La sabiduría del norte

La sabiduría del norte

Llevo un tiempo adentrándome en la sabiduría de las cuatro direcciones. Se trata de una antigua práctica chamánica que dialoga con las energías y poderes contenidos en cada una de las direcciones: norte, sur, este y oeste. La rueda, así le llaman diversas culturas nativas americanas y europeas, se crea en el suelo debidamente orientada y ayuda a unir el mundo externo e interno. Moverse en ella con diferentes intenciones permite hacer un trabajo espiritual en conexión con la naturaleza y los ciclos de la vida: entender situaciones, adentrarse en temas de vida, tomar decisiones, etc.

Durante estos días de enero de 2022 estoy en contacto fuertemente con la energía del norte. Me conduce a lo intemporal, al vacío. He vivido algo especial abandonándome al no hacer. He conectado con el invierno y he entendido cómo todo puede estar contenido, paralizado pero vivo. También he contactado con la luna nueva y con la profundidad de la noche. El campo permite vivirla en todo su misterio. Siento más presentes a mis ancestros con los que he dialogado de forma espontánea. Y siento mucho más disponible la voz del inconsciente. Puedo intuir el caudal de sabiduría escondida en este modo de habitar el tiempo. El norte me trae estos días algo inexplorado por mí. Pero no sé ponerle muchas más palabras. Esto también es interesante.

Después de unas navidades activas con mucha energía implicada, caigo en el vacío. La enfermedad me ayuda a rendirme. Mi cuerpo pide descanso y me entrego. Con esta sensación de que nada me reclama, de no sentir ningún impulso, puedo permitirme pensar en el no tiempo. Consigo que se haga un silencio especial dentro de mí. Me sorprende darme cuenta de que experimento algo que asocio a la falta de ego. Me trae alegría. He soltado cualquier intención y me siento así, sin ego. No necesito opinar de nada, defenderme de nada. El puro presente me mece. Me invade una fragilidad alegre, una ingenuidad sana que me hace estar disponible, abierto a lo que me llega a cada instante sin juicio alguno. Es un estado infantil de confianza al mismo tiempo que experimento una lucidez madura del alma, un estado de alianza con la vida.

Ahora puedo ver toda la energía que compromete el ego a diario, empeñado en hacer, manifestar cosas, completar acciones, alimentar la importancia personal, mirar el móvil, obedecer estímulos y distracciones. Uf, me observo en la vida cotidiana y puedo distinguir la red en la que ando literalmente atrapado. Estoy en un permanente automatismo por llenar los vacíos. Siento el profundo valor que hay en parar y recoger, intuitivamente y sin mente, cada poco tiempo, el resultado del movimiento, de la acción. Como si cada cosa en la que comprometiera mi energía, me pidiera luego un reposo natural en el que destilar lo que siento y engarzar estados de coherencia con la vida. Aquietar el corazón y la mente es pura salud.

Es un privilegio para el alma despertar cada día sin atraparla inmediatamente en acciones. Dejar que el puro presente te traiga algo, lo que sea, inesperadamente. Entrenarme para estar en la nada, me supone poner conciencia en la inacción. Es como alargar la noche, donde desactivo los sentidos y nada de fuera me fuerza a la acción. Como mantener la energía del letargo. Escucho en este vacío la virtud del invierno: habla del período entre la muerte y la vida. Y en este intervalo, hay mucho que percibir. La luna, aunque deja de reflejar luz, no está oculta, está ahí muy presente.

Siento un efecto muy alentador: sé que detrás del vacío, si espero, puede llegar algo nuevo. Lo nuevo me estimula. Lo nuevo es algo inesperado, que no puedo crear con mi mente, que no puedo esperar como producto de mi elaboración, sino que me sorprende. Y eso nuevo llega como un regalo. Tengo que saber esperarlo sin mente. El hecho de reconocer que puede aparecer es ya una actitud de entrega a la vida y a su sabiduría. Me siento en una verdadera entrega reconfortante.

El vacío no es tal, me digo a mi mismo, pero reconozco el miedo al vacío que contiene mi vida. Los átomos, si te aproximas, resulta que tienen el 99% del espacio vacío. Se trata de la dimensión que alberga todas las posibilidades. Cuando contacto con el vacío, y espero, y dejo de atender el movimiento, aparece algo excepcional: el vacío está lleno de un estado del ser y este estado es muy satisfactorio.

Absorbo la importancia de parar, de dejar espacio al no hacer absolutamente nada. La respiración, algo simple, se torna placer, lenta y consciente. Noto mi impulso automático a encadenar la siguiente acción, y la siguiente. Lo observo y no reacciono. En realidad, con mi observador interno puedo hacerme cargo de la actividad de mi mente. Entonces me doy cuenta de que mi mente no soy yo. Esto me libera mucho.

Vuelvo a respirar. Emerge ante mí una peculiar conciencia: estoy vivo. Eso es extraordinario. Soy, en mi cuerpo y en mi ser, una manifestación de la vida. Me emociono. Esta emoción que siento aquí y ahora es la vida misma palpitando. La vida, infinitamente más grande que yo, se manifiesta a través de mí. Soy un habitante de este cuerpo, un testigo convocado a sentir la emoción de la vida. La vida me atraviesa.  

Agradezco la energía del invierno, el poder del norte.

Romper el hechizo y completarme a mi mismo

Romper el hechizo y completarme a mi mismo

Completarse a uno mismo/a ¡Quién dijo fácil! Completarse para mi significa sentir que lo que deseo y lo que la vida me ofrece es congruente; que el miedo no me condiciona; que despliego lo mejor de mi y saco mi artista interno; que integro con amabilidad mis partes de sombra y que siento amor dentro y fuera. Conquistar esto de un modo permanente, requiere de paciencia y amabilidad con uno mismo. Es el laboratorio de la vida. Como en un ajedrez, dentro de nosotros, cada pieza tiene que jugar su partida.

Después de años de trabajarme en círculos gestálticos, puedo ver lo importante que ha sido dar voz a una parte reprimida, condenada, que carecía de voz propia y que fue sustituida por un mandato, una creencia. Perdí de vista mi capacidad para relacionarme con las dificultades y adquirí un hábito racionalizador y autoindulgente. Pensé “si duele no es bueno”, evitaba cualquier contrariedad y ponía mi hedonismo por encima de todo.

He aprendido que estoy en un mundo de espejos. Todo en la vida es un acontecimiento que viene para que me desvele y componga el mapa de navegación de mi sueño vital, de mi propósito. Pero, extrañamente, me pegué años despistado.

Observo y veo: nos entregamos de por vida a trabajos que nos colapsan la energía… y aguantamos; nos introducimos en relaciones que sacan nuestra sombra más odiada… y nos peleamos; a veces nos enfrentamos a desencantos, fobias y bloqueos que obviamos y metemos en el cajón de las anécdotas; los padres/hijos disparan la peor versión de uno mismo… y nos conformamos con amar un poco; vivimos sueños nocturnos que nos remueven y nos despertamos sacudiéndonos los sentimientos vividos. Y para colmo, cuando tenemos un síntoma físico, lo abordamos con la mirada del mecánico de motores que solo ve bujías y cables estropeados.   

¿Cómo romper este hechizo y conquistar un mayor poder en la conciencia? Poner en duda lo que me sostenía y me servía para atornillar mis rutinas, fue un acto altamente creativo. Entendí que entregarme al proceso de transformación personal era la puerta de salida a mi auténtica riqueza. Entonces me doté de momentos privilegiados para detenerme a poner foco en todas estas encrucijadas, quitar el velo y despertar al verdadero significado de todo lo que me envolvía en esta matriz. Lo llamamos “darse cuenta”. Consiste en entrenarse para reconocer auténticamente lo que se siente. Salir de la permanente interpretación. Los pensamientos no resuelven los problemas. Los círculos de Gestalt me han ido despertando.

La verdad siempre es interna, es personal. Se llega a través del sentir, y cuesta. Veo como tengo ya dentro la información que necesito. Por eso, detrás de una pregunta, existe una respuesta interna que hay que desvelar. El inconsciente tiene toda la información. Apuntar al auténtico deseo ha sido para mí la clave, porque negar el deseo es sufrir, igual que negar el dolor. Y esto es lo que me impedía destapar mi energía que está diseñada para la máxima satisfacción. El cuerpo, que nunca miente, ha sido mi guía pues es un fiel depositario de estas verdades.

Mientras me empeñaba en evitar aquellos escenarios en los que se manifiestan mis miedos más arcanos, la realidad me los volvía a presentar para que resolviera. Lo he vivido especialmente en las relaciones interpersonales. Hasta que no desvelé para mí mismo mis carencias, mi culpa, mi individualismo, mi dolor, mi vulnerabilidad, mi tacaño, mi dependencia, etc., la vida me lo seguía trayendo a su manera.

Manifestar la equivocación, lo vergonzoso o impresentable, los miedos; decir te quiero o te odio con la misma fuerza, permite que emerja la verdad. Eso es liberador. Solo si hay enfermedad podemos experimentar curación. La sombra solo quiere ser vista y reconocida.

Decía C. Rogers que para convertirse en persona primero había que transformarse en monstruo. El monstruo no es tan feo como lo pinta… nuestro ego, que se ha acostumbrado a ejercer un control omnímodo. Lo que con más ahínco negaba en mí, es lo que más necesitaba ver, donde más he tenido que volcar una mirada de amor.

Sanar es dejar de imitar y permitir que emerja el ser genuino, tal vez estrafalario y majareta, que llevo dentro.  Reconozco que el caos me inquieta, aún me peleo con el desorden. Deduzco que, posiblemente, el orden me constriñe aún. Anhelo la santa locura, donde el caos me conduce a un orden divino que yo no controlo. La imagino como un camino en el que doy permiso a que emerjan los auténticos centros de sabiduría y poder que me guían, lejos de la mente analítica: la sabiduría del corazón; la verdad innata del cuerpo sentido; el impulso sanador del inconsciente; la lucidez de la conciencia conectada a la percepción. Desinflo la importancia personal y doy espacio a las manifestaciones caóticas. Es el viaje de la autenticidad. Es extraordinariamente apasionante. Dramático a veces, divertido otras y sanador siempre. 

Creo que todos tenemos un artista dentro. Es alguien que está en comunión con su sentir más luminoso y se otorga el pleno derecho a expresarse con total libertad. Solo puedo acompañar una buena terapia si antes he experimentado la medicina sanadora de mi corazón amoroso; solo puedo pinchar una buena sesión de música si antes me he enamorado de los sonidos que recreo interiormente en mi mundo de melodías y ritmos; solo puedo hacer un buen podcast si antes he conectado y me he apasionado con alguna faceta de la vida u obra de esa persona.

Compruebo como mi sanación ha ido de la mano de ir enamorándome de lo que soy, sin peleas ni exclusiones; sin carencias ni mendicidades. Me he enamorado de mi disfrutón, de mi músico, de mi individualista, de mi hombre sensible, de mi orador, de mi creativo, de mi chamán, de mi amante apasionado, de mi poder, de mi místico, etc. También de mi monstruo con ayuda de muchos círculos de terapia. Está hecho de miedo y de dolor. Ya lo puedo abrazar.

Renuncio ya a intelectualizar la vida. Pongo intención en completar mis propósitos más profundos, aceptando que puedo pedir lo más grande. He ido desterrando la resignación y ampliando la intensidad del placer con la vida. He descubierto que la curación es el placer y la alegría del corazón.

A día de hoy siento que he roto el hechizo y que he adquirido aprendizajes que me acercan a mi mejor versión. Lo compruebo porque: doblego mejor al ego autosuficiente pidiendo en cada momento lo que necesito, como una forma de auto respeto y honestidad con mi vulnerabilidad. No me identifico con el juicio, la culpa, la víctima y la represión, y utilizo esa energía a mi favor para poner límites. Desvelo cada vez mejor mi rabia, y la convierto en poder para confirmar y completar lo que deseo.

Estoy convencido de que encarné en esta dimensión para tomar el reto de abrir mi corazón y sanar. Acepto que la mayor parte de mi biografía ha sido una historia de resistencias a este viaje. Pero me fascina ver cuanto amor hay disponible a mi alrededor y dentro de mí para que pueda completarlo.  

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Cuando pierdo la estabilidad, recupero el equilibrio.

Cuando pierdo la estabilidad, recupero el equilibrio.

Verdaderamente la naturaleza es mi casa, el lugar del que vengo, mi hogar espiritual. Es mi cuarta búsqueda de la visión. Esta vez me llevo una sensación poderosa de sanación. Reconozco cuanto poder tiene la naturaleza. Me pongo en sus manos. Me acerco al misterio, no lo puedo abarcar. Quiero abandonarme con perseverancia a este estado. Sé que la claridad llega por revelación. Al abandonarme, toda la energía que habitualmente derrocho, se pone a mi favor. Reconozco que yo soy la suma de mi poder personal, por eso elijo hacerme responsable de mi energía.

He llegado con una sensación de gozo por el amor que estoy viviendo. Me encuentro muy feliz. Percibo como me alimenta el amor. Me coloca en un energía adecuada, con mi corazón por delante. Me trae calma y quietud. La experiencia amorosa y tántrica me abre a la presencia, y tomo esta energía poderosa en mi para iniciar esta búsqueda. En esta ocasión he experimentado dos regresiones y dos ascensos al Nagual. Me han hecho comprender aspectos profundos de mi momento, de mi camino de despertar.

Voy dejándome fluir en el silencio, hecho de brisa y cantos de pájaros envueltos en primavera, en este paraje singular. Según me vienen las intenciones, muevo la energía. Me entrego a lo que venga: invocar, evocar, cantar, abrir mi percepción, visualizar, dialogar con los elementos, con los seres, escuchar mi voz interna, ascender al Nagual, crear estados, enfocarme en la magia, elaborar una reflexión a través de una idea lúcida que se me regala. El truco de la búsqueda es estar, permanecer. También darse cuenta de que la mente se entretiene y entonces, saber esperar y confiar. Como guerrero dejo que el pensamiento disuelva sus propias contradicciones y me entrego al no saber. El poder existe, se mueve, está más allá de mi comprensión. Actuar en alianza con el poder y el misterio, derrota las creencias. Confío en lo que sucede cuando la magia del universo se apodera de mi.

Me llega a la mañana siguiente una primera intuición, me percato del sentido de esta búsqueda: disolver formas de la rabia de mi carácter, completando el abrazo al dolor que inicié hace tiempo. Entiendo así el sentido de esta búsqueda, me alegra verlo. Soy consciente de que el guerrero que llevo dentro sostiene su compromiso de sanación como premisa para aumentar mi conexión con el espíritu.

Comienzo uno de esos paseos sin rumbo entre árboles, sintiendo que toda la naturaleza me acompaña. Esta vida es un viaje entre la polaridad del dolor y el anhelo del éxtasis. En el deseo hay fuerza, movimiento, sinergia. Tomamos el deseo para viajar en las polaridades. Me siento junto a un gran algarrobo. Le digo que me hable de todo esto: me muestra la mágica integración a la que tiendo cuando aprendo a abrazar el dolor, ya que esto despierta en mi la compasión más potente hacia la fragilidad. Al mismo tiempo, esto me permite construir mi poder y determinación, mi estructura y mi amor. ¡Qué potente! Abrazar el dolor despierta la compasión y se combinan en una polaridad fascinante. Tener una polaridad integrada da mucha energía. No quiero negar ninguna de las dos.

Encuentro caminando una piedra singular, amplia y plana, empotrada en el suelo, como un altar labrado hace tiempo en la roca. He llegado de forma casual. Me invita a tumbarme. Invoco la disolución de mi rabia y su transmutación en un abrazo amable al dolor. Y en esta posición, con la mirada puesta en las ramas de un árbol que me cubre en esta ara improvisada, de nuevo se me revelan cosas. Veo la polaridad que componen la agresión, la rabia, la ira y la defensa, por un lado, y la ternura y la compasión por otro. Caigo en la cuenta que la mutación pasa por la alquimia del dolor. Solo así se despeja la vía para la dulzura del corazón. Incorporo un mantra para cuando siento rabia: me duele mucho esto, siento mucha rabia y elijo atender mi rabia hasta poder abrazar mi dolor. Lo repito y lo grabo dentro de mi.

Vuelvo a mi espacio donde tengo una tela y el tambor. Después de tocar un rato me tumbo, me ha llevado a respirar de una manera particular, más conectado. Me viene la pregunta sobre la vía del chamán. Celebro haber descubierto en mi itinerario de vida esta forma auténtica de compromiso con mi despertar. En este momento le pregunto al Espíritu: ¿qué es el chamanismo? Me responde: la libertad espiritual. ¿En qué consiste? en manejar la energía. ¿Como se maneja? Le vuelvo a preguntar. Entendiendo la polaridad, me dice. En ese momento empieza a fluir dentro de mí una explicación, apareciendo con claridad, con la mente como testigo. Me dice: se maneja así; de un lado venimos con toda la densidad genética pendiente de sanar, que heredamos y que condiciona nuestros estados del ser, es el karma. Pero en el otro polo está nuestra capacidad para elegir, el poder de nuestra conciencia para configurar la realidad como deseamos a través de la visualización creadora, eligiendo con la intención dónde quiero ir. Es un poder específico de nuestra condición. En medio se sitúan los elementos del carácter condicionado por la sombra del ego, que oculta dentro la propia virtud. Donde hay polaridad hay energía. Lo único que podemos hacer es aprovechar esa energía en esta dimensión que es un conglomerado de polaridades, energía para crear, y hacerlo en el lado de la conciencia. Me dedico un tiempo a integrar este conocimiento. Es revelador ver los mecanismos de la existencia con nitidez. Me fascina la claridad.

El segundo día tengo un rato difícil. Me duele el cuerpo, la energía la tengo muy atascada, siento mucha inquietud física e incomodidad. Confío en la naturaleza, en sus tiempos y su sabiduría. Ella me espera. Entro en contacto con la ansiedad del no hacer, de la espera. Percibo lo adictiva que es la comida. Veo mi manera de comer sin escuchar mi cuerpo. Mi mente no para de planificar, le encanta y me cuesta salir. Confío en el tambor. Purifico mi ansiedad, mi necesidad permanente de encadenar tareas, de moverme. Invoco mi limpieza con el tambor. Permanezco un rato hasta que me envuelve el ritmo y me trasporta.

Tomar el poder pasa por restar fuerza al hacer cotidiano y al auto reflejo, la importancia personal. Quitar énfasis, dedicar la energía a través del reposo a los campos sutiles de la acción espiritual. Soltar las agendas del yo, desmantelar tanta energía atrapada. Cuando me rindo a mi poder interior, ninguna necesidad me arrastra. Veo algo más curioso aún: cómo funciona dentro el mecanismo de víctima. En el pasado le di fuerza al hecho de pensar que estoy condicionado por mis vivencias, por mis padres, por lo que no he tenido, etc., y eso me hace justificar muchas cosas. Error.

EL poder supone cambiar esto. Tiene que ver con la capacidad de ser fluido y libre. “Libre de” las expectativas, creencias, suposiciones y miedos. Si elimino esto quitándole poder, me aguarda la experiencia del gozo. El gozo no es la simple gratificación autocomplaciente. Para llegar al gozo tengo que vivir el equilibrio entre la sobriedad y la entrega.

Me tumbo en la tienda y pongo el foco en acceder a mi primera regresión. Entro tras un rato de esperar a que la mente se apacigüe. Soy granjera, vivo en un espacio pequeño. Cuido las gallinas y atiendo la cocina. Mi marido, agricultor, llega hacia el atardecer cada día. Es un lector ávido de libros de historia. Cada noche me relata episodios que me hacen viajar con mi fantasía. Es el único momento de placer, como lo es el contacto con la vida, viendo pasar las estaciones con las que conecto y con el trascurrir del tiempo. No tengo hijos. Todo es rutinario y austero. Acudo al final de mi vida. Estoy sola. Miro por la ventana, sé que esa primavera es la última estación del año para mí. Veo mi cuerpo de anciana con un camisón. Abrazo el dolor que supone aceptar una vida sin grandes estímulos, sobria. Apenas había vivido experiencias, pero sentía un poso de alegría auténtica. Estaba bien. Me abandonaba al curso de la vida. Siento mucha confianza ahora. Esta vida me trae una alianza muy bonita con los ciclos de la vida y la naturaleza. Asumo con mucha tranquilidad el final. Es extraordinario mi sentimiento de abandono confiado a transitar la muerte. Me conecta con aceptar los límites de la vida, con la alegría contenida en la sobriedad y con la importancia del amor sostenido, sencillo. Abrazo esta claridad.  

Invoco la magia. Observo como tengo mucha motivación para pensar en las situaciones de personas queridas y ensayar la magia. Invoco la sanación y ensayo esta práctica. Imagino a las personas logrando estados de mayor bienestar y consiguiendo situaciones más satisfactorias en su vida. Me da placer. Para ello ideo situaciones concretas en las que se da esa realidad. Las visualizo y las conecto con mi emoción. Invoco también la magia para mí. Recuerdo la frase que me impactaba recientemente: lo que sale de Dios vuelve a Dios. Si yo vuelco una mirada y una intención como Dios, la realidad me devuelve eso que yo proyecto y programo, como Dios que soy. Sanación, respuesta amorosa, lo que sea. Practico la fe. Me parece un ámbito de poder fascinante. Me comprometo conmigo a explorar más esta faceta.

Es de noche. Me despierto y me asomo a ver el cielo estrellado. El silencio del bosque ahora me hace conectarme con la vida que hay contenida en todo lo que me rodeo, extraordinaria. Donde aparentemente no hay nada, hay mucha presencia, misterio lleno de noticias que me esperan. Me atrapa el espectáculo de la naturaleza en profunda calma. Vaya regalazo.

Me tumbo y comienzo un nuevo viaje al Nagual. La técnica ya me resulta familiar. Aparezco de nuevo en la cueva donde otras veces me he visto con una anciana chamana. Entro y la encuentro como siempre, disponible a devolverme sabiduría. Me pide que mire al fuego. Me siento a su lado y me pregunta ¿Qué traes?, le digo: quiero saber cómo libero el corazón de los sentimientos de rabia y de miedo. Me dice que mire el fuego. Veo una escena bien conocida para mí: el niño de mi infancia abrazado a sus piernas y aterrorizado en el pasillo. Ella me dice: la alquimia consiste en cambiar la rabia por dolor. ¿Cómo lo hago? Le pregunto. Me ha hecho volver a mirar el fuego y he visto el niño saliendo de casa, decidido, con fuerza, convirtiéndose en hombre. Entonces me ha llegado esta afirmación de poder: yo doy el amor que quiero en tiempo y forma, y esto es adecuado para mí. No hay exigencia en el amor. Lo doy a mi manera, escuchando mi necesidad. Y no dudo de que eso es amor. Suelto el requerimiento. Puedo decir por ejemplo: yo te quiero, solo que ahora, no puedo; solo que así no; solo que esto no puedo hacerlo. Te quiero, pero esto elijo no hacerlo. Te quiero y no dudo de mi amor. Y estoy en paz.

Abrazo a mi niño aterrorizado por el dolor y la culpa. Salgo a un estado de lucidez. Así como el deseo trae de la mano el miedo y empuja a que los atravieses, el amor invita a abrazar el dolor. El deseo invita a que muevas el miedo y cuando te entregas al amor de la mano de esos miedos, completas el viaje más potente que es la sanación del dolor a través del amor. Entiendo ahora este universal. Confío en el poder transmutador del amor, me trae mucha claridad y quiero entregarme a esta vivencia. Ahora sí siento fuerza para abrazar el dolor, el propio y el de las personas que amo. Percibo un cambio potente dentro de mí. Lo integro, dejo sentirlo dentro durante largo rato. Me duermo.

Al día siguiente, en el segundo ascenso al Nagual, completo la experiencia. Pongo la intención de nuevo en sanar la rabia y entrar en la dulzura. Inicio la visión, como siempre, dando prioridad a mi mente intuitiva y dando espacio a lo que aparece, para que el relato vaya fluyendo en automático. Me he encontrado a lo pies de un árbol descomunal. En el tronco un hueco me permitía sentarme como empotrado en la madera. De alguna forma me abraza. Me dice que él, para ser así de fuerte y pacífico no ha hecho nada más que estar ahí. Sentía como inhalaba aire por las raíces y expiraba por las hojas, y viceversa. Percibía su poder al mismo tiempo que experimentaba como absorbía mi rabia en este movimiento respiratorio.

En un momento dado me pregunta si tengo fe. Le respondo que quiero practicarla. Al instante ha llegado la figura de Cristo y me ha mirado a los ojos. Se ha señalado el corazón con dos de sus dedos, lo cual me ha conectado con la ternura y con un fuerte sentimiento amoroso. Esta vez es él el que me pregunta si creo en él, le digo que sí. Entonces me responde: queda sanado. Me inunda una sensación extraordinaria de paz. Al instante me dice: veo a tu niño aterrorizado. Inmediatamente aparece mi padre. Acudo por impulso a abrazarme a su pecho. Por primera vez mi cuerpo experimenta una ternura abundante en contacto con él. En este instante me rindo emocionado a sentirlo como padre amoroso y tierno. ¡Es tan sanador sentir esto! Él me habla y me dice: lo siento, yo no pude aplacar mi rabia y me ahogué, pero tú si puedes. Me deja profundamente conmovido. Cuanta sanación cada vez que restauro la energía masculina desde el corazón.

Me despierto de madrugada y de nuevo me asomo para disfrutar de la fascinante bóveda celeste. Me doy cuenta de que, despertarme a esa hora, es una invitación de la vida a poner energía en la ensoñación. Me da alegría entenderlo, así lo haré. De momento me entretengo en hablar con las tres cartas del Simbolón que extraje antes de iniciar esta búsqueda. Me pongo a la escucha. Es sorprendente, cada vez es más fácil visualizar, cada vez es más natural recibir ideas claras desde la percepción ampliada.

La primera carta del Simbolón dice que trabaje mi magia, que no haga nada, que no me pelee con nada y que proteja la paz, como el guerrero. Que practique la fe, que el universo me inunda de bienes y que trabaje mis estados internos, ya que todo lo que necesite que venga, vendrá. La segunda carta me dice que cada persona tenemos un viaje espiritual único y personal. Que cuando estoy en una relación sintonizada, este viaje se amplifica y se puede llevar más lejos. Que no me pierda en las vicisitudes de la relación, los guiones argumentales, que nos enfoquemos en el viaje espiritual. Que no me acomode ni me pierda en las complejidades innecesarias. Que descubra la peculiaridad y el valor especial de cada uno en el viaje espiritual. La tercera me habla de que pronto sabre lo que estar al servicio del espíritu y de la intuición. Me fascina la claridad con la que llegan las palabras. No provienen de mi, pero están en mi, no es mi mente, pero mi mente hace de testigo.

Dejo para el final la historia que más me ha marcado en esta búsqueda. Es la segunda regresión en la que tuve mucha claridad en la experiencia. La viví tumbado debajo de un árbol. Yo era niño en el continente americano en tiempos del descubrimiento. Caminaba y jugaba con el agua a orillas del mar. Observo de repente un galeón al fondo, es la primera vez que avisto algo así y me extraña su forma a la vez que excita mi curiosidad. Subo la pendiente de arena que me separa del poblado hecho de chozas y según llego, ya salen todos a verlo, se han percatado de ese extraño objeto navegante. Me abrazo nítidamente a la pierna izquierda de mamá mientras observo con curiosidad y sintiéndome protegido por la tribu. Todos vestimos con una tela similar, color crema y con una cenefa. Somos morenos de pelo liso y bellísimos.

Salto de escena. Soy ahora el guerrero jefe de la tribu. Voy al frente con varios guerreros conmigo y me acerco a un capitán español que ha atracado el galeón junto a nuestro poblado. Están en la orilla. Traen sus vestimentas acorazadas, sus armas de pólvora y un baúl con bisuterías. Hay un traductor a su derecha y numerosos marineros le acompañan. Me dice que quiere asentarse aquí, en esta tierra. Entiendo que solicita permiso. Yo le digo que el sol brilla para todos los que habitan aquí y que la lluvia cae sobre quienes descansan en esta tierra sin distinción y que, siendo así, nosotros no tenemos poder para decidir quién quiere vivir aquí. No somos dueños de nada. Ellos me dicen que me traen regalos de su país en ese baúl como muestra de cortesía para instalarse en la tierra. Les digo que, si quieren regalarme eso, bien, pero no será para comprar un permiso que no puedo darles. Nosotros cazamos, pescamos y cuidamos a los niños. Defendemos y preservamos el mayor bien: la paz. Se regocijan en mi respuesta. Nos despedimos. En ese momento les expreso: conoceré vuestros corazones.

Salto de escena. Soy más anciano y me acerco con mi caballo a un fuerte construido por los conquistadores. Entro y me siento frente a un capitán con el que me he citado para conversar. Estamos en un patio de arena. Allí le digo que he distinguido sus corazones. Abro toda mi expresión y con fuerza les digo como siento que los guía la rabia, al afán de poder y la venganza. El me dice que solo obedece órdenes de Castilla. Yo le digo que me entristece. Nosotros solo obedecemos a la vida, la naturaleza y únicamente nos guía nuestro corazón que sirve a la paz. Le pido que no se acerquen a nuestros hijos, que los corrompen. Y me voy.

Soy un guerrero de paz. Me conmueve sentir dentro de mi esta fuerza que no depende de lo que hago ni de como me defiendo, sino que reside en el poder de mi corazón y mi palabra. Siento dentro de mi una poderosa energía que nace de la renuncia a toda lucha. No soy dueño de nada. Siento con más claridad como es rendirse a mi poder interior. No hay nada que hacer, está hecho todo, esto me completa. Disuelvo la rabia, es un mecanismo viejo de huida del dolor. Invoco la paz, un bien espiritual dentro de mi.

Hay mucha novedad en esta experiencia junto a la naturaleza. Me da más de lo que necesito, no tengo ni que pedirlo. Ya no busco tanto obtener respuestas concretas a mis dilemas, sino simplemente recibir la sabiduría del nagual en cada presente. Reactivo la atención creativa, confío en las posibilidades de la percepción, y llega la novedad: existe un vasto campo de poder en el no hacer y la apertura a la visión interna.

Veo muy claramente como todo esto ya lo tuvimos y simplemente lo hemos olvidado: la confianza en el poder de la naturaleza, la apertura de los sentidos sutiles, la conexión energética con el cuerpo y la danza, la capacidad de entrar en estados de visión y de claridad. Lo denso me enreda. No hay espacio para el milagro. Cada búsqueda me abro más a la vida del espíritu.   

Retorno con una extraordinaria sensación de paz. Mi guerrero me ha impregnado de presencia y de poder. Entiendo el significado de abrazar el dolor. Puedo con ello. Quiero poner más consciencia en la comida. Estar aquí tres días me coloca ante mis límites y me da la oportunidad de romper la estabilidad de mi mente y mi ego para recuperar el auténtico equilibrio.  

Me doy a luz

Me doy a luz

Elijo no tener hijos. Lo hago cerrando esa posibilidad biológica en mi cuerpo. Despido esa funcionalidad que permitía la experiencia de dar continuidad al árbol familiar. Miro a mis padres, les doy las gracias por la vida y siento que cierro un largo proceso de historias de amor y entrega.  Gracias, de verdad. Paro este río infinito de reproducción. Al despedir esto de manera consciente, me quedo en contacto con todas las posibilidades a las que dedicar mi energía con entusiasmo. Desentrañar el misterio de estar vivo, de amar y de despejar todos los recursos de mi corazón y atraerlos a la conciencia. Fascinante.

Cuando miro hacia atrás y veo como se han configurado las decisiones personales, entiendo que no estoy solo. La vida me sobrepasa y es como una corriente que me conduce prodigiosamente. Observo mi infancia, la familia en la que elegí nacer para ser humano y todo lo que viví como actor pasivo de un gran escenario. La vida es infinita. No tengo claro qué me llevó a los 24 años a decidir entregarme al estudio de la teología, una decisión que me condujo a un tiempo de profunda meditación, a sondear la espiritualidad y a amar mi ermitaño. Desconozco como mi entusiasmo y mi intuición me llevaron a cambiar varias veces de profesión, experimentándome siempre buscador, libre, viajero. O por qué un día tomé el camino de la terapia como vía para desvelar mis inquietudes más profundas, recapitulando mi historia personal y mis emociones más ocultas. No sé por qué a los 15 años aproximadamente me lancé a un laboratorio informal de hipnosis con mis amigos de entonces, con los que improvisé numerosas sesiones de forma lúdica. Tampoco sé exactamente por qué vine un día al sur a fraguar mi despertar definitivo en un proyecto colectivo.

Sé qué nunca deseé ser padre. Pero puedo, en este momento de mi vida, elegir escucharme y situarme ante esta posibilidad que la vida me ofrecía. Hoy elijo darme a luz. Despliego todas las posibilidades a mi alcance para manifestar la mejor versión de mi mismo, aquella que se enfoca en activar mis dones y abrir al máximo el campo de conciencia. Elijo engendrar con determinación el hombre que quiero para mi, y elegir donde pongo la energía.

Soy energía en unas coordenadas de tiempo y espacio. Suelto unas posibilidades para tomar otras al cien por cien. Decretar mi renuncia a tener hijos, me permite experimentar el significado de la consagración. Es un movimiento dentro de mi, ya que, en términos objetivos, nada es incompatible. Consagrarse es encontrar un tesoro dentro y elegir con determinación entregarse a profundizar en él, consciente de que trae un camino de plenitud.

Para darme a luz he ido integrando a la mujer que llevo dentro y sanando al hombre que soy. He abrazado plenamente al niño herido que tantas veces se ha mostrado demandante. Pero sobre todo he despejado el lenguaje del corazón. El es capaz de captar la esencia de las cosas. Estaba recubierto de capas de insensibilidad, de corazas propias de mi ego y limitado por creencias difíciles de desmantelar.

Ha sido un tiempo de sanación en el que he ido descubriendo el papel que tienen la rabia, el dolor y el miedo en mi configuración emocional. La rabia no la canalizaba bien, la contuve durante años. Cuando por fin comencé a expresarla venía en bruto, con mucho dolor. Me estalló en las manos desvelándome la necesidad de abrazar al padre. El dolor lo huía instintivamente. Me daba pánico la posibilidad de sentirlo, hasta que entendí que tenía que naturalizar alguna fracción y dejar de huir de él. Vi que el miedo a los sentimientos de rechazo de las otras personas y a ser culpado, acusado, me condicionaban mucho. En estas situaciones despierto mis corazas. No tolero esas sensaciones que me hacen sentir rechazado en el amor. Entonces saco mi maquinaria mental para defenderme y atacar. Soy demasiado auto indulgente. Se me apodera la soberbia que me hace ver con facilidad el error fuera y no reconocer lo mío.

Pero tras completar el proceso, tras aceptar todos los demonios interiores, abrazo al niño. Estaba aterrorizado y necesitaba mucha atención. Ahora gestiono el miedo y el dolor y lo atiendo en el marco del amor. Lo abrazo desde la fragilidad. Me ha costado mucho tiempo traspasar la confusión y la dificultad. Ahora tengo este niño sanado dentro. Me trae un regalo: me ha liberado el corazón. Me abre a los registros de la ternura, la inocencia y la compasión en mi vida cotidiana. Esto me ha transformado el carácter. Lo miro todo desde un prisma de benevolencia que es novedoso y sanador para mi. Este niño lo he “parido” dentro de mí y me devuelve una actitud más alegre. Amo sus cualidades. Convivo con él. Lo hago visible y forma parte de mi.

Para soltar la paternidad he mirado mucho a mis padres. Ha sido un diálogo bello en el que he recibido todas las bendiciones de ambos. Él me señala la virtud de tomar la máxima satisfacción de la vida sin que me sienta obligado a cumplir con nada. Ella me habla de que lo único importante es abrir el corazón. La vida me dice que la decisión, en realidad, no es trascendente, que siga mi camino, que es correcto.

Los miro a los dos y me reconozco como hijo amado. Y como hijo que ama. Al hacerlo, veo al niño encarnado que soy, que tiene todas las posibilidades delante de sí. Fui invitado a la vida sin condicionamientos, para que eligiera lo que quisiera. Y puedo elegir el amor.

También siento sanado a mi hombre y a mi mujer interna. He rescatado para mi un equilibrio bello donde ambas partes tienen espacio. Reconozco el hombre que soy en mis cualidades de determinación y de presencia. Siento la templanza que se aloja en mi pecho. Especialmente veo mi posibilidad de observar el campo emocional sin confundirme con él, al mismo tiempo que me abro a todas las sensaciones que me traen. Sé hacer del tiempo mi aliado. Ante la adversidad me quedo. Sostengo la confusión practicando la espera y la confianza. Me hago cargo de lo que elijo y me hago cargo de mi entrega. No acepto la deshonestidad y reconozco mi poder en el hecho de determinar en cada momento lo que quiero para mi. Tengo fuerza para alcanzar algo cuando lo deseo. Mi mujer interna ha aprendido a mostrarse sensible y a desvelar el corazón sin miedo. Muestro abiertamente mi ternura y mi expresión amorosa. Reconozco todo lo bueno que me trae la intimidad cuando la alimento y la vivo con dedicación. Creo en la alianza con lo femenino y me pongo al servicio de su fuerza creadora y su capacidad para escuchar el corazón.

En este punto del recorrido encuentro algo fascinante: se me ha manifestado el poder del corazón. Cuando destierro los condicionamientos que me impedían ser yo, lo que yo soy es puro corazón, anhelo de amar y de tomar la abundancia de la vida. Compruebo que existe un campo colectivo abundantísimo, una red invisible que conforman los corazones que se buscan y se aman en la sencillez y la apertura sincera. Esto puedo verlo. Al verlo, comprendo como existe una familia humana configurada, no por el linaje genético, sino por otros parámetros extraordinariamente interesantes: la confianza en el efecto multiplicador del amor y en la sabiduría del corazón.

Ahora tomo poder, es un resultado inmediato al hecho de sanar. Lo percibo en mi disposición a vivir la entrega de una forma más completa. No solo porque me permito vivir los procesos del corazón sin miedo. Antes la entrega a lo femenino lo hacia contenido, con límites internos. Sino porque tengo una mayor claridad sobre aquello a lo que quiero dirigir mi entrega.

Elijo: orientar la fuerza del padre hacia la manifestación del hombre que puedo llegar a ser. Consagrar la energía a las posibilidades más luminosas. Reconocer el poder del corazón cuando es capaz de abrirse sin miedo, experimentar la entrega sin quedarse identificado y atrapado por mis necesidades. Me rindo a mi poder interior, desbordante y al poder invencible de la ternura.  

Ahora puedo tomar el camino de la autotrascendencia. Despierto el genio interior, el mago. Me doy a luz. Me consagro a ser plenamente lo que soy. Si completo lo que soy, indudablemente, doy luz. Porque soy luz. La frecuencia más alta que ha transmutado las frecuencias densas. Percibo el hecho evolutivo dentro de mi. Estoy en sintonía con el río de la vida, el tiempo está a mi favor.    

La visualización creadora, herramienta de poder para crear la realidad consciente

La visualización creadora, herramienta de poder para crear la realidad consciente

Tras años de explorar la mente profunda a través de la hipnosis y las experiencias de ampliación de la conciencia veo que, como ser humano, estoy abierto a un campo de información extraordinario. Emerge del ámbito inconsciente y supra consciente, y puedo acceder activando cualidades simples del cerebro que despiertan el cuerpo sutil y la comunicación energética.

Existe un nivel de funcionamiento de la frecuencia cerebral, los estados Alfa e inferiores, en los que se mitiga la actividad de la mente especulativa y se abren otras funciones de la mente intuitiva y conectiva. Aquí se amplían las posibilidades de la percepción. La hipnosis como un proceso de sugestión inducida que disminuye la actividad analítica, da acceso a experiencias que activan niveles de conciencia extendida real, en las cuales la experiencia visual se conecta con la emocional. Esta aventura resulta transformadora.  

Mediante estos estados se puede acudir a memorias de esta vida con extraordinaria nitidez, y revisar un escenario emocional que necesita ser recapitulado. Las escenas del pasado fluyen con una energía actualizada, lo que permite movilizar nuevos recursos conscientes para sanar. También se puede ahondar en la experiencia uterina, donde se rescatan sensaciones con las que recordar aspectos esenciales para la vida: la actualización de la experiencia del amor, de la elección y del propósito de vida.

El acceso a otras posibles vidas facilita desvelar con contundencia patrones que se nos repiten y en los que estamos implicados existencialmente. También aprendizajes poderosos con los que despertamos a una mayor sabiduría. Por último, los espacios entre vidas y las progresiones al futuro, nos ponen en diálogo con arquetipos, entidades y potenciales internos con los que podemos actualizar aspectos esenciales de nuestra vida.

Sea para aplicarla a la sanación personal, a la búsqueda de respuestas de vida o a la mera prospección de los universos internos, los estados modificados de la conciencia, los estados no ordinarios de la conciencia, son el verdadero camino de acceso a la energía sutil que gobierna, como si de un sistema operativo se tratara, la realidad que nos configura. Y se puede acceder a ellos mediante un sencillo trabajo personal de concentración.

Es el campo cinabrio, una especie de rejilla energética que todo lo enlaza, el Tan Tien o campo de la alquimia interior según la filosofía oriental. A este campo propongo volver. A nuestra naturaleza auténtica de seres mágicos.

Nuestro cuerpo está diseñado para manejarnos con esto. El ADN almacena códigos lumínicos que interactúan con campos de información. También la glándula pineal es una interface piezoeléctrica que traduce la información de origen químico en eléctrico y viceversa.

Me fascina ver como en este campo sutil, existen todas las posibilidades. Porque el campo denso (materia organizada en la dimensión espacio tiempo y accesible a los sentidos físicos) se configura en función de cómo está programada la información del campo sutil (campo energético que responde a la conciencia del observador). ¿Quién es el Observador que ha creado este modelo? Llámale Fuente, Gran Espíritu, Intento… como quieras. Lo que puedo comprender y transmito ahora, es que mi condición de ser humano me hace partícipe de esa cualidad ordenadora del campo sutil. Lo que lo hace posible se llama conciencia.

Mi conciencia es una emisora – generadora de orden o complejidad, según elija. Lo que emito en este campo es un laboratorio, un experimento que configura mi universo. Elijo ordenarlo, en un estadio más alto.

Descubro que, si entiendo las posibilidades que me ofrecen las herramientas de mi conciencia, puedo operar en él para transformar la realidad sutil del campo energético que, a su vez, está programando la configuración del campo denso, es decir, mi realidad inmediata. La intención es más fuerte que el programa, ¿Cómo lo comprobamos? Solo sé que dios existe si yo me hago dios. 

Llegado a este punto, me doy cuenta de que el salto real que requiere este cambio de paradigma mental, pasa por la fe. Para mí la fe es: creer que existe un orden más completo, que confiere coherencia y sentido a toda la realidad, más allá y más acá de mí mismo, con poder y conciencia, y que yo puedo participar activamente de este poder a través de mi “no hacer – despierto”.

La fe comienza cuando logro experimentar el vacío donde se despliegan todas las posibilidades. Como ahí existe todo, todo está disponible. Por lo tanto, elijo lo que quiero. Al elegirlo, lo creo. En realidad, lo que hago es creerme “a pies juntillas” que atraigo la experiencia fuera que primero he creado dentro. Y vamos a ver qué pasa…

Mi mente atrapada en la materia densa, está excesivamente implicada en el control, la gestión ordinaria y la estrategia de supervivencia. Del mismo modo está secuestrada por las emociones primarias que arrestan el corazón y ocultan nuestros potenciales más elevados. El miedo a la herida primordial que todos tenemos, por ejemplo, despierta las mil caras de la soberbia y la defensa. Esto implica absorber mucha energía y nuestros recursos mágicos quedan sepultados. Nos quedamos como esperando, encadenados a una realidad fáctica. La sombra es adictiva. El inconsciente nos compra ideas pobres y nos empuja a repetirlas. Y mientras esto sucede, no estamos creando, porque hemos llenado el vacío. El vacío da miedo.  

Ser nadie (anonadarse), vaciar la importancia personal, es un buen comienzo para empezar a despejar nuestro poder. Escapar del hechizo del ego y modificar la percepción, me permiten alcanzar nuevos niveles de energía enfocados.

A estos niveles accedemos con las herramientas de la conciencia, son estas: la intención apoyada en la palabra precisa. La imaginación y su propiedad activa, la visualización creadora. Y la emoción que colabora para configurar estados elevados, lo que llamaremos el llenado. Con ellas entreno este “no hacer – despierto”, una alquimia de la presencia transmutadora. No hacer y a la vez, sentir que estás creándolo todo con poder. Soy dios.

La imaginación y la emoción son los recursos combinados más poderosos para acceder a esta magia. Si despejo la intención y la recojo en un pensamiento claro, entonces comienza la alquimia ¿Qué quieres crear?

PRIMERO. La intención. Me paro y me pregunto: ¿Qué deseo? ¿Cómo está configurada mi realidad y cómo quiero realmente que sea? ¿Qué proyecto para mí en el orden material, emocional, espiritual o de estados de vida? ¿Cómo imagino áreas de mi vida para que me otorguen la máxima satisfacción? ¿Cuál siento que es mi deseo profundo? En esta primera fase me esfuerzo en desvelar mis más profundos deseos. Los conduzco lejos, pido a lo grande. Cuanto más elevado es lo que deseo, más posibilidades abro, más se des oculta la realidad. Lo expreso con palabras, con la máxima claridad. No me dirijo al cómo debe producirse, sino en qué condiciones elijo que debe darse. No pienso cómo debe llegar el escenario ideal para mi vida, simplemente soy capaz de recrear la forma final, cómo debe darse en su estadio último.

SEGUNDO. Entonces, a partir de la intención concretada y expresada en palabras, prefiguro eso que deseo en mi imaginación. Su herramienta, la visualización creativa, supone activar y recrear la experiencia imaginativa a voluntad. Es decir, elijo activar en el campo de la imaginación eso que he pensado. Represéntalo, completa los detalles de lo que ves, desenvuélvete en ese espacio, completa todos los elementos que necesites en la visualización para imbuirte en lo que ves. Toma el sentir. Experiméntate en eso que has completado. Realizar algunas visualizaciones guiadas, ayuda. Es un recurso imaginativo que, cuando se practica, te lleva a lo que llamamos un estado modificado de la conciencia en una frecuencia Alfa del cerebro. Consigues un estado enfocado donde, si sabes practicar, atender y esperar, comienzan a emerger los detalles nítidos y te incorporas a la experiencia de lo visualizado.  

TERCERO. A continuación, se despierta el sentir, se hace presente la emoción que colabora a completar el estado. Los estados emocionales elevados son lo que nos interesa. Se trata de experimentar en su forma más completa dentro de la visualización un estado emocional lo más abarcante posible y que previamente hemos deseado: plenitud, satisfacción, alivio, felicidad, alegría, compasión, amor, comunión, etc. Permitimos que el estado emocional deseado nos tome, se haga presente lo más intensamente posible y que complete la experiencia de visualización. Entonces practicamos el llenado. Respiramos profundamente varias veces con esa emoción hasta sentir que, verdaderamente, se ha completado emocionalmente dentro de mí eso que he deseado. Nótalo esbozando una leve sonrisa. Todo tu cuerpo lo toma.

CUARTO. En último término te percatas de este estado: el “no hacer – despierto”. Lo cuento en primera persona, el camino aquí puede ser más personal. Es el ámbito donde la fe viene a tomar un lugar coherente y me trae un contacto con el poder interior. En este lugar necesito tomarme mi tiempo. Me llega una peculiar sensación de que lo que he creado desde el estado modificado de la conciencia, atrae la realidad invocada. Todo está a mi favor, me despierta un sentimiento de esperanza. Es un estado de certeza no cognitiva, una convicción. En mí, la expresión es: me rindo ante el poder que se manifiesta en mi interior. El corazón sentiente toma anchura, paz. Me confirma que eso está ya materializado en el campo de la realidad sutil y que se destilará, no sabemos cuándo, en la realidad densa que hemos prefigurado. El poder ante el cual me rindo, lo hará. Una mezcla de rendición y fe que da como resultado un estado de plenitud. Suelto el cómo se hará eso. No lo sé, escucharé las señales. Y aquí me siento participando de un poder superior e interior, que me sobrepasa y me contiene, del que formo parte. Me quedo sin palabras. Suelto.

La activación del campo sutil comienza a configurarse cuando alcanzamos a experimentar un proceso completo de coherencia en estas tres funciones: el deseo conectado con mi propósito, el sentir auténtico y la congruencia en el universo de la percepción consciente. Ocurre así en los procesos terapéuticos que transforman los bloqueos y patrones de cara a la sanación.  

Atraemos de esta manera el mismo poder que está presente en la realidad, y que ha permitido que toda la energía que existe esté manifestada. Nosotros estamos en el campo en el que esta energía se mueve porque, como seres humanos, somos una forma elevada de la manifestación de Dios que aflora en niveles de conciencia.

La energía sigue al pensamiento con intención. Cuando ponemos energía en configurar estados emocionales orientados a crear la realidad que queremos, estamos acertando a activar un potencial extraordinario: crear la realidad desde el campo de las energías sutiles a las que tenemos acceso por la conciencia operativa.

Volver al campo, a la naturaleza auténtica que somos, nos ajusta con la vida. Rescatar las energías sutiles, la magia, la activación de nuestro poder creador, despierta la percepción y nuestra capacidad intuitiva directa, donde podemos desenvolvernos de una manera más armonizable con nuestros deseos. ¿Te lo crees? Compruébalo. ¿No te lo crees? No pasa nada, ni pasará…