Al otro lado del confinamiento

Al otro lado del confinamiento

Después de días de confinamiento, pasamos un umbral. Parece que inevitablemente nos vamos encontrando con nosotras/as mismas/as. Noto el cansancio. Lo escucho en las personas con las que hablo. Conecto mucho estos días con  el silencio y el vacío. Parar a mi ego-plan es buenísimo. De algún modo me está viniendo bien. Recuerdo la famosa frase de Blaise Pascal: «la infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación«. Queremos volver a la normalidad. Yo desde luego si; y abrazar a la gente que quiero; y viajar. Pero creo que esa misma normalidad es el problema. No hablo de la paz y de cierta seguridad.  

Después de días de confinamiento, pasamos un umbral. Parece que inevitablemente nos vamos encontrando con nosotras/as mismas/as. Noto el cansancio. Lo escucho en las personas con las que hablo. Conecto mucho estos días con  el silencio y el vacío. Parar a mi ego-plan es buenísimo. De algún modo me está viniendo bien. Recuerdo la famosa frase de Blaise Pascal: «la infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación«. Queremos volver a la normalidad. Yo desde luego, sí; y abrazar a la gente que quiero; y viajar. Pero creo que esa misma normalidad es el problema. No hablo de la paz y de cierta seguridad.  

Esta “normalidad”, como cuenta Yayo Herrero, es la de una cultura hegemónica capitalista que va en contra de las bases materiales de la vida: el planeta tierra y el cuerpo finito. Configura nuestra forma de ser, nos lleva a una lógica sacrificial donde todo se pone al servicio de un tótem: el progreso. Crea una religión civil y acatamos su voz. Explota los recursos naturales, nuestro tiempo y nuestra energía en orden a sostener una sociedad desigual y extractivita.  

Durante mucho tiempo yo internalicé esas voces y me instalé en la normosis. Eran voces que hablaban por mí, me sustituían: creencias, opiniones, posicionamientos que estructuraban mi importancia personal. Con todo ello reproduje una identidad, me la creí y viví con ella. Me entregué al infinito debate de la dualidad, me encantaba debatir. Adquirí argumentos, ideas, posiciones. Desde niño me educaron para recibir enseñanzas, instrucciones, guías, y cuando comencé a beber de fuentes humanistas, a explorarme, entendí que no las necesitaba, que el auténtico poder está dentro. Y fíjate: me costaba creerlo. ¡Cómo cuesta creerse el poder propio! Tampoco sabía qué hacer con él. Toda una paradoja.

Ahora descubro que lo que me ha salvado es volverme real. Recuerdo el mito de la caverna de Platón escrito hace 2.400 años. Su sencilla metáfora visual sigue siendo actual. Lo que hay dentro no es real, son sombras. Salir fuera es el reto, supone acceder a lo permanente, a las matrices suprasensibles, al mundo de las ideas: los universales. Se trata de ver la luz primigenia. Las sombras son la dualidad. El espíritu es, solo puede ser, luz. Dentro de la cueva observo como me aferro al mundo de la razón. Esta realidad hecha de dualidades me lleva fácilmente al colapso. Yo también anduve obsesionado en generar coherencias operacionales para agarrar la realidad. Eso hace la mente, juegos de la dualidad. Cuando sales de la cueva, sales de la matrix. Es una osadía; para salir de la cueva tienes que darte cuenta de que estás en una cueva. Fue entonces cuando la vida me trajo reconocer mejor las auténticas fuentes de la satisfacción humana, que para mí son: la naturaleza, nuestras cualidades creadoras, la sensibilidad, los cuidados y las relaciones (comunidad-intimidad), mis recursos instintivos y el despliegue de mis poderes espirituales.

Cuando suelto la obsesión victimista y el juicio, comprendo que estoy aquí para disfrutar la experiencia de ser, de estar vivo en este maravilloso planeta. Entonces suelto la dinámica explotadora. La física cuántica nos reclama un cambio en el modelo de pensamiento: teoría del caos, campos morfo genéticos, modelos holográficos, etc., nos están diciendo que la realidad es misterio, que es inaprehensible y que pretender apropiarse de todos sus principios distorsiona la propia naturaleza, ya que el observador (nos dice este modelo) modifica lo observado. Pero el miedo se obsesiona con las certezas y preferimos seguir discutiendo dentro de la cueva.  

El miedo es el peor virus, el gran depredador. Sigue condicionando las posibilidades mágicas de las que estamos dotados como seres humanos cuando activamos la confianza interna. El miedo y la pérdida del ánimo nos enferman. Ánimo = ánima = alma.

Estos días hablando con varias personas he podido observar la mecánica del miedo. Amigas que se han visto confinadas con sus familias, reciben advertencias cuando, por diversas razones, se plantean salir de casa. Les recuerdan, con cierta presión emocional, que existe una ley “inquebrantable” que exige, dentro del clan familiar, protegerse mutuamente del miedo. Es una lealtad debida, que perdura generación tras generación: el miedo, nos dicen, siempre se ha vencido renunciando a cuotas de libertad, y así debe seguir siendo. El virus ha venido a desvelar estas dinámicas. Podemos elegir conquistar algo distinto. El ser humano tiene una extraordinaria audacia espiritual.

Somos seres eternos aunque, a menudo, desconectados de la fuente. El origen de todas las guerras ha sido el miedo a lo que llevamos dentro: la herida. Por eso huimos de estar solos. Por eso exigimos lealtad al clan, al amor, por eso nos apegamos a una identidad falsa. Esta herida, en último término, es siempre una experiencia incompleta en forma de dolor ancestral. Nace de la profunda necesidad que tiene el ser humano de vivenciar el amor incondicional, sentir que tenemos un lugar en el corazón de otra persona. Rehabilitar la experiencia amorosa espiritual, curar el corazón, permite reconectar con la fuente. Esto, más allá de lo terapéutico, pasa por ensayar fórmulas comunitarias cohesionadas, en tribus donde nos sintamos vinculados por nuestro deseo de sanar, conquistar los miedos y despertar.

Ahora que nos hemos quedado solos/as en la habitación, te propongo: déjate sentir, sostén la ansiedad, para el  mundo y respira. Si puedes, suelta todos los planes por un día, por tres días. Todo eso que aparece como emoción intensa, incómoda, desconocida, es la materia prima de la auténtica transición ecológica. Ahora abre esta experiencia a una persona de confianza.  Explora la vulnerabilidad en un espacio de intimidad. Contacta con tus recursos espirituales y observa que sucede cuando logras completar experiencias de compasión hacia ti mismo/a. Bien, has salido de la cueva, de las sombras, el auténtico confinamiento. Porque conectando vía experiencia con los universales, dejamos de ser manipulables. Es la vía espiritual.

Salir de la rueda del maya pasa por: abordar esta herida; parar el mundo y estar consciente de ser; y despertar nuestro potencial como seres perceptivos. Es como renacer, reinventarnos. El mito del ave fénix, el ave que se desvanece para renacer con toda su gloria de sus propias cenizas, además de su extraordinaria fuerza y dominio sobre el fuego, contenía una curiosa virtud: sus lágrimas eran curativas. Esta es la forma misteriosa que adopta en esta dimensión el conocimiento silencioso.

Somos parte del misterio. El conocimiento auténtico es silencioso, no se puede pensar ni expresar y sin embargo es total (Castaneda). El Físico Eddington definió el universo como “algo desconocido que hace algo que no sabemos qué es”, en referencia al misterio de las fuerzas que actúan entre los cuerpo celestes. El verdadero progreso es entender que cada cual somos gurús, magos y hacedores de esas energías universales a las que pertenecemos.

Salir de la cueva es muy inquietante. ¿Quién seré al otro lado? ¿Quién soy cuando renuncio a mis debates, a mis empeños, mis rutinas? ¡Con todo el esfuerzo que hago para ser feliz! La trama del despertar espiritual pasa por un sutil cambio interior. Entender que la verdadera alegría es una causa y no un efecto. Si crees que es un efecto estarás toda la vida buscando fuera lo que te complete. El camino espiritual comienza cuando entiendes que estás completo/a. Dentro tienes la sombra y la luz que la alumbra. La herida y la medicina. Dentro está el dolor y el máximo potencial de mutación. El amante y el amado. El dios y la diosa. Mi cuerpo energético, por ejemplo, incluye el de mis padres a los que puedo abrazar permanentemente a través de él.

¿Cómo me imagino en la práctica maneras de despertarnos, de construir la nueva normalidad? Aquí van una serie de sugerencias.

  1. Hemos dimitido de nuestra naturaleza espiritual y salvaje. ¡Me pido un plan de rescate! Adquirir la práctica de maravillarnos simplemente de ser, estar vivos. Soltar el plan, dejarme sorprender permanentemente. No estamos separados de la vida. Somos una sinfonía interconectada y solo tenemos que danzar instintivamente para experimentar altos grados de expansión en unión con la vida.
  2. Descondicionar el amor y la sexualidad de todas las adherencias emocionales y las creencias, para abrir todo el potencial espiritual que contiene la energía sexual.
  3. Permitirnos que la vida nos abra el corazón a través de las relaciones. Abrir el camino de la sensibilidad que se manifiesta en las formas de relaciones íntimas y de confianza.
  4. Una parte de la tecnología viene a interponerse entre nosotros y nuestras cualidades innatas. Esa tecnología no tiene alma. A mí me deja vacío, me hace autómata, me absorbe el cerebro. Últimamente, además, nos controla, toma el poder. Elijo protegerme.
  5. La auténtica tecnología la llevamos dentro. Pasa por desplegar el propósito superior escondido en el ADN, acelerar el despertar. Pasar de la materia a la conciencia y comenzar a utilizar nuestro potencial psíquico del plexo solar y extrasensorial.
  6. Creernos que nuestro estado natural es un estado cercano al éxtasis, al que accedemos sin agotar energías ni recursos, sino a través de la contemplación de la vida fuera y dentro de nosotros y a través de nuestro poder interno.
  7. Tenemos un rol protagonista en configurar ya el humano futuro, sus formas de relación sensibles y su libertad auténtica. Comencemos por hacer el ejercicio de imaginarlo y ensayarlo en laboratorios comunitarios.

Salir de la matrix es un acto instintivo, espiritual y salvaje. Sócrates dijo que si el alma puede tomar aunque sea una pequeña distancia del cuerpo, entonces puede percibir el verdadero ser. Es eso, una parada, en el silencio de tu habitación, de tu meditación, de tu danza sutil, es una iluminación, a tu alcance, muy cerca, al otro lado del confinamiento.

Después de días de confinamiento, pasamos un umbral. Parece que inevitablemente nos vamos encontrando con nosotras/as mismas/as. Noto el cansancio. Lo escucho en las personas con las que hablo. Conecto mucho estos días con  el silencio y el vacío. Parar a mi ego-plan es buenísimo. De algún modo me está viniendo bien. Recuerdo la famosa frase de Blaise Pascal: «la infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación«. Queremos volver a la normalidad. Yo desde luego si; y abrazar a la gente que quiero; y viajar. Pero creo que esa misma normalidad es el problema. No hablo de la paz y de cierta seguridad.  

Esta “normalidad” como cuenta Yayo Herrero, es la de una cultura hegemónica capitalista que va en contra de las bases materiales de la vida: el planeta tierra y el cuerpo finito. Configura nuestra forma de ser, nos lleva a una lógica sacrificial donde todo se pone al servicio de un tótem: el progreso. Crea una religión civil y acatamos su voz. Explota los recursos naturales, nuestro tiempo y nuestra energía en orden a sostener una sociedad desigual y extractivita.  

Durante mucho tiempo yo internalicé esas voces y me instalé en la normosis. Eran voces que hablaban por mí, me sustituían: creencias, opiniones, posicionamientos que estructuraban mi importancia personal. Con todo ello reproduje una identidad, me la creí y viví con ella. Me entregué al infinito debate de la dualidad, me encantaba debatir. Adquirí argumentos, ideas, posiciones. Desde niño me educaron para recibir enseñanzas, instrucciones, guías, y cuando comencé a beber de fuentes humanistas, a explorarme, entendí que no las necesitaba, que el auténtico poder está dentro. Y fíjate: me costaba creerlo. ¡Cómo cuesta creerse el poder propio! Tampoco sabía qué hacer con él. Toda una paradoja.

Ahora descubro que lo que me ha salvado es volverme real. Recuerdo el mito de Platón escrito hace 2.400 años. Su sencilla metáfora visual sigue siendo actual. Lo que hay dentro no es real, son sombras. Salir fuera es el reto, supone acceder a lo permanente, a las matrices suprasensibles, al mundo de las ideas: los universales. Se trata de ver la luz primigenia. Las sombras son la dualidad. El espíritu es, solo puede ser, luz. Dentro de la cueva observo como me aferro al mundo de la razón. Esta realidad hecha de dualidades me lleva fácilmente al colapso. Yo también anduve obsesionado en generar coherencias operacionales para agarrar la realidad. Eso hace la mente, juegos de la dualidad. Cuando sales de la cueva, sales de la matrix. Es una osadía; para salir de la cueva tienes que darte cuenta de que estás en una cueva. Fue entonces cuando la vida me trajo reconocer mejor las auténticas fuentes de la satisfacción humana, que para mí son: la naturaleza, nuestras cualidades creadoras, la sensibilidad, los cuidados y las relaciones (comunidad-intimidad), mis recursos instintivos y el despliegue de mis poderes espirituales.

Cuando suelto la obsesión victimista y el juicio, comprendo que estoy aquí para disfrutar la experiencia de ser, de estar vivo en este maravilloso planeta. Entonces suelto la dinámica explotadora. La física cuántica nos reclama un cambio en el modelo de pensamiento: teoría del caos, campos morfo genéticos, modelos holográficos, etc., nos están diciendo que la realidad es misterio, que es inaprehensible y que pretender apropiarse de todos sus principios distorsiona la propia naturaleza, ya que el observador (nos dice este modelo) modifica lo observado. Pero el miedo se obsesiona con las certezas y preferimos seguir discutiendo dentro de la cueva.  

El miedo es el peor virus, el gran depredador. Sigue condicionando las posibilidades mágicas de las que estamos dotados como seres humanos cuando activamos la confianza interna. El miedo y la pérdida del ánimo nos enferman. Ánimo = ánima = alma.

Estos días hablando con varias personas he podido observar la mecánica del miedo. Amigas que se han visto confinadas con sus familias, reciben advertencias cuando, por diversas razones, se plantean salir de casa. Les recuerdan, con cierta presión emocional, que existe una ley “inquebrantable” que exige, dentro del clan familiar, protegerse mutuamente del miedo. Es una lealtad debida, que perdura generación tras generación: el miedo, nos dicen, siempre se ha vencido renunciando a cuotas de libertad, y así debe seguir siendo. El virus ha venido a desvelar estas dinámicas. Podemos elegir conquistar algo distinto. El ser humano tiene una extraordinaria audacia espiritual.

Somos seres eternos aunque, a menudo, desconectados de la fuente. El origen de todas las guerras ha sido el miedo a lo que llevamos dentro: la herida. Por eso huimos de estar solos. Por eso exigimos lealtad al clan, al amor, por eso nos apegamos a una identidad falsa. Esta herida, en último término, es siempre una experiencia incompleta en forma de dolor ancestral. Nace de la profunda necesidad que tiene el ser humano de vivenciar el amor incondicional, sentir que tenemos un lugar en el corazón de otra persona. Rehabilitar la experiencia amorosa espiritual, curar el corazón, permite reconectar con la fuente. Esto, más allá de lo terapéutico, pasa por ensayar fórmulas comunitarias cohesionadas, en tribus donde nos sintamos vinculados por nuestro deseo de sanar, conquistar los miedos y despertar.

Ahora que nos hemos quedado solos/as en la habitación, te propongo: déjate sentir, sostén la ansiedad, para el  mundo y respira. Si puedes, suelta todos los planes por un día, por tres días. Todo eso que aparece como emoción intensa, incómoda, desconocida, es la materia prima de la auténtica transición ecológica. Ahora abre esta experiencia a una persona de confianza.  Explora la vulnerabilidad en un espacio de intimidad. Contacta con tus recursos espirituales y observa que sucede cuando logras completar experiencias de compasión hacia ti mismo/a. Bien, has salido de la cueva, de las sombras, el auténtico confinamiento. Porque conectando vía experiencia con los universales, dejamos de ser manipulables. Es la vía espiritual.

Salir de la rueda del maya pasa por: abordar esta herida; parar el mundo y estar consciente de ser; y despertar nuestro potencial como seres perceptivos. Es como renacer, reinventarnos. El mito del ave fénix, el ave que se desvanece para renacer con toda su gloria de sus propias cenizas, además de su extraordinaria fuerza y dominio sobre el fuego, contenía una curiosa virtud: la de que sus lágrimas eran curativas. Esta es la forma misteriosa que adopta en esta dimensión el conocimiento silencioso.

Somos parte del misterio. El conocimiento auténtico es silencioso, no se puede pensar ni expresar y sin embargo es englobante, total (Castaneda). El Físico Eddington definió el universo como “algo desconocido que hace algo que no sabemos qué es”, en referencia al misterio de las fuerzas que actúan entre los cuerpo celestes. El verdadero progreso es entender que cada cual somos gurús, magos y hacedores de esas energías universales a las que pertenecemos.

Salir de la cueva es muy inquietante. ¿Quién seré al otro lado? ¿Quién soy cuando renuncio a mis debates, a mis empeños, mis rutinas? ¡Con todo el esfuerzo que hago para ser feliz! La trama del despertar espiritual pasa por un sutil cambio interior. Entender que la verdadera alegría es una causa y no un efecto. Si crees que es un efecto estarás toda la vida buscando fuera lo que te complete. El camino espiritual comienza cuando entiendes que estás completo/a. Dentro tienes la sombra y la luz que la alumbra. La herida y la medicina. Dentro está el dolor y el máximo potencial de mutación. El amante y el amado. El dios y la diosa. Mi cuerpo energético, por ejemplo, incluye el de mis padres a los que puedo abrazar permanentemente a través de él.

¿Cómo me imagino en la práctica maneras de despertarnos, de construir la nueva normalidad? Aquí van una serie de sugerencias.

  1. Hemos dimitido de nuestra naturaleza espiritual y salvaje. ¡Me pido un plan de rescate! Adquirir la práctica de maravillarnos simplemente de ser, estar vivos. Soltar el plan, dejarme sorprender permanentemente. No estamos separados de la vida. Somos una sinfonía interconectada y solo tenemos que danzar instintivamente para experimentar altos grados de expansión en unión con la vida.
  2. Descondicionar el amor y la sexualidad de todas las adherencias emocionales y las creencias, para abrir todo el potencial espiritual que contiene energía sexual.
  3. Permitirnos que la vida nos abra el corazón a través de las relaciones. Abrir el camino de la sensibilidad que se manifiesta en las formas de relaciones íntimas y de confianza.
  4. Una parte de la tecnología viene a interponerse entre nosotros y nuestras cualidades innatas. Esa tecnología no tiene alma. A mí me deja vacío, me hace autómata, me absorbe el cerebro. Últimamente, además, nos controla, toma el poder. Elijo protegerme.
  5. La auténtica tecnología la llevamos dentro. Pasa por desplegar el propósito superior escondido en el ADN, acelerar el despertar. Pasar de la materia a la conciencia y comenzar a utilizar nuestro potencial psíquico del plexo solar y extrasensorial.
  6. Creernos que nuestro estado natural es un estado cercano al éxtasis, al que accedemos sin agotar energías ni recursos, sino a través de la contemplación de la vida fuera y dentro de nosotros y a través de nuestro poder interno.
  7. Tenemos un rol protagonista en configurar ya el humano futuro, sus formas de relación sensibles y su libertad auténtica. Comencemos por hacer el ejercicio de imaginarlo y ensayarlo en laboratorios comunitarios.

Salir de la matrix es un acto instintivo, espiritual y salvaje. Sócrates dijo que si el alma puede tomar aunque sea una pequeña distancia del cuerpo, entonces puede percibir el verdadero ser. Es eso, una parada, en el silencio de tu habitación, de tu meditación, de tu danza sutil, es una iluminación, a tu alcance, muy cerca, al otro lado del confinamiento.

ALFREDO C. DOMBON

Eres lo que decidas ser

Eres lo que decidas ser

Tomar tus emociones para romper con el determinismo y la autoridad externa

He tenido a lo largo de mi vida la oportunidad de visitar dos territorios donde se manifestaron en el pasado siglo las peores atrocidades de las que es capaz el ser humano: el campo de exterminio de Auschwitz en Polonia y Rwanda.  En este país la colonización generó una sociedad clasista que fue el germen de un estallido que se llevó por delante a un millón de personas. Ver de primera mano el Holocaust Memorial Museum en Kigali, espacios y objetos personales de seres humanos cuya inocencia fue aplastada por la obsesión neurótica de unos pocos, estremece las entrañas. Recorrer el campo de concentración Nazi, leer los testimonios, observar la destrucción programada de la que es capaz la mente cuando está fuera de su casa, el corazón, es aterrador.

Me impactó sentir, observando muchas de las fotos y vídeos de la época, cómo las emociones de los que sufrieron esas tragedias quedaban congeladas. El terror paraliza los sentimientos introduciendo a la persona en un espacio de desorientación y desconexión interior. Se arrebata la libertad y todo se aboca a un acto de supervivencia. Solo quedan los instintos. La persona en todos sus matices emocionales desaparece y te invade la tragedia existencial. Los rostros de los responsables del campo de concentración alemán atisbaban en algunos de sus rasgos aspectos de humanidad. Pensaba: en algún momento eligieron la muerte que provoca el ego cuando solo se alimenta de ideas. Recuerdo entender ante estas fotografías cómo, el que no se hace cargo de su dolor, fácilmente infringe dolor.  Los agresores peleaban contra su peor enemigo: sus miedos y sus vacíos internos. Ante eso, el ego toma el poder, basta con construir un guión argumental, una película fantástica sobre la condición de inferioridad del semita.

Tras la I G.M. Europa tuvo que hacer una reflexión sobre el desgarro moral que supuso el conflicto. Se rompió el optimismo romántico que otorgaba valor a las ideas estables y eternas. Kierkegard filosofa sobre el mal y la nada, adentrándose en el valor de La existencia humana concreta e individual. G. Marcel, Simone de Bouvard, Albert Camus despiertan las conciencias con su pensamiento existencialista para advertir a toda una civilización que: la realidad no se identifica con la racionalidad. La naturaleza y la esencia no definen al ser humano (como pensara S. Freud). La existencia no es una esencia definida por razas, fronteras, estados… ni el ser humano un simple actor de conocimiento. Husserl propone que la sensatez, el placer de sentir y la coherencia son nuestras auténticas fuentes verificables y se encuentran en nuestra cadena narrativa interna.

El existencialismo nos recordó que el ser humano es lo que decida ser, aceptando vivir, eso si, el riesgo e incertidumbre que esto lleva asociado, es decir, el dolor. Esta es la plena responsabilidad sobre nuestro sentir. El ser humano cuando se hace verdaderamente cargo de sus emociones, rompe con cualquier determinismo. Hasta ahora la autoridad paternalista y patriarcal ha proveído de este determinismo, de la verdad. Construye leyes rigurosas con estrictas estructuras morales e ideologías. Manipula. Pero ya hemos entendido que más importante que la verdad es: lo que haces con eso que experimentas. Y aunque seguimos entregando el poder a autoridades externas (ahora la ciencia toma ese papel, véase lo que está pasando con las terapias naturales) el acontecimiento y la experiencia son, cada vez más, lo primordial.

El ego, esa “masa específica de nada” que acapara el órgano reflejo que es el cerebro izquierdo y que construye mundos de soberbia y aburrimiento, tendrá que dar paso en este nuevo siglo a la aceptación. Reconocer el sustrato de fondo que nos atemoriza: la rabia, la tristeza, el miedo, la dificultad para estar solos en una habitación, la muerte; parar la fantasía del progreso tecnológico infinito y despertar a nuestros abundantes recursos internos, a la naturaleza mágica de la vida, a la suficiencia de contenidos que incorpora el propio hecho de existir.

Ningún adulto entendía la boa que engullía elefantes que narraba el principito. La obra de Saint Exupery es una crítica al hombre civilizado y revela la incapacidad que tenemos de entender la relevancia de nuestra propia existencia. Salir de la oscuridad de la historia pasa por aceptar que somos un sentimiento, un “darse cuenta”. Fuera de ahí todo es un colapso del ego alejado del corazón.  Para reformularnos como civilización tal vez tengamos que:

  • Aceptar el camino de la indagación emocional y su sanación como proceso necesario para acercarnos a una vida más humana.
  • Recapitular el pasado personal y desvelar el subconsciente, depositario de las memorias universales para disolver los arquetipos que siguen configurando nuestras creencias fósiles.
  • Resolver en el opuesto masculino-femenino y permitir que la energía sexual transforme nuestros patrones arcaicos y de sometimiento mutuo.
  • Retomar la sabiduría inscrita en nuestra evolución cultural como raza humana. Recuperar las tradiciones precoloniales: las culturas mesoamericanas y la herencia Tolteca, el Zen japonés, el yoga hindú, el tantra tibetano e hindú, el pensamiento de la cábala. Todos ellos reconocían ya que el ego tiene una enfermedad, la de sustituir la realidad por lo que piensa.
  • Soltar las autoridades históricas para crear la realidad que queremos. Otorgar la autoridad a nuestra sabiduría orgánica e intuitiva, la del cuerpo y la de la naturaleza, recuperar nuestra abundancia interna.
  • Inaugurar nuevos modelos tribales universales, reunificados por el espíritu único de apertura y comunión amorosa del que nos informa un corazón sanado.
  • Y soltar, soltar toda pretensión quimérica de transformar la realidad y manipularla para alimentar la importancia personal, luchando neuróticamente contra la muerte.

“Me pregunto si las estrellas estarán iluminadas para que cada uno pueda encontrar la suya”, decía el principito. Lo que hace bello al desierto es que esconde un pozo en cualquier lado.

 

Capitalismo emocional

Capitalismo emocional

El capital dice “yo soy el primero”. Nos ha convencido que, atender el progreso y las variables del capital, es nuestro destino. Este mensaje, tan patriarcal por otra parte, alimentado de un sistema fuertemente jerárquico, ha hecho que la especie homo, rindamos culto a tan poderoso tótem, sacrificando o descafeinando las virtudes naturales que nos acompañan como seres dotados de emoción y sentido.

Este dios implacable aplica la lógica mecanicista a los sistemas vivos. Dejamos de ser espontáneos para pasar a ser convenientes o inconvenientes. El homo oeconomicus se dice a sí mismo: la producción es el actor principal de  mi película. Las emociones, la naturaleza, la ética, la estética, etc., son, definitivamente, actores secundarios. Las relaciones personales han quedado así damnificadas. Vivimos emociones transgénicas, manipuladas en su ADN natural para que sean aptas para el consumo.

Las emociones languidecen en una sociedad de grandes superficies, trabajo fijo y planes de pensiones. La ruptura que provoca el capitalismo es una especie de translimitación, donde se empaquetan las emociones en contenidos publicitarios extraordinariamente bien diseñados para despertar necesidades, y las convierten en útiles, siempre y cuando sirvan a la obsesión por el progreso económico.

Al final, nos hemos cargado la compleja red de interrelaciones sistémicas que nutre este organismo vivo que es nuestra vida emocional. La inteligencia sin lucidez emocional es ciega, y la lógica desarrollista un tratado de las cosas muertas. Como dijo W. Kaufmann, la vida es un compromiso entre la estructura y la sorpresa. ¡Abajo las sorpresas, dice el capital!

¿Cómo son las emociones transgénicas? Emociones manipuladas en su energía originaria para servir a otro fin, para hacerlas cómodas en el mercado de valores. Del mismo modo que Monsanto manipula las semillas para que solo puedan ser cultivadas una vez, aquí las manipulamos para que, como mucho, a lo largo de nuestra vida, nos asalten una vez ¡y con los mínimos desperfectos posibles! Vamos a ver qué sucede con estas emociones básicas.

Con el amor decimos: es para siempre. Enamorarse, sentir amor por una persona, nos introduce invariablemente en la expectativa de las “medias naranjas” que vienen a completar algún aspecto de nuestra vida que no podemos completar por nosotrxs mismxs. El amor transgénico es sublime, romántico, único y eterno. Si desaparece no es porque el amor viva transformaciones, por cierto, la mayor parte de las veces creadoras, sino porque se muere. Esto conlleva consecuencias trágicas: sentimientos de abandono, de fracaso y de traición. En fin, un guion suculento para el negocio de las emociones. El amor en su forma natural y auténtica reproduce formas de encuentro, comunicación y relación. Es atemporal y viaja. Su intensidad varía. Involucra el ser del otrx, reproduce el afecto, el vínculo, la complicidad, la intimidad, el cariño, todo un caudal de riqueza y generosidad. Expresarlo sin negociar las condiciones del vínculo, es un acto de naturalidad y de alegría genuina.

La rabia, se nos dice, no es útil, hace daño y es inconveniente. Tampoco hay que ponerse así, solemos expresar. La rabia solo trae inestabilidad, es la mecha del conflicto. La rabia es egoísta, manifiesta una queja y esta ya tiene sus cauces administrativos para darle salida. Algo formal. Al final nos llevan a la conclusión de que es mejor perdonar. Para ello existen muchos caminos espirituales que hacen posible disolverla. Pero no, la rabia lo que tiene es que no se disuelve. Se enquista y genera enfermedad física y social. La rabia es un movimiento interno de desahogo necesario. En contacto con una contención de algo de lo que se nos privó, de algo en lo que no se nos tuvo en cuenta, necesita expresarse para movilizar todas las energías asociadas hasta llegar a la rendición. La rabia necesita ser escuchada, tenida en cuenta, acompañada, aliviada. Aprender a expresarla es un proceso personal que pasa por abordar nuestros límites internos.

El miedo, especialmente el miedo al vacío, hay que evitarlo. Su mutación artificial es dejarlo contenido. El miedo, sin expresar, nos hace sumisos y dependientes, cuando desde fuera nos dan la solución. Todo nuestro sistema social está diseñado para contener el miedo. El miedo nos acerca a la experiencia del vacío, donde soltamos la seguridad. Pero el gran negocio de la guerra y la economía de escala requieren de esta gasolina. El miedo asoma hoy en cualquier mínima alternación de las condiciones del bienestar, material. El miedo, cuando se expresa desde el contacto profundo, nos hace más libres. La libertad, tan revolucionaria, pasa por traspasar los estados del miedo que en realidad solo son eso, miedo, desconocimiento, incertidumbre, vulnerabilidad. Traspasarlo nos saca a la certeza de la libertad, a la no dependencia.

La tristeza, hay que aliviarla, hay que salir de ella. En una sociedad que se conduce por el éxito, la tristeza es un estado sin valor, espúreo.  No llores cariño, les decimos a los niñxs desde sus primeras expresiones. La tristeza, en sus múltiples manifestaciones de depresión, desmotivación, solo se medica. La tristeza se modifica genéticamente porque nos aleja del triunfo, de estar bien, ser productivos, adecuados. El triste solo puede recibir ayuda o consuelo. Pero la tristeza nos lleva al contacto con la fragilidad, con nuestras necesidades o con recursos emocionales que nos permiten sentir la vida de forma diferente. Nos abre la comunicación en lugares más cercanos. La tristeza expresada alivia las carencias vividas y nos puede llevar al agradecimiento.

El deseo, si es sexual, hay que esconderlo. Le decimos: eso es un asunto de la intimidad de cada uno. Se privatiza. Lo valoramos como egoísta y su manifestación espontánea solo puede conducir a la lujuria. La expresión del deseo viene manipulada por la seducción y todos los circuitos ocultos que están para alimentar y hacer negocio con el deseo. Pero el deseo es un poderoso movilizador. Implica nuestra espectro emocional si no nos quedamos en un puro manejo de la energía sexual. Nos empuja siempre para encontrarnos con algo de nosotrxs mismxs. La energía del deseo pulsa desde la sexualidad para hacer un viaje por todos los centros, abriendo el corazón, dándole espacio a la palabra sensible, y tomando la experiencia espiritual.

Las emociones son lo primero porque nos traen la verdadera vitalidad, la conexión profunda con nuestra satisfacción, si logramos descapitalizarlas y tomar su energía para gestionar nuestra vida con la mejor brújula interna que poseemos.

Si quieres aprender a darle espacio a la gestión emocional, vente a nuestro grupo: Todos los jueves en Sevilla.

Laboratorios humanos de experimentación

Laboratorios humanos de experimentación

Cuando me doy permiso en la apertura y la exploración y coincido con otras personas en este mismo lugar, me encuentro un espacio y un tiempo donde puedo ser yo misma, o al menos intentarlo a pesar de mis resistencias. Esto actualiza la alegría de ser y le da poder a lo que soy, a pesar de lo que creo que debo ser y me impongo como mi cárcel personal en forma de identidad.

Hoy abro la puerta de mi cárcel y me sumo a este círculo donde invocamos juntos el autoconocimiento, sin condicionamientos sobre lo que pienso que es bueno o es malo –basados en mi historia personal. Me abro a experimentar en un sitio donde puedo tocar mi vulnerabilidad y atravesarla. Hemos llegado a este acuerdo de estar presentes y en contacto individual. Ya conocemos el enredo donde entramos cuando tengo expectativas en mis relaciones, cuando no cumplo las expectativas del otro y el otro no cumple las mías, cuando yo misma no cumplo mis propias expectativas para mi vida. Cuando aparece el reproche, la culpa, el juicio de lo que es bueno, lo que es malo, lo que es mejor, lo que es peor, la exigencia, y el juego de tortura contra mí misma o contra el otro. ¿Quiero abandonar el sufrimiento, con sus miles de caras?

Hoy me doy permiso para ser quien soy y descubrirme, sin entrar en manipulación con la excusa de que todo en mí está mal y debo cambiar para ser mejor… me relaciono conmigo desde la inocencia de no saber quién soy y estar aquí para descubrirlo. Y aterrizo a través de los encajes del plan de la vida en un laboratorio humano de experimentación donde cada cual toma la responsabilidad de lo que siente, de lo que quiere y de lo que hace con todo eso. Me expreso en primera persona para mostrar quién soy desde la receptividad de escuchar mi propia voz. Mi garganta –cuando la libero de filtros en su expresión –manifiesta con el sonido mi ser genuino y me anima a seguir este sonido para completarme. Yo soy mi propio viaje.

La exploración de la mente profunda a través de la terapia regresiva permite acceder, de manera muy inmediata, a sustratos internos donde nos encontramos con nuestras necesidades pendientes: la soledad, el juicio, el abandono, la pérdida. En contacto con ellas y en ese estado de conciencia modificada, se reproduce un espacio terapéutico privilegiado. Nuestra memoria celular y nuestro inconsciente albergan todos los códigos biográficos, todo el mapa de nuestro viaje existencial. Al mismo tiempo, contienen las posibilidades internas para actualizar esa necesidad y dotarnos del ajuste interno necesario. La hipnosis regresiva permisiva es un trabajo de auto regulación sutil que nos despierta al viaje de la vida y a su sentido personal.

Cada persona viene a la vida con su personal y específico impulso creador. Existe un movimiento interno que permite nuestra expresión propia, al cien por cien, cada cual en su forma. Se distingue claramente porque conecta con la vida, como si se amplificara el contacto con la experiencia misma de vivir, de sentir las cosas. Cuando ese movimiento se interrumpe, genera insatistacción.

La garganta es nuestro centro creador. Contiene el sonido, la vibración y la autoexpresión. Simboliza el dominio de la consciencia que crea, transmite y recibe las comunicaciones, tanto con nuestra sabiduría interna como con los demás. Activar ese centro es ponernos en contacto con nuestra capacidad creadora. Y si esto se realiza dentro de la tribu, adquiere un carácter muy movilizador.

La tribu posibilita que se produzca la alquimia donde todo puede suceder, todo es posible expresarlo, porque nada nos es indiferente. Se abren nuestras posibilidades de ser, lo tuyo también es en cierto modo mío, me sucede. Esto me descubre y me despierta. En la tribu la energía se amplía, lo dionisiaco rompe con nuestras estructuras mentales rígidas y nos da permiso para sentir con el cuerpo como perfecto aliado.