Abrazo mi sombra en ti

Abrazo mi sombra en ti

El conflicto en la relación que inflama los egos es una oportunidad para abrazar la sombra. Suele ocurrir que las personas implicadas en el desencuentro quedan ofendidas cada cual por sus motivos. Parece que emerge un tiempo de espera para restituir con nuevas habilidades de diplomacia el agravio acontecido. Si bien esto es una opción que queda en la superficie de la relación.

Frases en la mente como me ha utilizado, me ha maltratado, me ha excluido, no me ha cuidado, ha roto mi confianza… hablan de la ofensa del ego que exige al otro o a la otra un tiempo de reflexión, una mirada diferente, unas palabras necesarias para saldar el daño.

Cuando traemos este conflicto entre dos, a la sala de trabajo aparece una lupa que amplifica el detalle y nos permite ir más allá de la sensibilidad herida: nos permite entrar en el reconocimiento de la herida y el acto de poder.

Le doy valor igualmente a la posibilidad de aprender a escuchar al otro con su sensibilidad, aprender a pedirle al otro como quiero que me trate, y como quiero que me escuche. Aprender a cuidarme yo en mis relaciones dándome cuenta de mis límites, verbalizando mis límites para que los escuche yo y los escuches tú.

El otro parece el otro, el origen del conflicto por la relación. Si bien el otro es en realidad un escenario que yo construyo para ponerme en juego y desplegar mi conflicto interior.

Lo repito con otras palabras: yo misma desde mi inconsciente busco a la persona o personas adecuadas como ayudantes en la emergencia de mi conflicto interior. Se visibiliza mi pelea interna que es una defensa de un lugar de vulnerabilidad que me da miedo habitar. Me aterroriza. Le aterroriza a mi ego, el tirano que reina en mi psique cuando yo no quiero atravesar mis vulnerabilidades y recurro a la defensa como automatismo. ¡Me defiendo!

Hiere mucho por eso lo pongo fuera.

Digo hiere, y no digo que duela. No es dolor. Es quemazón insoportable, escozor, irritación, es veneno, son ganas de vomitar, es fiebre, es obsesión. Pero no es dolor. Cuando duele me convierto en un ser humano que siente su vulnerabilidad, soy una con lo que siento y el otro deja de tener el foco de mi energía, porque mi energía la necesito para sentir lo que estoy sintiendo, todo mi cuerpo la reclama cuando lo encarno sin huidas a mirar de frente mi herida que ha sido tocada y a tomar el poder de abrazarla con amor propio, con paciencia, con presencia, con compañía interna.

Puedo elegir la oportunidad de abrazar la sombra que el otro (o la otra) me facilita articular, ponerle cara, ponerle nombre, comprobar los estados donde me lleva, y elegir minimizar el sufrimiento, salirme de la película… ralentizarla, ir más lento para recuperar el poder de la presencia y toda mi capacidad de darme cuenta.

Ahora vamos más lento.

Estamos en el taller de Procesos para la Transformación Personal, un espacio creado en Buhosfera para vernos todos y todas, incluso los facilitadores, quienes por ser 3 nos permitimos salirnos del rol completamente si el trabajo lo pide, lo cual suele ser un regalo.

Llega a la revisión una escena de la convivencia ocurrida el mes pasado el domingo a la hora de comer. Hay queja en el trato. Hay mucha irritación en una de las partes implicadas. La otra está ahora en la calma observando por dentro todo lo que se mueve. En el momento de los hechos ambas partes se mostraron enfadadas y con contención para no desatar y expresar la ira directa.

Con una voz cargada de dulzura y amabilidad, poniendo mucho verbo para tomar el centro de atención con contundencia y agarre, diciendo aquí estoy yo sin decirlo directamente, expresando rabia camuflada en dignidad y adornada con una petición formal de diálogo orientado a recibir una merecida disculpa traspapelada en la bronca de origen.

La rabia se hace presente en mi plexo. ¿Le damos el espacio a esta noble emoción? Esta emoción que viene a darle fuerza a nuestros límites en la relación con los otros y que posee el poder de la serenidad para desde las tripas darle soporte a toda la energía sutil del corazón.

¿O seguimos camuflándola para que parezca que somos bondadosas personas que no se enfadan y que conocen y respetan los canales amables de la sociabilidad, evitando los conflictos que nos hacen despertar nuestros dones ocultos en el instinto reprimido?

Yo soy amiga de las emociones que entran en la escena para traer al instinto a su lugar de sabiduría natural.

La rabia está llamada a desalojar las razones de la cabeza y a tomar el vientre para devolverle la fuerza útil como tierra firme donde generar autoapoyo. En su versión más integrada, la rabia es soporte sereno con variadas utilidades, entre ellas está la expresión de nuestros límites a nosotros mismos y a los otros, si bien la rabia es la energía del hígado que nutre al corazón y por eso nos sirve para tomar la serenidad que le da expresión a nuestra vulnerabilidad, que le da expresión al amor y al deseo, que suelen ser las hazañas humanas que requieren mayores riesgos de exposición. La rabia es nuestro leal animal de poder que regresa a su sitio adecuado en el cuerpo físico cuando le damos el reconocimiento en nuestra vida.

El niño malo que se queda sin el amor. La niña mala que no es digna de la ternura. Elaboradas formas sociales de manipulación del instinto que nos distorsiona la autonomía, la fuerza, la perseverancia, el coraje, y el suelo firme donde construir nuestros sueños de amor y libertad desde la originalidad del ser.

Hoy no quiero facilitar trabajos de diplomacia. No quiero que los niños hagan esfuerzos por ser buenos, se pidan perdón por el mal comportamiento y así volver a recibir el amor condicionado, así una y otra vez hasta que el instinto queda enjaulado y encerrado en el sótano, y con él todo su poder.

Hoy quiero que os miréis a los ojos y observéis que sóis un espejo el uno de la otra. Resonando en esta herida en la autonomía que te aleja del uso sereno de la energía del instinto.

Cuando te abrazo, abrazo mi herida reflejada en ti y la traigo a mi corazón. Te abrazo a ti quien ha tocado mi herida y ha actualizado el dolor. Este hecho es una gran oportunidad de elegir el amor propio a través de la relación. Amando a mi niña que llamaron mala porque poseía un animal salvaje en las tripas con un sofisticado instinto para orientarse de manera natural. Amando a mi niño que acusaron de malo porque tenía un radar infalible en el olfato de su instinto y por este motivo no se dejaba manipular.

Me doy a luz

Me doy a luz

Elijo no tener hijos. Lo hago cerrando esa posibilidad biológica en mi cuerpo. Despido esa funcionalidad que permitía la experiencia de dar continuidad al árbol familiar. Miro a mis padres, les doy las gracias por la vida y siento que cierro un largo proceso de historias de amor y entrega.  Gracias, de verdad. Paro este río infinito de reproducción. Al despedir esto de manera consciente, me quedo en contacto con todas las posibilidades a las que dedicar mi energía con entusiasmo. Desentrañar el misterio de estar vivo, de amar y de despejar todos los recursos de mi corazón y atraerlos a la conciencia. Fascinante.

Cuando miro hacia atrás y veo como se han configurado las decisiones personales, entiendo que no estoy solo. La vida me sobrepasa y es como una corriente que me conduce prodigiosamente. Observo mi infancia, la familia en la que elegí nacer para ser humano y todo lo que viví como actor pasivo de un gran escenario. La vida es infinita. No tengo claro qué me llevó a los 24 años a decidir entregarme al estudio de la teología, una decisión que me condujo a un tiempo de profunda meditación, a sondear la espiritualidad y a amar mi ermitaño. Desconozco como mi entusiasmo y mi intuición me llevaron a cambiar varias veces de profesión, experimentándome siempre buscador, libre, viajero. O por qué un día tomé el camino de la terapia como vía para desvelar mis inquietudes más profundas, recapitulando mi historia personal y mis emociones más ocultas. No sé por qué a los 15 años aproximadamente me lancé a un laboratorio informal de hipnosis con mis amigos de entonces, con los que improvisé numerosas sesiones de forma lúdica. Tampoco sé exactamente por qué vine un día al sur a fraguar mi despertar definitivo en un proyecto colectivo.

Sé qué nunca deseé ser padre. Pero puedo, en este momento de mi vida, elegir escucharme y situarme ante esta posibilidad que la vida me ofrecía. Hoy elijo darme a luz. Despliego todas las posibilidades a mi alcance para manifestar la mejor versión de mi mismo, aquella que se enfoca en activar mis dones y abrir al máximo el campo de conciencia. Elijo engendrar con determinación el hombre que quiero para mi, y elegir donde pongo la energía.

Soy energía en unas coordenadas de tiempo y espacio. Suelto unas posibilidades para tomar otras al cien por cien. Decretar mi renuncia a tener hijos, me permite experimentar el significado de la consagración. Es un movimiento dentro de mi, ya que, en términos objetivos, nada es incompatible. Consagrarse es encontrar un tesoro dentro y elegir con determinación entregarse a profundizar en él, consciente de que trae un camino de plenitud.

Para darme a luz he ido integrando a la mujer que llevo dentro y sanando al hombre que soy. He abrazado plenamente al niño herido que tantas veces se ha mostrado demandante. Pero sobre todo he despejado el lenguaje del corazón. El es capaz de captar la esencia de las cosas. Estaba recubierto de capas de insensibilidad, de corazas propias de mi ego y limitado por creencias difíciles de desmantelar.

Ha sido un tiempo de sanación en el que he ido descubriendo el papel que tienen la rabia, el dolor y el miedo en mi configuración emocional. La rabia no la canalizaba bien, la contuve durante años. Cuando por fin comencé a expresarla venía en bruto, con mucho dolor. Me estalló en las manos desvelándome la necesidad de abrazar al padre. El dolor lo huía instintivamente. Me daba pánico la posibilidad de sentirlo, hasta que entendí que tenía que naturalizar alguna fracción y dejar de huir de él. Vi que el miedo a los sentimientos de rechazo de las otras personas y a ser culpado, acusado, me condicionaban mucho. En estas situaciones despierto mis corazas. No tolero esas sensaciones que me hacen sentir rechazado en el amor. Entonces saco mi maquinaria mental para defenderme y atacar. Soy demasiado auto indulgente. Se me apodera la soberbia que me hace ver con facilidad el error fuera y no reconocer lo mío.

Pero tras completar el proceso, tras aceptar todos los demonios interiores, abrazo al niño. Estaba aterrorizado y necesitaba mucha atención. Ahora gestiono el miedo y el dolor y lo atiendo en el marco del amor. Lo abrazo desde la fragilidad. Me ha costado mucho tiempo traspasar la confusión y la dificultad. Ahora tengo este niño sanado dentro. Me trae un regalo: me ha liberado el corazón. Me abre a los registros de la ternura, la inocencia y la compasión en mi vida cotidiana. Esto me ha transformado el carácter. Lo miro todo desde un prisma de benevolencia que es novedoso y sanador para mi. Este niño lo he “parido” dentro de mí y me devuelve una actitud más alegre. Amo sus cualidades. Convivo con él. Lo hago visible y forma parte de mi.

Para soltar la paternidad he mirado mucho a mis padres. Ha sido un diálogo bello en el que he recibido todas las bendiciones de ambos. Él me señala la virtud de tomar la máxima satisfacción de la vida sin que me sienta obligado a cumplir con nada. Ella me habla de que lo único importante es abrir el corazón. La vida me dice que la decisión, en realidad, no es trascendente, que siga mi camino, que es correcto.

Los miro a los dos y me reconozco como hijo amado. Y como hijo que ama. Al hacerlo, veo al niño encarnado que soy, que tiene todas las posibilidades delante de sí. Fui invitado a la vida sin condicionamientos, para que eligiera lo que quisiera. Y puedo elegir el amor.

También siento sanado a mi hombre y a mi mujer interna. He rescatado para mi un equilibrio bello donde ambas partes tienen espacio. Reconozco el hombre que soy en mis cualidades de determinación y de presencia. Siento la templanza que se aloja en mi pecho. Especialmente veo mi posibilidad de observar el campo emocional sin confundirme con él, al mismo tiempo que me abro a todas las sensaciones que me traen. Sé hacer del tiempo mi aliado. Ante la adversidad me quedo. Sostengo la confusión practicando la espera y la confianza. Me hago cargo de lo que elijo y me hago cargo de mi entrega. No acepto la deshonestidad y reconozco mi poder en el hecho de determinar en cada momento lo que quiero para mi. Tengo fuerza para alcanzar algo cuando lo deseo. Mi mujer interna ha aprendido a mostrarse sensible y a desvelar el corazón sin miedo. Muestro abiertamente mi ternura y mi expresión amorosa. Reconozco todo lo bueno que me trae la intimidad cuando la alimento y la vivo con dedicación. Creo en la alianza con lo femenino y me pongo al servicio de su fuerza creadora y su capacidad para escuchar el corazón.

En este punto del recorrido encuentro algo fascinante: se me ha manifestado el poder del corazón. Cuando destierro los condicionamientos que me impedían ser yo, lo que yo soy es puro corazón, anhelo de amar y de tomar la abundancia de la vida. Compruebo que existe un campo colectivo abundantísimo, una red invisible que conforman los corazones que se buscan y se aman en la sencillez y la apertura sincera. Esto puedo verlo. Al verlo, comprendo como existe una familia humana configurada, no por el linaje genético, sino por otros parámetros extraordinariamente interesantes: la confianza en el efecto multiplicador del amor y en la sabiduría del corazón.

Ahora tomo poder, es un resultado inmediato al hecho de sanar. Lo percibo en mi disposición a vivir la entrega de una forma más completa. No solo porque me permito vivir los procesos del corazón sin miedo. Antes la entrega a lo femenino lo hacia contenido, con límites internos. Sino porque tengo una mayor claridad sobre aquello a lo que quiero dirigir mi entrega.

Elijo: orientar la fuerza del padre hacia la manifestación del hombre que puedo llegar a ser. Consagrar la energía a las posibilidades más luminosas. Reconocer el poder del corazón cuando es capaz de abrirse sin miedo, experimentar la entrega sin quedarse identificado y atrapado por mis necesidades. Me rindo a mi poder interior, desbordante y al poder invencible de la ternura.  

Ahora puedo tomar el camino de la autotrascendencia. Despierto el genio interior, el mago. Me doy a luz. Me consagro a ser plenamente lo que soy. Si completo lo que soy, indudablemente, doy luz. Porque soy luz. La frecuencia más alta que ha transmutado las frecuencias densas. Percibo el hecho evolutivo dentro de mi. Estoy en sintonía con el río de la vida, el tiempo está a mi favor.    

ELIJO NO LLEVAR LA RAZÓN

ELIJO NO LLEVAR LA RAZÓN

El ego: defiende argumentos movido por la importancia personal.

El niño interior: pregunta animado por el misterio.

El corazón: expresa alegría confiando en el puro presente donde ya está todo.

El alma: escucha en el silencio, no sabiendo, los ecos abundantes que desvela la vida misma. 

Todos los males del mundo se originan en la tensión y la insatisfacción humana. Esto crea un enorme campo de energía colectiva que nos atrapa en una falsa respuesta. Vivimos pensando que afuera siempre hay un problema que resolver. Quedamos abducidos por la dualidad.   

La insatisfacción genera ansiedad mental y esta, alimentada por el miedo, se entrega al gran maya de la ilusión, al gran teatro de la vida que nos aboca a encadenar tareas y preocupaciones. Siempre tenemos algo que hacer, cada día hay un problema por pequeño que sea, que capta nuestra atención. Esta ilusión nos empuja permanentemente a resolver. Las energías vitales quedan entonces comprometidas. En realidad estamos proyectando la dualidad interna. El conjunto de proyecciones que reproduce la inconsciencia, crea innumerables campos de energía emocional caótica en los que terminamos envueltos. Y creemos que nuestra vida es eso. Y ahí seguimos.

Recuerdo cuanto me gustaba el debate. Antes tenía mucha energía disponible para afinar con la razón. Es como una adicción del ego. Ahora dimito de “defender” qué es lo correcto o incorrecto, lo bueno o lo malo, lo verdadero o falso, lo que domina o somete. Elijo expresarme desde el placer, si la escucha es la adecuada.

He descubierto que el planteamiento del dilema siempre es falso en términos de la auténtica verdad que me espera. Si me encoleriza el capital o el patriarcado, tengo un patriarca dentro pendiente de des ocultar; si me rebelan las imposiciones sanitarias, no atiendo a mi auténtica autoridad interna; si me enfurecen las posiciones ideológicas de otras personas, no he aceptado que tengo a un opositor político dentro reprimido.

El debate que busca resolver dentro de la polaridad, inflama muchas veces nuestra importancia personal. Nuestro cerebro izquierdo es adicto a encontrar las congruencias. La realidad se manifiesta polar porque nuestro corazón internamente está dividido. Solo sanando dentro, la realidad manifestará esa nueva configuración sanada, no polar. Porque la vida está a nuestro favor y siempre atiende lo que auténticamente pedimos, especialmente, lo que auténticamente somos. La auténtica polaridad solo puede transformarse verdaderamente en la alquimia del corazón humano.

El discurso externo, cuando me despierta un movimiento emocional y energético: rebeldía, rabia, defensa, etc., desvela un estado interno sin completar. ¿Lo quiero completar? Por ello elijo no alimentar las disertaciones, discusiones, posiciones defensivas, relatos encendidos, explicaciones obsesivas y análisis que solo me sacan del auténtico lugar de poder que resuelve el entramado de dificultad universal: mi rechazo interno a una parte de mí. El único conflicto real.

Me sirve aceptar que la propia vida es paradójica y se presenta en un multiverso de formas. Por eso, no atiendo la forma del debate (la temática), sino la inquietud que lo origina en el corazón. También elijo no aceptar la tensión. Cuando aparece, cedo. Si hay tensión, no se puede alcanzar la congruencia. Elijo la quietud y no reaccionar. Algo difícil para mi ego.  

Si miro de cerca mi reactividad, cuando me uno a debates donde necesito posicionarme, observo diversos personajes dentro de mí. El ideólogo que tiene razones contundentes para defender una posición y que en realidad me peleo con algo interno; el erudito que siempre tiene un matiz con el que reformular la posición del otro, pura vanidad; el reservista que mantiene el conocimiento del dato histórico con el que siempre viene a corregir cualquier tendencia; el defensor de los derechos sociales e individuales, que gusta de señalar el enemigo externo, que si además está oculto, se muestra más orgulloso de ser el lúcido denunciante; el ecuánime, para el cual no posicionarse es una forma de posicionarse; el pacificador que le gusta manifestarse como conocedor de la resolución de los conflictos; y el que le gusta simplemente estar presente, porque se siente tenido en cuenta en un ámbito, el de la discusión, que le parece cosa de gente intelectual, valerosa e importante.

Pero no me confundo. Amo el discernimiento colectivo, el diálogo pedagógico, la comunicación creativa, la investigación, el conocimiento, la palabra que apoya mi despertar y el de otros, la reflexión que añade claridad donde hay duda, la expresión auténtica de la emoción con toda su manifestación energética, verbal y todo su detalle poético, la brillantez intelectual, desentrañar la complejidad, deshacer la duda que a veces atrapa nuestra mente… Me encanta leer y encuentro mucho placer cuando siento que me embarga una pregunta interesante que me mueve a desvelar más la realidad.

Me ayuda también entender que la defensa intelectual de la verdad es un trasunto patriarcal en sí mismo. La verdad, como realidad última, es una experiencia y se desvela en estados de congruencia. Se percibe porque mi corazón y la vida quedan implicados y alineados. Siento claridad, coherencia interna, fuerza y convicción en orden a mi despertar.

La dualidad es el lugar para el despertar. Pero la salida no es posicionarse en los términos polares que nos presenta, atrapando las energías de la defensa, sino que la salida es escapar de la falsa polaridad que plantea y comprender los procesos que oculta, resolviendo en la propia dualidad interna. La dualidad nos invita a retornar a las auténticas preguntas. ¿Qué me pasa cuando veo esto afuera? ¿Qué deseo para mí? ¿Qué tengo pendiente de completar amorosamente? ¿Cómo aporto una respuesta satisfactoria desde mi potencial creativo?

En esta realidad dimensional, la conciencia debe traspasar las formas para resolver y propiciar el hecho evolutivo. Hay que penetrar la realidad, experimentarla en nuestro campo emocional y extraer claridad de esa experiencia. Para eso hay que entrar de lleno en las paradojas de la dualidad que presenta esta dimensión. Pero la obsesión por resolver esas ecuaciones matemáticas, nos ofusca: banderas, verdades, colores, supremacías, etc. Elijo asumir el efecto profundo que me provoca estar insertado en una realidad tan diversa donde, por ejemplo, existen reglas distintas para los objetos físicos y para la realidad cuántica. La verdad no se puede atrapar, la verdad te alcanza cuando eliges un estado interno no defensivo.

Hay algo que me lleva más allá de la estrecha mirada de la resolución cognitiva de la vida: saber que esta, está insertada en una corriente de sabiduría infinitamente mayor que mis lógicas neuronales, y que además, en buena medida, no depende de mí.

Estoy diseñado para el éxtasis. Mi naturaleza está completa. Me entusiasma en este tiempo desvelar cómo mis energías sutiles pertenecientes al campo de la conciencia, pueden crear realidad. La vida me abre al entusiasmo de saber, investigo en ello y disfruto compartiéndolo.   

Me produce una mayor y más infinita satisfacción observarme fascinado por la inmensidad de la verdad que me habita y que me supera, que intentar atraparla vehementemente en el estrecho campo de mi intelecto, engañado por la adicción que he vivido muchas veces por crear correlaciones lógicas. Qué bella la sabiduría del que acepta que no sabe. Suelto mi necesidad de defender o desvelarle a otro cualquier verdad. Acojo tu verdad, tal vez distinta a lo que manifiesto en este escrito. Solo sé que, dicho esto, siento como mi energía está más disponible para mí, mi sanación y mi camino hacia la claridad.

LA CONQUISTA DEL HOMBRE LIBRE

LA CONQUISTA DEL HOMBRE LIBRE

Después de que hace dos años se desvelara para mi toda la rabia que tenía paralizada dentro con mi padre, hoy puedo decir que he completado un camino. Así lo siento tras el sueño que he vivido esta noche. Ha sido un itinerario largo con episodios difíciles. Un auténtico viaje terapéutico con la ayuda de personas queridas y con entradas en la profundidad del dolor. Pero hoy me llega una sensación de sanación. Me he visto con mi padre en un lugar nuevo. Me confirma que algo se ha cerrado. Siento más paz conmigo y algo en mi se ha completado.

Alfredo volvía a casa borracho, como era habitual. Pero esta vez ya no lo recibía en casa el niño temeroso y paralizado, sino que le recibía yo, el hombre, en un lugar de madurez y templanza. Era capaz de verlo con una mirada natural, de adulto a adulto. Llegaba dando tumbos, tal y como recordaba desde mi niñez, muy deteriorado, descamisado y sin poder articular una palabra comprensible. Esta vez llegaba a casa, pero yo lo recibía sin el caudal de miedo y rechazo que tantas veces sentí de niño. Estaba mi madre en casa y mis hermanos, aunque en esta ocasión tomaba mi movimiento y me acercaba a él, sintiendo mi fuerza. Lo miraba con profunda compasión y con aceptación. Ahí tenía delante a un hombre que elegía ahogar sus miedos y frustraciones en una pendiente infinita de abandono al alcohol. Si, él lo elegía.

En este instante puedo experimentar una leve sonrisa en mi boca. Algo nuevo se abre. Por primera vez experimento una especie de complicidad. Mi adulto entiende el desastre emocional de este otro adulto, mi padre, y puedo observarlo sin que se me apodere la rabia. ¡Uf, cuanta rabia almacené durante años contra el hombre que me negaba un legado sano de masculinidad, paralizaba los estados emocionales de la familia y hacía sufrir a mamá! Ya la puedo soltar.

Ahora le acompaño a la cama y le ayudo a acostarse. Sin drama. Me devuelve una mirada cómplice y una sonrisa. Me arranca una cierta ternura. Lo tapo con las sábanas. Él se desabrocha la ropa dentro de las sábanas. Está a gusto. Solo quiere dormir una noche más, feliz en su evasión. Entiendo que es la vida que ha querido tomar para sortear sus incertidumbres, sus impotencias vitales. No necesito pensar más, es así, acojo las cosas como son, las acepto. Todo está bien.

Salgo de la habitación. Me invade algo distinto. Suelto una carga atávica. Ahora dejo atrás las ataduras de lo que el dolor y el rencor se empeñan en dejar pendiente y atraparte toda una vida. Ya puedo elegir el hombre que quiero ser. Ya obtengo el permiso interno para soltar cualquier lucha con lo masculino condicionado. Ya he resuelto, más allá de los ojos de mi madre, que durante tanto tiempo configuraron mi forma de ver a papá y de sentirlo porque, tal vez, necesité sujetarme en ella.

Conecto mi sueño con la inspiración que la última búsqueda de visión tuve sobre el hombre libre. Decretar que soy un hombre libre, ahora cobra una fuerza especial dentro de mí. Una auténtica sensación de poder me invade, poder para ser. Nada más y nada menos.

Si, soy un hombre libre. He tomado el sitio que he elegido tomar respecto a los hijos, las parejas, los compromisos laborales y el amor a mi cuerpo, que me otorga una dichosa alianza con mi salud. Soy libre para estar en medio de la naturaleza cuando esta me reclama y sentirme uno con ella. Libre para amar a corazón abierto a quien quiero y cuando quiero. Soy libre pensador, siento mucho gozo cuando conecto mi pensamiento al conocimiento espiritual. Soy un alma libre, un poeta de mi propia biografía. Amo lo que soy y lo que se esconde de mí, temeroso de ser visto. Amo mi herida y mis dones. Me abro al placer del puro presente, sin que mi cabeza tenga que ir a ningún compromiso u obligación más que la que me dicta el amor a mí mismo y el cuidado sustancial a las personas que amo. Soy un hombre libre, soy un hombre. Doy calor como el sol, pero no aprieto, no agobio. Otorgo el alimento de mi presencia. Me levanto sobre mí mismo, me elevo y arriba me puedo mostrar brillante, con mis propios ciclos y mis retiradas. Me conformo con lo que soy, disfruto mucho con mis dones. No juzgo y renuncio a llevar la razón. Me rindo y en ese rendirme, soy el hombre absoluto que quiero ser. Despierto cada mañana y anhelo para ese día justo lo que nombra mi deseo. Disfruto con mi movimiento singular, instintivo, individual y auténtico. Me abro al amor sin miedo, en las formas, tiempos y personas que quiero. Suelto lo que no va conmigo, lo despido y agradezco. Medito, descanso mi cuerpo. Amo el placer cotidiano, sin expectativas inflamadas.

Amo el placer de ser. Celebro a cada instante la comunicación auténtica con cada corazón que me aparece delante. Me otorgo el placer de comer y disfrutar con mi cuerpo al sol, al viento, al universo. Amo el placer de amar y el de encontrarme con otro cuerpo femenino, bello, elegante, profundamente sensual, despierto y con el corazón disponible. Me descubro cada día en mi capacidad parar abrirme a nuevos “darme cuenta”. Profundizar en la conciencia, la belleza de la vida y su trascendencia infinita. Soy un hombre libre, me amo porque no necesito nada y me entrego a todo; porque lo necesito todo y me entrego a lo que me da la gana. Soy bello por dentro, me lo reconozco y emano con naturalidad mi alegría hacia afuera. Es mi abundancia.  

Invoco mi corazón ardiente y mi sol en mi pecho. Invoco la capacidad para estar amorosamente presente a cada instante, con cada persona que me agrade o que me rete. Que me vea o que me provoque en mis fibras sensibles. Soy un hombre libre, así me parieron, así lo elegí desde el instante uno. Mi única dedicación es darme a lo que siento que necesito, sin entregarme a nada extraño, impostado o ajeno a mi propósito, nada que no sea la experiencia de amarme a mí mismo y amar la vida en sus múltiples formas. Me amo. Me parece fascinante el trabajo de desvelar mi corazón y darle su máxima amplitud en la entrega a la vida, al amor y a mí mismo. Me entrego a mi propósito de desvelar mi mejor versión y abrir las puertas a la percepción, la alegría, la danza instintiva, a la acogida tribal, al viaje de la conciencia, a la penetración del inconsciente, al viaje del placer, a la comunicación alegre y creativa, al encuentro humano profundo, a la emoción, a la vida.

Soy un hombre libre, por eso decreto la experiencia del absoluto presente. Porque soy un hombre libre escojo la constante comunicación con mi deseo en el aquí y el ahora, que elige en cada momento como manifestar su ser, como expresarse y manifestar el amor allá donde está. Invoco la generosidad, la abundancia y la entrega en el acto de ser honesto y coherente conmigo, salvaje, para que se despierte el magnetismo del ser que se completa a sí mismo, y atraer otras presencias que elijan esa misma cualidad: la del ser que se completa y se manifiesta a sí mismo.

El vacío está lleno

El vacío está lleno

Necesitamos de la naturaleza para liberar nuestra naturaleza. Caminar por la montaña, sentir el aire y recibir el sol en un estado de total receptividad y conciencia del presente, me libera y me hace recordar quién soy. Días atrás en el bosque tuve la sensación de que un día me escapé de este lugar sagrado y preexistente en el que tengo mi sitio, la naturaleza, para ir a buscar fuera algo que no sé qué es, en lugares donde irremediablemente no está. Eso que busco soy yo mismo y la naturaleza me recuerda que estoy aquí, que cuando desisto de salir y respiro, me encuentro. Es un estado de expansión que no había experimentado antes.

Llegar aquí es un regalo. Pero reconozco la paradoja, he necesitado previamente completar un viaje que me ha supuesto: entrar en la herida; desear despertar; acudir a buscar en lugares nuevos (distintos a donde se crearon los problemas) y llegar al vacío. La experiencia del vacío está llegando en este tiempo a mi vida con claridad. Siempre había hablado del vacío de modo mental, pero esta vez dos experiencias, en el bosque haciendo una búsqueda de la visión y con mi compañera Susi mediante una sesión de conexión, invocación y escucha, he tocado este lugar misterioso.

Cuando haces posible la técnica del abandono, del no hacer, es factible la llegada del vacío. Hay que quedarse ahí y esperar. Ya reconozco como los estados emocionales me sacan siempre a nuevos escenarios para evitar el contacto (en esto es especialista el carácter que no quiere tocar la incomodidad de la emoción pendiente). El no hacer me invita sencillamente a quedarme en el presente, en contacto con mi cuerpo. No hacer es no reaccionar. Solamente lo que el cuerpo necesite para su acomodo energético. Comienza así el trabajo: observar todo lo que pasa dentro.

En el bosque, durante día y medio viví una lucha interna que en realidad acepté como un proceso de limpieza. Solo podía aceptar que no pasaba nada. Ahí fuera me rodeaba una naturaleza excepcional pero no podía tomar nada ni sentir nada especial. Abandonarse sin reaccionar, esa es la clave. Confiar. En este lugar puedo, en ocasiones, sentir una sensación de poder en el hecho mismo de permanecer aquí, en el vacío, sin más. Desde el principio conecto con la palabra “medicina” que invoco ahora de manera espontánea. Se que este trance me trae algo que necesito.

Aquí puedo observarlo todo: la mente ansiosa encadenando imágenes; las emociones movilizándome; la rabia de episodios pasados; la amargura… también la desesperación que me trae observar durante horas esto. Pero hay un placer peculiar en descubrir que no reacciono a las emociones. Confío en mi cuerpo, solo acomodarlo y responder a su movimiento. Ahora me percato de algo. Me doy cuenta de mi mecanismo de evasión: me encanta planificar cosas y adelantar el escenario de satisfacción. Veo como eso funciona dentro de mí y me saca de la responsabilidad del pleno presente. Elijo ahora dejarlo pasar y volver al vacío. Me acerco a otro darme cuenta. Veo la fuerza que invertí en el pasado para sostener el personaje, en movilizar mi energía de hacer y de huir.

Me he sentado, tumbado en diversas posiciones, caminado en círculo… Sigo el movimiento del cuerpo como parte de mi escucha. Y cuando el movimiento cesa dentro de mí, me quedo sorprendentemente en contacto pleno con la experiencia sensorial. Ocupan el espacio las sensaciones sutiles del exterior de forma amplificada. Descubro que hay numerosísimos pájaros a mí alrededor. Siento mi respiración. Percibo la leve agitación de una rama. Un insecto. Hasta el tiempo que pasa lento lo puedo sentir de algún  modo a través del tenue ruido de fondo que me trae el paisaje.

Comienza mi diálogo con las cosas y empiezo, ahora sí, a descubrir. Le pregunto al vacío qué es. El vacío me responde: es no saber la respuesta a qué es el vacío. Aquí se para todo mi movimiento y empiezo por entender como la identidad y la voluntad me atrapan. ¡Soltar la identidad! Recibo esta invitación, pero. ¿Quién soy yo sin las cosas que hago? Recuerdo que esto se lo he escuchado a otras personas en terapia. Estoy en ese mismo punto. Me da miedo.  

Por fin, el vacío me lleva al contacto pleno con el placer y me llega un profundo alivio. Han pasado muchas horas. ¡Uf! La espera paciente ha merecido la pena. ¡Claro!, me digo, aquí en el vacío sin forma, entra a ocupar su espacio todo el placer de la vida. Me inunda, es un placer instalado, pleno, que invade mi cuerpo y mis sentidos. Está conectado con el hecho de estar ahí, de sentirme vivo en ese preciso instante. Me siento dispuesto a recibirlo en la forma que llega y desconectado del tiempo. En cierto modo, es eterno.

Amplio mi estado de comprensión en este momento. Dejo de luchar para que vengan cosas, se trata como de un estado especial de percepción en el que puede aparecer lo nuevo. Ahora sí que puedo estar aquí horas o meses. El vacío es aceptar que todo lo que hay está bien. Todo está para mí aquí. En el vacío máximo todo está a mi disposición, y al mismo tiempo estoy aquí disponible para la vida. No pretendo nada y lo entiendo todo: la vida es estar en el vacío, que es como estar en la escucha sensible máxima. Tomarlo todo para el disfrute.

Y, ¡sorpresa!, resulta que estar en esta actitud me conecta con la aventura auténtica: es extraordinario estar simplemente a la expectativa de lo que la vida te pueda traer de manera sorpresiva. Me emociona. Es la pura contemplación. Yo solo tengo que vivirlo. Me da todo el permiso para experimentar la libertad profunda y solo quedarme en recibir lo que llega para, si lo deseo,  jugar con todo en mi circo interior. Se me abre todo un mundo en el no hacer, no tengo palabras. El vacío está lleno de emoción receptiva y benevolente. Es otro tipo de conocimiento. Intuyo que una vez aquí solo se puede hacer una cosa: despertar a la auténtica realidad.

La noche en la que compartía invocación con mi compañera, tenía una sensación de que todo estaba bien, de que todo lo que recibiera en ese tiempo, era adecuado. Además me atravesaba una profunda gratitud. Es como si sorteara la dualidad. Me vino a la mente como la materia, si acudes a sus últimas partículas, entre ellas solo hay vacío. Es ahí donde debía encontrarme en ese momento. Es algo enigmático, no sé cómo abordarla, no hay polaridades. Intuyo que el vacío abre la puerta a una comprensión profunda de la realidad, de mi realidad.

Me apasiona la física cuántica. ¿Por qué la materia cambia de onda a partícula?; ¿Como el pensamiento se transforma en moléculas tales como neuropéptidos, hormonas y enzimas que ponen en marcha la actividad corporal? ¿Cómo se ha creado la información inscrita en el ADN, cuyas moléculas de carbono, hidrógeno y oxígeno por separado no despliegan ese programa?  Me despiertan una gran atracción todas preguntas. Cabría decir que donde no hay nada, parece que está todo. Intuyo una profunda conexión entre estos descubrimientos y mi experiencia en el bosque.

La materia y la energía nacen a la vida de algo que no es ni una cosa ni otra, un estado primigenio sin espacio ni tiempo que los físicos llaman “singularidad”. A su vez, el teorema de Bell es considerado por la mayoría de físicos del mundo como el descubrimiento más profundo de la historia de la ciencia que ha hecho que la física acepte la interconexión, la existencia de una especie de campo invisible que mantiene unida a toda la realidad. Este campo posee la propiedad de saber en todo momento lo que está pasando en cualquier parte.

La experiencia del vacío es un puente para acercarme a estos campos donde salgo de la persistente dualidad y comienzo mi despertar. Considero que existe una inteligencia flotante a la que puedo conectarme atravesando esa experiencia de no hacer. Es una posición de la conciencia que une todo lo existente y que me permite verlo todo sin hacer nada, ver la singularidad, el campo invisible que conecta todas las cosas unificándolas.

Cuando llego a esta conclusión, me invade el entusiasmo por entrar más a fondo en lo que no veo para empezar a ver. Le voy a llamar la nueva psico-física de la conciencia. Quiero indagar más y hacerlo a través del auténtico laboratorio del que dispongo: el inmenso entramado de mi realidad subjetiva abierta al espíritu, a la naturaleza y al todo.

La búsqueda de la visión: un viaje interior a través del espíritu de la naturaleza

La búsqueda de la visión: un viaje interior a través del espíritu de la naturaleza

Corre el mes de marzo. Sobre el planeta se cierne la preocupación y la parálisis que genera en el ser humano la incertidumbre, el miedo y la fragilidad de la vida. Yo me retiro solo al bosque durante tres días, sin comida, abierto al diálogo con la naturaleza, los seres espirituales y las revelaciones del mundo interno. Salgo al atardecer. Me adentro en este bosque a una hora de camino habitado por árboles centenarios: quejigos, espino blanco, algarrobos, etc. Llego al lugar. Al oeste un valle con campos de cultivo, detrás, la montaña. Ya es de noche, el silencio solo es removido por el sonido del viento entre las ramas que ahora sopla intenso. La noche es fría y comienza a llover. Comienza mi entrega a la experiencia.

En el camino he sentido emocionado toda la energía femenina presente en mi vida. Me venían algunos rostros, su fuerza colectiva y como esta energía me acompaña poderosa. Me da fortaleza. Elijo un sitio resguardado para poner la tienda y me abandonado al no hacer, a la escucha. Invoco para estos días la apertura de un portal dentro de mí, más allá de la avidez y el ego, donde ampliar la comprensión, el sentir sobre la vida. Me duermo con la imagen de mis padres y mis abuelos que vi tiempo atrás en una cueva. Creo profundamente que más allá de esta realidad hay revelación, que el espíritu de la vida y la naturaleza se manifiesta, a quien quiere y cuando quiere. Elijo confiar.

Muchas tradiciones han explorado este viaje. En los ritos de paso de la antigua Grecia, los que se sumían durante varios días en el viaje enteógeno en la ciudad de Eleusis, vivían una epopteia, una visión transformadora que les iniciaba en la vida espiritual. El viaje del héroe se refiere también a esta búsqueda. Este suele responder a un esquema universal que conlleva: salir a la aventura desde tu mundo cotidiano a lugares de sombra que retan tus capacidades; atravesar experiencias sobrenaturales; luchar con fuerzas que interrumpen el viaje; experimentar la privación, la desorientación, la locura, el miedo a la muerte o la pérdida de identidad. Al final de esta misteriosa aventura, el héroe vuelve a casa transformado, dotando de mayor sentido a su vida, con una sensación de conquista y poder personal, provisto en ocasiones del don de consejo o de sanación. El aprendiz de brujo, tras encarar el inframundo, se vuelve un curador herido. En los relatos de Castaneda, el viaje de transformación busca el “descenso del espíritu” donde, al cruzar un umbral, este se revela al buscador. En realidad todas estas vicisitudes del héroe, no son sino la confrontación con los propios condicionamientos.

Me despierto por la mañana temprano. Me pongo frente al sol, toco el tambor y activo mi canto espontáneo. Mi garganta vibra con sonoridades desconocidas para mí. Pido ver mis condicionamientos en esta búsqueda. Tras  un rato, suelto todo y me tumbo, entro en otro estado. El tambor me saca de la mente y me permite entregarme a ser sostenido únicamente por la naturaleza que me rodea. Reviso una antigua relación. También me viene con fuerza la presencia de papá y mi relación con mamá. Entonces veo mis miedos a soltar el control, tengo miedo a sentirme preso emocionalmente. Cuando me acerco a este sentimiento me defiendo con fuerza. Me acerco a reconocerlo más de cerca. Me siento frágil. Reviso la historia de mi padre y conecto con la soberbia de no pedir ayuda. Tengo dificultad para reconocer mis miedos, es entonces, cuando huyo de ellos, cuando manipulo y creo sufrimiento. A veces no he tenido valor para reconocer que me supera, que no puedo manejarlo. Me duele haber causado dolor. Veo mis apegos y mi prepotencia, me conecto con esto y sollozo profundamente, me perdono. Veo mis fantasmas: el apresamiento que viví de niño sigue presente en mi cuerpo y me paraliza para sentir. Es miedo, sí, me cuesta verlo. Me perdono de nuevo. Durante un rato siento el alivio apoyado en la fuerza sanadora de la naturaleza que lo absorbe todo y lo mitiga.

Si quiero resolver mis laberintos, tengo que practicar en primera persona, perforar la sombra, implicar el cuerpo y sumergirme en la propia experiencia. Existe todo un componente energético-mental-emocional que estructura mi manera de ser y de ver la vida: creencias, corazas, pasiones y traumas que he venido disolviendo estos años para dar dirección a la propia vida. Me doy cuenta como el miedo me deja confinado en lo concreto, lo útil, lo fáctico, me encierra en la idea de que solo es válido lo inmediato, lo que está bajo mi control (mental). Pero también sé que liberar esto es abrirme a mi poder interior. Así me lo narra un viejo árbol. Me siento a su lado y le pido que me hable de mi sombra, de lo que necesito limpiar. Comienzo a familiarizarme con la claridad interna:

La pereza que traes de tu rama materna, una vez sanada, se torna en una energía apropiada para esperar y configurar la entrega al presente y el fluir con la energía de la intuición. Es  un estado en el que sueltas los propósitos y las expectativas. El presente está bien así, amas las cosas como son. También la vanidad que traes de tu rama paterna, cuando sana y se rompe el espejo narcisista, se transforma en autoapoyo y amor propio auténtico, una fuerza poderosa para vivir. Por último con tu forma de vida has resuelto con la tacañería de tus abuelos, que te lleva a soltar el apego a la seguridad material y despierta en ti un estado de tranquilidad y suficiencia con lo que la vida da, tomando la verdadera abundancia del corazón donde reside la auténtica generosidad.

Esta información me trae mucha alegría, reconozco mi itinerario con las pasiones y dónde he ido resolviendo. Doy gracias por todas las personas que me han acompañado en mi sanación. Emerge dentro de mí un estado de confianza en la vida. Me doy cuenta de lo que nos lastra al ser humano: el apego al sufrimiento y el miedo patológico.

Esta noche he soñado con comida. El estómago parece que no se queja. Deshago hábitos a través del ayuno y limpio. A veces pienso que esto va a ser difícil, que no es bueno tantos días sin comer. Pero siento mi cuerpo bien y tengo energía. De nuevo el tambor me lleva a cambiar mi estado. De mi garganta salen sonidos inspiradores que me facilitan viajar. Esta vez me tumbo bajo el sol aprovechando que ha despejado el cielo. Disfruto como nunca de sentir la luz solar calentando mi piel. Le pido a los seres del bosque que me hablen de la información que traigo dentro, los códigos dormidos. En un estado de profunda concentración recibo esto.

En este ciclo de vidas que vivimos y morimos, resulta paradójico pero: el alma mantiene esta forma de amnesia por la cual en cada vida partimos aparentemente de cero. Eso sí, todos disponemos de un montón de códigos dormidos dentro que traemos a través del aprendizaje a lo largo de nuestra evolución. ¿Y por qué no vienen ya despiertos? -Le digo-, porque hay que elegir abrirlos, filtrarlos a través de la experiencia y poner mucho foco de conciencia para que conlleven un verdadero despertar. Es como un tesoro que solo debidamente abierto es posible acceder a él y activar su riqueza. El primer paso es reconocer que existen ahí dentro. Luego el proceso de acceder a ellos propicia ese cambio de percepción, de actitud, de conocimiento interno y de poder. Estos códigos emergen a un nivel consciente desde el instinto y la intuición cualificadas, lo que configura nuestro perfil creativo. ¿Como se despiertan los códigos? –pregunto-: con la magia, es decir, la imaginación creadora. Dialogando con los seres y los espíritus. Con el proceso de curación emocional, limpiando y sanando, están disponibles los códigos para ti. También con el trabajo de regresión a vidas pasadas y de ampliación de la conciencia. Acudiendo a técnicas propias de clarividencia, mediumnidad y telepatía. Leyendo las claves genéticas. Pidiendo al mismo Akasa y al universo astral conectado con esos códigos que se te desvelen. También entregándote a la danza instintiva. Los códigos son un panel de sabiduría que traemos insertado.

¡Cuanta información! Me doy cuenta de que la mente, cuando procesa esta información, no está activa, recoge esto en un estado de pasividad y de inmediatez. Cuando lo experimento, me conecta con lo que podemos llamar la mente nativa, un sustrato de inteligencia primigenia. Un segundo cerebro que combina receptores del plexo solar y cualidades instintivas e intuitivas. Es una forma orgánica de percibir que activa una inteligencia más allá de la cognición habitual. Cada vez que se experimenta, deja una sensación particular. Recuperas el sentimiento primordial de fascinación ante la inconmensurable abundancia, gracia y sabiduría de la naturaleza.

Esta experiencia la viví con intensidad la segunda mañana. Me movía sin rumbo, dejando que mis pasos fueran intuyendo la dirección dentro del entorno que me había marcado para vivir la búsqueda. Vagaba de un punto a otro, y me inundó una experiencia fuerte. Sentí el caudal infinito de la energía universal crística disponible, una energía que la tradición llama Gracia y que es extraordinariamente abundante. Es desbordante y está toda ahí, envolviéndonos. Me conmoví.

¿Cómo explicamos esta forma de comprensión? La psicología ha debatido largamente sobre la percepción. Esta ha quedado atrapada en una estrecha franja física y cognitiva. Solo aceptamos los estados de vigilia y de sueño. El estado de vigilia es tan solo uno de los estados de conciencia posible, y no el más audaz. El sueño está poco explorado. La psicología y la psiquiatría han devaluado lo espiritual y lo mítico. Por eso hay que restaurar otra forma de pensar.

Para hacer este viaje tenemos que entregar la autoridad del saber, más allá del conocimiento científico, a la sabiduría de la vida inscrita en la naturaleza. Es el comienzo para poder conjugar lo inefable y la reflexión empírica. Esta prueba siempre va a poner en crisis nuestra mente. Es inevitable confrontar el mundo ordinario con lo espiritual, es una crisis de separación por la que hay que pasar. Pero cuando logras conjugarla, amplías tus posibilidades de ser y de crear la realidad. Comienza un giro en tu relación con la naturaleza y la energía a través de la cual experimentas que estas no son inanimadas. Abrimos un puente entre la actividad bioquímica del cerebro y la actividad de la consciencia.

Esta noche he dormido mal. Es la tercera. Horas sin pegar ojo dando vueltas en mi incómodo aislante. Siento como mi cuerpo acusa dolorido el estar quieto muchas horas. Percibo como manejo el estrés con poca paciencia. Siempre me ha costado sujetar las situaciones dolorosas. El viento azota con fuerza la tienda esta noche y mi mente bulle. Ya no sé qué hacer. Me levanto con decisión, ya es madrugada. Tomo la determinación de marcharme a falta de un día. En ese momento respiro y entiendo que se trata de una prueba más, que traspasar esto es parte del viaje. Me recuesto de nuevo y logro dormir. Al día siguiente me siento milagrosamente descansado. Salgo a la luz del día. Los colores y los contrastes de luz me parecen brillantes. Mi vista se ha agudizado, presto mucha más atención a los detalles y los disfruto de un modo más especial. El ayuno hace su efecto. Comienzo a caminar dando vueltas a un mismo árbol. En muy anciano. Lo percibo y me entrego a su sabiduría. Le pregunto por la inocencia y su papel en mi historia.

La inocencia es el sustrato espiritual de esta configuración material en la que vivimos. Fue la primera manifestación que adquirió todo lo material. Es un estado perfecto de entrega y de gozo. Hace posible la sinarquía, la forma equilibrada de existir los seres. Está muy cerca de la compasión. La inocencia tiene muchos nombres para el ego: estupidez, mojigatería, incapacidad, falta de fuerza e iniciativa, infantilismo, etc., pero el que no se hace como uno de estos, como un niño, no puede abrir las puertas al mundo espiritual. El que no purifica su niño no puede abrirlas, el que no hace una alianza con su niño interno, lo cura y lo coge de la mano. La inocencia permanece intacta a lo largo de las vidas para el que nunca asesina (es verdad lo que vio Susi, pienso). Matar es la locura y lleva a la locura. Hiere la inocencia. En el polo opuesto está el sanador y el artista, el primero compensa la locura del asesino, el segundo la locura de la herida. El contenido de esta información me parece profundamente espiritual. Recuerdo los años en los que me entregué a la meditación en un contexto espiritual, todo adquiere ahora un mayor sentido.

El chamanismo y la mística han ido históricamente de la mano. En ambas emerge algo inexplicable en el encuentro entre el individuo y la totalidad. En todo caso se experimenta una vivencia incondicionada de la verdad. En el acceso a lo espiritual, la ciencia debe declarar la indeterminación ontológica y reconocer que se trata de un espacio inmaterial difuso pero dotado de razón. (Roger Walsh). Cuando creo dentro de mí una alianza con la naturaleza, se van ampliando estos estados perceptivos, e Irrumpe ¡el otro lado! Ahí, cuando me entrego a esta confianza mágica, comienzo a trasmutar los parámetros que me han tenido subyugado durante años, y comienza la exploración. Todo es posible cuando conectas con este nuevo poder. Lo insondable se vuelve atractivo y cambia la lógica de comprensión. Incorporo nuevas formas de percepción: la sincronicidad, el simbolismo, la fluidez, la intención, el desvelamiento, la clarividencia, la visualización activa, etc.

Después de rendirme ante la comunicación del árbol, me abrazo a su viejo tronco. Siento la fluidez del tiempo. Respiro. Toda la naturaleza me parece un canto sublime a la inocencia. Lo acojo. Me entrego a su poder, no hay nada que hacer. El bosque me invita ahora a danzar con él, a penetrar en su espacio, en su energía. Me muevo de nuevo sin rumbo entre las piedras y los árboles. Un palo en mi mano se mueve mágicamente, sobre mis dedos, como si fuera una brújula. Me he abandonado durante tres horas y luego me he tumbado. He sentido que empezaba a estar abierta la visión. Invoco la voz de la montaña, a los animales del bosque, a los elementales del lugar… todos me van dando claves para comprender mi vida y mi momento.

Ensaya la ensoñación, -me dice un quejigo centenario-, ahí puedes despertar vías de sanación. La sexualidad, como el sol, son fuentes de energía para la vida si los tomas con receptividad, abandonándote. Vas a tener mucha salud, -me dice otro árbol con el troco hueco-. Estudia, profundiza en los temas y comparte tus pensamientos, esto amplifica muchos efectos. Activa el placer a través de la presencia, de la música y el cuerpo. Existen muchos planos del sentir, si los tomas sin apego y sin pasión, serán espacios abundantes de captación y regulación de la energía disponible.  Dialoga con la realidad, con los seres.

Le pregunto a los espíritus compasivos como experimentar a Dios: me dicen que sanando y creando, me refiero –dice-  creándote a ti mismo, despertando tus máximas posibilidades internas. Le pregunto al viento y me dice que las palabras se las lleva el viento. Me rio. Pero –dice luego- las palabras que nacen del corazón las retengo y las esparzo.

Sigo escuchando más mensajes. No hay que hacer nada para completar el propósito, solo hacer lo que está en ti desde el placer. Come algas, traen información muy antigua. El tambor también es un código muy antiguo, confía en él. Haz círculos de palabra con otras personas. Hay una funcionalidad profundamente estructurada en esta realidad, es la funcionalidad del amor. Despójalo de su manto romántico, construye una pedagogía del amor propio. Verifica la potencialidad y el poder del amor cuando lo consolidas dentro. Tiene una maestría propia que formula y estructura la realidad, todas las formas de lo humano.

La montaña me vuelve a hablar, me dice: dialoga con tu alma, ella tiene toda la información. Explora sin cesar, estás iniciando tu alianza con la naturaleza. Aquí en la soledad no resuenas con nada externo y te conectas con el poder de lo natural y sobrenatural. Potencia el corazón que ama que, una vez sanado, pronuncia la palabra amor y es muy poderoso. Recuerda que el ego es extenuante, obsesivo, exigente, acomodaticio, esquivo, es un farsante y un traficante.

Al árbol muerto, caído en el suelo, le pregunto mientras trepo a una de sus ramos para sentarme. Háblame de la muerte. Pronuncia entonces una palabra con rotundidad: descanso. Contemplas toda la vida con profundo amor y sueltas, es la liberación, el descanso total. Cierre de un ciclo, sigues adelante. Durante un rato me quedo en contacto con el placer que me da experimentar ese mismo descanso profundamente.

Me tumbo en el suelo. Han pasado varias horas. Lloro de alegría por sentir tanta abundancia, tanta noticia que informa mi corazón. Entiendo que más allá de la realidad ordinaria existe una realidad no ordinaria. Esta última es tan real como la otra e incluso más amplia. Las entidades dejan de ser arquetipos, procesos bioquímicos o fantasías patológicas, y pasan a entrar en el escenario de lo posible.

Desde que el antropólogo Mircea Eliade relatara en 1951 las técnicas arcaicas del éxtasis en su investigación sobre el chamanismo, y posteriormente con los relatos de Carlos Castaneda, en occidente comenzamos de nuevo a tomarnos esta sabiduría en serio. En el libro del “Conocimiento silencioso” nombra Don Juan la gran falla colectiva: vivir nuestras vidas sin tener en cuenta la conexión con el Intento, la fuerza encendedora: el espíritu. Todo por lo precipitado de nuestra existencia, nuestros inflexibles intereses, preocupaciones, frustraciones y miedos que tienen prioridad. En el plano de nuestros asuntos prácticos, no tenemos ni la más vaga idea de que estamos unidos con todo lo demás.

Es un sentimiento extraordinario sentirte unido a todo lo demás. Es un acto de fe difícil para la mente. Pero la emoción informa verdaderamente cuando la has cualificado, cuando entiendes el magisterio de la mente nativa. Conectar con esa realidad no ordinaria puede convertirse en algo cotidiano. Tal y como lleva exponiéndonos la física cuántica desde hace más de 120 años, la materia y la energía es lo mismo, en diferentes planos de frecuencia de luz. La epigenética nos ha dicho que el material del que está hecho el ADN, no solo es sensible a las frecuencias de luz, sino que emite luz. La cualidad espiritual que nos configura como humanos, es la que nos permite entender todas las realidades como entidades de tipo energético, ya sean seres, fenómenos o enfermedades, etc.

Ahora deseo naturalizar ese estado extendido de la conciencia que me permite dialogar con lo espiritual. No a modo de monólogo devoto en una sola dirección. Entiendo que no es eso, es más bien parecido a lo que vive el artista, que desconoce el origen de su inspiración pero reconoce en ella un divino-natural vivo y consciente.

Hay formas de conocimiento inasequible por la vía ordinaria. La búsqueda de la visión me ha permitido entender como es la claridad interna obtenida en esos estados. Amplio el umbral transpsicológico. Mi mente ha perdido el pleno poder. Los estados de conciencia diversos: chamanismo, mística, enteógenos, regresiones, etc., propician un modo integrativo de la conciencia (Michael Winkelman). Al hacer esto estamos modificando la visión del mundo. Todo es un flujo vibratorio dotado de inteligencia propia que cambia permanentemente y que unifica la vida. Esto es fácil experimentarlo cuando te entregas a la búsqueda de la visión en un medio natural. He experimentado durante tres días un estado de apertura y de disponibilidad tal, que me han permitido captar conocimientos a través del gran libro de la vida que es la naturaleza y sus múltiples formas.

Atardece, quedan unas dos horas de luz solar. Completo los tres días. He bebido cerca de tres litros de agua. Tengo el cuerpo cansado. Recojo y me despido lentamente del bosque. Lo siento compañero, maestro, hermano. Respiro profundo, sé que esto ha modificado profundamente mi experiencia. Prometo volver con frecuencia. Voy lento, no tengo energía, camino despacio, con el alma expandida, confiado. Recuerdo que en una ocasión leí como Carl Sagan, distinguido pensador racionalista, vivió una experiencia cercana a la muerte (ECM). Tras ello, valoró cómo le había generado una visión distinta de la vida, entendiendo mejor qué es lo importante y lo innecesario y aumentando su sentido de la presencia.

Algo así me llevo hoy de aquí.