuelve a hablar, me dice: dialoga
con tu alma, ella tiene toda la información. Explora sin cesar, estás iniciando
tu alianza con la naturaleza. Aquí en la soledad no resuenas con nada externo y
te conectas con el poder de lo natural y sobrenatural. Potencia el corazón que
ama que, una vez sanado, pronuncia la palabra amor y es muy poderoso. Recuerda
que el ego es extenuante, obsesivo, exigente, acomodaticio, esquivo, es un
farsante y un traficante.
Al árbol muerto, caído en el suelo, le pregunto
mientras trepo a una de sus ramos para sentarme. Háblame de la muerte. Pronuncia
entonces una palabra con rotundidad: descanso. Contemplas toda la vida con
profundo amor y sueltas, es la liberación, el descanso total. Cierre de un
ciclo, sigues adelante. Durante un rato me quedo en contacto con el placer
que me da experimentar ese mismo descanso profundamente.
Me tumbo en el
suelo. Han pasado varias horas. Lloro de alegría por sentir tanta abundancia,
tanta noticia que informa mi corazón. Entiendo que más allá de la realidad
ordinaria existe una realidad no ordinaria. Esta última es tan real como la
otra e incluso más amplia. Las entidades dejan de ser arquetipos, procesos
bioquímicos o fantasías patológicas, y pasan a entrar en el escenario de lo
posible.
Desde que el
antropólogo Mircea Eliade relatara en 1951 las técnicas arcaicas del éxtasis en
su investigación sobre el chamanismo, y posteriormente con los relatos de
Carlos Castaneda, en occidente comenzamos de nuevo a tomarnos esta sabiduría en
serio. En el libro del “Conocimiento silencioso” nombra Don Juan la gran falla colectiva: vivir nuestras
vidas sin tener en cuenta la conexión con el Intento, la fuerza encendedora: el
espíritu. Todo por lo precipitado de nuestra existencia, nuestros inflexibles intereses,
preocupaciones, frustraciones y miedos que tienen prioridad. En el plano de
nuestros asuntos prácticos, no tenemos ni la más vaga idea de que estamos
unidos con todo lo demás.
Es un
sentimiento extraordinario sentirte unido a todo lo demás. Es un acto de fe
difícil para la mente. Pero la emoción informa verdaderamente cuando la has
cualificado, cuando entiendes el magisterio de la mente nativa. Conectar con
esa realidad no ordinaria puede convertirse en algo cotidiano. Tal y como lleva
exponiéndonos la física cuántica desde hace más de 120 años, la materia y la
energía es lo mismo, en diferentes planos de frecuencia de luz. La epigenética
nos ha dicho que el material del que está hecho el ADN, no solo es sensible a
las frecuencias de luz, sino que emite luz. La cualidad espiritual que nos
configura como humanos, es la que nos permite entender todas las realidades
como entidades de tipo energético, ya sean seres, fenómenos o enfermedades,
etc.
Ahora deseo
naturalizar ese estado extendido de la conciencia que me permite dialogar con
lo espiritual. No a modo de monólogo devoto en una sola dirección. Entiendo que
no es eso, es más bien parecido a lo que vive el artista, que desconoce el
origen de su inspiración pero reconoce en ella un divino-natural vivo y
consciente.
Hay formas de conocimiento
inasequible por la vía ordinaria. La búsqueda de la visión me ha permitido
entender como es la claridad interna obtenida en esos estados. Amplio el umbral
transpsicológico. Mi mente ha perdido el pleno poder. Los estados de conciencia
diversos: chamanismo, mística, enteógenos, regresiones, etc., propician un modo integrativo de la conciencia (Michael
Winkelman). Al hacer esto estamos modificando la visión del mundo. Todo es un
flujo vibratorio dotado de inteligencia propia que cambia permanentemente y que
unifica la vida. Esto es fácil experimentarlo cuando te entregas a la búsqueda
de la visión en un medio natural. He experimentado durante tres días un estado
de apertura y de disponibilidad tal, que me han permitido captar conocimientos
a través del gran libro de la vida que es la naturaleza y sus múltiples formas.
Atardece,
quedan unas dos horas de luz solar. Completo los tres días. He bebido cerca de
tres litros de agua. Tengo el cuerpo cansado. Recojo y me despido lentamente
del bosque. Lo siento compañero, maestro, hermano. Respiro profundo, sé que
esto ha modificado profundamente mi experiencia. Prometo volver con frecuencia.
Voy lento, no tengo energía, camino despacio, con el alma expandida, confiado. Recuerdo
que en una ocasión leí como Carl Sagan, distinguido pensador racionalista,
vivió una experiencia cercana a la muerte (ECM). Tras ello, valoró cómo le
había generado una visión distinta de la vida, entendiendo mejor qué es lo
importante y lo innecesario y aumentando su sentido de la presencia.
Quiero enfocar la definición de Shiatsu en lo obvio que ocurre en una sesión. Shiatsu es una experiencia de presencia en el aquí y ahora, es una meditación dinámica, y es una experiencia donde predomina el sentido del tacto entre dos personas, como un abrazo en movimiento. Esta reflexión es muy útil para observar que presencia y contacto son los elementos básicos que constituyen una experiencia de Shiatsu. Considerar esta visión proporciona posibilidades infinitas para profundizar mucho en el trabajo que realizamos con una persona. Un tercer elemento disponible en este trabajo es la relación entre cliente y profesional. Este elemento posee una fuerza transformadora que habría que valorar más y reconocer, ya que es clave para incrementar la presencia y el contacto que está ocurriendo en cada sesión que establecemos con cada uno de nuestros clientes. Ahora os propongo que dejemos a un lado el valioso conocimiento de Medicina Tradicional China que contiene nuestro Shiatsu y que muchas veces nos da luz en nuestras decisiones y movimiento, y nos centremos en estos tres elementos: presencia, contacto y relación. Una sesión de Shiatsu plantea una oportunidad para que yo me dé cuenta y tú te des cuentas de tu propio cuerpo, qué sensaciones registras, que estás sintiendo en cada instante de la experiencia. El cuerpo humano vive en el aquí y ahora a pesar de que nosotros evitemos en muchos momentos habitar plenamente nuestro presente, y huyamos a nuestra fantasía, demos prioridad a nuestro pensamiento, anticipemos el futuro con nuestra imaginación o evoquemos recuerdos de nuestra vida o creencias como patrones antiguos que seguramente no están actualizados en nuestro presente. El cuerpo sólo puede vivir en el presente, por ello cuando nos enfocamos en nuestra respiración y profundizamos en este enfoque generamos una meditación, chikung en la cotidianidad, y habitamos el instante que nos ocurre con mayor intensidad, con nuestros sentidos abiertos y disponibles. Por eso cuando ocupamos con intensidad nuestro propio cuerpo emerge todo el contenido emocional de nuestra vida actual, nuestra necesidad imperante se pone en primer lugar para que la reconozcamos con claridad y para que sostengamos el viaje emocional pendiente. Con la relación de ayuda con Shiatsu facilito el incremento de la presencia y el contacto para que mi cliente active, despierte, rescate, renueve, y tome sus recursos internos. Cuando la persona se entrega al Shiatsu podría estar activando la confianza, la receptividad, la sensibilidad, la creatividad, la espontaneidad, la presencia corporal, el vacío, el placer de estar vivo, la alegría como energía vital, el descanso como necesidad, el silencio, la ensoñación, la autoestima, la valoración del cuerpo, la autoridad interna(elegir lo que quiere en cada momento) … o bien podría experimentar resistencias a entrar en estos sitios como control del movimiento, como ruido mental, insensibilidad, dificultad para la entrega, vergüenza al tacto, miedo al dolor injustificado, actitud defensiva, rechazo a sus síntomas físicos… nosotros como terapeutas podemos comunicar nuestra observación y devolverle un espejo para que pueda contactar consigo mismo de modo amplificado, y reconozca el lugar donde se encuentra, su dificultad, y que sea él quien elija el ritmo de su propio trabajo, afinando a donde se dirige su necesidad de atención, pidiendo claramente lo que espera de nosotros como Shiatsusis, informado de lo que nosotros observamos de él y podríamos atender también si el cliente lo considera interesante para su desarrollo o necesidad. Con estos tres elementos: presencia, contacto y relación, generamos una poderosa relación de ayuda a través del Shiatsu. Cuando yo establezco una relación de ayuda profesional con mi cliente puedo darle un sentido si tengo en cuenta determinadas propuestas encaminadas a que la persona a la que acompaño tome su responsabilidad. Mi acompañamiento va orientado a facilitar que el cliente despierte sus propios recursos de autoapoyo y autoayuda, de manera que fomento el despertar de la autonomía del otro, frustrando cualquier movimiento hacia la dependencia. Es importante que nos demos cuenta de que el modelo de autoridad que manejemos en nuestra consulta con las personas que nos piden cita, puede facilitar la autonomía o por el contrario la dependencia, y es imprescindible que nosotros mismos tengamos claramente el modelo de autoridad interna que favorezca la activación del poder personal del otro y el nuestro también al mismo tiempo. Si yo me posiciono como una autoridad que posee un conocimiento en MTC que muestro como indispensable para buscar una solución al problema emocional, energético, o corporal de mi cliente, y oriento a esta persona sobre lo que debe hacer con su vida en muchos aspectos, es decir le traslado una lista de deberes que decido yo y que el otro acepta, al mismo tiempo que decido unilateralmente el Shiatsu que es necesario que reciba para su mejora, estoy robando a mi cliente su capacidad de exploración, búsqueda y encuentro de sus propias soluciones existenciales, le robo la posibilidad de que se escuche y me pida lo que necesita con Shiatsu, le robo la posibilidad de que él escuche a su cuerpo y se tome el tiempo suficiente (las sesiones que requiera) para darse cuenta de lo que le pasa y emerja en él un deseo de probar vías nuevas para mejorar su bienestar. Utilizo el verbo robar porque se trata sin duda de un abuso en la autoridad. Me posiciono como la autoridad que sabe lo que le pasa al otro, ¡justificándolo con mis años de estudio de MTC! Estableciendo una relación desigual donde yo poseo más conocimiento que la persona que acude a mi consulta, de manera que ocupo un lugar de superioridad y por lo tanto desde ese lugar ofrezco al otro la posibilidad de seguir mi criterio, hacerse mi seguidor, generando una dependencia. Y esto no facilita el despertar. El modelo de autoridad es uno de los trabajos más importantes que se pueden realizar en la relación de ayuda con Shiatsu. Con el objetivo de crear una relación horizontal entre mi cliente y yo, de manera que aunque yo haya recibido mucho entrenamiento en la escucha de mi cuerpo y lo haya integrado quizás dentro del marco teórico de la MTC, no significa que yo sepa más que el otro, sólo significa que soy más veterano/a en mi trabajo personal, llevo más tiempo practicando, y a mi consulta acude una persona que quiere iniciarse en la conciencia corporal, para acercarse más a su cuerpo, poder escuchar su propio lenguaje corporal, y encontrar sus propias formas para conseguir mayor bienestar en su vida. Yo puedo acompañar al otro en este viaje de descubrimiento de sus propios recursos, sin empujar a ninguna dirección que yo considere “buena”, ya que la experiencia del bienestar es subjetiva y cada uno puede darse cuenta de lo que le sienta bien y lo que le sienta mal, sin que encontremos verdades universales que no existen, y cuando la persona emprende esta exploración activa su propio aprendizaje a través de su cuerpo, y su cuerpo es su propio maestro. Nosotros podemos acompañarles en este proceso con Shiatsu y esta es nuestra labor más importante, dar un espacio de confianza y tiempo en la serenidad y paciencia donde el cliente pueda adentrarse en el autoconocimiento a través de su organismo, donde está toda la información que necesita para recuperar su bienestar. Facilitar que el cliente tome su responsabilidad es un trabajo elemental, ya que parte de toda su confusión y de sus problemas se originan en la evitación del hacerse cargo de lo que le ocurre, empezando por su cuerpo. Así que lo que nunca puedo es tomar una responsabilidad que no me corresponde como profesional: decirle al cliente que yo le voy a devolver la salud, o que yo sé lo que le ocurre. Puedo por otra parte acompañarle con toda mi profesionalidad a que encuentre sus respuestas y su bienestar. Esto no significa que yo como profesional me ponga al servicio de mi cliente y me haga invisible. Yo soy parte de la relación de ayuda y mi voz tiene un sitio tan destacado como la suya, es necesario que yo sienta entusiasmo por mi trabajo y para ello exprese todo lo que siento en la sesión desde la honestidad. Así la comunicación se convierte en algo fundamental, ya que es un recurso que favorece el contacto, la presencia y la relación. ¿Cómo gestionar la comunicación en Shiatsu? Yo le devuelvo a mi cliente lo que siento en cada momento que sea oportuno expresarlo. Para conseguir fluir con este recurso es necesario poseer entrenamiento, no es una comunicación cotidiana, es una comunicación orientada a producir mayor contacto, así que esto implica expresar lo que siento que es necesario que el cliente escuche de mí, aunque pueda resultar incómodo. Ejemplos: -Me doy cuenta de que no te entregas completamente al Shiatsu, que controlas, y eso me genera cansancio porque es como si te tuviera que convencer. -Cuando he tocado tu vientre he tenido la fantasía de una niña corriendo por la playa ¿te sugiere algo esta visión mía? -Durante el Shiatsu has estado hablando de cosas superficiales esto me ha aburrido, lo he vivido como que no permitías ser tocada por el Shiatsu, ¿te das cuenta para qué llenas de palabras tu momento de Shiatsu? -Me doy cuenta de ti que estás triste y me agobia que no te sientas cómodo conmigo para expresarlo y contarme qué te pasa. -No tengo respuestas a tu pregunta de por qué te duele tanto el hombro ¿quieres que te ayude a sentir lo que le ocurre a tu cuerpo con Shiatsu? Tú puedes descubrir lo que te pasa. -No puedo curarte, nadie puede curar a nadie, y sí puedo acompañarte a que encuentres la manera de sentirte mejor ¿quieres recibir mi acompañamiento con Shiatsu? -He sentido miedo cuando te tocaba la parte baja de la espalda ¿has sentido miedo tú en algún momento? He puesto algunos ejemplos de comunicación directa y honesta en Shiatsu, son ejemplos imaginarios con los que quiero trasmitir un enfoque diferente en la comunicación que vaya poco a poco incrementando la relación de confianza con nuestro cliente, ya que nosotros como profesionales entrenados no nos callamos nada que requiera ser expresado, ya que todo lo que sentimos es parte del trabajo que ha venido a hacer con nosotros esta persona, aunque a veces nos sorprenda lo que de pronto aparece en la relación de ayuda. Nos pueden sorprender muchos estados emocionales que nos surgen con determinados clientes, por ejemplo, el sentimiento de rechazo, cuando me enfado con mi cliente por su actitud, cuando la persona me provoca mucha pena, o me aburre lo que me cuenta, o cuando la persona me suscita el deseo sexual. Existen muchos estados emocionales que son difíciles de tratar para cada uno de nosotros. Sin duda estos estados emocionales nos pueden coger desprevenidos y requieren mucha habilidad para ser gestionados en la consulta. Negarlos es enviarlos a la inconciencia, y nosotros nos hemos posicionado en una labor a favor del despertar de la conciencia. Así que cuando siento rechazo, rabia, aburrimiento, incomodidad, pena, o deseo es importante expresarlo, porque mi voz está participando del trabajo que estamos realizando en la sesión y no debo silenciarla, posee mucha información para el otro y puede convertirse en la confrontación necesaria para que el otro despierte, reaccione, tome su responsabilidad. Confío plenamente que todo lo que emerge en una sesión de Shiatsu es porque requiere ser atendido con la máxima sensibilidad y presencia de nuestra profesionalidad. Siempre que nos desafíe o desborde el lugar donde nos ponga nuestro cliente es imprescindible buscar la supervisión de otro terapeuta, para mi es mejor un terapeuta de Gestalt que pueda facilitar el contacto con lo que nos ocurre con nuestro cliente. Por eso nuestro trabajo es una posibilidad de superación permanente y nos invita a reciclarnos, supervisarnos, revisarnos para continuar este entrenamiento en la presencia, el contacto y la relación de ayuda con Shiatsu. Si somos honestos reconoceremos que el trabajo de relación de ayuda con Shiatsu funciona en dos direcciones. Hay una persona que pide una ayuda para ser atendida en su necesidad y esta persona nos refleja algo de nosotros. Trabajamos ambos. A veces nosotros trabajamos con el hecho de reconocer que la dificultad que nos presenta nuestro cliente es un lugar donde estuvimos en el pasado. A veces superamos un síntoma físico y nuestra consulta se llena de personas con este síntoma como si una inteligencia invisible guiara a estos clientes hacia nosotros que ya superamos esta prueba. Otras veces el cliente nos plantea una dificultad que nosotros no hemos superado y entonces trabajamos a dúo. Por este motivo es tan importante la supervisión de nuestro trabajo. La supervisión no consiste en que otro terapeuta te de consejos de cómo hacerlo “bien”, sino que es un trabajo donde planteo la dificultad con mi cliente para que yo pueda explorar posibilidades de acción y observar cómo me siento, también pueda darme cuenta de qué de mí me refleja mi cliente y pueda atender mi propia necesidad en un espacio de supervisión. La supervisión nos recuerda que seguimos aprendiendo, y que el desarrollo de la profesión nos sigue planteando retos y pruebas. Si pensamos que por terminar una formación y estar en posesión de un diploma, o por tener muchos años de experiencia yo ya estoy fuera de la necesidad de revisión, aún tengo un trabajo pendiente con la humildad y con la realidad de este trabajo que propone un aprendizaje continuo.
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Los profesionales que practicamos Shiatsu nos ofendemos o nos resistimos a definir el Shiatsu como un masaje. La definición que hagamos de Shiatsu nos indica dónde nos queremos posicionar, donde nos sentimos cómodos para realizar nuestro trabajo y aunque nos movamos en una comunidad de practicantes, cada uno de nosotros como profesional individual explora su territorio, descubre cómo le gusta realizar su trabajo, qué puede honestamente ofrecer y cuál es su límite en el momento presente.
He aquí la definición de Shiatsu que recogen los estatutos de APSE (artic. 35):
“El shiatsu es una práctica basada en la teoría médica japonesa y china cuyo fin es ayudar a las personas en sus procesos curativos y en su autodesarrollo a través de la presión y el contacto. Es un sistema holístico, que considera los síntomas y las enfermedades como manifestaciones de los desequilibrios y busca resolver las causas que subyacen en estas condiciones, trabajando con la energía de la persona a través del cuerpo”.
Creo que cada uno de nosotros, que hacemos cada día del Shiatsu nuestra profesión tenemos una manera de comunicar lo que es, y en esta definición de qué es Shiatsu nos posicionamos nosotros sobre qué queremos dar con este trabajo de relación de ayuda a otros y cuál exactamente es nuestra propuesta. Si no nos sentimos a gusto con decir que Shiatsu es un masaje es porque no creemos en la función exclusivamente mecánica de este trabajo. Más allá del mecanicismo seguimos buscando cuál es nuestro sitio.
La última definición que yo he usado ha sido esta:
Shiatsu es una relación de ayuda a través del trabajo corporal y el contacto físico fundamentalmente con las manos (aunque también se pueden usar pies, antebrazos, rodillas…) donde se recorren los meridianos de energía o chi(Medicina Tradicional China) y se trabaja con presión, calor, estiramientos, movilizaciones, aperturas, sedación o tonificación de puntos en el cuerpo. Su pretensión es acompañar a la persona a despertar o activar sus recursos de conciencia corporal y de autorregulación del organismo para regresar al equilibrio o salud, o bien para incrementar su autoconocimiento. En este proceso pueden emerger estados emocionales en el receptor y esta emergencia se considera parte importante de este trabajo, pudiendo abrir el diálogo en la sesión, o bien acompañar en la expresión de la emoción (llanto, rabia, etc…) o el movimiento corporal que se ajuste a la vivencia interna del receptor.
Según la definición que uno posea, escrita en un papel o latente en el interior de cada uno, se dará cuenta de qué posición ocupa cuando se sienta enfrente de su cliente antes de comenzar la sesión de Shiatsu: qué puede y quiere ofrecerle y qué no quiere ofrecerle, cuál es su límite en este trabajo.
Posicionarse clarifica la relación de ayuda tanto para el receptor como para el profesional y la primera entrevista puede utilizarse para sentar las bases del trabajo.
No existe para mi mayor experiencia de transformación y salud que tomar la responsabilidad de lo que me ocurre: darme cuenta de qué me ocurre, lo que siento, cómo se expresa en mi cuerpo, y decidir qué quiero hacer con esto, explorar mis posibilidades de acción y probar con lo que quiero probar. Yo quiero que mi cliente de Shiatsu vaya tomando la responsabilidad de su cuerpo, de sus síntomas, de su salud, de sus emociones… observo detenidamente cuando mi cliente de Shiatsu me pide que yo le quite sus síntomas físicos incómodos, le cure su enfermedad o algo por estilo… no caigo en la trampa de tomar una responsabilidad que yo no puedo asumir ni quiero hacerlo ni intentarlo… seguir “jugando a médicos y pacientes” es perpetuar la dependencia de mi cliente al apoyo que viene de fuera de sí y tomar la responsabilidad de su salud es lo realmente diferente que puede guiarle a recuperar la autoridad de su vida y restaurar su vitalidad. Por eso le comunico a mi cliente que en la sesión de Shiatsu yo le voy a acompañar en su exploración para que descubra qué le ocurre, qué contiene su síntoma, cómo se siente y qué quiere hacer… Si espera de mi que yo “le cure” “le salve” “le ayude” le explico claramente su error, y la importancia y el valor del acompañamiento que yo le ofrezco. Efectivamente yo no le voy a ayudar, como si yo supiera lo que él o ella necesita, yo le voy a acompañar a que él o ella se de cuenta de qué necesita y que decida cómo quiere atender su necesidad, a que se de cuenta de lo que contiene su síntoma físico y que ventajas y costes posee… porque los síntomas físicos también son deseados y persisten por sus ventajas.
Te acompaño desde mi presencia física, energética y emocional, para que con mi escucha y atención a través del tacto y el reconocimiento de tu entramado energético puedas reconocerte a ti mismo y darte cuenta de qué te pasa, a partir de ese reconocimiento puedas habitar tu emoción, sentir tu cuerpo plenamente en toda su extensión, y decidir qué quieres hacer con lo que descubres.
Conforme se aclara este enfoque a través de la comunicación y de la vivencia, el cliente de Shiatsu recibe un espacio y un tiempo donde es posible profundizar en sí mismo y donde los límites del trabajo personal se van ampliando, ahora mi cliente no viene a darse “un masaje” ahora se da cuenta de que viene a tomar contacto consigo mismo, revisar su momento presente, escucharse tanto en lo físico, en lo energético como en lo emocional y tomar decisiones, recuperando su autoridad interna… esta propuesta anima al cliente a ir siempre un poco más allá de sí mismo… La persona encuentra un espacio para tocarse y descubrirse, un sitio de máxima confianza donde no existe el juicio y puede traer a la luz asuntos incompletos de su vida, cuyas memorias están presentes en su cuerpo aquí y ahora, ese cuerpo que yo como profesional de Shiatsu le estoy tocando durante toda la sesión, y ese valioso hallazgo lo utiliza para ir cada vez acercándose un poco más a sí mismo, a las cosas que realmente son importantes para sí, cada vez un poco más profundo, un poco más directo a la necesidad que tiene de darse cuenta y reconocer lo que le está pasando ahora, lo que siente, lo que emerge de su interior para ser visto, comprendido, aceptado, integrado.
En este punto me doy cuenta de la importancia que tiene que el profesional de Shiatsu haya vivido un profundo y comprometido proceso personal, donde haya trabajado con su cuerpo y con sus emociones, haya superado rasgos automáticos de su carácter y haya conquistado un espacio grande de libertad interna, sea responsable de su salud y vitalidad, y haya despertado recursos como la fe absoluta en la autocuración del cuerpo, la creatividad, la autonomía, la autoayuda, y el autoapoyo… que realmente tenga algo que ofrecer en una relación de ayuda a través de Shiatsu que no sea un masaje mecánico basado en técnicas japonesas y nociones de medicina china.
Si nos posicionamos en una atención holística es honesto y necesario entregarse a un entrenamiento en este sentido que debería estar contenido en la propia formación que nos cualifica como profesionales de Shiatsu… pongo un ejemplo ficticio: soy estudiante de Shiatsu y estoy en mi segundo año, mi compañero está trabajando conmigo en el canal de Bazo en una práctica de nuestra formación y me está doliendo, en ese dolor siento rechazo y me siento incómoda, mi impulso primero es expresarle mi incomodidad y lo hago, en ese momento él me anima a respirar este dolor… toma aire, me dice, y cuando expulses el aire llévalo a este punto que estoy tocando… confío en él y exploro su propuesta, de pronto incremento el contacto con mi dolor y descubro que además de este dolor físico siento rabia, de pronto aparece en mi visión interna la cara de mi expareja, y me doy cuenta de que siento rencor hacia él, a mi mente vienen palabras que me gustaría decirle, expresarlas en voz alta, mi respiración se acelera… ¿cómo gestionamos esto en la clase de Shiatsu?
Este ejemplo es común que ocurra en una clase de Shiatsu, ya que el Shiatsu no es un masaje y sí un trabajo profundo de contacto, y cuando entro en contacto conmigo aparece todo aquello que necesito resolver y que mi cuerpo me puede ayudar a integrar… y es el sitio y el momento perfecto para darme cuenta de lo que me pasa, y si yo soy estudiante y estoy en formación necesito entrenarme en lo que luego le ocurrirá a mis clientes en la consulta de Shiatsu… ¿Cómo aprender a apoyar la comunicación de sentimientos, o de conflictos internos?¿Cómo abrir un diálogo con el síntoma físico?¿Cómo sostener estados emocionales como dolor, rabia, vergüenza.. que pueden surgir en mi cliente cuando está bajo mi contacto de Shiatsu?¿qué hacer si mi cliente en la sesión de Shiatsu contacta con un trauma de abuso, regresa a un recuerdo doloroso?¿qué hacer si mi cliente despierta su deseo sexual en la sesión y le gusta, o despierta su deseo sexual en la sesión y le avergüenza y pretende proyectar este deseo en mi, es decir, pensar que yo soy quien le está tocando de “manera sexual” en lugar de reconocer que es él o ella quien está sintiendo deseo y tomar esa sensación para explorar y escuchar qué le pasa a él o ella con su deseo?
El Shiatsu mueve hacia dentro, utiliza un elemento que es el contacto físico y el calor de la cercanía que promueve una confianza muy grande en quien lo recibe, invoca la sabiduría del cuerpo a través del reconocimiento que hacemos de sus canales energéticos, y activa el deseo del organismo de soltar memorias, de digerir emociones que provocan en el cuerpo sensaciones intensas, las cuales tocamos con nuestras manos cuando damos Shiatsu, incrementando el contacto con ellas para nuestro receptor… es decir que sumamos nuestra presencia energética y física a lo que le está ocurriendo a nuestro receptor y esto empuja a la superficie aquello que nuestro cliente quiere resolver hoy, aquello que necesita ver, comprender, asimilar, reconocer, sentir, darle espacio, que es aquello a lo que se resiste tanto y por eso le duele el cuerpo y crea síntomas físicos… o enfermedades del cuerpo o exageraciones en el carácter que producen mucho sufrimiento emocional.
Cuando yo terminé mi formación de Shiatsu y puse en marcha mi sala de trabajo con esta herramienta poderosa recién integrada en el año 2004, pronto empecé a recibir clientes y estos clientes me reflejaban continuamente las carencias en mi formación: no tenía ni idea cómo establecer, abordar y profundizar en lo más importante que ocurre en la sesión de Shiatsu: la relación de ayuda… dos seres humanos que se encuentran en relación de igualdad para explorar una dificultad que plantea el cliente y que el Shiatsusi decide acompañar… en ese momento mi mayor recurso era enfocar mi presencia en los canales energéticos de mi cliente para de esta manera acompañarle en su conciencia corporal y energética, pero si este incremento de conciencia provocaba una emergencia en mi cliente, yo carecía de recursos para darle soporte, forma, claridad, estructura a esta emergencia… necesité una formación de Gestalt para descubrir mi propio trabajo personal y de esa manera pude completar mis habilidades como Shiatsusi y poder abrir el diálogo cuando fuera necesario, sin proteger nunca a mi cliente de lo que pueda resultarle incómodo de afrontar, ya que está en el sitio más seguro de su vida para abrirse a lo que su emoción y su cuerpo quiera mostrarle hoy y yo me he entrenado con conciencia para no permitir desaprovechar esta oportunidad de toma de responsabilidad: para mi de hacer mi trabajo y para el otro de reconocer lo que le ocurre.
En el estilo Vivencial de Shiatsu valoramos mucho el trabajo de relación de ayuda en grupo con Gestalt para completar la formación, por varias razones que ya he señalado. Nadie puede establecer una relación de ayuda sin antes haber bajado a su propio infierno personal y haber integrado su sombra, eso que no reconoce de sí mismo, sus miedos, sus traumas, su núcleo básico de dificultad existencial… nadie puede acompañar a otro a sostener su dolor si antes no ha aprendido a respirar el suyo propio sin huir de él, nadie puede darse cuenta del contenido emocional y mental de un síntoma físico si antes no ha desenmascarado los suyos propios en un trabajo largo donde ha devuelto el poder de su salud a su cuerpo.
Por otra parte el profesional de Shiatsu necesita entrenarse en descubrir las trampas de su propio ego para poder sortear las que su cliente le hará, poder confrontarlo, frustrar su manipulación y apoyarlo de manera extraordinaria cuando contacte con su vulnerabilidad.
Esta expresión está tomada de los
chamanes de la Amazonía. Los Mayas denominaban a este proceso: el “despertar de
tu cuerpo de jaguar”. Este animal vive sin miedo. Caza solo para alimentarse,
explora y descansa. Vive en la confianza de que la vida le proporciona lo que
necesita. Está asociado al poder sanador del espíritu y al Divino femenino. En
esta cultura Maya, los sacerdotes se llamaban Balams (Jaguares) y se convertían
en tales porque habían realizado ya un viaje simbólico al submundo, a lo más
profundo de sus miedos, conquistando el más difícil de todos: el miedo a la
muerte. Este viaje a lo Divino Femenino me resulta inspirador. Recojo la
invitación a encarnar la sabiduría del Jaguar, soltar el miedo a lo desconocido
y confiar.
Para soltar el miedo hay que
vivirlo. No es fácil. O la vida te lo pone de repente delante de forma
inevitable, o lo conquistas, sumergiéndote en alguna de tus memorias
pendientes. Al descender al inframundo el desafío es permanecer allí en
profunda aceptación, no salir despavorido. Como en la historia de la bella
Psiché, es el camino la verdadera iniciación en este aprendizaje. Cuando tocas
el terror de aquel escenario de infancia, o de aquel patrón inconsciente
antiguo, sientes que solo estás tú, tus propios fantasmas y tu respiración. El
plexo condensa el dolor y la angustia y apenas tu diafragma y un mantra
repetido infinitamente, te sirve de fino soporte ante la desesperación.
Personalmente lo he podido vivir.
Ha sido un proceso de limpieza en el que he experimentado como algo viejo,
inconsciente, moría dentro de mí. Un episodio de apego me condujo a la obsesión
por la pérdida y al miedo. Atravesando las excusas, las resistencias, las huidas,
etc., terminé por entregarme al dolor y acudí al origen de mi parálisis. Reviví
los sentimientos de terror que estaban ocultos para mí en una escena de mi niñez.
De niño viví el impacto que me producía la amenaza de perder a mamá en un
contexto de desesperación familiar. Mi
cuerpo pudo volver a sentir durante media hora el pavor de enfrentarse a este
escenario. Era mi cuerpo de niño el que temblaba, el que ahora completaba un
ciclo de expresión y de sostenimiento adulto.
Tras vivirlo entendí el poder
invalidante del miedo, la pérdida y la desesperación, y cómo experiencias así
condicionan nuestra libertad. Creo que el verdadero miedo que nos aterroriza no
es perder algo, sino el terror a no encontrarte a ti mismo al otro lado. Eso es
la muerte.
Pero cuando he resuelto ahí, veo que esto se puede
reenfocar. Cuando elijo ahora despertar a mi chamán, me propongo entre otras
cosas, familiarizarme con eso otro lado. Entiendo que en esta vida, mi energía
es útil para despertar el Jaguar interno y que puede vehicularme más allá de
las fronteras de la extinción. Ahora, después de vivir esa crisis y de tocar el
lugar donde experimenté el miedo a la desaparición, siento que puedo elegir y
que la muerte no me condiciona. Es más, me catapulta más lejos aún, si me preparo
con conciencia en la dirección de mi propósito. Es la promesa del Jaguar:
sentirnos en casa seguros, sin miedo, porque la vida proporciona todo lo que
necesitamos. Ahora que suelto la sumisión a una vida amenazada por el miedo, puedo
experimentar mis posibilidades de practicar formas nuevas de vida más cercanas
a mi satisfacción y a mis potencialidades espirituales. El miedo amenazaba de
muerte a mi ego, pero cuando lo traspaso, lo que trae es resurrección. Despierta
mi cuerpo de luz.
Hoy puedo experimentar otras
cosas. Me siento más unido a la naturaleza, a los animales, a los seres vivos.
Siento deseo de abandonarme a ella en el silencio y extraer su sabiduría mediante
la búsqueda de la visión. Entiendo la importancia de la alimentación para
desintoxicar mi cuerpo y que me aporte la máxima lucidez. Creo en el nagual, el
mundo del espíritu infinitamente más grande que esta pequeña dimensión espacio
temporal que ocupo, a donde puedo acudir a través de la ensoñación o la
conexión de mi intuición chamánica. Allí puedo comprender aspectos de la
realidad y recordar que existe un plan maestro que va por delante de mí. Siento que mi respiración es una permanente
aliada para mis estados emocionales.
Emerge la potencialidad de mi Dios y mi Diosa interna que abordan la
relación con lo femenino desde un lugar de amor y libertad como no había
experimentado antes. Ahora, en definitiva, ya puedo estar tranquilo, ya sé que
no tengo nada bajo control. Quiero dejar la vida muy vivo.
Te invito a completar una acción chamánica. El miedo se nutre de un rol, un personaje sin el cual sentimos que desaparecemos. Por eso, te animo a quemar tus roles, los condenamos a la muerte. Escribe aquellos roles que crees que sostienen tu identidad cotidiana, también los roles con los que te mueves en ocasiones y con los que aparentemente buscas sentirte especialmente amado o seguro. Quema tu rol de hijo/a; tu rol de persona sociable; valiente; tu profesional bien considerado. Quema tu rol de amante; de sanador de otros. De víctima. Suéltalo y experimenta como es morir a esa parte de ti. Observa cómo llega la sensación de no ser nadie, de perder tus recursos para sentirte visto y amado. Ríndete. Aquí, contemplando y respirando esto, es donde comienzas a estar más vivo.
Cuando pienso en el momento de mi muerte física me gusta imaginar que deseo atravesar al otro lado desde el reconocimiento de que mi vida ha sido satisfactoria, saboreando el sentimiento de paz y gozo desprendiéndome de mi cuerpo físico e integrando todas mis experiencias como imprescindibles para mi aprendizaje y mi despertar, recordando por fin con luminosa claridad eso que a veces olvido cuando me atrapan las pasiones humanas: que el propósito de mi vida es despertar al través de las experiencias para obtener su aprendizaje, y que existen muchas experiencias que ya tuve, que ya viví y que no necesito repetir más.
Yo pido satisfacción. Quiero sentir la máxima satisfacción. De un momento a otro llegarán el dolor y la muerte con alegría hasta mi para llevarse todo lo que me sobra. En realidad los he llamado yo, al pedir la satisfacción. Sin embargo nadie me ha educado para gestionar dolor, muerte y vacío. En mi entorno abundan los ejemplos humanos en sus múltiples variantes de cómo articular la defensa del dolor. Mi propio ego es un mecanismo de defensa que actúa bajo la creencia de que yo sigo teniendo 4 años de edad y lo necesito a él para lidiar con mi existencia, ya que soy una niña desprotegida, extremadamente sensible y abrumada por el impacto emocional de este mundo donde he nacido. Pero en realidad tengo 45 años y el ego es mi pasado, toda mi historia personal: la niña, la herida de la niña, la madre, el padre, el escenario de la herida, la no gestión de la herida, la cicatriz y la defensa fijada en un personaje automático, con las mismas respuestas del pasado a momentos nuevos que la vida me trae.
¿Cómo emprendo mi entrenamiento de gestión del dolor? Si existe un mecanismo automático llamado ego que se dedica a salvar a la niña de 4 años que existe en mi interior(que no soy yo) con un método rígido, y previsible… ¿Puedo decirle a mi ego que se jubile de ese trabajo de defensa, y encargarme yo de atender a la niña con la fuerza, autonomía, sabiduría que he ido adquiriendo?
Tomar la responsabilidad de la niña herida. Premisa fundamental en el camino de mi satisfacción, de experimentar el gozo y la sensibilidad en su máximo esplendor con el y la que estoy dotada por ser humana.
Tengo 45 años. Tengo 45 años. ¿Me acordaré de esto cuando llegue la dificultad emocional? ¿o pensaré que sí tengo 4 años y le volveré a dar todo mi poder, toda mi fuerza, toda mi creatividad al idiota de mi ego para que me salve de sentir dolor…? Anestesiando mi sensibilidad y por tanto mermando mi capacidad de vivir la satisfacción y el gozo… la libertad, el poder personal…
Venga… suponemos que llevo un período de 7 años dedicado a mi desarrollo personal y he revisado todas mis creencias y he decidido que me voy a hacer cargo de la niña que existe en mi interior. La reconozco con vida propia y además sé que ella no soy yo, aunque ella sea parte de mi, es una fijación de mi pasado que nunca he tomado del todo y que está pendiente de atender. Se me refleja en todos mis momentos donde aparece mi intimidad, muchas veces en mis relaciones de pareja, en los lugares donde me abro a vivir mi afectividad, con mis amigxs, con mis padres ya mayores donde tantas veces vuelvo al origen y me comporto como si no hubiera pasado el tiempo y yo siguiera siendo un bebé o una niña de 4 o 5 años o una adolescente de 13.
¡Es mi momento! ¿Cómo lo hago?
Le exijo a mis relaciones que hagan por mi lo que yo misma no hago: que me quieran como yo necesito, que me cuiden lo que yo no cuido, que no atraviesen los límites que yo no gestiono, que me apoyen donde yo no me procuro el apoyo y uso toda la manipulación del entorno, de los otrxs, de mi misma para conseguir lo que creo que tengo que conseguir: con un gran desgaste energético y con la sensación de que no obtengo toda la felicidad que voy buscando.
Acabo de despertar. Soy una mujer adulta con recursos que puede hacerse cargo de la niña desatendida que habita en mi interior.
Gestionando el dolor. El dolor es una emoción que me informa de mis límites actuales. Si me duele, paro. Me retiro a sentir, escucho mi dolor. Me trae información sobre la brecha real entre lo que yo quiero y lo que estoy recibiendo. Lo que yo quiero es una cosa, y lo que estoy recibiendo es otra, y no casan. ¡Y así es la vida!
Me recojo para atender a mi niña. Yo soy la adulta, y la escucho. Respiro todo mi pasado, mi escenario primero donde se generó el daño, lo observo, hago trabajos en grupo, recapitulación de mi historia personal hasta revivir las emociones no digeridas. Solo sintiendo todo lo que siento puedo hacer la digestión, y darme todo el amor que necesito para superar el pasado. Mi amor propio empieza por aceptar el punto donde estoy sin juicio, sin pensar que yo debería estar ya en otro sitio donde no estoy. Me doy toda la atención, la escucha y la paciencia para esperar la aceptación.
Uso todos los escenarios que me trae la vida para actualizar mi proceso y experimentar mi amor propio. Sabemos que hay amor propio cuando estoy en contacto con mi vulnerabilidad.
Busco mis relaciones de confianza donde poder entrar en mi espacio de vulnerabilidad: mi terapeuta, y las relaciones donde me atrevo a probar esto nuevo de no defenderme, y mostrar mi miedo, mi inseguridad, mi fragilidad, mi dolor… así iré quitando energía al programa rígido del ego, y tomando mi poder, mi responsabilidad en cómo yo creo la realidad que deseo para mi.
¿Que realidad deseo para mi?
Si siento dolor, yo deseo cuidados, delicadeza, ternura, sensibilidad, escucha, y comprensión. Deseo el abrazo de una persona querida. Deseo darme la oportunidad de llorar y expresar mi tristeza y que un amigo esté presente. Como soy responsable de la niña que habita en mi interior, empiezo por darme yo todas estas cosas que deseo para mi y así voy apoyando una relación de cuidados conmigo misma, y voy construyendo algo fundamental para gestionar el dolor existente en la vida: la función del consuelo.
No paso por encima de mi dolor, no intento evitarlo de manera ansiosa, me respiro el miedo que me da atravesar el dolor, que es el miedo de mi ego y de mi mente a morir en un instante.
¡Pido ayuda si lo necesito! No espero darle pena a mi amigo y que acuda a salvarme. Le digo: hoy te necesito de esta manera concreta ¿estás disponible? si no está disponible puedo pedírselo a otra persona.
Cuando me hago cargo de lo que me pasa comienzo a detener el programa automático que perpetúa el pasado, y aterrizo en el presente, con todo lo que el presente tiene para mi. Me hago cargo de lo que me pasa a pesar del miedo, dándole un sitio a mi miedo a sentirme vulnerable… ¡llevo 45 años considerando que mi vulnerabilidad es un estado que debo defender! ¿por qué? por falta de confianza en la vida, sin comprender que la vida quiere aportarme todo el amor que yo necesito y es abundante si yo estoy disponible para recibir y agradecer lo que me llega.
Quiero satisfacción. Emprendo el viaje de seguir lo que deseo, sabiendo que en el camino del deseo me voy a encontrar con el dolor pendiente para atenderlo de manera creativa y nueva, tomando la oportunidad de despedirme de mi pasado, para aterrizar en el presente con todos mis recursos rescatados por mí misma: la creatividad y la sensibilidad.
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