Sanar y despertar mi masculino, un trabajo poderoso.

Sanar y despertar mi masculino, un trabajo poderoso.

La primera vez que acudía a una terapia, allá por el año 2004 en Sevilla, las dos mujeres que me atendieron a través de una sesión sistémica, me desvelaron con claridad la temática: no había recibido la energía masculina, debía recomponerla dentro. Al poco tiempo, un poderoso sueño me hizo ver con claridad el rol que había tomado en el triángulo de papá y mamá, y lo que eso conllevaba. Viví rechazando al padre.

Mi masculino venía con sus carencias y también con sus propias cualidades: apertura sensible, capacidad de entrega, sensibilidad emocional, devoción a la intimidad con lo femenino, etc. Esto me ha resultado un puente favorable para conectar con lo femenino, aunque de manera incompleta, con un masculino no empoderado. Las relaciones intimas me desvelarían en asunto.

Como hombre, a la hora de empoderar este aspecto de mi identidad, me ha costado encontrar referencias. Hoy no es fácil construir el masculino que mezcla la energía serena, la fuerza y la determinación interna con la apertura sensible y amorosa. Además, no nos hemos permitido comunicarnos la emoción entre nosotros. Ahora sí, siento que estoy asistiendo a un tiempo muy bonito de transformación junto con otros hombres que también buscan lo mismo.

En estos años, mi relación con la mujer ha determinado mi despertar. Ella me ha colocado frente a mis sombras y me ha permitido desvelar cómo es el masculino que quiero habitar. Todo mediante un proceso instintivo cuya trama es el día a día.  Sin duda, me han puesto delante de todas mis dificultades. He contactado con mis miedos, percibido la culpa, manejado mi rabia, desvelado los celos, entrenado los límites emocionales, etc. Me he tenido que enfrentar a muchas situaciones tensas para ser testigo de mi reactividad, aprender a elegir mi entrega sin sentirme deudor y no temer a la separación y el abandono del amor.

Considero que mirar bien adentro a los miedos es imprescindible para mi evolución y me ha resultado muy difícil. Para manejar mis emociones y mi sexualidad, venía con un programa inadaptado. Se me despierta mucho un sentimiento de inadecuación. “Lo he hecho mal; no sé atenderte; mis opciones te separan de mi”, etc. Esto era la fuente de incomodidad. Entender y atender el miedo está siendo un camino de guerrero. En mi caso, el miedo a la separación, a que me sea retirado el amor de manera culposa.

El otro apartado contundente ha sido mi comprensión sobre el dolor y como este despierta en mí las defensas más contundentes y una rabia exigente. Cuando siento dolor, exijo que me rescaten, que se hagan cargo. No he tomado mi rabia para respetarme y poner límites auténticos y con amor.  Al revés, he tomado la rabia para defenderme a través de la fuerza, activando la soberbia y entrando en infructuosas disputas.

El miedo está anclado en el cuerpo físico y me resulta muy muy incómodo. Si dejo que la rabia se convierta en ira, voy a distorsionar el vínculo emocional que amo y a dañar la única fuente de alivio auténtica: la escucha compasiva, la dulzura, el amor generoso y respetuoso.

Actualmente, mi viaje de amor lo vivo en mi relación de pareja. Con esta relación exclusiva, me abro valientemente a todos mis demonios internos. Me adentro en la sanación del amor incondicional. He tenido que habilitar mi escucha sensible, aceptar que estos escenarios son una poderosa escuela y que lo fácil es huir. También he ido aprendiendo a respetarme en lo que siento, sin cargar con todas esas secuelas de culpa o inadecuación que me atormentan.

Mostrarme vulnerable y aceptar que, a veces, estoy atrapado en la impotencia, está despertando mi masculino sensible auténtico. Reconocer que necesito amor y que tengo que aprender a pedirlo o a retirarme un tiempo cuando entro en dolor, me sana. Aprender a hacer las cosas con miedo y a cabalgar los estados de rabia, me están trayendo a un hombre que me gusta. Me muestra una masculinidad coherente que está más disponible para el amor incondicional a mí mismo y a las personas a las que elijo entregarme. Cuando mi pareja camina en esta misma sintonía, es posible hacerlo.

Mi sensibilidad contiene un enorme campo energético, pero como hombre no fui invitado a habitarla, a hablar de ella. Me entreno. Cuando me quedo, puedo entrar en el miedo y liberar energías secuestradas. Solo si doy espacio total al miedo, se desvanece. Si peleo contra él, permanece y me hago más temeroso, más defensivo. No suelto la pareja, acepto el reto de mi despertar a través del amor.

El psiquismo femenino y masculino son distintos y complementarios. He necesitado entenderlo y diferenciarlo. Pero ambos se encuentran y contrastan para ir más lejos. Bien enfocados en un campo de conciencia adecuado, permiten sanar, sublimar y despertar.

Entiendo ahora mejor lo específico de mi masculino. Como yo traigo la energía de la acción; necesito moverme entre la materialización de propósitos en el mundo, el penetrar la vida con mi creatividad y el viaje de la intimidad del corazón con lo femenino. Me gusta ser concreto. Abro un proceso y también lo cierro. Quiero saber cuánta energía está implicada en una acción. Tengo mi propio entendimiento y determinación. Aprendo a elegir los tiempos en los que estoy disponible. También a avalar mi sentir frente a cualquier dificultad amorosa o disenso. Reconozco el valor de mi entrega y de mi amor, que están hechos de presencia, incondicionalidad, confianza y mucha apertura a la comunicación sensible.

También sé definir lo que necesito del amor de las otras personas y de mi pareja, y lo expreso con naturalidad y sin exigencia, cuando entiendo que puedo ser cuidado y amado mejor. Nadie tiene que rescatarme ya de mis estados. Me completo cuando me nombre esto.

Acepto, en definitiva, la forma en que yo doy amor, y al mismo tiempo, crezco permanentemente en mi capacidad de amar incondicionalmente.

En este maravilloso viaje de sanación a través de la entrega de lo femenino a mí, he podido experimentar el poder sanador del amor. La herida que emerge en el vínculo no es sino mi sombra en forma de niño frustrado y caprichoso. Lo reconozco, es un niño exigente que se frustra mal, que pide ser atendido y se enrabieta. Esta parte de mí no soporta el dolor, se siente fácilmente culpable y entra en la víctima. Ser amado incondicionalmente aquí, ha sido un lugar milagroso. Siento profunda gratitud.

En este camino también he podido empatizar con la herida femenina. Desde mi punto de vista, el femenino probablemente tenga que vérselas con un sentimiento atávico de desconfianza hacia lo masculino. Nace de una incertidumbre sobre si el hombre permanece, es leal a su sentimiento, está disponible para la entrega y para abrir el corazón, o de nuevo va a ser fuente de abandono, traición y soledad. Lo femenino convoca al amor y a la intimidad profunda, y necesita ver que el hombre está disponible para ese viaje sensible.

Esta herida, cuando se manifiesta egoicamente, lo hace en forma de energía de reproche, recriminación y exigencia. Así lo percibo desde mi experiencia. Se abre una cuestión de confianza hacia la voluntad amorosa y la entrega del hombre. En su fase más primaria está muy vinculada a la energía sexual y los celos. Pero es más amplia.

Comprender mi dolor, en sus causas externas e internas, me habilita para ir abandonando el hombre viejo que se aleja de su propia sensibilidad cuando tiene que enfrentar estos escenarios. Si, he tenido que aprender a mirar mi dolor y a pedir que sea escuchado. Creo que lo he guardado mucho. Ha sido importante para mí aprender a respetarlo y a darle su sitio en el amor. ¡Es bellísimo entender que el hombre y la mujer nos convocamos espiritualmente para sanar estos lugares de hondo dolor y miedo!

Mi hombre nuevo va amaneciendo para relacionarse con lo femenino / mi femenino, en un lugar transformador. Sigo descubriendo las nuevas arquitecturas de mi corazón de hombre.   Amo lo que emerge y agradezco la energía del caos, que me remueve para que no me desapegue del amor, y que viene a recordarme la importancia de tener el corazón despierto, activando mi auténtico poder con la energía de la vida y las emociones. Ahó!

Imagen de Christopher Ulrich

La Kundalini despierta mi naturaleza orgásmica

La Kundalini despierta mi naturaleza orgásmica

La energía del instinto es poderosa. La humanidad ha venido negociando con las pasiones y luchando con esta fuerza inscrita en la naturaleza de nuestro cuerpo, domesticándola por miedo unas veces, o transformándola otras a través del camino de la virtud que albergan nuestros centros superiores.

La energía contenida en nuestros tres primeros centros es al mismo tiempo motor de vida y amenaza; nos conecta con el fulgor de la vida y nos aterroriza en su forma salvaje; es fuerza para transformar, pero también puede ser exceso que nos conduce al dolor. En cada generación unos han trabajado por dominarlas y vivir desde la virtud apolínea, y otros se han entregado a la inconsciencia atravesando formas dionisiacas para desvelar el poder de la vida y la emoción.

Sea como sea, estos centros energéticos albergan el poder de la creatividad y es imprescindible contar con su fuerza de acción y de apertura. Adentrarse en la sexualidad sagrada en tomar el camino del medio, buscar la virtud de cada una de las formas para extraer la esencia: el sexo consciente.

Así percibo en este momento de mi vida la Kundalini, como la expresión del poder creativo y curativo de este banco energético ancestral y celular que transporta nuestro cuerpo físico y luminoso. De forma chamánica, voy aprendiendo a dar reconocimiento a esta parte de mí, dialogando con ella y dejándome sorprender. Entendiendo que trae inscrita una gran fuerza y que solo tengo que darle espacio a través de una práctica en la que me abandono a sentirla.

La práctica de elementos sencillos pero sutiles, me van acondicionando para el diálogo con las energías de poder que alberga mi sexualidad. En el sexo pongo atención a la experiencia del amor, recogiendo todos los estados del corazón y nombrándolos. Navego con la profundidad de los ojos y la mirada suave. Pongo intención y consciencia en la respiración, permitiendo la sonoridad de mi garganta. Atiendo a la comunicación de la emoción presente, sublimada a veces en voces creativas. Me entrego a la visualización espontánea. Pongo conciencia genital. Recuerdo que el sexo es relajación. Implico permanentemente la ternura.  Modulo la penetración superficial y profunda. Atiendo el poder magnético de la conexión lingam – yoni. Estoy a la escucha de los cambios, sin expectativa. Me entrego a lo que surge sin mente, escuchando los matices que me conducen al masaje, a la danza energética o a la meditación en medio del sexo.

La kundalini tiene su propia entidad espiritual. Puedo dialogar con ella. Me informa de mis posibilidades. Viene para ayudarme a amplificar los estados elevados al mismo tiempo que da espacio para la emoción sensible. Existe una inteligencia genital orgánica. Escucharla es mágico. Cuando mi instinto entra en conexión con el instinto de mi pareja, estoy dando espacio a esta inteligencia sobre natural. Hay que dejarlos ser en el encuentro amoroso. Y cuando hay permiso para que estas partes desplieguen sus cualidades, me encuentro con el corazón como un guía luminoso de toda esta energía desplegada. El corazón se alimenta de esta energía primaria transmutadora.

El regalo sexual del tantra es la conciencia de la vida dentro del cuerpo. En el cuerpo, la combinación de mis poderosas energías instintivas libres y la inspiración de las emociones elevadas del corazón, me conducen a una nueva forma de vida: todo está dentro de mí, hay más poder. Al finalizar el acto sexual combinando todos estos detalles, tengo más amor dentro de mí, más conexión espiritual con mi pareja, más energía y más deseo de expansión, de abrazar la vida. La Kundalini viene a revitalizarme, a completarme en un lugar de mayor poder.

Creo que despejar esta energía de su condicionamiento atávico y de siglos de ostracismo, es en si misma una labor de sanación espiritual. La Kundalini, al tiempo que nos libera de los atrapamientos del ego y de la mente, es la fuerza primaria única que está esperando a ser despertada desde el corazón para conducirnos a la conciencia y llevarnos a los humanos hacia una mayor comprensión del éxtasis y la compasión.

Cuando empecé mi viaje espiritual con el tantra, solo entendía el valor de algunas prácticas inmediatas, por ejemplo, soltar la búsqueda tensa del orgasmo. El tiempo me ha conducido a algo más grande: estoy despertando mi naturaleza orgásmica. Esto significa que me creo el potencial que tiene mi Kundalini para transportarme hacia el placer de vivir, de expandir mi corazón amoroso, sanando y conectando mis energías internas con mi propósito.

La naturaleza orgásmica me abre a experimentar con la energía vital. Convierto la excitación en una fuerza energética con la que viajar, está al servicio de mi vitalidad. La vida entonces es excitante porque la vivo desde todos mis centros, instintivos y espirituales, alienados por esta serpiente vivificante que atraviesa mis canales de energía alineándolos y despertándolos para ser más yo, más completo.  

Honro el regalo que se esconde en mi interior al servicio de mi corazón.

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La sabiduría del norte

La sabiduría del norte

Llevo un tiempo adentrándome en la sabiduría de las cuatro direcciones. Se trata de una antigua práctica chamánica que dialoga con las energías y poderes contenidos en cada una de las direcciones: norte, sur, este y oeste. La rueda, así le llaman diversas culturas nativas americanas y europeas, se crea en el suelo debidamente orientada y ayuda a unir el mundo externo e interno. Moverse en ella con diferentes intenciones permite hacer un trabajo espiritual en conexión con la naturaleza y los ciclos de la vida: entender situaciones, adentrarse en temas de vida, tomar decisiones, etc.

Durante estos días de enero de 2022 estoy en contacto fuertemente con la energía del norte. Me conduce a lo intemporal, al vacío. He vivido algo especial abandonándome al no hacer. He conectado con el invierno y he entendido cómo todo puede estar contenido, paralizado pero vivo. También he contactado con la luna nueva y con la profundidad de la noche. El campo permite vivirla en todo su misterio. Siento más presentes a mis ancestros con los que he dialogado de forma espontánea. Y siento mucho más disponible la voz del inconsciente. Puedo intuir el caudal de sabiduría escondida en este modo de habitar el tiempo. El norte me trae estos días algo inexplorado por mí. Pero no sé ponerle muchas más palabras. Esto también es interesante.

Después de unas navidades activas con mucha energía implicada, caigo en el vacío. La enfermedad me ayuda a rendirme. Mi cuerpo pide descanso y me entrego. Con esta sensación de que nada me reclama, de no sentir ningún impulso, puedo permitirme pensar en el no tiempo. Consigo que se haga un silencio especial dentro de mí. Me sorprende darme cuenta de que experimento algo que asocio a la falta de ego. Me trae alegría. He soltado cualquier intención y me siento así, sin ego. No necesito opinar de nada, defenderme de nada. El puro presente me mece. Me invade una fragilidad alegre, una ingenuidad sana que me hace estar disponible, abierto a lo que me llega a cada instante sin juicio alguno. Es un estado infantil de confianza al mismo tiempo que experimento una lucidez madura del alma, un estado de alianza con la vida.

Ahora puedo ver toda la energía que compromete el ego a diario, empeñado en hacer, manifestar cosas, completar acciones, alimentar la importancia personal, mirar el móvil, obedecer estímulos y distracciones. Uf, me observo en la vida cotidiana y puedo distinguir la red en la que ando literalmente atrapado. Estoy en un permanente automatismo por llenar los vacíos. Siento el profundo valor que hay en parar y recoger, intuitivamente y sin mente, cada poco tiempo, el resultado del movimiento, de la acción. Como si cada cosa en la que comprometiera mi energía, me pidiera luego un reposo natural en el que destilar lo que siento y engarzar estados de coherencia con la vida. Aquietar el corazón y la mente es pura salud.

Es un privilegio para el alma despertar cada día sin atraparla inmediatamente en acciones. Dejar que el puro presente te traiga algo, lo que sea, inesperadamente. Entrenarme para estar en la nada, me supone poner conciencia en la inacción. Es como alargar la noche, donde desactivo los sentidos y nada de fuera me fuerza a la acción. Como mantener la energía del letargo. Escucho en este vacío la virtud del invierno: habla del período entre la muerte y la vida. Y en este intervalo, hay mucho que percibir. La luna, aunque deja de reflejar luz, no está oculta, está ahí muy presente.

Siento un efecto muy alentador: sé que detrás del vacío, si espero, puede llegar algo nuevo. Lo nuevo me estimula. Lo nuevo es algo inesperado, que no puedo crear con mi mente, que no puedo esperar como producto de mi elaboración, sino que me sorprende. Y eso nuevo llega como un regalo. Tengo que saber esperarlo sin mente. El hecho de reconocer que puede aparecer es ya una actitud de entrega a la vida y a su sabiduría. Me siento en una verdadera entrega reconfortante.

El vacío no es tal, me digo a mi mismo, pero reconozco el miedo al vacío que contiene mi vida. Los átomos, si te aproximas, resulta que tienen el 99% del espacio vacío. Se trata de la dimensión que alberga todas las posibilidades. Cuando contacto con el vacío, y espero, y dejo de atender el movimiento, aparece algo excepcional: el vacío está lleno de un estado del ser y este estado es muy satisfactorio.

Absorbo la importancia de parar, de dejar espacio al no hacer absolutamente nada. La respiración, algo simple, se torna placer, lenta y consciente. Noto mi impulso automático a encadenar la siguiente acción, y la siguiente. Lo observo y no reacciono. En realidad, con mi observador interno puedo hacerme cargo de la actividad de mi mente. Entonces me doy cuenta de que mi mente no soy yo. Esto me libera mucho.

Vuelvo a respirar. Emerge ante mí una peculiar conciencia: estoy vivo. Eso es extraordinario. Soy, en mi cuerpo y en mi ser, una manifestación de la vida. Me emociono. Esta emoción que siento aquí y ahora es la vida misma palpitando. La vida, infinitamente más grande que yo, se manifiesta a través de mí. Soy un habitante de este cuerpo, un testigo convocado a sentir la emoción de la vida. La vida me atraviesa.  

Agradezco la energía del invierno, el poder del norte.

Romper el hechizo y completarme a mi mismo

Romper el hechizo y completarme a mi mismo

Completarse a uno mismo/a ¡Quién dijo fácil! Completarse para mi significa sentir que lo que deseo y lo que la vida me ofrece es congruente; que el miedo no me condiciona; que despliego lo mejor de mi y saco mi artista interno; que integro con amabilidad mis partes de sombra y que siento amor dentro y fuera. Conquistar esto de un modo permanente, requiere de paciencia y amabilidad con uno mismo. Es el laboratorio de la vida. Como en un ajedrez, dentro de nosotros, cada pieza tiene que jugar su partida.

Después de años de trabajarme en círculos gestálticos, puedo ver lo importante que ha sido dar voz a una parte reprimida, condenada, que carecía de voz propia y que fue sustituida por un mandato, una creencia. Perdí de vista mi capacidad para relacionarme con las dificultades y adquirí un hábito racionalizador y autoindulgente. Pensé “si duele no es bueno”, evitaba cualquier contrariedad y ponía mi hedonismo por encima de todo.

He aprendido que estoy en un mundo de espejos. Todo en la vida es un acontecimiento que viene para que me desvele y componga el mapa de navegación de mi sueño vital, de mi propósito. Pero, extrañamente, me pegué años despistado.

Observo y veo: nos entregamos de por vida a trabajos que nos colapsan la energía… y aguantamos; nos introducimos en relaciones que sacan nuestra sombra más odiada… y nos peleamos; a veces nos enfrentamos a desencantos, fobias y bloqueos que obviamos y metemos en el cajón de las anécdotas; los padres/hijos disparan la peor versión de uno mismo… y nos conformamos con amar un poco; vivimos sueños nocturnos que nos remueven y nos despertamos sacudiéndonos los sentimientos vividos. Y para colmo, cuando tenemos un síntoma físico, lo abordamos con la mirada del mecánico de motores que solo ve bujías y cables estropeados.   

¿Cómo romper este hechizo y conquistar un mayor poder en la conciencia? Poner en duda lo que me sostenía y me servía para atornillar mis rutinas, fue un acto altamente creativo. Entendí que entregarme al proceso de transformación personal era la puerta de salida a mi auténtica riqueza. Entonces me doté de momentos privilegiados para detenerme a poner foco en todas estas encrucijadas, quitar el velo y despertar al verdadero significado de todo lo que me envolvía en esta matriz. Lo llamamos “darse cuenta”. Consiste en entrenarse para reconocer auténticamente lo que se siente. Salir de la permanente interpretación. Los pensamientos no resuelven los problemas. Los círculos de Gestalt me han ido despertando.

La verdad siempre es interna, es personal. Se llega a través del sentir, y cuesta. Veo como tengo ya dentro la información que necesito. Por eso, detrás de una pregunta, existe una respuesta interna que hay que desvelar. El inconsciente tiene toda la información. Apuntar al auténtico deseo ha sido para mí la clave, porque negar el deseo es sufrir, igual que negar el dolor. Y esto es lo que me impedía destapar mi energía que está diseñada para la máxima satisfacción. El cuerpo, que nunca miente, ha sido mi guía pues es un fiel depositario de estas verdades.

Mientras me empeñaba en evitar aquellos escenarios en los que se manifiestan mis miedos más arcanos, la realidad me los volvía a presentar para que resolviera. Lo he vivido especialmente en las relaciones interpersonales. Hasta que no desvelé para mí mismo mis carencias, mi culpa, mi individualismo, mi dolor, mi vulnerabilidad, mi tacaño, mi dependencia, etc., la vida me lo seguía trayendo a su manera.

Manifestar la equivocación, lo vergonzoso o impresentable, los miedos; decir te quiero o te odio con la misma fuerza, permite que emerja la verdad. Eso es liberador. Solo si hay enfermedad podemos experimentar curación. La sombra solo quiere ser vista y reconocida.

Decía C. Rogers que para convertirse en persona primero había que transformarse en monstruo. El monstruo no es tan feo como lo pinta… nuestro ego, que se ha acostumbrado a ejercer un control omnímodo. Lo que con más ahínco negaba en mí, es lo que más necesitaba ver, donde más he tenido que volcar una mirada de amor.

Sanar es dejar de imitar y permitir que emerja el ser genuino, tal vez estrafalario y majareta, que llevo dentro.  Reconozco que el caos me inquieta, aún me peleo con el desorden. Deduzco que, posiblemente, el orden me constriñe aún. Anhelo la santa locura, donde el caos me conduce a un orden divino que yo no controlo. La imagino como un camino en el que doy permiso a que emerjan los auténticos centros de sabiduría y poder que me guían, lejos de la mente analítica: la sabiduría del corazón; la verdad innata del cuerpo sentido; el impulso sanador del inconsciente; la lucidez de la conciencia conectada a la percepción. Desinflo la importancia personal y doy espacio a las manifestaciones caóticas. Es el viaje de la autenticidad. Es extraordinariamente apasionante. Dramático a veces, divertido otras y sanador siempre. 

Creo que todos tenemos un artista dentro. Es alguien que está en comunión con su sentir más luminoso y se otorga el pleno derecho a expresarse con total libertad. Solo puedo acompañar una buena terapia si antes he experimentado la medicina sanadora de mi corazón amoroso; solo puedo pinchar una buena sesión de música si antes me he enamorado de los sonidos que recreo interiormente en mi mundo de melodías y ritmos; solo puedo hacer un buen podcast si antes he conectado y me he apasionado con alguna faceta de la vida u obra de esa persona.

Compruebo como mi sanación ha ido de la mano de ir enamorándome de lo que soy, sin peleas ni exclusiones; sin carencias ni mendicidades. Me he enamorado de mi disfrutón, de mi músico, de mi individualista, de mi hombre sensible, de mi orador, de mi creativo, de mi chamán, de mi amante apasionado, de mi poder, de mi místico, etc. También de mi monstruo con ayuda de muchos círculos de terapia. Está hecho de miedo y de dolor. Ya lo puedo abrazar.

Renuncio ya a intelectualizar la vida. Pongo intención en completar mis propósitos más profundos, aceptando que puedo pedir lo más grande. He ido desterrando la resignación y ampliando la intensidad del placer con la vida. He descubierto que la curación es el placer y la alegría del corazón.

A día de hoy siento que he roto el hechizo y que he adquirido aprendizajes que me acercan a mi mejor versión. Lo compruebo porque: doblego mejor al ego autosuficiente pidiendo en cada momento lo que necesito, como una forma de auto respeto y honestidad con mi vulnerabilidad. No me identifico con el juicio, la culpa, la víctima y la represión, y utilizo esa energía a mi favor para poner límites. Desvelo cada vez mejor mi rabia, y la convierto en poder para confirmar y completar lo que deseo.

Estoy convencido de que encarné en esta dimensión para tomar el reto de abrir mi corazón y sanar. Acepto que la mayor parte de mi biografía ha sido una historia de resistencias a este viaje. Pero me fascina ver cuanto amor hay disponible a mi alrededor y dentro de mí para que pueda completarlo.  

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Cuando pierdo la estabilidad, recupero el equilibrio.

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Verdaderamente la naturaleza es mi casa, el lugar del que vengo, mi hogar espiritual. Es mi cuarta búsqueda de la visión. Esta vez me llevo una sensación poderosa de sanación. Reconozco cuanto poder tiene la naturaleza. Me pongo en sus manos. Me acerco al misterio, no lo puedo abarcar. Quiero abandonarme con perseverancia a este estado. Sé que la claridad llega por revelación. Al abandonarme, toda la energía que habitualmente derrocho, se pone a mi favor. Reconozco que yo soy la suma de mi poder personal, por eso elijo hacerme responsable de mi energía.

He llegado con una sensación de gozo por el amor que estoy viviendo. Me encuentro muy feliz. Percibo como me alimenta el amor. Me coloca en un energía adecuada, con mi corazón por delante. Me trae calma y quietud. La experiencia amorosa y tántrica me abre a la presencia, y tomo esta energía poderosa en mi para iniciar esta búsqueda. En esta ocasión he experimentado dos regresiones y dos ascensos al Nagual. Me han hecho comprender aspectos profundos de mi momento, de mi camino de despertar.

Voy dejándome fluir en el silencio, hecho de brisa y cantos de pájaros envueltos en primavera, en este paraje singular. Según me vienen las intenciones, muevo la energía. Me entrego a lo que venga: invocar, evocar, cantar, abrir mi percepción, visualizar, dialogar con los elementos, con los seres, escuchar mi voz interna, ascender al Nagual, crear estados, enfocarme en la magia, elaborar una reflexión a través de una idea lúcida que se me regala. El truco de la búsqueda es estar, permanecer. También darse cuenta de que la mente se entretiene y entonces, saber esperar y confiar. Como guerrero dejo que el pensamiento disuelva sus propias contradicciones y me entrego al no saber. El poder existe, se mueve, está más allá de mi comprensión. Actuar en alianza con el poder y el misterio, derrota las creencias. Confío en lo que sucede cuando la magia del universo se apodera de mi.

Me llega a la mañana siguiente una primera intuición, me percato del sentido de esta búsqueda: disolver formas de la rabia de mi carácter, completando el abrazo al dolor que inicié hace tiempo. Entiendo así el sentido de esta búsqueda, me alegra verlo. Soy consciente de que el guerrero que llevo dentro sostiene su compromiso de sanación como premisa para aumentar mi conexión con el espíritu.

Comienzo uno de esos paseos sin rumbo entre árboles, sintiendo que toda la naturaleza me acompaña. Esta vida es un viaje entre la polaridad del dolor y el anhelo del éxtasis. En el deseo hay fuerza, movimiento, sinergia. Tomamos el deseo para viajar en las polaridades. Me siento junto a un gran algarrobo. Le digo que me hable de todo esto: me muestra la mágica integración a la que tiendo cuando aprendo a abrazar el dolor, ya que esto despierta en mi la compasión más potente hacia la fragilidad. Al mismo tiempo, esto me permite construir mi poder y determinación, mi estructura y mi amor. ¡Qué potente! Abrazar el dolor despierta la compasión y se combinan en una polaridad fascinante. Tener una polaridad integrada da mucha energía. No quiero negar ninguna de las dos.

Encuentro caminando una piedra singular, amplia y plana, empotrada en el suelo, como un altar labrado hace tiempo en la roca. He llegado de forma casual. Me invita a tumbarme. Invoco la disolución de mi rabia y su transmutación en un abrazo amable al dolor. Y en esta posición, con la mirada puesta en las ramas de un árbol que me cubre en esta ara improvisada, de nuevo se me revelan cosas. Veo la polaridad que componen la agresión, la rabia, la ira y la defensa, por un lado, y la ternura y la compasión por otro. Caigo en la cuenta que la mutación pasa por la alquimia del dolor. Solo así se despeja la vía para la dulzura del corazón. Incorporo un mantra para cuando siento rabia: me duele mucho esto, siento mucha rabia y elijo atender mi rabia hasta poder abrazar mi dolor. Lo repito y lo grabo dentro de mi.

Vuelvo a mi espacio donde tengo una tela y el tambor. Después de tocar un rato me tumbo, me ha llevado a respirar de una manera particular, más conectado. Me viene la pregunta sobre la vía del chamán. Celebro haber descubierto en mi itinerario de vida esta forma auténtica de compromiso con mi despertar. En este momento le pregunto al Espíritu: ¿qué es el chamanismo? Me responde: la libertad espiritual. ¿En qué consiste? en manejar la energía. ¿Como se maneja? Le vuelvo a preguntar. Entendiendo la polaridad, me dice. En ese momento empieza a fluir dentro de mí una explicación, apareciendo con claridad, con la mente como testigo. Me dice: se maneja así; de un lado venimos con toda la densidad genética pendiente de sanar, que heredamos y que condiciona nuestros estados del ser, es el karma. Pero en el otro polo está nuestra capacidad para elegir, el poder de nuestra conciencia para configurar la realidad como deseamos a través de la visualización creadora, eligiendo con la intención dónde quiero ir. Es un poder específico de nuestra condición. En medio se sitúan los elementos del carácter condicionado por la sombra del ego, que oculta dentro la propia virtud. Donde hay polaridad hay energía. Lo único que podemos hacer es aprovechar esa energía en esta dimensión que es un conglomerado de polaridades, energía para crear, y hacerlo en el lado de la conciencia. Me dedico un tiempo a integrar este conocimiento. Es revelador ver los mecanismos de la existencia con nitidez. Me fascina la claridad.

El segundo día tengo un rato difícil. Me duele el cuerpo, la energía la tengo muy atascada, siento mucha inquietud física e incomodidad. Confío en la naturaleza, en sus tiempos y su sabiduría. Ella me espera. Entro en contacto con la ansiedad del no hacer, de la espera. Percibo lo adictiva que es la comida. Veo mi manera de comer sin escuchar mi cuerpo. Mi mente no para de planificar, le encanta y me cuesta salir. Confío en el tambor. Purifico mi ansiedad, mi necesidad permanente de encadenar tareas, de moverme. Invoco mi limpieza con el tambor. Permanezco un rato hasta que me envuelve el ritmo y me trasporta.

Tomar el poder pasa por restar fuerza al hacer cotidiano y al auto reflejo, la importancia personal. Quitar énfasis, dedicar la energía a través del reposo a los campos sutiles de la acción espiritual. Soltar las agendas del yo, desmantelar tanta energía atrapada. Cuando me rindo a mi poder interior, ninguna necesidad me arrastra. Veo algo más curioso aún: cómo funciona dentro el mecanismo de víctima. En el pasado le di fuerza al hecho de pensar que estoy condicionado por mis vivencias, por mis padres, por lo que no he tenido, etc., y eso me hace justificar muchas cosas. Error.

EL poder supone cambiar esto. Tiene que ver con la capacidad de ser fluido y libre. “Libre de” las expectativas, creencias, suposiciones y miedos. Si elimino esto quitándole poder, me aguarda la experiencia del gozo. El gozo no es la simple gratificación autocomplaciente. Para llegar al gozo tengo que vivir el equilibrio entre la sobriedad y la entrega.

Me tumbo en la tienda y pongo el foco en acceder a mi primera regresión. Entro tras un rato de esperar a que la mente se apacigüe. Soy granjera, vivo en un espacio pequeño. Cuido las gallinas y atiendo la cocina. Mi marido, agricultor, llega hacia el atardecer cada día. Es un lector ávido de libros de historia. Cada noche me relata episodios que me hacen viajar con mi fantasía. Es el único momento de placer, como lo es el contacto con la vida, viendo pasar las estaciones con las que conecto y con el trascurrir del tiempo. No tengo hijos. Todo es rutinario y austero. Acudo al final de mi vida. Estoy sola. Miro por la ventana, sé que esa primavera es la última estación del año para mí. Veo mi cuerpo de anciana con un camisón. Abrazo el dolor que supone aceptar una vida sin grandes estímulos, sobria. Apenas había vivido experiencias, pero sentía un poso de alegría auténtica. Estaba bien. Me abandonaba al curso de la vida. Siento mucha confianza ahora. Esta vida me trae una alianza muy bonita con los ciclos de la vida y la naturaleza. Asumo con mucha tranquilidad el final. Es extraordinario mi sentimiento de abandono confiado a transitar la muerte. Me conecta con aceptar los límites de la vida, con la alegría contenida en la sobriedad y con la importancia del amor sostenido, sencillo. Abrazo esta claridad.  

Invoco la magia. Observo como tengo mucha motivación para pensar en las situaciones de personas queridas y ensayar la magia. Invoco la sanación y ensayo esta práctica. Imagino a las personas logrando estados de mayor bienestar y consiguiendo situaciones más satisfactorias en su vida. Me da placer. Para ello ideo situaciones concretas en las que se da esa realidad. Las visualizo y las conecto con mi emoción. Invoco también la magia para mí. Recuerdo la frase que me impactaba recientemente: lo que sale de Dios vuelve a Dios. Si yo vuelco una mirada y una intención como Dios, la realidad me devuelve eso que yo proyecto y programo, como Dios que soy. Sanación, respuesta amorosa, lo que sea. Practico la fe. Me parece un ámbito de poder fascinante. Me comprometo conmigo a explorar más esta faceta.

Es de noche. Me despierto y me asomo a ver el cielo estrellado. El silencio del bosque ahora me hace conectarme con la vida que hay contenida en todo lo que me rodeo, extraordinaria. Donde aparentemente no hay nada, hay mucha presencia, misterio lleno de noticias que me esperan. Me atrapa el espectáculo de la naturaleza en profunda calma. Vaya regalazo.

Me tumbo y comienzo un nuevo viaje al Nagual. La técnica ya me resulta familiar. Aparezco de nuevo en la cueva donde otras veces me he visto con una anciana chamana. Entro y la encuentro como siempre, disponible a devolverme sabiduría. Me pide que mire al fuego. Me siento a su lado y me pregunta ¿Qué traes?, le digo: quiero saber cómo libero el corazón de los sentimientos de rabia y de miedo. Me dice que mire el fuego. Veo una escena bien conocida para mí: el niño de mi infancia abrazado a sus piernas y aterrorizado en el pasillo. Ella me dice: la alquimia consiste en cambiar la rabia por dolor. ¿Cómo lo hago? Le pregunto. Me ha hecho volver a mirar el fuego y he visto el niño saliendo de casa, decidido, con fuerza, convirtiéndose en hombre. Entonces me ha llegado esta afirmación de poder: yo doy el amor que quiero en tiempo y forma, y esto es adecuado para mí. No hay exigencia en el amor. Lo doy a mi manera, escuchando mi necesidad. Y no dudo de que eso es amor. Suelto el requerimiento. Puedo decir por ejemplo: yo te quiero, solo que ahora, no puedo; solo que así no; solo que esto no puedo hacerlo. Te quiero, pero esto elijo no hacerlo. Te quiero y no dudo de mi amor. Y estoy en paz.

Abrazo a mi niño aterrorizado por el dolor y la culpa. Salgo a un estado de lucidez. Así como el deseo trae de la mano el miedo y empuja a que los atravieses, el amor invita a abrazar el dolor. El deseo invita a que muevas el miedo y cuando te entregas al amor de la mano de esos miedos, completas el viaje más potente que es la sanación del dolor a través del amor. Entiendo ahora este universal. Confío en el poder transmutador del amor, me trae mucha claridad y quiero entregarme a esta vivencia. Ahora sí siento fuerza para abrazar el dolor, el propio y el de las personas que amo. Percibo un cambio potente dentro de mí. Lo integro, dejo sentirlo dentro durante largo rato. Me duermo.

Al día siguiente, en el segundo ascenso al Nagual, completo la experiencia. Pongo la intención de nuevo en sanar la rabia y entrar en la dulzura. Inicio la visión, como siempre, dando prioridad a mi mente intuitiva y dando espacio a lo que aparece, para que el relato vaya fluyendo en automático. Me he encontrado a lo pies de un árbol descomunal. En el tronco un hueco me permitía sentarme como empotrado en la madera. De alguna forma me abraza. Me dice que él, para ser así de fuerte y pacífico no ha hecho nada más que estar ahí. Sentía como inhalaba aire por las raíces y expiraba por las hojas, y viceversa. Percibía su poder al mismo tiempo que experimentaba como absorbía mi rabia en este movimiento respiratorio.

En un momento dado me pregunta si tengo fe. Le respondo que quiero practicarla. Al instante ha llegado la figura de Cristo y me ha mirado a los ojos. Se ha señalado el corazón con dos de sus dedos, lo cual me ha conectado con la ternura y con un fuerte sentimiento amoroso. Esta vez es él el que me pregunta si creo en él, le digo que sí. Entonces me responde: queda sanado. Me inunda una sensación extraordinaria de paz. Al instante me dice: veo a tu niño aterrorizado. Inmediatamente aparece mi padre. Acudo por impulso a abrazarme a su pecho. Por primera vez mi cuerpo experimenta una ternura abundante en contacto con él. En este instante me rindo emocionado a sentirlo como padre amoroso y tierno. ¡Es tan sanador sentir esto! Él me habla y me dice: lo siento, yo no pude aplacar mi rabia y me ahogué, pero tú si puedes. Me deja profundamente conmovido. Cuanta sanación cada vez que restauro la energía masculina desde el corazón.

Me despierto de madrugada y de nuevo me asomo para disfrutar de la fascinante bóveda celeste. Me doy cuenta de que, despertarme a esa hora, es una invitación de la vida a poner energía en la ensoñación. Me da alegría entenderlo, así lo haré. De momento me entretengo en hablar con las tres cartas del Simbolón que extraje antes de iniciar esta búsqueda. Me pongo a la escucha. Es sorprendente, cada vez es más fácil visualizar, cada vez es más natural recibir ideas claras desde la percepción ampliada.

La primera carta del Simbolón dice que trabaje mi magia, que no haga nada, que no me pelee con nada y que proteja la paz, como el guerrero. Que practique la fe, que el universo me inunda de bienes y que trabaje mis estados internos, ya que todo lo que necesite que venga, vendrá. La segunda carta me dice que cada persona tenemos un viaje espiritual único y personal. Que cuando estoy en una relación sintonizada, este viaje se amplifica y se puede llevar más lejos. Que no me pierda en las vicisitudes de la relación, los guiones argumentales, que nos enfoquemos en el viaje espiritual. Que no me acomode ni me pierda en las complejidades innecesarias. Que descubra la peculiaridad y el valor especial de cada uno en el viaje espiritual. La tercera me habla de que pronto sabre lo que estar al servicio del espíritu y de la intuición. Me fascina la claridad con la que llegan las palabras. No provienen de mi, pero están en mi, no es mi mente, pero mi mente hace de testigo.

Dejo para el final la historia que más me ha marcado en esta búsqueda. Es la segunda regresión en la que tuve mucha claridad en la experiencia. La viví tumbado debajo de un árbol. Yo era niño en el continente americano en tiempos del descubrimiento. Caminaba y jugaba con el agua a orillas del mar. Observo de repente un galeón al fondo, es la primera vez que avisto algo así y me extraña su forma a la vez que excita mi curiosidad. Subo la pendiente de arena que me separa del poblado hecho de chozas y según llego, ya salen todos a verlo, se han percatado de ese extraño objeto navegante. Me abrazo nítidamente a la pierna izquierda de mamá mientras observo con curiosidad y sintiéndome protegido por la tribu. Todos vestimos con una tela similar, color crema y con una cenefa. Somos morenos de pelo liso y bellísimos.

Salto de escena. Soy ahora el guerrero jefe de la tribu. Voy al frente con varios guerreros conmigo y me acerco a un capitán español que ha atracado el galeón junto a nuestro poblado. Están en la orilla. Traen sus vestimentas acorazadas, sus armas de pólvora y un baúl con bisuterías. Hay un traductor a su derecha y numerosos marineros le acompañan. Me dice que quiere asentarse aquí, en esta tierra. Entiendo que solicita permiso. Yo le digo que el sol brilla para todos los que habitan aquí y que la lluvia cae sobre quienes descansan en esta tierra sin distinción y que, siendo así, nosotros no tenemos poder para decidir quién quiere vivir aquí. No somos dueños de nada. Ellos me dicen que me traen regalos de su país en ese baúl como muestra de cortesía para instalarse en la tierra. Les digo que, si quieren regalarme eso, bien, pero no será para comprar un permiso que no puedo darles. Nosotros cazamos, pescamos y cuidamos a los niños. Defendemos y preservamos el mayor bien: la paz. Se regocijan en mi respuesta. Nos despedimos. En ese momento les expreso: conoceré vuestros corazones.

Salto de escena. Soy más anciano y me acerco con mi caballo a un fuerte construido por los conquistadores. Entro y me siento frente a un capitán con el que me he citado para conversar. Estamos en un patio de arena. Allí le digo que he distinguido sus corazones. Abro toda mi expresión y con fuerza les digo como siento que los guía la rabia, al afán de poder y la venganza. El me dice que solo obedece órdenes de Castilla. Yo le digo que me entristece. Nosotros solo obedecemos a la vida, la naturaleza y únicamente nos guía nuestro corazón que sirve a la paz. Le pido que no se acerquen a nuestros hijos, que los corrompen. Y me voy.

Soy un guerrero de paz. Me conmueve sentir dentro de mi esta fuerza que no depende de lo que hago ni de como me defiendo, sino que reside en el poder de mi corazón y mi palabra. Siento dentro de mi una poderosa energía que nace de la renuncia a toda lucha. No soy dueño de nada. Siento con más claridad como es rendirse a mi poder interior. No hay nada que hacer, está hecho todo, esto me completa. Disuelvo la rabia, es un mecanismo viejo de huida del dolor. Invoco la paz, un bien espiritual dentro de mi.

Hay mucha novedad en esta experiencia junto a la naturaleza. Me da más de lo que necesito, no tengo ni que pedirlo. Ya no busco tanto obtener respuestas concretas a mis dilemas, sino simplemente recibir la sabiduría del nagual en cada presente. Reactivo la atención creativa, confío en las posibilidades de la percepción, y llega la novedad: existe un vasto campo de poder en el no hacer y la apertura a la visión interna.

Veo muy claramente como todo esto ya lo tuvimos y simplemente lo hemos olvidado: la confianza en el poder de la naturaleza, la apertura de los sentidos sutiles, la conexión energética con el cuerpo y la danza, la capacidad de entrar en estados de visión y de claridad. Lo denso me enreda. No hay espacio para el milagro. Cada búsqueda me abro más a la vida del espíritu.   

Retorno con una extraordinaria sensación de paz. Mi guerrero me ha impregnado de presencia y de poder. Entiendo el significado de abrazar el dolor. Puedo con ello. Quiero poner más consciencia en la comida. Estar aquí tres días me coloca ante mis límites y me da la oportunidad de romper la estabilidad de mi mente y mi ego para recuperar el auténtico equilibrio.