Ecstatics: danzar para reconocernos libres

Ecstatics: danzar para reconocernos libres

Ecstatic dance va desplegando una comunidad de danzantes libres y conscientes en diversas ciudades a través de su propuesta de baile espontáneo. En Sevilla, una vez al mes, la iniciativa aglutina a miembros de una tribu muy diversa. Nació como un movimiento de expresión libre mediante la música y el baile en los años 70 y busca facilitar un espacio donde poder bailar dándole todo el protagonismo a la verdad de tu cuerpo y de tu movimiento, sin consignas, sin estilos, sin la interrupción de las convenciones sociales.

La propuesta es heredera de diversos movimientos que han buscado hacer del cuerpo un lugar auténtico donde las sensaciones, la emoción y la mente se alinean facilitando un contacto emocional y/o espiritual. Al mismo tiempo toma el poder de sugestión que posee la música en sus inspiraciones más variadas: R&B, electrónica, world music, pop, folk, psicodélica, de raíz, africana, funk, Soul, vocal, clásica, etc.

Cuando llegamos a una Ecstatic Dance lo hacemos con todas nuestras jaulas mentales que traemos de la vida diaria, nuestras resistencias, cansancios, hábitos, etc… y entregamos el cuerpo a un proceso de desmecanización. Sometido como lo tenemos al servicio de necesidades automáticas, le hemos robado muchas de sus posibilidades de expresión y satisfacción. Aquí se le da permiso al cuerpo y se abre la puerta a procesos personales de auto descubrimiento y de relaciones auténticas. En muchas ocasiones pasa que las personas tienen experiencias emocionales intensas. Se abren ventanas por las que conocerse mejor a uno mismo. Lorena lo expresa así: “a través de la Ecstatic, puedes convocar a tu yo animal, o retomar la inocencia. Puedes viajar a las emociones que no te permites en tu vida diaria o entregarte al juego y el placer de ser la persona que eres.”

Más allá de la inteligencia lingüística y lógico matemática que configura en buena medida nuestra forma de pensar y vivir, bailar nos abre el hemisferio derecho para que tomemos la inteligencia espacial, la musical, la corporal kinestésica y también la inteligencia emocional cuando la música se introduce en las fibras más profundas.  Interaccionar con otras personas que bailan nos abre la inteligencia interpersonal a muchos matices de comunicación a los que no estamos acostumbrados. Bailar improvisadamente con otros cuerpos, recoger las sensaciones sin interpretarlas, traspasar la vergüenza o quedarte en el vacío, todo ayuda a darle valor a la experiencia genuina y a tocar la vida.

Cuando hablas con las personas que asisten, es sorprendente ver cómo muchas están vinculadas con el mundo de la apertura a la conciencia corporal y espiritual: el arte, el yoga, el masaje, las terapias, la meditación, etc. Hay una emergencia de las experiencias donde lo importante es crear y conocerte desde el contacto auténtico con uno mismo. Una nueva tribu universal. Escuchar el cuerpo nos conduce a una mayor claridad si aceptamos que tiene algo que decirnos. Otro asistente, Fran, narra lo que sintió: “cuando baile un día cualquiera sin la distracción del lenguaje. La gente se arrojó a moverse, cedidos ante un despresurado código sin norma. Bailaban en esa situación particular, ante miradas particulares, en cada segundo particular. A pesar de ello, el movimiento, los ojos, el brillo de la pausa; todos lo practicaban con la desbloqueada planificación de mostrar sus más tiernos anhelos, sus nostalgias, sus deseos e ímpetus. Podíamos hacerlo. Era un viaje particular, pero inmensa y discretamente anónimo; lo cual lo convirtió en una danza universalmente libre. No era caos, era armónico y traslucido como un sueño despierto plasmado en la arena.”

Las tres horas de duración de cada sesión propician esto, entrar en un registro diferente al habitual donde te das permiso para expresar de modo distinto, liberado/a, donde reconocerse en formas espontáneas muchas veces olvidadas. Cuando la música adquiere ritmos y armonías de tipo fluido o stacatto, se suelta la rigidez corporal y mental. Los momentos en los que la música invita al caos, se libera la mente y emerge la expresión libre. Cuando la música va hacia armonías de fluidez y quietud, se despiertan los  movimientos internos más inesperados. Al finalizar, una rueda permite que quien lo desee verbalice cómo se siente o hable de lo vivido. Es un regalo recoger las impresiones que, en su mayoría, están cerca del corazón y reconocen el surgir de una energía valiosa.

Desde la posición del observador y como DJ, admiro la cantidad de matices y manifestaciones que se mueven durante cada sesión. Me reafirma en la necesidad de volver a dotar de mayor sentido a la actividad lúdica, dotarla de alma y de hacerlo implicando el cuerpo y el corazón. Los/as adultos/as además necesitamos recuperar la espontaneidad, la impulsividad, el juego, la fluidez y el sentido de libertad. Como hicieran nuestros predecesores en las tribus originarias, mover la energía corporal en grupo con el trance que aporta la música inspirada, nos devuelve nuestro universo simbólico y el capital afectivo-amoroso, abriéndonos a la experiencia del encuentro con uno/a mimo/a y con los/as demás.

 

Eres lo que decidas ser

Eres lo que decidas ser

Tomar tus emociones para romper con el determinismo y la autoridad externa

He tenido a lo largo de mi vida la oportunidad de visitar dos territorios donde se manifestaron en el pasado siglo las peores atrocidades de las que es capaz el ser humano: el campo de exterminio de Auschwitz en Polonia y Rwanda.  En este país la colonización generó una sociedad clasista que fue el germen de un estallido que se llevó por delante a un millón de personas. Ver de primera mano el Holocaust Memorial Museum en Kigali, espacios y objetos personales de seres humanos cuya inocencia fue aplastada por la obsesión neurótica de unos pocos, estremece las entrañas. Recorrer el campo de concentración Nazi, leer los testimonios, observar la destrucción programada de la que es capaz la mente cuando está fuera de su casa, el corazón, es aterrador.

Me impactó sentir, observando muchas de las fotos y vídeos de la época, cómo las emociones de los que sufrieron esas tragedias quedaban congeladas. El terror paraliza los sentimientos introduciendo a la persona en un espacio de desorientación y desconexión interior. Se arrebata la libertad y todo se aboca a un acto de supervivencia. Solo quedan los instintos. La persona en todos sus matices emocionales desaparece y te invade la tragedia existencial. Los rostros de los responsables del campo de concentración alemán atisbaban en algunos de sus rasgos aspectos de humanidad. Pensaba: en algún momento eligieron la muerte que provoca el ego cuando solo se alimenta de ideas. Recuerdo entender ante estas fotografías cómo, el que no se hace cargo de su dolor, fácilmente infringe dolor.  Los agresores peleaban contra su peor enemigo: sus miedos y sus vacíos internos. Ante eso, el ego toma el poder, basta con construir un guión argumental, una película fantástica sobre la condición de inferioridad del semita.

Tras la I G.M. Europa tuvo que hacer una reflexión sobre el desgarro moral que supuso el conflicto. Se rompió el optimismo romántico que otorgaba valor a las ideas estables y eternas. Kierkegard filosofa sobre el mal y la nada, adentrándose en el valor de La existencia humana concreta e individual. G. Marcel, Simone de Bouvard, Albert Camus despiertan las conciencias con su pensamiento existencialista para advertir a toda una civilización que: la realidad no se identifica con la racionalidad. La naturaleza y la esencia no definen al ser humano (como pensara S. Freud). La existencia no es una esencia definida por razas, fronteras, estados… ni el ser humano un simple actor de conocimiento. Husserl propone que la sensatez, el placer de sentir y la coherencia son nuestras auténticas fuentes verificables y se encuentran en nuestra cadena narrativa interna.

El existencialismo nos recordó que el ser humano es lo que decida ser, aceptando vivir, eso si, el riesgo e incertidumbre que esto lleva asociado, es decir, el dolor. Esta es la plena responsabilidad sobre nuestro sentir. El ser humano cuando se hace verdaderamente cargo de sus emociones, rompe con cualquier determinismo. Hasta ahora la autoridad paternalista y patriarcal ha proveído de este determinismo, de la verdad. Construye leyes rigurosas con estrictas estructuras morales e ideologías. Manipula. Pero ya hemos entendido que más importante que la verdad es: lo que haces con eso que experimentas. Y aunque seguimos entregando el poder a autoridades externas (ahora la ciencia toma ese papel, véase lo que está pasando con las terapias naturales) el acontecimiento y la experiencia son, cada vez más, lo primordial.

El ego, esa “masa específica de nada” que acapara el órgano reflejo que es el cerebro izquierdo y que construye mundos de soberbia y aburrimiento, tendrá que dar paso en este nuevo siglo a la aceptación. Reconocer el sustrato de fondo que nos atemoriza: la rabia, la tristeza, el miedo, la dificultad para estar solos en una habitación, la muerte; parar la fantasía del progreso tecnológico infinito y despertar a nuestros abundantes recursos internos, a la naturaleza mágica de la vida, a la suficiencia de contenidos que incorpora el propio hecho de existir.

Ningún adulto entendía la boa que engullía elefantes que narraba el principito. La obra de Saint Exupery es una crítica al hombre civilizado y revela la incapacidad que tenemos de entender la relevancia de nuestra propia existencia. Salir de la oscuridad de la historia pasa por aceptar que somos un sentimiento, un “darse cuenta”. Fuera de ahí todo es un colapso del ego alejado del corazón.  Para reformularnos como civilización tal vez tengamos que:

  • Aceptar el camino de la indagación emocional y su sanación como proceso necesario para acercarnos a una vida más humana.
  • Recapitular el pasado personal y desvelar el subconsciente, depositario de las memorias universales para disolver los arquetipos que siguen configurando nuestras creencias fósiles.
  • Resolver en el opuesto masculino-femenino y permitir que la energía sexual transforme nuestros patrones arcaicos y de sometimiento mutuo.
  • Retomar la sabiduría inscrita en nuestra evolución cultural como raza humana. Recuperar las tradiciones precoloniales: las culturas mesoamericanas y la herencia Tolteca, el Zen japonés, el yoga hindú, el tantra tibetano e hindú, el pensamiento de la cábala. Todos ellos reconocían ya que el ego tiene una enfermedad, la de sustituir la realidad por lo que piensa.
  • Soltar las autoridades históricas para crear la realidad que queremos. Otorgar la autoridad a nuestra sabiduría orgánica e intuitiva, la del cuerpo y la de la naturaleza, recuperar nuestra abundancia interna.
  • Inaugurar nuevos modelos tribales universales, reunificados por el espíritu único de apertura y comunión amorosa del que nos informa un corazón sanado.
  • Y soltar, soltar toda pretensión quimérica de transformar la realidad y manipularla para alimentar la importancia personal, luchando neuróticamente contra la muerte.

“Me pregunto si las estrellas estarán iluminadas para que cada uno pueda encontrar la suya”, decía el principito. Lo que hace bello al desierto es que esconde un pozo en cualquier lado.

 

Las relaciones y la conquista del corazón propio.

Las relaciones y la conquista del corazón propio.

Andrea estaba pasando un mal día. Ella disimulaba poniendo buena cara mientras ordenaba el salón con su madre. Todo parecía transcurrir como cualquier otro día, pero internamente le invadía un sentimiento de inseguridad. La persona con la que tenía una relación amorosa, Lear, pasaba esa tarde con una compañera por la cual se sentía atraído. La relación que habían iniciado Andrea y él apenas hace tres meses, cuando coincidieron en un taller de cine amateur, le entusiasmaba. Había alcanzado un grado de confianza y transparencia muy intenso, pero aun así, se sentía inquieta.

Tenía que lograr evadirse. Cogió una de sus novelas favoritas “La mujer habitada” de Gioconda Belli. Se concentró en la lectura todo lo que pudo pero, a cada página, le asaltaba algún juicio o inquietud que le sacaba afuera. Se recostó y fue observando todas las emociones que le visitaban, una tras de otra. Se dio cuenta cómo entraba en la desconfianza y se decía a sí misma si Lear, en el fondo, sería un pusilánime oculto, un seductor sin desvelar que la engañaba con un lenguaje amoroso. La envidia y la competitividad le hacían analizar a la amiga a la que conocía de un encuentro casual y sobre la que fantaseaba ahora, imaginando a veces grandes cualidades en ella que seducirían a Lear, otras, una mujer torpe y sin brillo.  Entonces llegaba la ansiedad, un estado mezcla de inseguridad y desesperación. Sentía cómo todo esto le alejaba de él, pero no podía ser, ella le quería. Aun así, pensó si tenía que mandarle un mensaje que provocara en él una respuesta tranquilizadora. “Hola Andrea, volveré pronto”. No lo podía creer, estaba sorprendida viendo como construía internamente argumentos.  Su mente dualista ahora vivía un nuevo capítulo entregada a elaborar un drama.

Debía admitirlo, estaba siendo presa de los celos. A pesar de que habían establecido un acuerdo sobre el modelo de relación en el que daban prioridad a la colaboración, a la apertura y al desapego, Andrea se veía sorprendida por unas emociones que no podía controlar. Lo peor de todo era imaginar que los dos se encontraban sexualmente, huía de ese pensamiento. ¿Qué estoy conquistando? se preguntaba; ¿Qué me da miedo? ¿Qué tengo que perder?  La desconfianza ha ocupado todo el espacio. Ni siquiera la valentía de Lavinia, la protagonista de la novela, le empapaba con un poco de coraje para sostener lo que está viviendo.

Ambos había dejado claro lo que se podían exigir mutuamente y lo que no, pero lo cierto era que ella se encontraba ante el reto de seguir puliendo los viejos patrones que han venido acompañando el modelo de relación tradicional basado en la codependencia. Esta deposita la autoridad en la persona amada, le entrega la responsabilidad sobre sus carencias. Externaliza algo que no se ha atrevido o no ha podido alcanzar la persona por si misma: un estado natural de confianza. La necesidad y el apego desembocan entonces en estados de desconfianza e inseguridad.

Andrea tenía la foto de su abuelo Eliseo frente al butacón en el que daba vueltas y vueltas a todo esto. Eliseo era un susurrador, una cualidad que venía de su familia y que consiste en una habilidad especial para comunicarse con los animales o hacer de puente entre especies diversas. El viejo amaba el mar y conocía bien la fauna marina. Andrea recordaba cómo hablaba siempre de soltar el pasado. Había realizado muchos viajes como navegante y sabía lo que era estar solo durante largos períodos. “El miedo a estar solo –decía- es una de las cosas más catastróficas de nuestra especie”. Recordaba las horas en las que de niña le narraba sus periplos en barco. Eliseo la prevenía ya desde entonces diciéndole: “Nacemos y morimos solos y si no eres capaz de convivir con la soledad y con la muerte, terminas haciendo a los demás víctimas de tus necesidades”.

Las palabras del navegante resonaban ahora en su cabeza. Se veía aislada y víctima de sus propios miedos. Ella nunca había sido dependiente y ahora esta situación le sacaba de sí. Sospechaba que algo no estaba bien alineado en su relación consigo misma. Lo que estaba viviendo esta tarde le mostraba algo de sí misma: ¡tenía que conquistar su espacio propio¡ En ese mismo momento se decidió a escribir. Sacó un papel y apoyada en el libro, puso un titular: “reconozco”.

Se lanzó a un acto de honestidad consigo misma, consciente de que las emociones sin procesar despiertan las peores pasiones. Reconozco -escribió- que mi deseo sexual, respondiendo a su propia dinámica biológica, me conduce al apego y la posesividad, y me crea dependencias. Reconozco mis patrones de desconfianza o de huida, patrones instintivos que no me permiten instalarme en aquello que quiero vivir: el amor y el desapego. Reconozco que tengo miedo al abandono y a quedarme sola. Reconozco que me duele que puedan dejar de quererme y perder esto que estoy viviendo. Reconozco que me cuesta soltar las creencias que mamé desde mi infancia y que me hacen buscar en las relaciones afectivas un entorno de seguridad donde poder apoyarme mediante un acuerdo de mutua dependencia al que llamo amor. Reconozco que esto me separa de reconocer mi valía y servirme de mis propios recursos internos. Reconozco que me invade el juicio. Un juez interno comienza a definir lo que está bien y lo que está mal, los buenos y los malos. Mi juez está lejos de la compasión del corazón.  Es la mente victimista que me convence de que yo soy mis opiniones. Reconozco dentro de mí un necesidad afectiva de cariño que busco cubrir a través de las relaciones.

Al releer lo que había escrito, una sensación de rabia se le apoderó. Se daba cuenta en ese instante de que no expresaba a Lear esto que estaba sintiendo, que renunciaba a la total comunicación de sus sentimientos con él, que no nombraba este miedo, esta inseguridad que le inundaba. Así que saltó del sillón en el que había quedado como pegada por la contención en la que estaba y salió al jardín. Allí gritó. ¡Siento rabia, no sé sostener esta inseguridad y no la quiero! ¡tengo miedo y no quiero tener miedo! Corrió con energía entre los manzanos y los sauces. Aliviada por el grito y la carrera, cayó de rodillas. Aun llevaba la lista en la mano. Arrugó la hoja y la enterró escarbando con la mano izquierda. Quería conquistar su espacio, su forma de amar. ¡Elijo la apertura y la entrega, elijo el amor y la libertad sin que ninguno tenga que pagar un precio a causa del otro, Que nunca más mis miedos saboteen mi confianza!

Se tranquilizó, volvió de nuevo a la biblioteca. Apagó el teléfono. Tenía que elegir una banda sonora para su proyecto de cortometraje. Puso en el equipo el concierto nº 3 para piano de Rachmaninov, una de las piezas más difíciles de la música clásica occidental. «No iba a ser fácil esta conquista», se decía a sí misma. Las armonías de la música susurraban ahora a Andrea un delicado sentimiento de tranquilidad. Comenzaba a entender cosas. Se daba cuenta de que podía contar con la confianza de Lear, su fiel amigo, amante, confidente. Tenía delante la oportunidad para navegar por otras aguas menos procesolas. Con él la escuela de intimidad se tornaba apasionante, era otro amante de la libertad y de la conquista del corazón propio.

Sobre esto y otros temas trataremos en el próximo taller de amor y libertad.

El counselor y la mirada transpersonal

El counselor y la mirada transpersonal

El mundo de la salud y el bienestar se amplía en muchas direcciones. Nuevas técnicas y nuevas miradas sobre la complejidad del ser humano están abriendo un enfoque más integrativo del proceso de sanarse y de despertar. Una medicina tal vez excesivamente centrada en la sintomatología, reaviva la pregunta sobre las coordenadas del dolor, el sufrimiento y las formas de abordarlo. El síntoma físico y el emocional están profundamente implicados, como lo está la orientación natural al placer, los instintos, las memorias celulares, el proceso biográfico y, más allá aún, el enfoque existencial que adopta cada uno personalmente.

Las corrientes humanistas proponen que nacemos con una forma naturalmente predispuesta al bienestar. La neurosis colectiva en la que nos integramos polariza, a posteriori, nuestros patrones de respuesta caracteriales y hace compleja nuestra adaptación. Perdemos de vista esa especie de naturaleza intrínsecamente conectada a nuestras potencialidades funcionales y amorosas  y, a cambio, se oscurecen las funciones de la necesidad y el deseo, derivando en una enfermedad colectiva. Hacemos un esfuerzo de adaptación a una sociedad enferma, alejándonos de nuestra naturalidad. Esta forma distorsionada de vivir incluye un pavoroso miedo al vacío-la puerta de salida del programa– que se ha bloqueado culturalmente mediante fórmulas depredadoras y patriarcales, derivando en una devastación a muchos niveles: ecológica, mental y emocional. Huir del vacío se alienta socialmente, convirtiendo a la muerte en un tabú y despojándola de su alianza sagrada con la vida. En esta huida generamos mucho sufrimiento interno debido a la ausencia de contacto con el sí mismo, la inevitable desorientación y el sufrimiento externo, al construir una sociedad de crecimiento económico ilimitado que no favorece la igualdad social, la salud ni la preservación del medio ambiente.

Nuestro cerebro y nuestra emoción están estructurados para promover actitudes de colaboración. El sufrimiento aparece por una pérdida de correspondencia interna entre lo que somos y lo que apreciamos ser. Es una especie de oscurecimiento. Como si de un efecto ceguera se tratara, podríamos compararlo con el habitante de una gran urbe que perdió la noción del origen de los alimentos cosechados en un campo que no ve, y del agua que cae de la montaña y nutre un manantial que no conoce. Su neurosis es pensar que esta construcción artificial que ha creado y que es la urbe, verdaderamente le nutre de los recursos esenciales.

Esta neurosis se despliega en tres frustraciones a lo largo de nuestra vida: la inhabilitación del cerebro derecho (frustración instintiva) con una domesticación del deseo y de nuestro animal interno, así como de nuestra intuición y sabiduría maternal-ecológica; la desintegración de las actitudes de colaboración interna y externa, (frustración amorosa) que disuelve la claridad del corazón para ejercer la compasión hacia uno mismo y los demás, y que alimenta las dependencias; y la pérdida de la conciencia del ser (frustración óntica) que nos desconecta de nuestra inclinación natural al éxtasis y lleva a proyectarnos en actitudes neuróticas, de escasez, y en el miedo al vacío y a la pérdida.

La relación de ayuda que aborda el counseling busca retomar las formas innatas de escucha, apoyo mutuo y reconciliación interna de las que el ser humano está dotado para resolver, para sí mismo y para otras personas, estas frustraciones. Se trata de desvelar ese oscurecimiento con la propia luz de la claridad interior, aceptando el requisito ineludible de sentir la desorientación real en la que vive el ser humano, desconectado de su interior y esclavo de su mente y su programa.  Básicamente aborda la resolución de trámites existenciales tales como: el colapso de los deseos más genuinos y su conexión con el sistema familiar; la necesidad permanente de una persona de sentirse querida que le lleva a ser emocionalmente dependiente; la constante interrupción del bienestar que le provoca el juicio interno; la contención de la rabia sostenida hacia un progenitor al que, considera, se debe amar; la culpa asociada a un hecho en el que existía un patrón de fuerte dependencia; etc. Todo ello, más allá de las mecánicas del carácter y las pasiones, tomando en cuenta esta dinámica disfuncional de la razón de ser y de amar que impregna todas nuestras cegueras.

La existencia se resuelve en la conciencia de los deseos y las emociones, y estas en el amor. Parece que todo lo que hacemos los seres humanos nos lleva a esa misma conclusión. El enfoque transpersonal del counseling incorpora al itinerario de recuperación del bienestar, la experiencia de ser seres amantes y de estar en un viaje de la conciencia, la aspiración espiritual. Esto no pertenece al patrimonio de nuestras estructuras médicas, científicas o religiosas. Recuperar una mirada humanista a la tarea de devolver la salud emocional y vivencial a nuestra sociedad, pasa por incorporar esta labor en la propia dinámica de nuestras relaciones, con profesionales añadidos que vengan de campos diversos de las ciencias y las humanidades, que incorporen una honda experiencia vital en las relaciones humanas, un impulso creativo en la búsqueda de las coordenadas de la salud y del sentido, y que experimenten la tarea del despertar del corazón compasivo como una verdadera vocación.

El trabajo con diversas terapias como la Gestalt, la hipnosis permisiva, la bioenergética o los psicodélicos, ayuda a habitar y traspasar el arduo territorio del vacío, a sostener y a atravesar las frustraciones, así como a recuperar la forma personal más genuina, contactar con el ser. También revelan un mapa común para todas las experiencias de bienestar y felicidad de cualquier ser humano: una apertura del corazón que da espacio, sin juicio ni lucha, a las experiencias internas y las emociones; un despertar de las formas intuitivas y de la función del deseo; y la aceptación del flujo de las cosas y el impulso abundante de la vida.

 

El triángulo consciente: 2 terapeutas -hombre y mujer- y tú.

El triángulo consciente: 2 terapeutas -hombre y mujer- y tú.

Formado el círculo de trabajo personal estamos todos en la presencia de estar aquí y estar ahora. Compartimos la intimidad y nos ajustamos a la máxima escucha de la sensibilidad. Dándole poder a lo que sentimos, intentando soltar todo el contenido mental y no caer en las trampas de la cabeza que nos seduce a tomar las explicaciones de lo que nos pasa como algo de suma importancia que hubiera que darle sitio en la expresión. Cuando lo único que nos ayuda a transformar es el dejarnos llevar por lo que sentimos y por el movimiento instintivo. Aparcando para muy al final la comprensión de todo lo que nos ha pasado, que cuando se deja para el final se resume en pocas palabras y en un sentimiento de gratitud y de alegría por la conquista interna obtenida, un impacto de entusiasmo cuando nos vemos desde fuera de nosotrxs mismxs y de verdad nos comprendemos. Yo no me explico con miles de palabras mentales más o menos sofisticadas y bien ordenadas sino que: ¡me veo desde fuera de mi y me comprendo! Porque estoy viendo a un personaje inmerso en su película de que no hubiera ninguna otra manera de vivenciar la realidad, sometido a la reactividad del programa donde vive y convencido de que elige. ¿Cómo se puede elegir si estoy condicionadx por un programa defensivo que arrastro desde mi infancia?

Lo que siento me guía y darle poder a lo que siento no es nada fácil. El ego intenta banalizar la sensibildad imitando el lenguaje. Parece que esta persona está sintiendo pero sólo piensa que siente, o habla de lo que siente desde la explicación mental. Pero evitando el contacto real que es lo único que sirve para el trabajo interno y provoca el cambio del punto de encaje que posibilita la mutación del estado emocional, la visión, la apertura en el pecho.

Hablando acerca de nos podemos llevar mucho tiempo, convencidxs de que estamos en un trabajo de conciencia y sin movernos ni un ápice en los límites de nuestro programa.

Sólo sirve entrar en contacto en un movimiento hacia dentro de nosotrxs mismxs. Atravesando la capa superficial y entrando en un trance donde tocamos los asuntos importantes que destacan en nuestro inconsciente. La emoción posee información concreta de las necesidades organísmicas y darle sitio sin juicio, sin filtro, sin mente, es fundamental para promover nuestro despertar. Las emociones están en el mismo lugar donde las dejamos olvidadas, reprimidas, racionalizadas. Las emociones no tienen tiempo, y necesitan crecer igual que nosotrxs, para ello aparecen con cargas del pasado porque necesitan limpiarse y ponerse al día. ¡Si las dejamos! Cada vez que atravesamos conscientemente una emoción recibimos la elevación de nuestra vibración que nos permite vernos a nosotrxs mismxs a pesar de la identificación con nuestro personaje y su experiencia. Estos momentos donde nos salimos del programa son instantes de iluminación: despertamos de la hipnosis de la materia, reconocemos al ser que somos y por fin podemos elegir desde la libertad y la responsabilidad. No te quepa la menor duda que la densidad de este mundo te arrastra de nuevo a la hipnosis de que eres tu cuerpo, y que eres tu programa y tu historia personal. Por eso el trabajo interno no terminan nunca y requiere tu voluntad renovada cada instante de estar presente a todo lo que se mueve en ti y observar. ¿Te comprometes a estar presente?¿O quieres generar reacción-discurso mental-pasado-historia personal-sistema a lo que acontece y a lo que sientes?

Es difícil aceptar las bondades del regalo de la libertad que tenemos los seres humanos.

Nos acercamos a la aceptación de la libertad en el  grupo. En un grupo orientado con un enfoque hacia el presente y experimentación de la conciencia. Como la Gestalt. Sin añadir ningún nuevo modelo de creencias que adquirir. Si no espacio libre para vaciarnos de todos los artefactos mentales que seguimos coleccionando, espacio libre para descubrirnos -puesto que sólo conocemos quien fuimos y creemos seguir siendo(y no lo somos)-y espacio libre para recuperar la autoridad interna donde como individuo puedo tomar decisiones fuera del condicionamiento del pasado, desde el más puro presente. Convertirme en la punta de la ola en la inmensidad del mar. Con la fuerza de la totalidad del mar y con la consciencia individual sujeta al instante presente de la efímera ola que va cambiando de identidad en sucesivos momentos.

Cuando eliges trabajar en el grupo(de Escuela Counseling Experiencial) y tomas el centro como individuo recibes el acompañamiento de dos terapeutas al mismo tiempo, un hombre y una mujer, Alfredo y Susi, en una sincronicidad en la intervención tan fluida como si fuera la misma persona.

Somos dos para mostrarte como un espejo que dentro de tí hay dos voces como mínimo. En realidad hay todo un parlamento. Dos voces como mínimo que se pelean entre sí y cuya pelea distorsiona tu percepción de la realidad e intensifica la defensa y la separación, y que podrían adquirir si lo intentas la forma de la alianza generando un movimiento natural donde hay alternancia, y podemos escuchar todo lo que somos sin una fijación en la identidad. Nosotros nos turnamos la voz junto a la tuya.

Somos dos para recordarte la alianza, el autopoyo, la igualdad entre lo femenino y lo masculino, la ausencia de jerarquías, la colaboración, el movimiento fluido donde se destaca el sitio diferenciado de cada uno, el desapego en el foco que continuamente se mueve, el juego de la vida donde no hay nada fijo y todo cambia como una experiencia donde el aprendizaje es gozo, es gratitud, a pesar de la inmensa tonalidad emocional que vivenciamos.

Somos dos para mostrarte lo femenino y lo masculino en equilibrio, en un acompañamiento natural donde nos apoyamos mutuamente hacia un foco común que eres tú y tu exploración.

Somos dos para darte oportunidades de proyección de tus voces internas, y puedas ver a papá y a mamá, al hombre deseado y a la mujer rival, a la mujer deseada y al hombre rival, el triángulo arquetípico donde resolver laberintos de oscuridad y darle lugar a estados emocionales que no pueden esperar para tomar luz: como los celos, la envidia, la exclusión, el exilio, el rechazo, el abandono… limpiando la sombra para tomar tu poder extraviado. Tu preciado poder que necesitas para crear instante a instante la vida que te contiene en tu máxima expresión, amor y libertad.

 

 

Creando un círculo sagrado de autoconocimiento

Creando un círculo sagrado de autoconocimiento

Ahora nos sentamos en el suelo, cerca de la tierra y tomando la forma circular, que simboliza el cielo, la bóveda celeste.

Un laboratorio humano es un espacio y tiempo que creamos para vernos individualmente con el espejo del otro y la amplificación de la presencia, el contacto, la escucha que permite un grupo de personas reunidas con esta propuesta, orientado por guías que poseen integrado dentro de sí el enfoque gestáltico y el counseling.

La primera premisa es que cada uno toma la responsabilidad de lo que le pasa, de lo que siente y de lo que hace con eso que siente, y se compromete a estar disponible para una exploración abierta, curiosa, investigadora y flexible, de su experiencia en relación a sí mismo y a los otros. Al menos lo intenta. Declara que lo va a intentar. Posteriormente aparecerá el mecanismo rígido del carácter que querrá tomar un sitio también. Quizás un sitio demasiado grande, o simplemente erigirse en  la única voz de la persona. Con esto contamos.

El silencio es la entrada del grupo hacia la escucha. Se amplifican las sensaciones corporales en este momento de quietud y vacío. Emergen los nudos en el estómago, las presiones en el pecho, el movimiento de tripas, los asuntos pendientes. Las voces internas saben que serán escuchadas y quieren aprovechar la oportunidad para expresarse. Se preparan para hacer su viaje de la clandestinidad hasta la transparencia, desde el lugar oculto, inconsciente, no totalmente visible… hasta la claridad.

Cuando habitamos en grupo el vacío, éste se engrandece. Consigo parar mi movimiento automático y respiro con plena conciencia de cómo entra el aire por mi nariz y recorre mi cuerpo. Cuando le doy tiempo al vacío poco a poco emerge algo que se pone en primer lugar de mi atención. Para incrementar el contacto conmigo me pregunto ¿qué estoy sintiendo ahora?

Muchas veces cuando formulo a una persona la pregunta ¿qué estás sintiendo? me contesta todo lo que piensa sobre lo que le pasa. No para ni un segundo a respirar ni percibir  qué está sintiendo realmente.

-¿Qué estás sintiendo? -pregunto a un cliente en una sesión de gestalt.

-Siento que él no me ha cuidado

-Eso no lo sientes -le respondo – eso lo piensas…

Nadie nos ha dado una educación emocional ni un entrenamiento de escucha de nuestra sensibilidad. Cuando alguien comienza su entrenamiento en relación de ayuda -donde empiezas por aprender a acompañarte a tí mism@- lo primero que aprende (o recuerda) es a darse cuenta de lo que siente y a ponerle palabras.

¿Qué siento? ¿Estoy enfadada?¿Tengo miedo?¿Estoy triste?¿Me duele?¿Me aburro?¿Me avergüenza?¿Estoy tranquila?… Conforme pongo atención en mis estados emocionales adquiero mayor habilidad para describirlos y comunicarlos. Requiere entrenamiento escucharlo y nombrarlo, todavía precisa de más trabajo abrir la puerta de la emoción y tomar el viaje de auto-regulación que nos está proponiendo.

Las emociones me dan valiosa información sobre mi estado y mis necesidades, sobre la respuesta de mi organismo en el contacto con los demás y conmigo. Atendiendo a lo que siento puedo construir una brújula orgánica que me oriente de la mejor y más eficiente manera para mi. Cuando más escucho lo que siento para tomar decisiones sobre lo que quiero o no quiero hacer, más desarrollo mi intuición, y mis acciones en la vida manifiestan lo que yo soy.

El problema es que hay emociones que tengo registradas como insoportables y no las quiero vivir. Son una especie de monstruos. Pero además son monstruos porque nosotr@s nos convertimos en  niñ@s cuando emergen estas emociones en nuestro estado. La persona que yo soy de 43 años se convierte en una niña de 5 años cuando siente tristeza.

-¡Soy muy pequeña… la tristeza me va a matar! ¡no lo puedo soportar! -me digo a mi misma sin decir palabras-¡voy a salir corriendo de aquí!¡moriré si no corro!

Esto es lo más común. Hay personas que no permiten el contacto emocional completo con determinadas emociones durante toda su vida. Huir del contacto con lo que siento genera sufrimiento, y alimenta rasgos rígidos, automáticos, previsibles, y mecánicos del carácter o ego que nos quita la energía para vivir el presente con nuestro máximo potencial creativo.

Todo por no sentir lo que siento cuando lo siento.

La emoción emerge, vibra con intensidad por todas mis células, me estremece, me transforma y desaparece. En la medida que yo me entrego a mi organismo el proceso es más rápido. Y si yo llevándome por mi huida evito el contacto con lo que siento y me agarro a un mecanismo de defensa conocido que me salva, estoy generando sufrimiento. Por que el contacto con lo que siento que evito no desaparece, se queda pendiente. Cuando acumulo muchos asuntos pendientes, muchos estados emocionales no integrados,  vivo como en el laberinto de un sueño: no entiendo nada, no sé por qué me pasa lo que me pasa, no me salen los proyectos, no tengo satisfacción, genero conflictos fuera.

Si quiero despertar me espera un salto al vacío.

El miedo a sentir que me acompaña no me pertenece a mi, le pertenece a la niña de 2, 3 o 4 años que yo fui. Pero yo tengo 43. A lo largo de estos años he generado muchos recursos para atravesar las emociones más intensas y la vida no para de darme oportunidades para que complete este contacto y recupere la brújula de mi corazón. Sintiendo. Sintiendo todo lo que emerge en mi fibra sensible.

Ahora mismo siento mucha alegría y quiero expresar las bondades que tienen  las emociones para mi. Lo expreso en primera persona y hablo de mi propia experiencia. Tengo la expectativa de contagiarte el deseo de descubrir cómo pueden ayudarte a ti tus propias emociones, incluso aquellas que consideras monstruos y tienes encerradas en las mazmorras oscuras de tu arquitectura psíquica.

El miedo me ha informado siempre de que me faltaba soporte. Me señala un límite. El miedo viene a mi cuerpo para incrementar la alerta. Si estoy más alerta estoy más presente. Si estoy más presente percibo mi respiración con mayor sensación física. El miedo me ayuda a conquistar presencia, capacidad de observación, de meditación.

El miedo es un guía que me dice: estate alerta, respira, ocupa tu cuerpo, incrementa tu presencia porque estás en una situación o en la relación con alguien donde no te sientes segura.

El miedo me avisa de un peligro real, y me ayuda a prepararme para enfrentarlo o evitarlo, y también me informa de que no dispongo de suficiente apoyo en mí misma en una determinada situación y me da la oportunidad de crear esta confianza, este suelo firme, a través de la respiración y la presencia.

El miedo me ha llevado de viaje por mi plexo solar hasta la niña asustada que había en mi para darme la oportunidad de acompañarla, soltando la identificación con ella y construyendome a mí misma como mi propia madre: la cuidadora que atiende a la niña, la consuela y le da soporte.

Así el miedo ha sido el síntoma que me ha informado de que mi poder personal estaba atrapado en asuntos no resueltos de mi pasado, y me ha acompañado a trabajar todo eso para recuperar mayor presencia en el aquí y ahora.

El dolor me enseña a atravesar las pérdidas, las rupturas, las muertes. Me facilita soltar lo que estoy agarrando que ya no es real en mi vida. Es ese estado que me permite viajar desde la fantasía a la realidad. Desde mi deseo hasta el límite actual a realizar mi deseo. Me recuerda que la vida tiene su propio plan para mi, más allá de mi planificación, y me induce el estado adecuado para la aceptación de cómo es mi presente. Me permite despedirme, desapegarme y madurar templando mi deseo. Cuando acepto mis límites actuales recupero mucha energía para la creatividad de mi vida cotidiana y el disfrute del presente.

La rabia me da la fuerza, el coraje y la energía para decir sí a lo que quiero decir sí y decir no a lo que quiero decir no. Me ayuda a sostener la expresión de mi vulnerabilidad, de mi sensibilidad. Es la determinación que requiero para decir te amo. Me defiende y como me siento protegida por mi propia fuerza que se desata con la rabia, me atrevo a desnudarme al mundo, a mostrar quien soy, qué quiero y qué no quiero, qué me gusta de una persona y qué no me gusta, me atrevo también a poner mis límites y defender mi territorio o abrirlo conscientemente de que quiero abrirlo.

El deseo sexual es un estado emocional que me ha enseñado a decirle a la persona con quién se me despierta este deseo Te deseo. Esto es una gran hazaña existencial puesto que el deseo sexual es lo que más se maquilla, se reprime, se niega, se oculta y se calla, convirtiéndolo en seducción, coqueteo, estrategias de conquistas, y juegos clandestinos, furtivos, y relación de dominación no declaradas.

Expresar el deseo sexual desde mi vulnerabilidad y honestidad me ha aportado respeto por lo que siento, me ha llevado por un viaje donde he recuperado el contacto con este estado y la formidable fuente de energía que me aporta a mi vida y que puedo darle muchos fines creativos como escribir poesía, relatos, abrir mi corazón, meditar, comunicar la intimidad, generar contactos físicos desde la sensibilidad, proponer talleres en grupo donde trabajemos con la intimidad, además de tener relaciones sexuales con alguien.

He descubierto que el deseo sexual puede tener muchos destinos, puede nutrir muchos fines, no sólo generar una relación sexual con alguien que me guste.

Los celos me informan de la posesividad y apego y de mi miedo a perder a alguien, y esta información me ha confrontado con una realidad:

-Que no poseo a nadie.

-Que no controlo la permanencia de una persona en mi vida.

Conforme expreso mis celos con serenidad, sin ataques, sin juicio y respirando el estado de vulnerabilidad donde me ponen consigo valorarme más por lo que soy sin compararme con otras personas y sin competir, esto me sirve para todos los aspectos de mi vida, transito la aceptación de que no poseo a nadie, y que nadie me posee a mi.

En el vacío de un grupo orientado con el enfoque gestáltico y la propuesta del counseling emergen todos los estados emocionales que durante toda mi vida he intentado contener, no escuchar, escuchar a medias, negar, reprimir, racionalizar… o como sea mi mecanismo de defensa preferido… y es el espacio adecuado para que esto ocurra porque existen muchas herramientas para trabajarlo y completar mi experiencia de contacto interno. Pudiendo ocurrir una catarsis, un trance emocional poderoso, donde se desata un nudo y se abre una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada y blindada para ser visto, reconocido, escuchado y produzca una transformación real en la persona.

En el círculo reunido, la mirada de los demás se convierte en un espejo donde yo puedo verme y el contacto entre otra persona y yo cuando ponemos el foco en ¿qué siento? (observando las defensas mentales habituales que corren a salvarnos de ser tocad@s) es un trabajo poderoso de transformación hacia la sensibilidad, la autenticidad, el poder personal y la fuerza interna.

En el entrenamiento de la escucha de la sensibilidad se utilizan metáforas. Así para expresar cómo me siento puedo recurrir a una imagen comparativa que me ayude a mostrarme:

-Me siento como un ratón de laboratorio -dices tú.

-Bueno… ¿cómo es la vida de ese ratón de laboratorio? -te pregunto yo.

-Pues quiere escapar, no entiende qué hace allí donde está y está enfadado porque le gustaría vivir en un granero -inventas tú.

A través de la metáfora empiezo a escucharme contar una historia que habla de mi propia vida. Expresarlo en voz alta y ser escuchado por otros intensifica lo que estoy sintiendo. Estoy comenzando un contacto más profundo conmigo y si me atrevo a seguir trabajando puedo llegar tan lejos como quieras. El pasado sólo existe en el presente, y estoy cargando y arrastrando un pasado continuamente hasta que lo recapitulo. En el laboratorio humano todo lo que está presente en mi sin resolver se pone en primer lugar: estoy aquí para afrontarlo, y actualizarme.

Afloran los conflictos que pueden tomar la forma de:

Dos voces internas que se pelean dentro de mi: yo soy el campo de batalla. Una tiene una visión y la otra tiene la visión contraria. No llego a escucharlas plenamente a ninguna de las dos. No hay contacto.

Dentro de mi hay muchas voces, y si no he hecho un largo proceso de trabajo personal sólo estaré acostumbrado a escuchar una voz o dos. Mi voz dominante y la otra con la que intento escapar de esta dictadura. Seguramente todo queda en un diálogo mental o en un dolor de cabeza u otro síntoma físico, si no hay contacto emocional y proceso, no hay transformación.

Todo este trabajo va en contra del  automatismo instaurado en una persona, con lo cual a veces es lento.

-El conflicto puede tomar la forma de un conflicto en una relación de mi vida o con un participante del grupo.

Cuando pongo el conflicto en el otro, la relación ofrece una gran oportunidad para recuperar mi poder personal. He ido toda mi vida entregando mi energía y mi poder en mis relaciones personales fundamentalmente. Por eso en los grupos nuestros compañeros nos reflejan el pasado que está presente y a través de una nueva relación y la toma de conciencia podemos cambiar nuestro pasado, y liberar emociones escondidas, sacarlas a la luz.

Para escuchar mis voces internas puedo recrear personajes. Vivenciarlos, convertirme en ellos como en una obra de teatro en el centro del grupo. Ahora soy mi propio padre y tomo su voz, sus expresiones, las frases que repetía y poco a poco voy internándome y adentrándome en la profundidad de ese ser que ha sido mi padre. Y puedo a través de la información vivencial y emocional que tengo grabada realizar una representación y tocar un núcleo emocional que me haga ver realmente a mi padre en mi propio cuerpo.

Existen en mi muchas voces. Yo soy la pereza y el deber. Y puedo crear un diálogo totalmente polarizado en estas dos versiones de mi momento presente. Buscando siempre tocar la emoción y que emerga lo que estaba silenciado, eso mismo que lo cambia todo al ser escuchado.

En el laboratorio humano con enfoque gestáltico se está trabajando continuamente con la autoridad interna y el auto apoyo.

El guía o guías del grupo no son los encargados de decir lo que hay que hacer ni decirle a alguien lo que tiene que hacer. Nuestro modelo de autoridad es acompañar a cada uno a decidir lo que quiere hacer, pasando por todo el proceso y tocando todas las emociones que surjan, desenmascarando todas las manipulaciones que uno se realiza a sí mismo para no salirse del programa establecido.

-Dime lo que tengo que hacer -me pides tú.

-¿Qué quieres hacer? -te pregunto yo.

-Me da miedo equivocarme

-¿Qué pasa si te equivocas?-te pregunto yo.

-Mi padre me castigaba duramente cuando hacía algo que él no quería. Ahora siento el mismo miedo al castigo que sentía entonces. Cuando tenía 10 años. Ahora tengo 38, y sigo siendo un niño que necesita que le digan lo que tiene que hacer para no cometer un error, así si algo sale mal yo no tendré la responsabilidad.

-Entonces quieres que yo sea tu padre y te diga lo que tienes que hacer -te digo yo.

-Eso parece…

-¿Quieres intentar algo diferente?¿Quieres que probemos a que ahora tú eres tu propio padre?¿Si eres tu propio padre, tu figura de autoridad, qué te dices a tí mismo que hagas?

El laboratorio humano con enfoque gestáltico ofrece tantas posibilidades como la creatividad nos sugiera, y todas puedes puertas que nos lleven hacia lo más profundo de nosotros y nos permita transformarnos.

Si quieres probarte, verte, vivenciarte en un laboratorio de estas características, aquí tenemos una propuesta para ti: