El vacío está lleno

El vacío está lleno

Necesitamos de la naturaleza para liberar nuestra naturaleza. Caminar por la montaña, sentir el aire y recibir el sol en un estado de total receptividad y conciencia del presente, me libera y me hace recordar quién soy. Días atrás en el bosque tuve la sensación de que un día me escapé de este lugar sagrado y preexistente en el que tengo mi sitio, la naturaleza, para ir a buscar fuera algo que no sé qué es, en lugares donde irremediablemente no está. Eso que busco soy yo mismo y la naturaleza me recuerda que estoy aquí, que cuando desisto de salir y respiro, me encuentro. Es un estado de expansión que no había experimentado antes.

Llegar aquí es un regalo. Pero reconozco la paradoja, he necesitado previamente completar un viaje que me ha supuesto: entrar en la herida; desear despertar; acudir a buscar en lugares nuevos (distintos a donde se crearon los problemas) y llegar al vacío. La experiencia del vacío está llegando en este tiempo a mi vida con claridad. Siempre había hablado del vacío de modo mental, pero esta vez dos experiencias, en el bosque haciendo una búsqueda de la visión y con mi compañera Susi mediante una sesión de conexión, invocación y escucha, he tocado este lugar misterioso.

Cuando haces posible la técnica del abandono, del no hacer, es factible la llegada del vacío. Hay que quedarse ahí y esperar. Ya reconozco como los estados emocionales me sacan siempre a nuevos escenarios para evitar el contacto (en esto es especialista el carácter que no quiere tocar la incomodidad de la emoción pendiente). El no hacer me invita sencillamente a quedarme en el presente, en contacto con mi cuerpo. No hacer es no reaccionar. Solamente lo que el cuerpo necesite para su acomodo energético. Comienza así el trabajo: observar todo lo que pasa dentro.

En el bosque, durante día y medio viví una lucha interna que en realidad acepté como un proceso de limpieza. Solo podía aceptar que no pasaba nada. Ahí fuera me rodeaba una naturaleza excepcional pero no podía tomar nada ni sentir nada especial. Abandonarse sin reaccionar, esa es la clave. Confiar. En este lugar puedo, en ocasiones, sentir una sensación de poder en el hecho mismo de permanecer aquí, en el vacío, sin más. Desde el principio conecto con la palabra “medicina” que invoco ahora de manera espontánea. Se que este trance me trae algo que necesito.

Aquí puedo observarlo todo: la mente ansiosa encadenando imágenes; las emociones movilizándome; la rabia de episodios pasados; la amargura… también la desesperación que me trae observar durante horas esto. Pero hay un placer peculiar en descubrir que no reacciono a las emociones. Confío en mi cuerpo, solo acomodarlo y responder a su movimiento. Ahora me percato de algo. Me doy cuenta de mi mecanismo de evasión: me encanta planificar cosas y adelantar el escenario de satisfacción. Veo como eso funciona dentro de mí y me saca de la responsabilidad del pleno presente. Elijo ahora dejarlo pasar y volver al vacío. Me acerco a otro darme cuenta. Veo la fuerza que invertí en el pasado para sostener el personaje, en movilizar mi energía de hacer y de huir.

Me he sentado, tumbado en diversas posiciones, caminado en círculo… Sigo el movimiento del cuerpo como parte de mi escucha. Y cuando el movimiento cesa dentro de mí, me quedo sorprendentemente en contacto pleno con la experiencia sensorial. Ocupan el espacio las sensaciones sutiles del exterior de forma amplificada. Descubro que hay numerosísimos pájaros a mí alrededor. Siento mi respiración. Percibo la leve agitación de una rama. Un insecto. Hasta el tiempo que pasa lento lo puedo sentir de algún  modo a través del tenue ruido de fondo que me trae el paisaje.

Comienza mi diálogo con las cosas y empiezo, ahora sí, a descubrir. Le pregunto al vacío qué es. El vacío me responde: es no saber la respuesta a qué es el vacío. Aquí se para todo mi movimiento y empiezo por entender como la identidad y la voluntad me atrapan. ¡Soltar la identidad! Recibo esta invitación, pero. ¿Quién soy yo sin las cosas que hago? Recuerdo que esto se lo he escuchado a otras personas en terapia. Estoy en ese mismo punto. Me da miedo.  

Por fin, el vacío me lleva al contacto pleno con el placer y me llega un profundo alivio. Han pasado muchas horas. ¡Uf! La espera paciente ha merecido la pena. ¡Claro!, me digo, aquí en el vacío sin forma, entra a ocupar su espacio todo el placer de la vida. Me inunda, es un placer instalado, pleno, que invade mi cuerpo y mis sentidos. Está conectado con el hecho de estar ahí, de sentirme vivo en ese preciso instante. Me siento dispuesto a recibirlo en la forma que llega y desconectado del tiempo. En cierto modo, es eterno.

Amplio mi estado de comprensión en este momento. Dejo de luchar para que vengan cosas, se trata como de un estado especial de percepción en el que puede aparecer lo nuevo. Ahora sí que puedo estar aquí horas o meses. El vacío es aceptar que todo lo que hay está bien. Todo está para mí aquí. En el vacío máximo todo está a mi disposición, y al mismo tiempo estoy aquí disponible para la vida. No pretendo nada y lo entiendo todo: la vida es estar en el vacío, que es como estar en la escucha sensible máxima. Tomarlo todo para el disfrute.

Y, ¡sorpresa!, resulta que estar en esta actitud me conecta con la aventura auténtica: es extraordinario estar simplemente a la expectativa de lo que la vida te pueda traer de manera sorpresiva. Me emociona. Es la pura contemplación. Yo solo tengo que vivirlo. Me da todo el permiso para experimentar la libertad profunda y solo quedarme en recibir lo que llega para, si lo deseo,  jugar con todo en mi circo interior. Se me abre todo un mundo en el no hacer, no tengo palabras. El vacío está lleno de emoción receptiva y benevolente. Es otro tipo de conocimiento. Intuyo que una vez aquí solo se puede hacer una cosa: despertar a la auténtica realidad.

La noche en la que compartía invocación con mi compañera, tenía una sensación de que todo estaba bien, de que todo lo que recibiera en ese tiempo, era adecuado. Además me atravesaba una profunda gratitud. Es como si sorteara la dualidad. Me vino a la mente como la materia, si acudes a sus últimas partículas, entre ellas solo hay vacío. Es ahí donde debía encontrarme en ese momento. Es algo enigmático, no sé cómo abordarla, no hay polaridades. Intuyo que el vacío abre la puerta a una comprensión profunda de la realidad, de mi realidad.

Me apasiona la física cuántica. ¿Por qué la materia cambia de onda a partícula?; ¿Como el pensamiento se transforma en moléculas tales como neuropéptidos, hormonas y enzimas que ponen en marcha la actividad corporal? ¿Cómo se ha creado la información inscrita en el ADN, cuyas moléculas de carbono, hidrógeno y oxígeno por separado no despliegan ese programa?  Me despiertan una gran atracción todas preguntas. Cabría decir que donde no hay nada, parece que está todo. Intuyo una profunda conexión entre estos descubrimientos y mi experiencia en el bosque.

La materia y la energía nacen a la vida de algo que no es ni una cosa ni otra, un estado primigenio sin espacio ni tiempo que los físicos llaman “singularidad”. A su vez, el teorema de Bell es considerado por la mayoría de físicos del mundo como el descubrimiento más profundo de la historia de la ciencia que ha hecho que la física acepte la interconexión, la existencia de una especie de campo invisible que mantiene unida a toda la realidad. Este campo posee la propiedad de saber en todo momento lo que está pasando en cualquier parte.

La experiencia del vacío es un puente para acercarme a estos campos donde salgo de la persistente dualidad y comienzo mi despertar. Considero que existe una inteligencia flotante a la que puedo conectarme atravesando esa experiencia de no hacer. Es una posición de la conciencia que une todo lo existente y que me permite verlo todo sin hacer nada, ver la singularidad, el campo invisible que conecta todas las cosas unificándolas.

Cuando llego a esta conclusión, me invade el entusiasmo por entrar más a fondo en lo que no veo para empezar a ver. Le voy a llamar la nueva psico-física de la conciencia. Quiero indagar más y hacerlo a través del auténtico laboratorio del que dispongo: el inmenso entramado de mi realidad subjetiva abierta al espíritu, a la naturaleza y al todo.

La búsqueda de la visión: un viaje interior a través del espíritu de la naturaleza

La búsqueda de la visión: un viaje interior a través del espíritu de la naturaleza

Corre el mes de marzo. Sobre el planeta se cierne la preocupación y la parálisis que genera en el ser humano la incertidumbre, el miedo y la fragilidad de la vida. Yo me retiro solo al bosque durante tres días, sin comida, abierto al diálogo con la naturaleza, los seres espirituales y las revelaciones del mundo interno. Salgo al atardecer. Me adentro en este bosque a una hora de camino habitado por árboles centenarios: quejigos, espino blanco, algarrobos, etc. Llego al lugar. Al oeste un valle con campos de cultivo, detrás, la montaña. Ya es de noche, el silencio solo es removido por el sonido del viento entre las ramas que ahora sopla intenso. La noche es fría y comienza a llover. Comienza mi entrega a la experiencia.

En el camino he sentido emocionado toda la energía femenina presente en mi vida. Me venían algunos rostros, su fuerza colectiva y como esta energía me acompaña poderosa. Me da fortaleza. Elijo un sitio resguardado para poner la tienda y me abandonado al no hacer, a la escucha. Invoco para estos días la apertura de un portal dentro de mí, más allá de la avidez y el ego, donde ampliar la comprensión, el sentir sobre la vida. Me duermo con la imagen de mis padres y mis abuelos que vi tiempo atrás en una cueva. Creo profundamente que más allá de esta realidad hay revelación, que el espíritu de la vida y la naturaleza se manifiesta, a quien quiere y cuando quiere. Elijo confiar.

Muchas tradiciones han explorado este viaje. En los ritos de paso de la antigua Grecia, los que se sumían durante varios días en el viaje enteógeno en la ciudad de Eleusis, vivían una epopteia, una visión transformadora que les iniciaba en la vida espiritual. El viaje del héroe se refiere también a esta búsqueda. Este suele responder a un esquema universal que conlleva: salir a la aventura desde tu mundo cotidiano a lugares de sombra que retan tus capacidades; atravesar experiencias sobrenaturales; luchar con fuerzas que interrumpen el viaje; experimentar la privación, la desorientación, la locura, el miedo a la muerte o la pérdida de identidad. Al final de esta misteriosa aventura, el héroe vuelve a casa transformado, dotando de mayor sentido a su vida, con una sensación de conquista y poder personal, provisto en ocasiones del don de consejo o de sanación. El aprendiz de brujo, tras encarar el inframundo, se vuelve un curador herido. En los relatos de Castaneda, el viaje de transformación busca el “descenso del espíritu” donde, al cruzar un umbral, este se revela al buscador. En realidad todas estas vicisitudes del héroe, no son sino la confrontación con los propios condicionamientos.

Me despierto por la mañana temprano. Me pongo frente al sol, toco el tambor y activo mi canto espontáneo. Mi garganta vibra con sonoridades desconocidas para mí. Pido ver mis condicionamientos en esta búsqueda. Tras  un rato, suelto todo y me tumbo, entro en otro estado. El tambor me saca de la mente y me permite entregarme a ser sostenido únicamente por la naturaleza que me rodea. Reviso una antigua relación. También me viene con fuerza la presencia de papá y mi relación con mamá. Entonces veo mis miedos a soltar el control, tengo miedo a sentirme preso emocionalmente. Cuando me acerco a este sentimiento me defiendo con fuerza. Me acerco a reconocerlo más de cerca. Me siento frágil. Reviso la historia de mi padre y conecto con la soberbia de no pedir ayuda. Tengo dificultad para reconocer mis miedos, es entonces, cuando huyo de ellos, cuando manipulo y creo sufrimiento. A veces no he tenido valor para reconocer que me supera, que no puedo manejarlo. Me duele haber causado dolor. Veo mis apegos y mi prepotencia, me conecto con esto y sollozo profundamente, me perdono. Veo mis fantasmas: el apresamiento que viví de niño sigue presente en mi cuerpo y me paraliza para sentir. Es miedo, sí, me cuesta verlo. Me perdono de nuevo. Durante un rato siento el alivio apoyado en la fuerza sanadora de la naturaleza que lo absorbe todo y lo mitiga.

Si quiero resolver mis laberintos, tengo que practicar en primera persona, perforar la sombra, implicar el cuerpo y sumergirme en la propia experiencia. Existe todo un componente energético-mental-emocional que estructura mi manera de ser y de ver la vida: creencias, corazas, pasiones y traumas que he venido disolviendo estos años para dar dirección a la propia vida. Me doy cuenta como el miedo me deja confinado en lo concreto, lo útil, lo fáctico, me encierra en la idea de que solo es válido lo inmediato, lo que está bajo mi control (mental). Pero también sé que liberar esto es abrirme a mi poder interior. Así me lo narra un viejo árbol. Me siento a su lado y le pido que me hable de mi sombra, de lo que necesito limpiar. Comienzo a familiarizarme con la claridad interna:

La pereza que traes de tu rama materna, una vez sanada, se torna en una energía apropiada para esperar y configurar la entrega al presente y el fluir con la energía de la intuición. Es  un estado en el que sueltas los propósitos y las expectativas. El presente está bien así, amas las cosas como son. También la vanidad que traes de tu rama paterna, cuando sana y se rompe el espejo narcisista, se transforma en autoapoyo y amor propio auténtico, una fuerza poderosa para vivir. Por último con tu forma de vida has resuelto con la tacañería de tus abuelos, que te lleva a soltar el apego a la seguridad material y despierta en ti un estado de tranquilidad y suficiencia con lo que la vida da, tomando la verdadera abundancia del corazón donde reside la auténtica generosidad.

Esta información me trae mucha alegría, reconozco mi itinerario con las pasiones y dónde he ido resolviendo. Doy gracias por todas las personas que me han acompañado en mi sanación. Emerge dentro de mí un estado de confianza en la vida. Me doy cuenta de lo que nos lastra al ser humano: el apego al sufrimiento y el miedo patológico.

Esta noche he soñado con comida. El estómago parece que no se queja. Deshago hábitos a través del ayuno y limpio. A veces pienso que esto va a ser difícil, que no es bueno tantos días sin comer. Pero siento mi cuerpo bien y tengo energía. De nuevo el tambor me lleva a cambiar mi estado. De mi garganta salen sonidos inspiradores que me facilitan viajar. Esta vez me tumbo bajo el sol aprovechando que ha despejado el cielo. Disfruto como nunca de sentir la luz solar calentando mi piel. Le pido a los seres del bosque que me hablen de la información que traigo dentro, los códigos dormidos. En un estado de profunda concentración recibo esto.

En este ciclo de vidas que vivimos y morimos, resulta paradójico pero: el alma mantiene esta forma de amnesia por la cual en cada vida partimos aparentemente de cero. Eso sí, todos disponemos de un montón de códigos dormidos dentro que traemos a través del aprendizaje a lo largo de nuestra evolución. ¿Y por qué no vienen ya despiertos? -Le digo-, porque hay que elegir abrirlos, filtrarlos a través de la experiencia y poner mucho foco de conciencia para que conlleven un verdadero despertar. Es como un tesoro que solo debidamente abierto es posible acceder a él y activar su riqueza. El primer paso es reconocer que existen ahí dentro. Luego el proceso de acceder a ellos propicia ese cambio de percepción, de actitud, de conocimiento interno y de poder. Estos códigos emergen a un nivel consciente desde el instinto y la intuición cualificadas, lo que configura nuestro perfil creativo. ¿Como se despiertan los códigos? –pregunto-: con la magia, es decir, la imaginación creadora. Dialogando con los seres y los espíritus. Con el proceso de curación emocional, limpiando y sanando, están disponibles los códigos para ti. También con el trabajo de regresión a vidas pasadas y de ampliación de la conciencia. Acudiendo a técnicas propias de clarividencia, mediumnidad y telepatía. Leyendo las claves genéticas. Pidiendo al mismo Akasa y al universo astral conectado con esos códigos que se te desvelen. También entregándote a la danza instintiva. Los códigos son un panel de sabiduría que traemos insertado.

¡Cuanta información! Me doy cuenta de que la mente, cuando procesa esta información, no está activa, recoge esto en un estado de pasividad y de inmediatez. Cuando lo experimento, me conecta con lo que podemos llamar la mente nativa, un sustrato de inteligencia primigenia. Un segundo cerebro que combina receptores del plexo solar y cualidades instintivas e intuitivas. Es una forma orgánica de percibir que activa una inteligencia más allá de la cognición habitual. Cada vez que se experimenta, deja una sensación particular. Recuperas el sentimiento primordial de fascinación ante la inconmensurable abundancia, gracia y sabiduría de la naturaleza.

Esta experiencia la viví con intensidad la segunda mañana. Me movía sin rumbo, dejando que mis pasos fueran intuyendo la dirección dentro del entorno que me había marcado para vivir la búsqueda. Vagaba de un punto a otro, y me inundó una experiencia fuerte. Sentí el caudal infinito de la energía universal crística disponible, una energía que la tradición llama Gracia y que es extraordinariamente abundante. Es desbordante y está toda ahí, envolviéndonos. Me conmoví.

¿Cómo explicamos esta forma de comprensión? La psicología ha debatido largamente sobre la percepción. Esta ha quedado atrapada en una estrecha franja física y cognitiva. Solo aceptamos los estados de vigilia y de sueño. El estado de vigilia es tan solo uno de los estados de conciencia posible, y no el más audaz. El sueño está poco explorado. La psicología y la psiquiatría han devaluado lo espiritual y lo mítico. Por eso hay que restaurar otra forma de pensar.

Para hacer este viaje tenemos que entregar la autoridad del saber, más allá del conocimiento científico, a la sabiduría de la vida inscrita en la naturaleza. Es el comienzo para poder conjugar lo inefable y la reflexión empírica. Esta prueba siempre va a poner en crisis nuestra mente. Es inevitable confrontar el mundo ordinario con lo espiritual, es una crisis de separación por la que hay que pasar. Pero cuando logras conjugarla, amplías tus posibilidades de ser y de crear la realidad. Comienza un giro en tu relación con la naturaleza y la energía a través de la cual experimentas que estas no son inanimadas. Abrimos un puente entre la actividad bioquímica del cerebro y la actividad de la consciencia.

Esta noche he dormido mal. Es la tercera. Horas sin pegar ojo dando vueltas en mi incómodo aislante. Siento como mi cuerpo acusa dolorido el estar quieto muchas horas. Percibo como manejo el estrés con poca paciencia. Siempre me ha costado sujetar las situaciones dolorosas. El viento azota con fuerza la tienda esta noche y mi mente bulle. Ya no sé qué hacer. Me levanto con decisión, ya es madrugada. Tomo la determinación de marcharme a falta de un día. En ese momento respiro y entiendo que se trata de una prueba más, que traspasar esto es parte del viaje. Me recuesto de nuevo y logro dormir. Al día siguiente me siento milagrosamente descansado. Salgo a la luz del día. Los colores y los contrastes de luz me parecen brillantes. Mi vista se ha agudizado, presto mucha más atención a los detalles y los disfruto de un modo más especial. El ayuno hace su efecto. Comienzo a caminar dando vueltas a un mismo árbol. En muy anciano. Lo percibo y me entrego a su sabiduría. Le pregunto por la inocencia y su papel en mi historia.

La inocencia es el sustrato espiritual de esta configuración material en la que vivimos. Fue la primera manifestación que adquirió todo lo material. Es un estado perfecto de entrega y de gozo. Hace posible la sinarquía, la forma equilibrada de existir los seres. Está muy cerca de la compasión. La inocencia tiene muchos nombres para el ego: estupidez, mojigatería, incapacidad, falta de fuerza e iniciativa, infantilismo, etc., pero el que no se hace como uno de estos, como un niño, no puede abrir las puertas al mundo espiritual. El que no purifica su niño no puede abrirlas, el que no hace una alianza con su niño interno, lo cura y lo coge de la mano. La inocencia permanece intacta a lo largo de las vidas para el que nunca asesina (es verdad lo que vio Susi, pienso). Matar es la locura y lleva a la locura. Hiere la inocencia. En el polo opuesto está el sanador y el artista, el primero compensa la locura del asesino, el segundo la locura de la herida. El contenido de esta información me parece profundamente espiritual. Recuerdo los años en los que me entregué a la meditación en un contexto espiritual, todo adquiere ahora un mayor sentido.

El chamanismo y la mística han ido históricamente de la mano. En ambas emerge algo inexplicable en el encuentro entre el individuo y la totalidad. En todo caso se experimenta una vivencia incondicionada de la verdad. En el acceso a lo espiritual, la ciencia debe declarar la indeterminación ontológica y reconocer que se trata de un espacio inmaterial difuso pero dotado de razón. (Roger Walsh). Cuando creo dentro de mí una alianza con la naturaleza, se van ampliando estos estados perceptivos, e Irrumpe ¡el otro lado! Ahí, cuando me entrego a esta confianza mágica, comienzo a trasmutar los parámetros que me han tenido subyugado durante años, y comienza la exploración. Todo es posible cuando conectas con este nuevo poder. Lo insondable se vuelve atractivo y cambia la lógica de comprensión. Incorporo nuevas formas de percepción: la sincronicidad, el simbolismo, la fluidez, la intención, el desvelamiento, la clarividencia, la visualización activa, etc.

Después de rendirme ante la comunicación del árbol, me abrazo a su viejo tronco. Siento la fluidez del tiempo. Respiro. Toda la naturaleza me parece un canto sublime a la inocencia. Lo acojo. Me entrego a su poder, no hay nada que hacer. El bosque me invita ahora a danzar con él, a penetrar en su espacio, en su energía. Me muevo de nuevo sin rumbo entre las piedras y los árboles. Un palo en mi mano se mueve mágicamente, sobre mis dedos, como si fuera una brújula. Me he abandonado durante tres horas y luego me he tumbado. He sentido que empezaba a estar abierta la visión. Invoco la voz de la montaña, a los animales del bosque, a los elementales del lugar… todos me van dando claves para comprender mi vida y mi momento.

Ensaya la ensoñación, -me dice un quejigo centenario-, ahí puedes despertar vías de sanación. La sexualidad, como el sol, son fuentes de energía para la vida si los tomas con receptividad, abandonándote. Vas a tener mucha salud, -me dice otro árbol con el troco hueco-. Estudia, profundiza en los temas y comparte tus pensamientos, esto amplifica muchos efectos. Activa el placer a través de la presencia, de la música y el cuerpo. Existen muchos planos del sentir, si los tomas sin apego y sin pasión, serán espacios abundantes de captación y regulación de la energía disponible.  Dialoga con la realidad, con los seres.

Le pregunto a los espíritus compasivos como experimentar a Dios: me dicen que sanando y creando, me refiero –dice-  creándote a ti mismo, despertando tus máximas posibilidades internas. Le pregunto al viento y me dice que las palabras se las lleva el viento. Me rio. Pero –dice luego- las palabras que nacen del corazón las retengo y las esparzo.

Sigo escuchando más mensajes. No hay que hacer nada para completar el propósito, solo hacer lo que está en ti desde el placer. Come algas, traen información muy antigua. El tambor también es un código muy antiguo, confía en él. Haz círculos de palabra con otras personas. Hay una funcionalidad profundamente estructurada en esta realidad, es la funcionalidad del amor. Despójalo de su manto romántico, construye una pedagogía del amor propio. Verifica la potencialidad y el poder del amor cuando lo consolidas dentro. Tiene una maestría propia que formula y estructura la realidad, todas las formas de lo humano.

La montaña me vuelve a hablar, me dice: dialoga con tu alma, ella tiene toda la información. Explora sin cesar, estás iniciando tu alianza con la naturaleza. Aquí en la soledad no resuenas con nada externo y te conectas con el poder de lo natural y sobrenatural. Potencia el corazón que ama que, una vez sanado, pronuncia la palabra amor y es muy poderoso. Recuerda que el ego es extenuante, obsesivo, exigente, acomodaticio, esquivo, es un farsante y un traficante.

Al árbol muerto, caído en el suelo, le pregunto mientras trepo a una de sus ramos para sentarme. Háblame de la muerte. Pronuncia entonces una palabra con rotundidad: descanso. Contemplas toda la vida con profundo amor y sueltas, es la liberación, el descanso total. Cierre de un ciclo, sigues adelante. Durante un rato me quedo en contacto con el placer que me da experimentar ese mismo descanso profundamente.

Me tumbo en el suelo. Han pasado varias horas. Lloro de alegría por sentir tanta abundancia, tanta noticia que informa mi corazón. Entiendo que más allá de la realidad ordinaria existe una realidad no ordinaria. Esta última es tan real como la otra e incluso más amplia. Las entidades dejan de ser arquetipos, procesos bioquímicos o fantasías patológicas, y pasan a entrar en el escenario de lo posible.

Desde que el antropólogo Mircea Eliade relatara en 1951 las técnicas arcaicas del éxtasis en su investigación sobre el chamanismo, y posteriormente con los relatos de Carlos Castaneda, en occidente comenzamos de nuevo a tomarnos esta sabiduría en serio. En el libro del “Conocimiento silencioso” nombra Don Juan la gran falla colectiva: vivir nuestras vidas sin tener en cuenta la conexión con el Intento, la fuerza encendedora: el espíritu. Todo por lo precipitado de nuestra existencia, nuestros inflexibles intereses, preocupaciones, frustraciones y miedos que tienen prioridad. En el plano de nuestros asuntos prácticos, no tenemos ni la más vaga idea de que estamos unidos con todo lo demás.

Es un sentimiento extraordinario sentirte unido a todo lo demás. Es un acto de fe difícil para la mente. Pero la emoción informa verdaderamente cuando la has cualificado, cuando entiendes el magisterio de la mente nativa. Conectar con esa realidad no ordinaria puede convertirse en algo cotidiano. Tal y como lleva exponiéndonos la física cuántica desde hace más de 120 años, la materia y la energía es lo mismo, en diferentes planos de frecuencia de luz. La epigenética nos ha dicho que el material del que está hecho el ADN, no solo es sensible a las frecuencias de luz, sino que emite luz. La cualidad espiritual que nos configura como humanos, es la que nos permite entender todas las realidades como entidades de tipo energético, ya sean seres, fenómenos o enfermedades, etc.

Ahora deseo naturalizar ese estado extendido de la conciencia que me permite dialogar con lo espiritual. No a modo de monólogo devoto en una sola dirección. Entiendo que no es eso, es más bien parecido a lo que vive el artista, que desconoce el origen de su inspiración pero reconoce en ella un divino-natural vivo y consciente.

Hay formas de conocimiento inasequible por la vía ordinaria. La búsqueda de la visión me ha permitido entender como es la claridad interna obtenida en esos estados. Amplio el umbral transpsicológico. Mi mente ha perdido el pleno poder. Los estados de conciencia diversos: chamanismo, mística, enteógenos, regresiones, etc., propician un modo integrativo de la conciencia (Michael Winkelman). Al hacer esto estamos modificando la visión del mundo. Todo es un flujo vibratorio dotado de inteligencia propia que cambia permanentemente y que unifica la vida. Esto es fácil experimentarlo cuando te entregas a la búsqueda de la visión en un medio natural. He experimentado durante tres días un estado de apertura y de disponibilidad tal, que me han permitido captar conocimientos a través del gran libro de la vida que es la naturaleza y sus múltiples formas.

Atardece, quedan unas dos horas de luz solar. Completo los tres días. He bebido cerca de tres litros de agua. Tengo el cuerpo cansado. Recojo y me despido lentamente del bosque. Lo siento compañero, maestro, hermano. Respiro profundo, sé que esto ha modificado profundamente mi experiencia. Prometo volver con frecuencia. Voy lento, no tengo energía, camino despacio, con el alma expandida, confiado. Recuerdo que en una ocasión leí como Carl Sagan, distinguido pensador racionalista, vivió una experiencia cercana a la muerte (ECM). Tras ello, valoró cómo le había generado una visión distinta de la vida, entendiendo mejor qué es lo importante y lo innecesario y aumentando su sentido de la presencia.

Algo así me llevo hoy de aquí.

Las auténticas fuentes de satisfacción humana.

Las auténticas fuentes de satisfacción humana.

Cuando pienso en el momento de mi muerte física me gusta imaginar que deseo atravesar al otro lado desde el reconocimiento de que mi vida ha sido satisfactoria, saboreando el sentimiento de paz y gozo desprendiéndome de mi cuerpo físico e integrando todas mis experiencias como imprescindibles para mi aprendizaje y mi despertar, recordando por fin con luminosa claridad eso que a veces olvido cuando me atrapan las pasiones humanas, que el propósito de mi vida es experimentar y despertar de la experiencia para obtener su aprendizaje, y que existen muchas experiencias que ya tuve, que ya viví y que no necesito  repetir más.

Yo pido satisfacción. Quiero sentir la máxima satisfacción. De un momento a otro llegarán el dolor y la muerte con alegría hasta mi para llevarse todo lo que me sobra. En realidad los he llamado yo, al pedir la satisfacción. Sin embargo nadie me ha educado para gestionar dolor, muerte y vacío. En mi entorno abundan los ejemplos humanos en sus múltiples variantes de cómo articular la defensa del dolor. Mi propio ego es un mecanismo de defensa que actúa bajo la creencia de que yo sigo teniendo 4 años de edad y lo necesito a él para lidiar con mi existencia, ya que soy una niña desprotegida, extremadamente sensible y abrumada por el impacto emocional de este mundo donde he nacido. Pero en realidad tengo 45 años y el ego es mi pasado, toda mi historia personal: la niña, la herida de la niña, la madre, el padre, el escenario de la herida, la no gestión de la herida, la cicatriz y la defensa fijada en un personaje automático, con las mismas respuestas del pasado a momentos nuevos que la vida me trae.

¿Cómo emprendo mi entrenamiento de gestión del dolor? Si existe un mecanismo automático llamado ego que se dedica a salvar a la niña de 4 años que existe en mi interior(que no soy yo) con un método rígido, y previsible… ¿Puedo decirle a mi ego que se jubile de ese trabajo de defensa, y encargarme yo de atender a la niña con la fuerza, autonomía, sabiduría que he ido adquiriendo?

Tomar la responsabilidad de la niña herida. Premisa fundamental en el camino de mi satisfacción, de experimentar el gozo y la sensibilidad en su máximo esplendor con el y la que estoy dotada por ser humana.

Tengo 45 años. Tengo 45 años. ¿Me acordaré de esto cuando llegue la dificultad emocional? ¿o pensaré que sí tengo 4 años y le volveré a dar todo mi poder, toda mi fuerza, toda mi creatividad al idiota de mi ego para que me salve de sentir dolor…? Anestesiando mi sensibilidad y por tanto mermando mi capacidad de vivir la satisfacción y el gozo… la libertad, el poder personal…

Venga… suponemos que llevo un período de 7 años dedicado a mi desarrollo personal y he revisado todas mis creencias y he decidido que me voy a hacer cargo de la niña que existe en mi interior. La reconozco con vida propia y además sé que ella no soy yo, aunque ella sea parte de mi, es una fijación de mi pasado que nunca he tomado del todo y que está pendiente de atender. Se me refleja en todos mis momentos donde aparece mi intimidad, muchas veces en mis relaciones de pareja, en los lugares donde me abro a vivir mi afectividad, con mis amigxs, con mis padres ya mayores donde tantas veces vuelvo al origen y me comporto como si no hubiera pasado el tiempo y yo siguiera siendo un bebé o una niña de 4 o 5 años o una adolescente de 13.

¡Es mi momento! ¿Cómo lo hago?

Le exijo a mis relaciones que hagan por mi lo que yo misma no hago: que me quieran como yo necesito, que me cuiden lo que yo no cuido, que no atraviesen los límites que yo no gestiono, que me apoyen donde yo no me procuro el apoyo y uso toda la manipulación del entorno, de los otrxs, de mi misma para conseguir lo que creo que tengo que conseguir: con un gran desgaste energético y con la sensación de que no obtengo toda la felicidad que voy buscando.

Acabo de despertar. Soy una mujer adulta con recursos que puede hacerse cargo de la niña desatendida que habita en mi interior.

Gestionando el dolor. El dolor es una emoción que me informa de mis límites actuales. Si me duele, paro. Me retiro a sentir, escucho mi dolor. Me trae información sobre la brecha real entre lo que yo quiero y lo que estoy recibiendo. Lo que yo quiero es una cosa, y lo que estoy recibiendo es otra, y no casan. ¡Y así es la vida!

Me recojo para atender a mi niña. Yo soy la adulta, y la escucho. Respiro todo mi pasado, mi escenario primero donde se generó el daño, lo observo, hago trabajos en grupo, recapitulación de mi historia personal hasta revivir las emociones no digeridas. Solo sintiendo todo lo que siento puedo hacer la digestión, y darme todo el amor que necesito para superar el pasado. Mi amor propio empieza por aceptar el punto donde estoy sin juicio, sin pensar que yo debería estar ya en otro sitio donde no estoy. Me doy toda la atención, la escucha y la paciencia para esperar la aceptación.

Uso todos los escenarios que me trae la vida para actualizar mi proceso y experimentar mi amor propio. Sabemos que hay amor propio cuando estoy en contacto con mi vulnerabilidad.

Busco mis relaciones de confianza donde poder entrar en mi espacio de vulnerabilidad: mi terapeuta, y las relaciones donde me atrevo a probar esto nuevo de no defenderme, y mostrar mi miedo, mi inseguridad, mi fragilidad, mi dolor… así iré quitando energía al programa rígido del ego, y tomando mi poder, mi responsabilidad en cómo yo creo la realidad que deseo para mi.

¿Que realidad deseo para mi?

Si siento dolor, yo deseo cuidados, delicadeza, ternura, sensibilidad, escucha, y comprensión. Deseo el abrazo de una persona querida. Deseo darme la oportunidad de llorar y expresar mi tristeza y que un amigo esté presente. Como soy responsable de la niña que habita en mi interior, empiezo por darme yo todas estas cosas que deseo para mi y así voy apoyando una relación de cuidados conmigo misma, y voy construyendo algo fundamental para gestionar el dolor existente en la vida: la función del consuelo.

No paso por encima de mi dolor, no intento evitarlo de manera ansiosa, me respiro el miedo que me da atravesar el dolor, que es el miedo de mi ego y de mi mente a morir en un instante.

¡Pido ayuda si lo necesito! No espero darle pena a mi amigo y que acuda a salvarme. Le digo: hoy te necesito de esta manera concreta ¿estás disponible? si no está disponible puedo pedírselo a otra persona.

Cuando me hago cargo de lo que me pasa comienzo a detener el programa automático que perpetúa el pasado, y aterrizo en el presente, con todo lo que el presente tiene para mi. Me hago cargo de lo que me pasa a pesar del miedo, dándole un sitio a mi miedo a sentirme vulnerable… ¡llevo 45 años considerando que mi vulnerabilidad es un estado que debo defender! ¿por qué? por falta de confianza en la vida, sin comprender que la vida quiere aportarme todo el amor que yo necesito y es abundante si yo estoy disponible para recibir y agradecer lo que me llega.

Quiero satisfacción. Emprendo el viaje de seguir lo que deseo, sabiendo que en el camino del deseo me voy a encontrar con el dolor pendiente para atenderlo de manera creativa y nueva, tomando la oportunidad de despedirme de mi pasado, para aterrizar en el presente con todos mis recursos rescatados por mí misma: la creatividad y la sensibilidad.

Ecstatics: danzar para reconocernos libres

Ecstatics: danzar para reconocernos libres

Ecstatic dance va desplegando una comunidad de danzantes libres y conscientes en diversas ciudades a través de su propuesta de baile espontáneo. En Sevilla, una vez al mes, la iniciativa aglutina a miembros de una tribu muy diversa. Nació como un movimiento de expresión libre mediante la música y el baile en los años 70 y busca facilitar un espacio donde poder bailar dándole todo el protagonismo a la verdad de tu cuerpo y de tu movimiento, sin consignas, sin estilos, sin la interrupción de las convenciones sociales.

La propuesta es heredera de diversos movimientos que han buscado hacer del cuerpo un lugar auténtico donde las sensaciones, la emoción y la mente se alinean facilitando un contacto emocional y/o espiritual. Al mismo tiempo toma el poder de sugestión que posee la música en sus inspiraciones más variadas: R&B, electrónica, world music, pop, folk, psicodélica, de raíz, africana, funk, Soul, vocal, clásica, etc.

Cuando llegamos a una Ecstatic Dance lo hacemos con todas nuestras jaulas mentales que traemos de la vida diaria, nuestras resistencias, cansancios, hábitos, etc… y entregamos el cuerpo a un proceso de desmecanización. Sometido como lo tenemos al servicio de necesidades automáticas, le hemos robado muchas de sus posibilidades de expresión y satisfacción. Aquí se le da permiso al cuerpo y se abre la puerta a procesos personales de auto descubrimiento y de relaciones auténticas. En muchas ocasiones pasa que las personas tienen experiencias emocionales intensas. Se abren ventanas por las que conocerse mejor a uno mismo. Lorena lo expresa así: “a través de la Ecstatic, puedes convocar a tu yo animal, o retomar la inocencia. Puedes viajar a las emociones que no te permites en tu vida diaria o entregarte al juego y el placer de ser la persona que eres.”

Más allá de la inteligencia lingüística y lógico matemática que configura en buena medida nuestra forma de pensar y vivir, bailar nos abre el hemisferio derecho para que tomemos la inteligencia espacial, la musical, la corporal kinestésica y también la inteligencia emocional cuando la música se introduce en las fibras más profundas.  Interaccionar con otras personas que bailan nos abre la inteligencia interpersonal a muchos matices de comunicación a los que no estamos acostumbrados. Bailar improvisadamente con otros cuerpos, recoger las sensaciones sin interpretarlas, traspasar la vergüenza o quedarte en el vacío, todo ayuda a darle valor a la experiencia genuina y a tocar la vida.

Cuando hablas con las personas que asisten, es sorprendente ver cómo muchas están vinculadas con el mundo de la apertura a la conciencia corporal y espiritual: el arte, el yoga, el masaje, las terapias, la meditación, etc. Hay una emergencia de las experiencias donde lo importante es crear y conocerte desde el contacto auténtico con uno mismo. Una nueva tribu universal. Escuchar el cuerpo nos conduce a una mayor claridad si aceptamos que tiene algo que decirnos. Otro asistente, Fran, narra lo que sintió: “cuando baile un día cualquiera sin la distracción del lenguaje. La gente se arrojó a moverse, cedidos ante un despresurado código sin norma. Bailaban en esa situación particular, ante miradas particulares, en cada segundo particular. A pesar de ello, el movimiento, los ojos, el brillo de la pausa; todos lo practicaban con la desbloqueada planificación de mostrar sus más tiernos anhelos, sus nostalgias, sus deseos e ímpetus. Podíamos hacerlo. Era un viaje particular, pero inmensa y discretamente anónimo; lo cual lo convirtió en una danza universalmente libre. No era caos, era armónico y traslucido como un sueño despierto plasmado en la arena.”

Las tres horas de duración de cada sesión propician esto, entrar en un registro diferente al habitual donde te das permiso para expresar de modo distinto, liberado/a, donde reconocerse en formas espontáneas muchas veces olvidadas. Cuando la música adquiere ritmos y armonías de tipo fluido o stacatto, se suelta la rigidez corporal y mental. Los momentos en los que la música invita al caos, se libera la mente y emerge la expresión libre. Cuando la música va hacia armonías de fluidez y quietud, se despiertan los  movimientos internos más inesperados. Al finalizar, una rueda permite que quien lo desee verbalice cómo se siente o hable de lo vivido. Es un regalo recoger las impresiones que, en su mayoría, están cerca del corazón y reconocen el surgir de una energía valiosa.

Desde la posición del observador y como DJ, admiro la cantidad de matices y manifestaciones que se mueven durante cada sesión. Me reafirma en la necesidad de volver a dotar de mayor sentido a la actividad lúdica, dotarla de alma y de hacerlo implicando el cuerpo y el corazón. Los/as adultos/as además necesitamos recuperar la espontaneidad, la impulsividad, el juego, la fluidez y el sentido de libertad. Como hicieran nuestros predecesores en las tribus originarias, mover la energía corporal en grupo con el trance que aporta la música inspirada, nos devuelve nuestro universo simbólico y el capital afectivo-amoroso, abriéndonos a la experiencia del encuentro con uno/a mimo/a y con los/as demás.

 

Eres lo que decidas ser

Eres lo que decidas ser

Tomar tus emociones para romper con el determinismo y la autoridad externa

He tenido a lo largo de mi vida la oportunidad de visitar dos territorios donde se manifestaron en el pasado siglo las peores atrocidades de las que es capaz el ser humano: el campo de exterminio de Auschwitz en Polonia y Rwanda.  En este país la colonización generó una sociedad clasista que fue el germen de un estallido que se llevó por delante a un millón de personas. Ver de primera mano el Holocaust Memorial Museum en Kigali, espacios y objetos personales de seres humanos cuya inocencia fue aplastada por la obsesión neurótica de unos pocos, estremece las entrañas. Recorrer el campo de concentración Nazi, leer los testimonios, observar la destrucción programada de la que es capaz la mente cuando está fuera de su casa, el corazón, es aterrador.

Me impactó sentir, observando muchas de las fotos y vídeos de la época, cómo las emociones de los que sufrieron esas tragedias quedaban congeladas. El terror paraliza los sentimientos introduciendo a la persona en un espacio de desorientación y desconexión interior. Se arrebata la libertad y todo se aboca a un acto de supervivencia. Solo quedan los instintos. La persona en todos sus matices emocionales desaparece y te invade la tragedia existencial. Los rostros de los responsables del campo de concentración alemán atisbaban en algunos de sus rasgos aspectos de humanidad. Pensaba: en algún momento eligieron la muerte que provoca el ego cuando solo se alimenta de ideas. Recuerdo entender ante estas fotografías cómo, el que no se hace cargo de su dolor, fácilmente infringe dolor.  Los agresores peleaban contra su peor enemigo: sus miedos y sus vacíos internos. Ante eso, el ego toma el poder, basta con construir un guión argumental, una película fantástica sobre la condición de inferioridad del semita.

Tras la I G.M. Europa tuvo que hacer una reflexión sobre el desgarro moral que supuso el conflicto. Se rompió el optimismo romántico que otorgaba valor a las ideas estables y eternas. Kierkegard filosofa sobre el mal y la nada, adentrándose en el valor de La existencia humana concreta e individual. G. Marcel, Simone de Bouvard, Albert Camus despiertan las conciencias con su pensamiento existencialista para advertir a toda una civilización que: la realidad no se identifica con la racionalidad. La naturaleza y la esencia no definen al ser humano (como pensara S. Freud). La existencia no es una esencia definida por razas, fronteras, estados… ni el ser humano un simple actor de conocimiento. Husserl propone que la sensatez, el placer de sentir y la coherencia son nuestras auténticas fuentes verificables y se encuentran en nuestra cadena narrativa interna.

El existencialismo nos recordó que el ser humano es lo que decida ser, aceptando vivir, eso si, el riesgo e incertidumbre que esto lleva asociado, es decir, el dolor. Esta es la plena responsabilidad sobre nuestro sentir. El ser humano cuando se hace verdaderamente cargo de sus emociones, rompe con cualquier determinismo. Hasta ahora la autoridad paternalista y patriarcal ha proveído de este determinismo, de la verdad. Construye leyes rigurosas con estrictas estructuras morales e ideologías. Manipula. Pero ya hemos entendido que más importante que la verdad es: lo que haces con eso que experimentas. Y aunque seguimos entregando el poder a autoridades externas (ahora la ciencia toma ese papel, véase lo que está pasando con las terapias naturales) el acontecimiento y la experiencia son, cada vez más, lo primordial.

El ego, esa “masa específica de nada” que acapara el órgano reflejo que es el cerebro izquierdo y que construye mundos de soberbia y aburrimiento, tendrá que dar paso en este nuevo siglo a la aceptación. Reconocer el sustrato de fondo que nos atemoriza: la rabia, la tristeza, el miedo, la dificultad para estar solos en una habitación, la muerte; parar la fantasía del progreso tecnológico infinito y despertar a nuestros abundantes recursos internos, a la naturaleza mágica de la vida, a la suficiencia de contenidos que incorpora el propio hecho de existir.

Ningún adulto entendía la boa que engullía elefantes que narraba el principito. La obra de Saint Exupery es una crítica al hombre civilizado y revela la incapacidad que tenemos de entender la relevancia de nuestra propia existencia. Salir de la oscuridad de la historia pasa por aceptar que somos un sentimiento, un “darse cuenta”. Fuera de ahí todo es un colapso del ego alejado del corazón.  Para reformularnos como civilización tal vez tengamos que:

  • Aceptar el camino de la indagación emocional y su sanación como proceso necesario para acercarnos a una vida más humana.
  • Recapitular el pasado personal y desvelar el subconsciente, depositario de las memorias universales para disolver los arquetipos que siguen configurando nuestras creencias fósiles.
  • Resolver en el opuesto masculino-femenino y permitir que la energía sexual transforme nuestros patrones arcaicos y de sometimiento mutuo.
  • Retomar la sabiduría inscrita en nuestra evolución cultural como raza humana. Recuperar las tradiciones precoloniales: las culturas mesoamericanas y la herencia Tolteca, el Zen japonés, el yoga hindú, el tantra tibetano e hindú, el pensamiento de la cábala. Todos ellos reconocían ya que el ego tiene una enfermedad, la de sustituir la realidad por lo que piensa.
  • Soltar las autoridades históricas para crear la realidad que queremos. Otorgar la autoridad a nuestra sabiduría orgánica e intuitiva, la del cuerpo y la de la naturaleza, recuperar nuestra abundancia interna.
  • Inaugurar nuevos modelos tribales universales, reunificados por el espíritu único de apertura y comunión amorosa del que nos informa un corazón sanado.
  • Y soltar, soltar toda pretensión quimérica de transformar la realidad y manipularla para alimentar la importancia personal, luchando neuróticamente contra la muerte.

“Me pregunto si las estrellas estarán iluminadas para que cada uno pueda encontrar la suya”, decía el principito. Lo que hace bello al desierto es que esconde un pozo en cualquier lado.

 

Las relaciones y la conquista del corazón propio.

Las relaciones y la conquista del corazón propio.

Andrea estaba pasando un mal día. Ella disimulaba poniendo buena cara mientras ordenaba el salón con su madre. Todo parecía transcurrir como cualquier otro día, pero internamente le invadía un sentimiento de inseguridad. La persona con la que tenía una relación amorosa, Lear, pasaba esa tarde con una compañera por la cual se sentía atraído. La relación que habían iniciado Andrea y él apenas hace tres meses, cuando coincidieron en un taller de cine amateur, le entusiasmaba. Había alcanzado un grado de confianza y transparencia muy intenso, pero aun así, se sentía inquieta.

Tenía que lograr evadirse. Cogió una de sus novelas favoritas “La mujer habitada” de Gioconda Belli. Se concentró en la lectura todo lo que pudo pero, a cada página, le asaltaba algún juicio o inquietud que le sacaba afuera. Se recostó y fue observando todas las emociones que le visitaban, una tras de otra. Se dio cuenta cómo entraba en la desconfianza y se decía a sí misma si Lear, en el fondo, sería un pusilánime oculto, un seductor sin desvelar que la engañaba con un lenguaje amoroso. La envidia y la competitividad le hacían analizar a la amiga a la que conocía de un encuentro casual y sobre la que fantaseaba ahora, imaginando a veces grandes cualidades en ella que seducirían a Lear, otras, una mujer torpe y sin brillo.  Entonces llegaba la ansiedad, un estado mezcla de inseguridad y desesperación. Sentía cómo todo esto le alejaba de él, pero no podía ser, ella le quería. Aun así, pensó si tenía que mandarle un mensaje que provocara en él una respuesta tranquilizadora. “Hola Andrea, volveré pronto”. No lo podía creer, estaba sorprendida viendo como construía internamente argumentos.  Su mente dualista ahora vivía un nuevo capítulo entregada a elaborar un drama.

Debía admitirlo, estaba siendo presa de los celos. A pesar de que habían establecido un acuerdo sobre el modelo de relación en el que daban prioridad a la colaboración, a la apertura y al desapego, Andrea se veía sorprendida por unas emociones que no podía controlar. Lo peor de todo era imaginar que los dos se encontraban sexualmente, huía de ese pensamiento. ¿Qué estoy conquistando? se preguntaba; ¿Qué me da miedo? ¿Qué tengo que perder?  La desconfianza ha ocupado todo el espacio. Ni siquiera la valentía de Lavinia, la protagonista de la novela, le empapaba con un poco de coraje para sostener lo que está viviendo.

Ambos había dejado claro lo que se podían exigir mutuamente y lo que no, pero lo cierto era que ella se encontraba ante el reto de seguir puliendo los viejos patrones que han venido acompañando el modelo de relación tradicional basado en la codependencia. Esta deposita la autoridad en la persona amada, le entrega la responsabilidad sobre sus carencias. Externaliza algo que no se ha atrevido o no ha podido alcanzar la persona por si misma: un estado natural de confianza. La necesidad y el apego desembocan entonces en estados de desconfianza e inseguridad.

Andrea tenía la foto de su abuelo Eliseo frente al butacón en el que daba vueltas y vueltas a todo esto. Eliseo era un susurrador, una cualidad que venía de su familia y que consiste en una habilidad especial para comunicarse con los animales o hacer de puente entre especies diversas. El viejo amaba el mar y conocía bien la fauna marina. Andrea recordaba cómo hablaba siempre de soltar el pasado. Había realizado muchos viajes como navegante y sabía lo que era estar solo durante largos períodos. “El miedo a estar solo –decía- es una de las cosas más catastróficas de nuestra especie”. Recordaba las horas en las que de niña le narraba sus periplos en barco. Eliseo la prevenía ya desde entonces diciéndole: “Nacemos y morimos solos y si no eres capaz de convivir con la soledad y con la muerte, terminas haciendo a los demás víctimas de tus necesidades”.

Las palabras del navegante resonaban ahora en su cabeza. Se veía aislada y víctima de sus propios miedos. Ella nunca había sido dependiente y ahora esta situación le sacaba de sí. Sospechaba que algo no estaba bien alineado en su relación consigo misma. Lo que estaba viviendo esta tarde le mostraba algo de sí misma: ¡tenía que conquistar su espacio propio¡ En ese mismo momento se decidió a escribir. Sacó un papel y apoyada en el libro, puso un titular: “reconozco”.

Se lanzó a un acto de honestidad consigo misma, consciente de que las emociones sin procesar despiertan las peores pasiones. Reconozco -escribió- que mi deseo sexual, respondiendo a su propia dinámica biológica, me conduce al apego y la posesividad, y me crea dependencias. Reconozco mis patrones de desconfianza o de huida, patrones instintivos que no me permiten instalarme en aquello que quiero vivir: el amor y el desapego. Reconozco que tengo miedo al abandono y a quedarme sola. Reconozco que me duele que puedan dejar de quererme y perder esto que estoy viviendo. Reconozco que me cuesta soltar las creencias que mamé desde mi infancia y que me hacen buscar en las relaciones afectivas un entorno de seguridad donde poder apoyarme mediante un acuerdo de mutua dependencia al que llamo amor. Reconozco que esto me separa de reconocer mi valía y servirme de mis propios recursos internos. Reconozco que me invade el juicio. Un juez interno comienza a definir lo que está bien y lo que está mal, los buenos y los malos. Mi juez está lejos de la compasión del corazón.  Es la mente victimista que me convence de que yo soy mis opiniones. Reconozco dentro de mí un necesidad afectiva de cariño que busco cubrir a través de las relaciones.

Al releer lo que había escrito, una sensación de rabia se le apoderó. Se daba cuenta en ese instante de que no expresaba a Lear esto que estaba sintiendo, que renunciaba a la total comunicación de sus sentimientos con él, que no nombraba este miedo, esta inseguridad que le inundaba. Así que saltó del sillón en el que había quedado como pegada por la contención en la que estaba y salió al jardín. Allí gritó. ¡Siento rabia, no sé sostener esta inseguridad y no la quiero! ¡tengo miedo y no quiero tener miedo! Corrió con energía entre los manzanos y los sauces. Aliviada por el grito y la carrera, cayó de rodillas. Aun llevaba la lista en la mano. Arrugó la hoja y la enterró escarbando con la mano izquierda. Quería conquistar su espacio, su forma de amar. ¡Elijo la apertura y la entrega, elijo el amor y la libertad sin que ninguno tenga que pagar un precio a causa del otro, Que nunca más mis miedos saboteen mi confianza!

Se tranquilizó, volvió de nuevo a la biblioteca. Apagó el teléfono. Tenía que elegir una banda sonora para su proyecto de cortometraje. Puso en el equipo el concierto nº 3 para piano de Rachmaninov, una de las piezas más difíciles de la música clásica occidental. «No iba a ser fácil esta conquista», se decía a sí misma. Las armonías de la música susurraban ahora a Andrea un delicado sentimiento de tranquilidad. Comenzaba a entender cosas. Se daba cuenta de que podía contar con la confianza de Lear, su fiel amigo, amante, confidente. Tenía delante la oportunidad para navegar por otras aguas menos procesolas. Con él la escuela de intimidad se tornaba apasionante, era otro amante de la libertad y de la conquista del corazón propio.

Sobre esto y otros temas trataremos en el próximo taller de amor y libertad.