Las auténticas fuentes de satisfacción humana.

Las auténticas fuentes de satisfacción humana.

Cuando pienso en el momento de mi muerte física me gusta imaginar que deseo atravesar al otro lado desde el reconocimiento de que mi vida ha sido satisfactoria, saboreando el sentimiento de paz y gozo desprendiéndome de mi cuerpo físico e integrando todas mis experiencias como imprescindibles para mi aprendizaje y mi despertar, recordando por fin con luminosa claridad eso que a veces olvido cuando me atrapan las pasiones humanas, que el propósito de mi vida es experimentar y despertar de la experiencia para obtener su aprendizaje, y que existen muchas experiencias que ya tuve, que ya viví y que no necesito  repetir más.

Yo pido satisfacción. Quiero sentir la máxima satisfacción. De un momento a otro llegarán el dolor y la muerte con alegría hasta mi para llevarse todo lo que me sobra. En realidad los he llamado yo, al pedir la satisfacción. Sin embargo nadie me ha educado para gestionar dolor, muerte y vacío. En mi entorno abundan los ejemplos humanos en sus múltiples variantes de cómo articular la defensa del dolor. Mi propio ego es un mecanismo de defensa que actúa bajo la creencia de que yo sigo teniendo 4 años de edad y lo necesito a él para lidiar con mi existencia, ya que soy una niña desprotegida, extremadamente sensible y abrumada por el impacto emocional de este mundo donde he nacido. Pero en realidad tengo 45 años y el ego es mi pasado, toda mi historia personal: la niña, la herida de la niña, la madre, el padre, el escenario de la herida, la no gestión de la herida, la cicatriz y la defensa fijada en un personaje automático, con las mismas respuestas del pasado a momentos nuevos que la vida me trae.

¿Cómo emprendo mi entrenamiento de gestión del dolor? Si existe un mecanismo automático llamado ego que se dedica a salvar a la niña de 4 años que existe en mi interior(que no soy yo) con un método rígido, y previsible… ¿Puedo decirle a mi ego que se jubile de ese trabajo de defensa, y encargarme yo de atender a la niña con la fuerza, autonomía, sabiduría que he ido adquiriendo?

Tomar la responsabilidad de la niña herida. Premisa fundamental en el camino de mi satisfacción, de experimentar el gozo y la sensibilidad en su máximo esplendor con el y la que estoy dotada por ser humana.

Tengo 45 años. Tengo 45 años. ¿Me acordaré de esto cuando llegue la dificultad emocional? ¿o pensaré que sí tengo 4 años y le volveré a dar todo mi poder, toda mi fuerza, toda mi creatividad al idiota de mi ego para que me salve de sentir dolor…? Anestesiando mi sensibilidad y por tanto mermando mi capacidad de vivir la satisfacción y el gozo… la libertad, el poder personal…

Venga… suponemos que llevo un período de 7 años dedicado a mi desarrollo personal y he revisado todas mis creencias y he decidido que me voy a hacer cargo de la niña que existe en mi interior. La reconozco con vida propia y además sé que ella no soy yo, aunque ella sea parte de mi, es una fijación de mi pasado que nunca he tomado del todo y que está pendiente de atender. Se me refleja en todos mis momentos donde aparece mi intimidad, muchas veces en mis relaciones de pareja, en los lugares donde me abro a vivir mi afectividad, con mis amigxs, con mis padres ya mayores donde tantas veces vuelvo al origen y me comporto como si no hubiera pasado el tiempo y yo siguiera siendo un bebé o una niña de 4 o 5 años o una adolescente de 13.

¡Es mi momento! ¿Cómo lo hago?

Le exijo a mis relaciones que hagan por mi lo que yo misma no hago: que me quieran como yo necesito, que me cuiden lo que yo no cuido, que no atraviesen los límites que yo no gestiono, que me apoyen donde yo no me procuro el apoyo y uso toda la manipulación del entorno, de los otrxs, de mi misma para conseguir lo que creo que tengo que conseguir: con un gran desgaste energético y con la sensación de que no obtengo toda la felicidad que voy buscando.

Acabo de despertar. Soy una mujer adulta con recursos que puede hacerse cargo de la niña desatendida que habita en mi interior.

Gestionando el dolor. El dolor es una emoción que me informa de mis límites actuales. Si me duele, paro. Me retiro a sentir, escucho mi dolor. Me trae información sobre la brecha real entre lo que yo quiero y lo que estoy recibiendo. Lo que yo quiero es una cosa, y lo que estoy recibiendo es otra, y no casan. ¡Y así es la vida!

Me recojo para atender a mi niña. Yo soy la adulta, y la escucho. Respiro todo mi pasado, mi escenario primero donde se generó el daño, lo observo, hago trabajos en grupo, recapitulación de mi historia personal hasta revivir las emociones no digeridas. Solo sintiendo todo lo que siento puedo hacer la digestión, y darme todo el amor que necesito para superar el pasado. Mi amor propio empieza por aceptar el punto donde estoy sin juicio, sin pensar que yo debería estar ya en otro sitio donde no estoy. Me doy toda la atención, la escucha y la paciencia para esperar la aceptación.

Uso todos los escenarios que me trae la vida para actualizar mi proceso y experimentar mi amor propio. Sabemos que hay amor propio cuando estoy en contacto con mi vulnerabilidad.

Busco mis relaciones de confianza donde poder entrar en mi espacio de vulnerabilidad: mi terapeuta, y las relaciones donde me atrevo a probar esto nuevo de no defenderme, y mostrar mi miedo, mi inseguridad, mi fragilidad, mi dolor… así iré quitando energía al programa rígido del ego, y tomando mi poder, mi responsabilidad en cómo yo creo la realidad que deseo para mi.

¿Que realidad deseo para mi?

Si siento dolor, yo deseo cuidados, delicadeza, ternura, sensibilidad, escucha, y comprensión. Deseo el abrazo de una persona querida. Deseo darme la oportunidad de llorar y expresar mi tristeza y que un amigo esté presente. Como soy responsable de la niña que habita en mi interior, empiezo por darme yo todas estas cosas que deseo para mi y así voy apoyando una relación de cuidados conmigo misma, y voy construyendo algo fundamental para gestionar el dolor existente en la vida: la función del consuelo.

No paso por encima de mi dolor, no intento evitarlo de manera ansiosa, me respiro el miedo que me da atravesar el dolor, que es el miedo de mi ego y de mi mente a morir en un instante.

¡Pido ayuda si lo necesito! No espero darle pena a mi amigo y que acuda a salvarme. Le digo: hoy te necesito de esta manera concreta ¿estás disponible? si no está disponible puedo pedírselo a otra persona.

Cuando me hago cargo de lo que me pasa comienzo a detener el programa automático que perpetúa el pasado, y aterrizo en el presente, con todo lo que el presente tiene para mi. Me hago cargo de lo que me pasa a pesar del miedo, dándole un sitio a mi miedo a sentirme vulnerable… ¡llevo 45 años considerando que mi vulnerabilidad es un estado que debo defender! ¿por qué? por falta de confianza en la vida, sin comprender que la vida quiere aportarme todo el amor que yo necesito y es abundante si yo estoy disponible para recibir y agradecer lo que me llega.

Quiero satisfacción. Emprendo el viaje de seguir lo que deseo, sabiendo que en el camino del deseo me voy a encontrar con el dolor pendiente para atenderlo de manera creativa y nueva, tomando la oportunidad de despedirme de mi pasado, para aterrizar en el presente con todos mis recursos rescatados por mí misma: la creatividad y la sensibilidad.

Ecstatics: danzar para reconocernos libres

Ecstatics: danzar para reconocernos libres

Ecstatic dance va desplegando una comunidad de danzantes libres y conscientes en diversas ciudades a través de su propuesta de baile espontáneo. En Sevilla, una vez al mes, la iniciativa aglutina a miembros de una tribu muy diversa. Nació como un movimiento de expresión libre mediante la música y el baile en los años 70 y busca facilitar un espacio donde poder bailar dándole todo el protagonismo a la verdad de tu cuerpo y de tu movimiento, sin consignas, sin estilos, sin la interrupción de las convenciones sociales.

La propuesta es heredera de diversos movimientos que han buscado hacer del cuerpo un lugar auténtico donde las sensaciones, la emoción y la mente se alinean facilitando un contacto emocional y/o espiritual. Al mismo tiempo toma el poder de sugestión que posee la música en sus inspiraciones más variadas: R&B, electrónica, world music, pop, folk, psicodélica, de raíz, africana, funk, Soul, vocal, clásica, etc.

Cuando llegamos a una Ecstatic Dance lo hacemos con todas nuestras jaulas mentales que traemos de la vida diaria, nuestras resistencias, cansancios, hábitos, etc… y entregamos el cuerpo a un proceso de desmecanización. Sometido como lo tenemos al servicio de necesidades automáticas, le hemos robado muchas de sus posibilidades de expresión y satisfacción. Aquí se le da permiso al cuerpo y se abre la puerta a procesos personales de auto descubrimiento y de relaciones auténticas. En muchas ocasiones pasa que las personas tienen experiencias emocionales intensas. Se abren ventanas por las que conocerse mejor a uno mismo. Lorena lo expresa así: “a través de la Ecstatic, puedes convocar a tu yo animal, o retomar la inocencia. Puedes viajar a las emociones que no te permites en tu vida diaria o entregarte al juego y el placer de ser la persona que eres.”

Más allá de la inteligencia lingüística y lógico matemática que configura en buena medida nuestra forma de pensar y vivir, bailar nos abre el hemisferio derecho para que tomemos la inteligencia espacial, la musical, la corporal kinestésica y también la inteligencia emocional cuando la música se introduce en las fibras más profundas.  Interaccionar con otras personas que bailan nos abre la inteligencia interpersonal a muchos matices de comunicación a los que no estamos acostumbrados. Bailar improvisadamente con otros cuerpos, recoger las sensaciones sin interpretarlas, traspasar la vergüenza o quedarte en el vacío, todo ayuda a darle valor a la experiencia genuina y a tocar la vida.

Cuando hablas con las personas que asisten, es sorprendente ver cómo muchas están vinculadas con el mundo de la apertura a la conciencia corporal y espiritual: el arte, el yoga, el masaje, las terapias, la meditación, etc. Hay una emergencia de las experiencias donde lo importante es crear y conocerte desde el contacto auténtico con uno mismo. Una nueva tribu universal. Escuchar el cuerpo nos conduce a una mayor claridad si aceptamos que tiene algo que decirnos. Otro asistente, Fran, narra lo que sintió: “cuando baile un día cualquiera sin la distracción del lenguaje. La gente se arrojó a moverse, cedidos ante un despresurado código sin norma. Bailaban en esa situación particular, ante miradas particulares, en cada segundo particular. A pesar de ello, el movimiento, los ojos, el brillo de la pausa; todos lo practicaban con la desbloqueada planificación de mostrar sus más tiernos anhelos, sus nostalgias, sus deseos e ímpetus. Podíamos hacerlo. Era un viaje particular, pero inmensa y discretamente anónimo; lo cual lo convirtió en una danza universalmente libre. No era caos, era armónico y traslucido como un sueño despierto plasmado en la arena.”

Las tres horas de duración de cada sesión propician esto, entrar en un registro diferente al habitual donde te das permiso para expresar de modo distinto, liberado/a, donde reconocerse en formas espontáneas muchas veces olvidadas. Cuando la música adquiere ritmos y armonías de tipo fluido o stacatto, se suelta la rigidez corporal y mental. Los momentos en los que la música invita al caos, se libera la mente y emerge la expresión libre. Cuando la música va hacia armonías de fluidez y quietud, se despiertan los  movimientos internos más inesperados. Al finalizar, una rueda permite que quien lo desee verbalice cómo se siente o hable de lo vivido. Es un regalo recoger las impresiones que, en su mayoría, están cerca del corazón y reconocen el surgir de una energía valiosa.

Desde la posición del observador y como DJ, admiro la cantidad de matices y manifestaciones que se mueven durante cada sesión. Me reafirma en la necesidad de volver a dotar de mayor sentido a la actividad lúdica, dotarla de alma y de hacerlo implicando el cuerpo y el corazón. Los/as adultos/as además necesitamos recuperar la espontaneidad, la impulsividad, el juego, la fluidez y el sentido de libertad. Como hicieran nuestros predecesores en las tribus originarias, mover la energía corporal en grupo con el trance que aporta la música inspirada, nos devuelve nuestro universo simbólico y el capital afectivo-amoroso, abriéndonos a la experiencia del encuentro con uno/a mimo/a y con los/as demás.

 

Eres lo que decidas ser

Eres lo que decidas ser

Tomar tus emociones para romper con el determinismo y la autoridad externa

He tenido a lo largo de mi vida la oportunidad de visitar dos territorios donde se manifestaron en el pasado siglo las peores atrocidades de las que es capaz el ser humano: el campo de exterminio de Auschwitz en Polonia y Rwanda.  En este país la colonización generó una sociedad clasista que fue el germen de un estallido que se llevó por delante a un millón de personas. Ver de primera mano el Holocaust Memorial Museum en Kigali, espacios y objetos personales de seres humanos cuya inocencia fue aplastada por la obsesión neurótica de unos pocos, estremece las entrañas. Recorrer el campo de concentración Nazi, leer los testimonios, observar la destrucción programada de la que es capaz la mente cuando está fuera de su casa, el corazón, es aterrador.

Me impactó sentir, observando muchas de las fotos y vídeos de la época, cómo las emociones de los que sufrieron esas tragedias quedaban congeladas. El terror paraliza los sentimientos introduciendo a la persona en un espacio de desorientación y desconexión interior. Se arrebata la libertad y todo se aboca a un acto de supervivencia. Solo quedan los instintos. La persona en todos sus matices emocionales desaparece y te invade la tragedia existencial. Los rostros de los responsables del campo de concentración alemán atisbaban en algunos de sus rasgos aspectos de humanidad. Pensaba: en algún momento eligieron la muerte que provoca el ego cuando solo se alimenta de ideas. Recuerdo entender ante estas fotografías cómo, el que no se hace cargo de su dolor, fácilmente infringe dolor.  Los agresores peleaban contra su peor enemigo: sus miedos y sus vacíos internos. Ante eso, el ego toma el poder, basta con construir un guión argumental, una película fantástica sobre la condición de inferioridad del semita.

Tras la I G.M. Europa tuvo que hacer una reflexión sobre el desgarro moral que supuso el conflicto. Se rompió el optimismo romántico que otorgaba valor a las ideas estables y eternas. Kierkegard filosofa sobre el mal y la nada, adentrándose en el valor de La existencia humana concreta e individual. G. Marcel, Simone de Bouvard, Albert Camus despiertan las conciencias con su pensamiento existencialista para advertir a toda una civilización que: la realidad no se identifica con la racionalidad. La naturaleza y la esencia no definen al ser humano (como pensara S. Freud). La existencia no es una esencia definida por razas, fronteras, estados… ni el ser humano un simple actor de conocimiento. Husserl propone que la sensatez, el placer de sentir y la coherencia son nuestras auténticas fuentes verificables y se encuentran en nuestra cadena narrativa interna.

El existencialismo nos recordó que el ser humano es lo que decida ser, aceptando vivir, eso si, el riesgo e incertidumbre que esto lleva asociado, es decir, el dolor. Esta es la plena responsabilidad sobre nuestro sentir. El ser humano cuando se hace verdaderamente cargo de sus emociones, rompe con cualquier determinismo. Hasta ahora la autoridad paternalista y patriarcal ha proveído de este determinismo, de la verdad. Construye leyes rigurosas con estrictas estructuras morales e ideologías. Manipula. Pero ya hemos entendido que más importante que la verdad es: lo que haces con eso que experimentas. Y aunque seguimos entregando el poder a autoridades externas (ahora la ciencia toma ese papel, véase lo que está pasando con las terapias naturales) el acontecimiento y la experiencia son, cada vez más, lo primordial.

El ego, esa “masa específica de nada” que acapara el órgano reflejo que es el cerebro izquierdo y que construye mundos de soberbia y aburrimiento, tendrá que dar paso en este nuevo siglo a la aceptación. Reconocer el sustrato de fondo que nos atemoriza: la rabia, la tristeza, el miedo, la dificultad para estar solos en una habitación, la muerte; parar la fantasía del progreso tecnológico infinito y despertar a nuestros abundantes recursos internos, a la naturaleza mágica de la vida, a la suficiencia de contenidos que incorpora el propio hecho de existir.

Ningún adulto entendía la boa que engullía elefantes que narraba el principito. La obra de Saint Exupery es una crítica al hombre civilizado y revela la incapacidad que tenemos de entender la relevancia de nuestra propia existencia. Salir de la oscuridad de la historia pasa por aceptar que somos un sentimiento, un “darse cuenta”. Fuera de ahí todo es un colapso del ego alejado del corazón.  Para reformularnos como civilización tal vez tengamos que:

  • Aceptar el camino de la indagación emocional y su sanación como proceso necesario para acercarnos a una vida más humana.
  • Recapitular el pasado personal y desvelar el subconsciente, depositario de las memorias universales para disolver los arquetipos que siguen configurando nuestras creencias fósiles.
  • Resolver en el opuesto masculino-femenino y permitir que la energía sexual transforme nuestros patrones arcaicos y de sometimiento mutuo.
  • Retomar la sabiduría inscrita en nuestra evolución cultural como raza humana. Recuperar las tradiciones precoloniales: las culturas mesoamericanas y la herencia Tolteca, el Zen japonés, el yoga hindú, el tantra tibetano e hindú, el pensamiento de la cábala. Todos ellos reconocían ya que el ego tiene una enfermedad, la de sustituir la realidad por lo que piensa.
  • Soltar las autoridades históricas para crear la realidad que queremos. Otorgar la autoridad a nuestra sabiduría orgánica e intuitiva, la del cuerpo y la de la naturaleza, recuperar nuestra abundancia interna.
  • Inaugurar nuevos modelos tribales universales, reunificados por el espíritu único de apertura y comunión amorosa del que nos informa un corazón sanado.
  • Y soltar, soltar toda pretensión quimérica de transformar la realidad y manipularla para alimentar la importancia personal, luchando neuróticamente contra la muerte.

“Me pregunto si las estrellas estarán iluminadas para que cada uno pueda encontrar la suya”, decía el principito. Lo que hace bello al desierto es que esconde un pozo en cualquier lado.

 

Las relaciones y la conquista del corazón propio.

Las relaciones y la conquista del corazón propio.

Andrea estaba pasando un mal día. Ella disimulaba poniendo buena cara mientras ordenaba el salón con su madre. Todo parecía transcurrir como cualquier otro día, pero internamente le invadía un sentimiento de inseguridad. La persona con la que tenía una relación amorosa, Lear, pasaba esa tarde con una compañera por la cual se sentía atraído. La relación que habían iniciado Andrea y él apenas hace tres meses, cuando coincidieron en un taller de cine amateur, le entusiasmaba. Había alcanzado un grado de confianza y transparencia muy intenso, pero aun así, se sentía inquieta.

Tenía que lograr evadirse. Cogió una de sus novelas favoritas “La mujer habitada” de Gioconda Belli. Se concentró en la lectura todo lo que pudo pero, a cada página, le asaltaba algún juicio o inquietud que le sacaba afuera. Se recostó y fue observando todas las emociones que le visitaban, una tras de otra. Se dio cuenta cómo entraba en la desconfianza y se decía a sí misma si Lear, en el fondo, sería un pusilánime oculto, un seductor sin desvelar que la engañaba con un lenguaje amoroso. La envidia y la competitividad le hacían analizar a la amiga a la que conocía de un encuentro casual y sobre la que fantaseaba ahora, imaginando a veces grandes cualidades en ella que seducirían a Lear, otras, una mujer torpe y sin brillo.  Entonces llegaba la ansiedad, un estado mezcla de inseguridad y desesperación. Sentía cómo todo esto le alejaba de él, pero no podía ser, ella le quería. Aun así, pensó si tenía que mandarle un mensaje que provocara en él una respuesta tranquilizadora. “Hola Andrea, volveré pronto”. No lo podía creer, estaba sorprendida viendo como construía internamente argumentos.  Su mente dualista ahora vivía un nuevo capítulo entregada a elaborar un drama.

Debía admitirlo, estaba siendo presa de los celos. A pesar de que habían establecido un acuerdo sobre el modelo de relación en el que daban prioridad a la colaboración, a la apertura y al desapego, Andrea se veía sorprendida por unas emociones que no podía controlar. Lo peor de todo era imaginar que los dos se encontraban sexualmente, huía de ese pensamiento. ¿Qué estoy conquistando? se preguntaba; ¿Qué me da miedo? ¿Qué tengo que perder?  La desconfianza ha ocupado todo el espacio. Ni siquiera la valentía de Lavinia, la protagonista de la novela, le empapaba con un poco de coraje para sostener lo que está viviendo.

Ambos había dejado claro lo que se podían exigir mutuamente y lo que no, pero lo cierto era que ella se encontraba ante el reto de seguir puliendo los viejos patrones que han venido acompañando el modelo de relación tradicional basado en la codependencia. Esta deposita la autoridad en la persona amada, le entrega la responsabilidad sobre sus carencias. Externaliza algo que no se ha atrevido o no ha podido alcanzar la persona por si misma: un estado natural de confianza. La necesidad y el apego desembocan entonces en estados de desconfianza e inseguridad.

Andrea tenía la foto de su abuelo Eliseo frente al butacón en el que daba vueltas y vueltas a todo esto. Eliseo era un susurrador, una cualidad que venía de su familia y que consiste en una habilidad especial para comunicarse con los animales o hacer de puente entre especies diversas. El viejo amaba el mar y conocía bien la fauna marina. Andrea recordaba cómo hablaba siempre de soltar el pasado. Había realizado muchos viajes como navegante y sabía lo que era estar solo durante largos períodos. “El miedo a estar solo –decía- es una de las cosas más catastróficas de nuestra especie”. Recordaba las horas en las que de niña le narraba sus periplos en barco. Eliseo la prevenía ya desde entonces diciéndole: “Nacemos y morimos solos y si no eres capaz de convivir con la soledad y con la muerte, terminas haciendo a los demás víctimas de tus necesidades”.

Las palabras del navegante resonaban ahora en su cabeza. Se veía aislada y víctima de sus propios miedos. Ella nunca había sido dependiente y ahora esta situación le sacaba de sí. Sospechaba que algo no estaba bien alineado en su relación consigo misma. Lo que estaba viviendo esta tarde le mostraba algo de sí misma: ¡tenía que conquistar su espacio propio¡ En ese mismo momento se decidió a escribir. Sacó un papel y apoyada en el libro, puso un titular: “reconozco”.

Se lanzó a un acto de honestidad consigo misma, consciente de que las emociones sin procesar despiertan las peores pasiones. Reconozco -escribió- que mi deseo sexual, respondiendo a su propia dinámica biológica, me conduce al apego y la posesividad, y me crea dependencias. Reconozco mis patrones de desconfianza o de huida, patrones instintivos que no me permiten instalarme en aquello que quiero vivir: el amor y el desapego. Reconozco que tengo miedo al abandono y a quedarme sola. Reconozco que me duele que puedan dejar de quererme y perder esto que estoy viviendo. Reconozco que me cuesta soltar las creencias que mamé desde mi infancia y que me hacen buscar en las relaciones afectivas un entorno de seguridad donde poder apoyarme mediante un acuerdo de mutua dependencia al que llamo amor. Reconozco que esto me separa de reconocer mi valía y servirme de mis propios recursos internos. Reconozco que me invade el juicio. Un juez interno comienza a definir lo que está bien y lo que está mal, los buenos y los malos. Mi juez está lejos de la compasión del corazón.  Es la mente victimista que me convence de que yo soy mis opiniones. Reconozco dentro de mí un necesidad afectiva de cariño que busco cubrir a través de las relaciones.

Al releer lo que había escrito, una sensación de rabia se le apoderó. Se daba cuenta en ese instante de que no expresaba a Lear esto que estaba sintiendo, que renunciaba a la total comunicación de sus sentimientos con él, que no nombraba este miedo, esta inseguridad que le inundaba. Así que saltó del sillón en el que había quedado como pegada por la contención en la que estaba y salió al jardín. Allí gritó. ¡Siento rabia, no sé sostener esta inseguridad y no la quiero! ¡tengo miedo y no quiero tener miedo! Corrió con energía entre los manzanos y los sauces. Aliviada por el grito y la carrera, cayó de rodillas. Aun llevaba la lista en la mano. Arrugó la hoja y la enterró escarbando con la mano izquierda. Quería conquistar su espacio, su forma de amar. ¡Elijo la apertura y la entrega, elijo el amor y la libertad sin que ninguno tenga que pagar un precio a causa del otro, Que nunca más mis miedos saboteen mi confianza!

Se tranquilizó, volvió de nuevo a la biblioteca. Apagó el teléfono. Tenía que elegir una banda sonora para su proyecto de cortometraje. Puso en el equipo el concierto nº 3 para piano de Rachmaninov, una de las piezas más difíciles de la música clásica occidental. «No iba a ser fácil esta conquista», se decía a sí misma. Las armonías de la música susurraban ahora a Andrea un delicado sentimiento de tranquilidad. Comenzaba a entender cosas. Se daba cuenta de que podía contar con la confianza de Lear, su fiel amigo, amante, confidente. Tenía delante la oportunidad para navegar por otras aguas menos procesolas. Con él la escuela de intimidad se tornaba apasionante, era otro amante de la libertad y de la conquista del corazón propio.

Sobre esto y otros temas trataremos en el próximo taller de amor y libertad.

El counselor y la mirada transpersonal

El counselor y la mirada transpersonal

El mundo de la salud y el bienestar se amplía en muchas direcciones. Nuevas técnicas y nuevas miradas sobre la complejidad del ser humano están abriendo un enfoque más integrativo del proceso de sanarse y de despertar. Una medicina tal vez excesivamente centrada en la sintomatología, reaviva la pregunta sobre las coordenadas del dolor, el sufrimiento y las formas de abordarlo. El síntoma físico y el emocional están profundamente implicados, como lo está la orientación natural al placer, los instintos, las memorias celulares, el proceso biográfico y, más allá aún, el enfoque existencial que adopta cada uno personalmente.

Las corrientes humanistas proponen que nacemos con una forma naturalmente predispuesta al bienestar. La neurosis colectiva en la que nos integramos polariza, a posteriori, nuestros patrones de respuesta caracteriales y hace compleja nuestra adaptación. Perdemos de vista esa especie de naturaleza intrínsecamente conectada a nuestras potencialidades funcionales y amorosas  y, a cambio, se oscurecen las funciones de la necesidad y el deseo, derivando en una enfermedad colectiva. Hacemos un esfuerzo de adaptación a una sociedad enferma, alejándonos de nuestra naturalidad. Esta forma distorsionada de vivir incluye un pavoroso miedo al vacío-la puerta de salida del programa– que se ha bloqueado culturalmente mediante fórmulas depredadoras y patriarcales, derivando en una devastación a muchos niveles: ecológica, mental y emocional. Huir del vacío se alienta socialmente, convirtiendo a la muerte en un tabú y despojándola de su alianza sagrada con la vida. En esta huida generamos mucho sufrimiento interno debido a la ausencia de contacto con el sí mismo, la inevitable desorientación y el sufrimiento externo, al construir una sociedad de crecimiento económico ilimitado que no favorece la igualdad social, la salud ni la preservación del medio ambiente.

Nuestro cerebro y nuestra emoción están estructurados para promover actitudes de colaboración. El sufrimiento aparece por una pérdida de correspondencia interna entre lo que somos y lo que apreciamos ser. Es una especie de oscurecimiento. Como si de un efecto ceguera se tratara, podríamos compararlo con el habitante de una gran urbe que perdió la noción del origen de los alimentos cosechados en un campo que no ve, y del agua que cae de la montaña y nutre un manantial que no conoce. Su neurosis es pensar que esta construcción artificial que ha creado y que es la urbe, verdaderamente le nutre de los recursos esenciales.

Esta neurosis se despliega en tres frustraciones a lo largo de nuestra vida: la inhabilitación del cerebro derecho (frustración instintiva) con una domesticación del deseo y de nuestro animal interno, así como de nuestra intuición y sabiduría maternal-ecológica; la desintegración de las actitudes de colaboración interna y externa, (frustración amorosa) que disuelve la claridad del corazón para ejercer la compasión hacia uno mismo y los demás, y que alimenta las dependencias; y la pérdida de la conciencia del ser (frustración óntica) que nos desconecta de nuestra inclinación natural al éxtasis y lleva a proyectarnos en actitudes neuróticas, de escasez, y en el miedo al vacío y a la pérdida.

La relación de ayuda que aborda el counseling busca retomar las formas innatas de escucha, apoyo mutuo y reconciliación interna de las que el ser humano está dotado para resolver, para sí mismo y para otras personas, estas frustraciones. Se trata de desvelar ese oscurecimiento con la propia luz de la claridad interior, aceptando el requisito ineludible de sentir la desorientación real en la que vive el ser humano, desconectado de su interior y esclavo de su mente y su programa.  Básicamente aborda la resolución de trámites existenciales tales como: el colapso de los deseos más genuinos y su conexión con el sistema familiar; la necesidad permanente de una persona de sentirse querida que le lleva a ser emocionalmente dependiente; la constante interrupción del bienestar que le provoca el juicio interno; la contención de la rabia sostenida hacia un progenitor al que, considera, se debe amar; la culpa asociada a un hecho en el que existía un patrón de fuerte dependencia; etc. Todo ello, más allá de las mecánicas del carácter y las pasiones, tomando en cuenta esta dinámica disfuncional de la razón de ser y de amar que impregna todas nuestras cegueras.

La existencia se resuelve en la conciencia de los deseos y las emociones, y estas en el amor. Parece que todo lo que hacemos los seres humanos nos lleva a esa misma conclusión. El enfoque transpersonal del counseling incorpora al itinerario de recuperación del bienestar, la experiencia de ser seres amantes y de estar en un viaje de la conciencia, la aspiración espiritual. Esto no pertenece al patrimonio de nuestras estructuras médicas, científicas o religiosas. Recuperar una mirada humanista a la tarea de devolver la salud emocional y vivencial a nuestra sociedad, pasa por incorporar esta labor en la propia dinámica de nuestras relaciones, con profesionales añadidos que vengan de campos diversos de las ciencias y las humanidades, que incorporen una honda experiencia vital en las relaciones humanas, un impulso creativo en la búsqueda de las coordenadas de la salud y del sentido, y que experimenten la tarea del despertar del corazón compasivo como una verdadera vocación.

El trabajo con diversas terapias como la Gestalt, la hipnosis permisiva, la bioenergética o los psicodélicos, ayuda a habitar y traspasar el arduo territorio del vacío, a sostener y a atravesar las frustraciones, así como a recuperar la forma personal más genuina, contactar con el ser. También revelan un mapa común para todas las experiencias de bienestar y felicidad de cualquier ser humano: una apertura del corazón que da espacio, sin juicio ni lucha, a las experiencias internas y las emociones; un despertar de las formas intuitivas y de la función del deseo; y la aceptación del flujo de las cosas y el impulso abundante de la vida.

 

El triángulo consciente: 2 terapeutas -hombre y mujer- y tú.

El triángulo consciente: 2 terapeutas -hombre y mujer- y tú.

Formado el círculo de trabajo personal estamos todos en la presencia de estar aquí y estar ahora. Compartimos la intimidad y nos ajustamos a la máxima escucha de la sensibilidad. Dándole poder a lo que sentimos, intentando soltar todo el contenido mental y no caer en las trampas de la cabeza que nos seduce a tomar las explicaciones de lo que nos pasa como algo de suma importancia que hubiera que darle sitio en la expresión. Cuando lo único que nos ayuda a transformar es el dejarnos llevar por lo que sentimos y por el movimiento instintivo. Aparcando para muy al final la comprensión de todo lo que nos ha pasado, que cuando se deja para el final se resume en pocas palabras y en un sentimiento de gratitud y de alegría por la conquista interna obtenida, un impacto de entusiasmo cuando nos vemos desde fuera de nosotrxs mismxs y de verdad nos comprendemos. Yo no me explico con miles de palabras mentales más o menos sofisticadas y bien ordenadas sino que: ¡me veo desde fuera de mi y me comprendo! Porque estoy viendo a un personaje inmerso en su película de que no hubiera ninguna otra manera de vivenciar la realidad, sometido a la reactividad del programa donde vive y convencido de que elige. ¿Cómo se puede elegir si estoy condicionadx por un programa defensivo que arrastro desde mi infancia?

Lo que siento me guía y darle poder a lo que siento no es nada fácil. El ego intenta banalizar la sensibildad imitando el lenguaje. Parece que esta persona está sintiendo pero sólo piensa que siente, o habla de lo que siente desde la explicación mental. Pero evitando el contacto real que es lo único que sirve para el trabajo interno y provoca el cambio del punto de encaje que posibilita la mutación del estado emocional, la visión, la apertura en el pecho.

Hablando acerca de nos podemos llevar mucho tiempo, convencidxs de que estamos en un trabajo de conciencia y sin movernos ni un ápice en los límites de nuestro programa.

Sólo sirve entrar en contacto en un movimiento hacia dentro de nosotrxs mismxs. Atravesando la capa superficial y entrando en un trance donde tocamos los asuntos importantes que destacan en nuestro inconsciente. La emoción posee información concreta de las necesidades organísmicas y darle sitio sin juicio, sin filtro, sin mente, es fundamental para promover nuestro despertar. Las emociones están en el mismo lugar donde las dejamos olvidadas, reprimidas, racionalizadas. Las emociones no tienen tiempo, y necesitan crecer igual que nosotrxs, para ello aparecen con cargas del pasado porque necesitan limpiarse y ponerse al día. ¡Si las dejamos! Cada vez que atravesamos conscientemente una emoción recibimos la elevación de nuestra vibración que nos permite vernos a nosotrxs mismxs a pesar de la identificación con nuestro personaje y su experiencia. Estos momentos donde nos salimos del programa son instantes de iluminación: despertamos de la hipnosis de la materia, reconocemos al ser que somos y por fin podemos elegir desde la libertad y la responsabilidad. No te quepa la menor duda que la densidad de este mundo te arrastra de nuevo a la hipnosis de que eres tu cuerpo, y que eres tu programa y tu historia personal. Por eso el trabajo interno no terminan nunca y requiere tu voluntad renovada cada instante de estar presente a todo lo que se mueve en ti y observar. ¿Te comprometes a estar presente?¿O quieres generar reacción-discurso mental-pasado-historia personal-sistema a lo que acontece y a lo que sientes?

Es difícil aceptar las bondades del regalo de la libertad que tenemos los seres humanos.

Nos acercamos a la aceptación de la libertad en el  grupo. En un grupo orientado con un enfoque hacia el presente y experimentación de la conciencia. Como la Gestalt. Sin añadir ningún nuevo modelo de creencias que adquirir. Si no espacio libre para vaciarnos de todos los artefactos mentales que seguimos coleccionando, espacio libre para descubrirnos -puesto que sólo conocemos quien fuimos y creemos seguir siendo(y no lo somos)-y espacio libre para recuperar la autoridad interna donde como individuo puedo tomar decisiones fuera del condicionamiento del pasado, desde el más puro presente. Convertirme en la punta de la ola en la inmensidad del mar. Con la fuerza de la totalidad del mar y con la consciencia individual sujeta al instante presente de la efímera ola que va cambiando de identidad en sucesivos momentos.

Cuando eliges trabajar en el grupo(de Escuela Counseling Experiencial) y tomas el centro como individuo recibes el acompañamiento de dos terapeutas al mismo tiempo, un hombre y una mujer, Alfredo y Susi, en una sincronicidad en la intervención tan fluida como si fuera la misma persona.

Somos dos para mostrarte como un espejo que dentro de tí hay dos voces como mínimo. En realidad hay todo un parlamento. Dos voces como mínimo que se pelean entre sí y cuya pelea distorsiona tu percepción de la realidad e intensifica la defensa y la separación, y que podrían adquirir si lo intentas la forma de la alianza generando un movimiento natural donde hay alternancia, y podemos escuchar todo lo que somos sin una fijación en la identidad. Nosotros nos turnamos la voz junto a la tuya.

Somos dos para recordarte la alianza, el autopoyo, la igualdad entre lo femenino y lo masculino, la ausencia de jerarquías, la colaboración, el movimiento fluido donde se destaca el sitio diferenciado de cada uno, el desapego en el foco que continuamente se mueve, el juego de la vida donde no hay nada fijo y todo cambia como una experiencia donde el aprendizaje es gozo, es gratitud, a pesar de la inmensa tonalidad emocional que vivenciamos.

Somos dos para mostrarte lo femenino y lo masculino en equilibrio, en un acompañamiento natural donde nos apoyamos mutuamente hacia un foco común que eres tú y tu exploración.

Somos dos para darte oportunidades de proyección de tus voces internas, y puedas ver a papá y a mamá, al hombre deseado y a la mujer rival, a la mujer deseada y al hombre rival, el triángulo arquetípico donde resolver laberintos de oscuridad y darle lugar a estados emocionales que no pueden esperar para tomar luz: como los celos, la envidia, la exclusión, el exilio, el rechazo, el abandono… limpiando la sombra para tomar tu poder extraviado. Tu preciado poder que necesitas para crear instante a instante la vida que te contiene en tu máxima expresión, amor y libertad.