Las relaciones y la conquista del corazón propio.

Las relaciones y la conquista del corazón propio.

Andrea estaba pasando un mal día. Ella disimulaba poniendo buena cara mientras ordenaba el salón con su madre. Todo parecía transcurrir como cualquier otro día, pero internamente le invadía un sentimiento de inseguridad. La persona con la que tenía una relación amorosa, Lear, pasaba esa tarde con una compañera por la cual se sentía atraído. La relación que habían iniciado Andrea y él apenas hace tres meses, cuando coincidieron en un taller de cine amateur, le entusiasmaba. Había alcanzado un grado de confianza y transparencia muy intenso, pero aun así, se sentía inquieta.

Tenía que lograr evadirse. Cogió una de sus novelas favoritas “La mujer habitada” de Gioconda Belli. Se concentró en la lectura todo lo que pudo pero, a cada página, le asaltaba algún juicio o inquietud que le sacaba afuera. Se recostó y fue observando todas las emociones que le visitaban, una tras de otra. Se dio cuenta cómo entraba en la desconfianza y se decía a sí misma si Lear, en el fondo, sería un pusilánime oculto, un seductor sin desvelar que la engañaba con un lenguaje amoroso. La envidia y la competitividad le hacían analizar a la amiga a la que conocía de un encuentro casual y sobre la que fantaseaba ahora, imaginando a veces grandes cualidades en ella que seducirían a Lear, otras, una mujer torpe y sin brillo.  Entonces llegaba la ansiedad, un estado mezcla de inseguridad y desesperación. Sentía cómo todo esto le alejaba de él, pero no podía ser, ella le quería. Aun así, pensó si tenía que mandarle un mensaje que provocara en él una respuesta tranquilizadora. “Hola Andrea, volveré pronto”. No lo podía creer, estaba sorprendida viendo como construía internamente argumentos.  Su mente dualista ahora vivía un nuevo capítulo entregada a elaborar un drama.

Debía admitirlo, estaba siendo presa de los celos. A pesar de que habían establecido un acuerdo sobre el modelo de relación en el que daban prioridad a la colaboración, a la apertura y al desapego, Andrea se veía sorprendida por unas emociones que no podía controlar. Lo peor de todo era imaginar que los dos se encontraban sexualmente, huía de ese pensamiento. ¿Qué estoy conquistando? se preguntaba; ¿Qué me da miedo? ¿Qué tengo que perder?  La desconfianza ha ocupado todo el espacio. Ni siquiera la valentía de Lavinia, la protagonista de la novela, le empapaba con un poco de coraje para sostener lo que está viviendo.

Ambos había dejado claro lo que se podían exigir mutuamente y lo que no, pero lo cierto era que ella se encontraba ante el reto de seguir puliendo los viejos patrones que han venido acompañando el modelo de relación tradicional basado en la codependencia. Esta deposita la autoridad en la persona amada, le entrega la responsabilidad sobre sus carencias. Externaliza algo que no se ha atrevido o no ha podido alcanzar la persona por si misma: un estado natural de confianza. La necesidad y el apego desembocan entonces en estados de desconfianza e inseguridad.

Andrea tenía la foto de su abuelo Eliseo frente al butacón en el que daba vueltas y vueltas a todo esto. Eliseo era un susurrador, una cualidad que venía de su familia y que consiste en una habilidad especial para comunicarse con los animales o hacer de puente entre especies diversas. El viejo amaba el mar y conocía bien la fauna marina. Andrea recordaba cómo hablaba siempre de soltar el pasado. Había realizado muchos viajes como navegante y sabía lo que era estar solo durante largos períodos. “El miedo a estar solo –decía- es una de las cosas más catastróficas de nuestra especie”. Recordaba las horas en las que de niña le narraba sus periplos en barco. Eliseo la prevenía ya desde entonces diciéndole: “Nacemos y morimos solos y si no eres capaz de convivir con la soledad y con la muerte, terminas haciendo a los demás víctimas de tus necesidades”.

Las palabras del navegante resonaban ahora en su cabeza. Se veía aislada y víctima de sus propios miedos. Ella nunca había sido dependiente y ahora esta situación le sacaba de sí. Sospechaba que algo no estaba bien alineado en su relación consigo misma. Lo que estaba viviendo esta tarde le mostraba algo de sí misma: ¡tenía que conquistar su espacio propio¡ En ese mismo momento se decidió a escribir. Sacó un papel y apoyada en el libro, puso un titular: “reconozco”.

Se lanzó a un acto de honestidad consigo misma, consciente de que las emociones sin procesar despiertan las peores pasiones. Reconozco -escribió- que mi deseo sexual, respondiendo a su propia dinámica biológica, me conduce al apego y la posesividad, y me crea dependencias. Reconozco mis patrones de desconfianza o de huida, patrones instintivos que no me permiten instalarme en aquello que quiero vivir: el amor y el desapego. Reconozco que tengo miedo al abandono y a quedarme sola. Reconozco que me duele que puedan dejar de quererme y perder esto que estoy viviendo. Reconozco que me cuesta soltar las creencias que mamé desde mi infancia y que me hacen buscar en las relaciones afectivas un entorno de seguridad donde poder apoyarme mediante un acuerdo de mutua dependencia al que llamo amor. Reconozco que esto me separa de reconocer mi valía y servirme de mis propios recursos internos. Reconozco que me invade el juicio. Un juez interno comienza a definir lo que está bien y lo que está mal, los buenos y los malos. Mi juez está lejos de la compasión del corazón.  Es la mente victimista que me convence de que yo soy mis opiniones. Reconozco dentro de mí un necesidad afectiva de cariño que busco cubrir a través de las relaciones.

Al releer lo que había escrito, una sensación de rabia se le apoderó. Se daba cuenta en ese instante de que no expresaba a Lear esto que estaba sintiendo, que renunciaba a la total comunicación de sus sentimientos con él, que no nombraba este miedo, esta inseguridad que le inundaba. Así que saltó del sillón en el que había quedado como pegada por la contención en la que estaba y salió al jardín. Allí gritó. ¡Siento rabia, no sé sostener esta inseguridad y no la quiero! ¡tengo miedo y no quiero tener miedo! Corrió con energía entre los manzanos y los sauces. Aliviada por el grito y la carrera, cayó de rodillas. Aun llevaba la lista en la mano. Arrugó la hoja y la enterró escarbando con la mano izquierda. Quería conquistar su espacio, su forma de amar. ¡Elijo la apertura y la entrega, elijo el amor y la libertad sin que ninguno tenga que pagar un precio a causa del otro, Que nunca más mis miedos saboteen mi confianza!

Se tranquilizó, volvió de nuevo a la biblioteca. Apagó el teléfono. Tenía que elegir una banda sonora para su proyecto de cortometraje. Puso en el equipo el concierto nº 3 para piano de Rachmaninov, una de las piezas más difíciles de la música clásica occidental. «No iba a ser fácil esta conquista», se decía a sí misma. Las armonías de la música susurraban ahora a Andrea un delicado sentimiento de tranquilidad. Comenzaba a entender cosas. Se daba cuenta de que podía contar con la confianza de Lear, su fiel amigo, amante, confidente. Tenía delante la oportunidad para navegar por otras aguas menos procesolas. Con él la escuela de intimidad se tornaba apasionante, era otro amante de la libertad y de la conquista del corazón propio.

Sobre esto y otros temas trataremos en el próximo taller de amor y libertad.

Capitalismo emocional

Capitalismo emocional

El capital dice “yo soy el primero”. Nos ha convencido que, atender el progreso y las variables del capital, es nuestro destino. Este mensaje, tan patriarcal por otra parte, alimentado de un sistema fuertemente jerárquico, ha hecho que la especie homo, rindamos culto a tan poderoso tótem, sacrificando o descafeinando las virtudes naturales que nos acompañan como seres dotados de emoción y sentido.

Este dios implacable aplica la lógica mecanicista a los sistemas vivos. Dejamos de ser espontáneos para pasar a ser convenientes o inconvenientes. El homo oeconomicus se dice a sí mismo: la producción es el actor principal de  mi película. Las emociones, la naturaleza, la ética, la estética, etc., son, definitivamente, actores secundarios. Las relaciones personales han quedado así damnificadas. Vivimos emociones transgénicas, manipuladas en su ADN natural para que sean aptas para el consumo.

Las emociones languidecen en una sociedad de grandes superficies, trabajo fijo y planes de pensiones. La ruptura que provoca el capitalismo es una especie de translimitación, donde se empaquetan las emociones en contenidos publicitarios extraordinariamente bien diseñados para despertar necesidades, y las convierten en útiles, siempre y cuando sirvan a la obsesión por el progreso económico.

Al final, nos hemos cargado la compleja red de interrelaciones sistémicas que nutre este organismo vivo que es nuestra vida emocional. La inteligencia sin lucidez emocional es ciega, y la lógica desarrollista un tratado de las cosas muertas. Como dijo W. Kaufmann, la vida es un compromiso entre la estructura y la sorpresa. ¡Abajo las sorpresas, dice el capital!

¿Cómo son las emociones transgénicas? Emociones manipuladas en su energía originaria para servir a otro fin, para hacerlas cómodas en el mercado de valores. Del mismo modo que Monsanto manipula las semillas para que solo puedan ser cultivadas una vez, aquí las manipulamos para que, como mucho, a lo largo de nuestra vida, nos asalten una vez ¡y con los mínimos desperfectos posibles! Vamos a ver qué sucede con estas emociones básicas.

Con el amor decimos: es para siempre. Enamorarse, sentir amor por una persona, nos introduce invariablemente en la expectativa de las “medias naranjas” que vienen a completar algún aspecto de nuestra vida que no podemos completar por nosotrxs mismxs. El amor transgénico es sublime, romántico, único y eterno. Si desaparece no es porque el amor viva transformaciones, por cierto, la mayor parte de las veces creadoras, sino porque se muere. Esto conlleva consecuencias trágicas: sentimientos de abandono, de fracaso y de traición. En fin, un guion suculento para el negocio de las emociones. El amor en su forma natural y auténtica reproduce formas de encuentro, comunicación y relación. Es atemporal y viaja. Su intensidad varía. Involucra el ser del otrx, reproduce el afecto, el vínculo, la complicidad, la intimidad, el cariño, todo un caudal de riqueza y generosidad. Expresarlo sin negociar las condiciones del vínculo, es un acto de naturalidad y de alegría genuina.

La rabia, se nos dice, no es útil, hace daño y es inconveniente. Tampoco hay que ponerse así, solemos expresar. La rabia solo trae inestabilidad, es la mecha del conflicto. La rabia es egoísta, manifiesta una queja y esta ya tiene sus cauces administrativos para darle salida. Algo formal. Al final nos llevan a la conclusión de que es mejor perdonar. Para ello existen muchos caminos espirituales que hacen posible disolverla. Pero no, la rabia lo que tiene es que no se disuelve. Se enquista y genera enfermedad física y social. La rabia es un movimiento interno de desahogo necesario. En contacto con una contención de algo de lo que se nos privó, de algo en lo que no se nos tuvo en cuenta, necesita expresarse para movilizar todas las energías asociadas hasta llegar a la rendición. La rabia necesita ser escuchada, tenida en cuenta, acompañada, aliviada. Aprender a expresarla es un proceso personal que pasa por abordar nuestros límites internos.

El miedo, especialmente el miedo al vacío, hay que evitarlo. Su mutación artificial es dejarlo contenido. El miedo, sin expresar, nos hace sumisos y dependientes, cuando desde fuera nos dan la solución. Todo nuestro sistema social está diseñado para contener el miedo. El miedo nos acerca a la experiencia del vacío, donde soltamos la seguridad. Pero el gran negocio de la guerra y la economía de escala requieren de esta gasolina. El miedo asoma hoy en cualquier mínima alternación de las condiciones del bienestar, material. El miedo, cuando se expresa desde el contacto profundo, nos hace más libres. La libertad, tan revolucionaria, pasa por traspasar los estados del miedo que en realidad solo son eso, miedo, desconocimiento, incertidumbre, vulnerabilidad. Traspasarlo nos saca a la certeza de la libertad, a la no dependencia.

La tristeza, hay que aliviarla, hay que salir de ella. En una sociedad que se conduce por el éxito, la tristeza es un estado sin valor, espúreo.  No llores cariño, les decimos a los niñxs desde sus primeras expresiones. La tristeza, en sus múltiples manifestaciones de depresión, desmotivación, solo se medica. La tristeza se modifica genéticamente porque nos aleja del triunfo, de estar bien, ser productivos, adecuados. El triste solo puede recibir ayuda o consuelo. Pero la tristeza nos lleva al contacto con la fragilidad, con nuestras necesidades o con recursos emocionales que nos permiten sentir la vida de forma diferente. Nos abre la comunicación en lugares más cercanos. La tristeza expresada alivia las carencias vividas y nos puede llevar al agradecimiento.

El deseo, si es sexual, hay que esconderlo. Le decimos: eso es un asunto de la intimidad de cada uno. Se privatiza. Lo valoramos como egoísta y su manifestación espontánea solo puede conducir a la lujuria. La expresión del deseo viene manipulada por la seducción y todos los circuitos ocultos que están para alimentar y hacer negocio con el deseo. Pero el deseo es un poderoso movilizador. Implica nuestra espectro emocional si no nos quedamos en un puro manejo de la energía sexual. Nos empuja siempre para encontrarnos con algo de nosotrxs mismxs. La energía del deseo pulsa desde la sexualidad para hacer un viaje por todos los centros, abriendo el corazón, dándole espacio a la palabra sensible, y tomando la experiencia espiritual.

Las emociones son lo primero porque nos traen la verdadera vitalidad, la conexión profunda con nuestra satisfacción, si logramos descapitalizarlas y tomar su energía para gestionar nuestra vida con la mejor brújula interna que poseemos.

Si quieres aprender a darle espacio a la gestión emocional, vente a nuestro grupo: Todos los jueves en Sevilla.

El deseo sexual, despertador del corazón y del espíritu

El deseo sexual, despertador del corazón y del espíritu

A mí también me dijeron que la masturbación podría dejarme ciego. Cuando recuerdo mi despertar a la sexualidad, veo toda la contención que viví para sentir mi placer corporal sexual, para comenzar a verbalizar mi deseo. Se impuso el silencio, la losa del tabú, y con él, el cierre del contacto emocional. Recuperar la naturalidad de mi sexualidad y retomar la autonomía de mi deseo me ha requerido habilitar el derecho natural de mi placer para existir y dar todo el espacio a las emociones de culpa, vergüenza y miedo a decir “te deseo” que traía asociadas.

Hoy veo en muchas personas las corazas sociales contra el deseo sexual que siguen alimentado comportamientos mecánicos y represivos. Perdemos la naturalidad que tenemos inscrita en nuestra genética animal. En mi se implantó un juicio severo que tildaba al deseo de egoísta o invasivo. Me doy cuenta al mismo tiempo de cómo venía marcado por los criterios de éxito por los que se rigen otros campos sociales. La sexualidad es acaparada por el ego que reproduce el automatismo del logro: la satisfacción de expectativas, las buenas prácticas eróticas, la idoneidad de los orgasmos, etc. Esto hacía que la sexualidad tuviera en mi tintes de conquista, que se mostrara como un acto de rendimiento deportivo y su única vía, pensaba yo, era la de encontrar oportunidades para elevar o hacer estallar la intensidad sexual, sofisticando la técnica con los años. Así lo asumí durante mucho tiempo, añadiendo, eso sí, las dosis de afecto que incorpora mi propia forma de ser. De todo esto aún arrastro maneras.

A día de hoy sigo poniendo la atención en mis patrones adquiridos, (activando el acecho, como diría Castaneda) con el fin de seguir liberando este gran recurso que es la energía sexual. Durante muchos años he tenido el deseo domesticado y esto me ha llevado a tener enjaulado el corazón. Queda sometido a las ideas y sin el aliento de la energía sexual. Ahora tengo más claridad para pedirme que exista deseo mutuo a la hora de entablar una relación; de que en cada relación entrego libremente aquello que elijo dar; y también que desplegar el afecto y la intimidad desde el cuidado mutuo, permite abrir el placer a nuevos registros, más allá de la intensidad sexual.

Vivir esto me abre puertas, siento más apertura a la sexualidad como vía de transformación interna. Descubro que el sexo me posibilita volver a los sentidos sutiles, espabilar de nuevo el campo sensorial y despertar el corazón. Aprovecho mi desnudez física para destapar mis estados emocionales. Veo cómo vivir mi sexualidad con otra persona me conecta con mi capacidad creativa cotidiana para sustraer ese placer de la profundidad de los hechos, no de la superficialidad. Al poner el cuerpo en juego desvelo mi sensibilidad para la escucha de las sensaciones, los ritmos, los estímulos delicados. Lo puedo vivir como una oportunidad para retomar la práctica atencional que nos sustrae la sociedad de los estímulos acelerados. La respiración, la lentitud, la mirada y especialmente la palabra, para mí, son aliados naturales en la conducción de la energía hacia la apertura del corazón, la sensibilidad y la cercanía emocional.

Todo esto me habilita para una práctica deliciosa como es la de la intimidad. A veces me daba miedo la intimidad, tenía que hacer algo para que esta no me desvelara del todo, representar algún papel, etc. La intimidad es un espacio que reta tanto a la libertad, que nos inventamos automáticamente un rol para blindarla. Pero ahora veo que es el espacio para volver a nombrar las emociones, el lugar de la plena honestidad, donde doy cabida a la vulnerabilidad, a la risa auténtica y al silencio sin inquietarme. Donde elijo como nombrar mi libertad. La intimidad es el espacio donde celebrar que la otra persona está disponible para obsequiarte con su amor libremente. Como dice Cortázar, “dejarlo que se acerque cuando quiera, siendo feliz con su felicidad”.

Puedo afirmar ahora que la energía sexual está a mi disposición. Sea cual sea la forma de activarla, redunda en mi bienestar si acierto a transformar la intensidad en profundidad. Esta aquí para conducirme al éxtasis, pero esa experiencia solo puede incorporar mis mejores recursos emocionales y espirituales para que sea tal. Se trata de un recurso que me abre el sentir y, por lo tanto, expande mis posibilidades de despertar a mejores formas de contactar con la vida y las personas.

La energía sexual redunda en aquello a lo que yo quiera destinarla. Viene a canalizar mi deseo y este es profundamente revolucionario. Si me abandono a él, me conduce lejos. Cuando elijo destinarla a amplificar lo que siento, los resultados son abundantes. Se trata de una fuente potenciadora de las energías del corazón y de las energías espirituales. Con ella logro ver la Diosa interna en la mujer; me dejo invadir por la ternura que me emociona; contacto con la experiencia de la entrega; o nombro la verdad del corazón como nunca. Hacer circular la energía sexual, expandirla, aumentar el contacto con lo que siento, me reproduce estados más duraderos de bienestar; despliega mi creatividad, especialmente para las relaciones; y puedo activarlo en orden a una mayor apertura de la visión interna.

Alfredo C. Dombón

 

Entrando en la dimensión Erosfera: siente, sólo siente y nada más.

Entrando en la dimensión Erosfera: siente, sólo siente y nada más.

Desde que nos conocimos Alfredo y yo (Susi)…

empezamos a trabajar con la gestión del deseo sexual. Siempre hemos sido compañeros de laboratorio de trabajo personal. Nos encontramos para despertar y todo lo que vivimos es parte de ese despertar. El deseo sexual es la gran motivación que me anima y te anima desde el inconsciente a buscar y tomar las mejores experiencias de aprendizaje y conciencia. Es el conejo blanco que llama nuestra atención para que lo sigamos y nos adentremos en una aventura de superación, donde nuestro pasado puede disolverse para que nazca una nueva manifestación actualizada de nuestro corazón, una expresión más auténtica de nosotrxs mismxs. El conejo blanco es el deseo. Nos activa la inocencia de lo nuevo y el desafío, nos moviliza nuestra historia personal incompleta, desordenada, donde quedaron asuntos de dolor y miedo que aún no han sido integrados en nuestra conciencia adulta. Aparece delante de nosotrxs una puerta hacia el pasado donde habita un niño herido o una niña herida que espera la máxima atención, amor, y energía para tomar su lugar con plenitud, donde un adulto le enfoca con toda su visión y corazón, y ese adulto somos nosotrxs mismxs en la actualidad, completando el trabajo que papá y mamá no desarrollaron hasta nuestra necesidad profunda, convirtiéndonos por fin en nuestro padre y en nuestra madre, pudiendo soltar el pasado, liberar toda ese energía anudada en el pasado para que forme parte de nuestro presente y nos permita crear nuestra realidad como nos inspira nuestro corazón.

El deseo sexual nos lleva a limpiar nuestra sombra de esta manera. Nos une a otra persona para generar un laboratorio de aprendizaje, es una nueva oportunidad que nos otorgamos, nos proporciona de nuevo una experiencia de confianza absoluta, nos activa el recuerdo de la fusión, de la no separación, cuando estábamos conectadxs con nuestra Naturaleza donde éramos uno con todo lo que existe. Este estado a dónde nos conduce el deseo es la Erosfera. Un estado donde la energía sexual se intensifica y que si la respiramos con conciencia la podemos dirigir de manera sanadora: para limpiar el pasado, desprogramarnos en las creencias, completar la experiencia emocional del pasado(dolor, miedo, rabia…), tomar la responsabilidad del niñx que vive en nuestro interior que es la fuente de nuestra creatividad y estados de inocencia, gozo, alegría, amor. Y desde la libertad interna conquistada crear nuestra realidad con la elección de nuestra conciencia.

En la desprogramación de creencias usamos la comunicación con el otro. Las creencias sólo persisten en el aislamiento de la cabeza, el contacto en el sentir con otra persona a través de la comunicación de la intimidad honesta, responsable y sincera nos trae al presente con intensidad. Todo lo que tenía sentido en nuestra cabeza, al ponerle palabras y mirar a los ojos a otra persona nos emociona y nos hace sentir vulnerabilidad, y lo que era mecánico en nuestra cabeza y se ajustaba a un pensamiento ordenado, deja de tener ese sentido. Expresar cosas que nos cuesta expresar porque sean conflictivas, porque sean muy íntimas, porque nos descubran, porque nos desnuden delante de otra persona, porque incrementen nuestra escucha real y nos acerque a la verdad y por lo tanto a nuestro propósito… es una experiencia de aterrizaje de urgencia en el presente y limpieza de patrones del pasado, cuando pusimos tanta energía en confiar en nuestro pensamiento y no en nuestra intuición, y toda nuestra educación y estructuras externas en nuestra vida nos empujaron a darle todo el poder al hemisferio izquierdo del cerebro, a la racionalidad.

En el espacio de la Erosfera generamos un laboratorio para darnos todo el permiso para sentir. Sentir con el otro como acompañante, como compañerx, e invocamos a nuestro deseo sexual como material puro de vitalidad, energía, que tomará diferentes matices según su recorrido por los centros de energía de nuestro cuerpo: el vientre contiene las emociones y su relación con nuestra historia personal que requiere ser disuelta, el pecho contiene todas las sensaciones de intimidad como la gratitud, el gozo, la presencia, el amor… la garganta nos permite ponerle palabras a la intimidad y crear nuestra realidad al nombrarla, la palabra nos permite la experiencia de desvelamiento que pone luz en los espacios clandestinos, furtivos y secretos, la visión y el viaje del alma o propósito nos conduce a ver y a abrazar nuestro espíritu, uniendo la tierra que somos con el cielo que somos, y crea la realidad en la materia según la voluntad de nuestro corazón.

Sentir se convierte en un viaje infinito donde la otra persona que nos acompaña en el deseo y en el amor como un espejo, como un amplificador, como un canal, con su abrazo, con su palabra y con su mirada nos ayuda a tocar nuestra herida del pasado para atenderla en la confianza, a pesar del miedo a la vulnerabilidad que permanece con nosotrxs desde niñxs y que tantas y tantas veces nos lleva directamente a la reactividad automática defensiva con diferentes pasiones del ego como el orgullo, la codicia, o la avaricia… olvidando que mejor que defendernos podemos transformarnos. Que cada vez que nos defendemos inyectamos rigidez en el cuerpo a nivel celular, y nos endurecemos. Que cada vez que decidimos saltar al vacío de la vulnerabilidad nuestro cuerpo sutil se extiende a través de nuestra sensibilidad humana que no está limitada ni por el tiempo, ni por el espacio, ni por la forma.

Erosfera. Del 23 al 26 de Agosto.

Avatar, manifestar lo que eres

Avatar, manifestar lo que eres

Los astros tienen ciclos, la naturaleza y nuestros cuerpos tienen ciclos. También nuestras experiencias de implicación, transformación y retirada contienen ciclos. Reconocer el ritmo interno de nuestras experiencias y detectar donde nos encontramos con respecto a esos ciclos que vivimos, nos da una mayor claridad sobre las dificultades y las oportunidades que podamos estar viviendo.

Nacimos en unas coordenadas espacio temporales que contienen un sentido específico dentro de este gran organismo vivo que se llama cosmos y planeta tierra. Toda la realidad está implicada. También lo que nos sucede en este momento en nuestra vida está engarzado en una línea de sentido que recorre todas las cosas que vivimos.

¿Cómo tomar contacto con esta forma de mirar nuestra vida y nuestra realidad?

Despertando el artista, el mago y el chamán interno. El Artista es capaz de mirar su propia genialidad. Cada cual tenemos una forma propia de manifestar nuestro ser y plasmar nuestro proyecto de vida a través de la autorealización, las relaciones sociales y la expresión. El artista interior nos recuerda que lo que somos puede adquirir formas creativas y manifestarse en el placer de ser uno mismo y ser creativo. Tan solo hay que conectar con nuestra cualidad interna que nos conduce a indagar, a generar, a compartir, a construir, etc.

El mago es el poder interno para transmutar nuestra realidad, la que está atrapada por las emociones negativas. La realidad contiene el grave riesgo de atraparnos en códigos inmutables, en necesidades que no podemos liquidar, en ideas limitantes que hacen que no creamos en las posibilidades de la vida para otorgarnos abundancia y prosperidad. El mago se plantea posibilidades inéditas y las ensaya. Crea la realidad que quiere para sí mismo/a.

El Chamán abre el corazón y lo conecta a su naturaleza emocional y compasiva. Reaprende la tarea originaria de abrir la atención a lo sutil. Despeja todas las formas de sentir, de contactar con el ser, ampliar la intuición y volver a confiar en los poderes internos. El chamán sabe explorar nuevas formas de creatividad y gratitud. Conoce las cualidades de nuestra inventiva genética. Hay una gran genialidad inscrita en nuestra propia naturaleza y si la escuchas, entiendes que tienes todo lo que necesitas para completar todas las expectativas.

Cada cual nos encontramos en una coordenada vital concreta, con un mapa de relaciones y unas inquietudes emocionales. Cualquier momento puede ser una oportunidad abierta para ir más lejos en el despertar de nuestra verdadera naturaleza. Pero hay que entrar dentro. Estas tres cualidades descritas hacen posible reproducir nuevas formas de vida que nos conduzcan a una mayor prosperidad. Solo hay que parar, mirar los miedos que nos paralizan y darse cuenta que se pueden traspasar haciendo emerger nuestras cualidades internas para ver, reconocer, traspasar y trasmutar la emoción y la experiencia.

Avatar. Del 15 al 19 de Agosto.