El camino de la mano izquierda o del hemisferio derecho

El camino de la mano izquierda o del hemisferio derecho

Extraigo una síntesis de los capítulos 63 y 64 del libro de Las Claves Genéticas de Richard Rudd

A veces me siento atrapado por la especulación de mi mente. Me agota mi pensamiento cuando juega a “encontrar y defender la verdad”. Debato, opino, me adhiero a la supuesta verdad y a los de su bando, enjuicio al que no la tiene, exijo al otro que cambie, me obsesiono por desvelar la coherencia de un argumento, discuto con alguien olvidando el sentimiento que nos une; me instalo en los dilemas sociales tomando partido. Reacciono sin darme cuenta que todo esto es mente. Intelectualizar la verdad, un viejo vicio del pensamiento patriarcal.

El cerebro izquierdo (un cableado para reconocer las mecánicas repetitivas) y el derecho, se siguen debatiendo entre la lógica y la imaginación. Pero el hemisferio derecho completa y eleva la mera funcionalidad del izquierdo, trascendiendo la verdad. El cero y el infinito son una aportación útil de nuestra imaginación.

Me pregunto: ¿de qué se alimenta la opinión? Los genes contienen el mapa que construye nuestra estructura del ser. Siguiendo el libro de Richard Rudd, descubro que la opinión, que se alimenta de la duda, es fruto de la desconexión de la imaginación y del sentir que se alojan en nuestro potencial del hemisferio derecho.

También veo como la vivencia de la duda genera mucha presión en el cerebro. El hecho de vivir en un escenario tan diverso y complejo, conlleva un sustrato de dolor. Seguramente sea por eso por lo que los humanos vamos tras la búsqueda permanente de certezas mentales, para evitar así sentir esta angustia. Adquirimos creencias y valores para contrarrestar la duda en la que vive la mente. Nos volvemos por ello adictos al pensamiento.

La mente humana se identifica con lo que ve, y absorbe infinidad de modalidades de pensamiento lógico, relatos y derivados. Instalamos entonces un constructo, un artefacto teórico, nos lo creemos completamente y evitamos así sentir la confusión como algo inherente a la vida. ¿Qué pasa si acepto la confusión? No resulta práctico para el ego, la identidad personal está íntimamente asociada al despliegue de la opinión.

OPINAR, UNA SALIDA DEL EGO.

La duda la reprimimos con el dogma y la opinión. Cuando se hace, construye la falsa lógica. Opinar, cuando no se abre al auténtico cuestionamiento, a la propia duda existencial, satisface las necesidades del ego. Creamos identidad (progresista, solidario, defensor de lo justo, erudito, auténtico, etc.) Cuando la mente se acostumbra a no dudar, deja de evolucionar.

En realidad, caemos en un doble patrón: el de imitar, escondiendo nuestras vidas entre actividades y pensamientos, una masiva red de seguridad completamente ilusoria creada por el colectivo para evitar sentir la situación del mundo tal cual es; o canalizar la rabia contra el statu quo o contra “el otro”, tomar la revancha contra la vida misma, defendiendo posturas, opiniones, luchando por la verdad y, en algunos casos, imponiéndola.

La duda al servicio del cuestionamiento de lo externo, despierta el canal creativo (artes, ciencia, tecnología, salud…), pero si se internaliza y se vuelve hacia uno mismo en un nivel bajo de frecuencia, puede ser destructiva. Si el pensamiento no es creativo, sirve a la duda y se va a proyectar en otras personas o en uno mismo. Aquí emerge la falta de confianza y su derivada: la sospecha, que socava enormemente al ser humano ya que, al dudar de nosotros mismos, la mente quiere tomar la rienda y ahonda más en la confusión, retroalimentándose. A partir de aquí, la mente no puede escapar de sí misma.

ABRAZAR LA INCERTIDUMBRE

Cuanto más profundizas, más complejo es todo. Si cuestionas algo intensamente, llegarás a la conclusión de que estás ligado como observador a ese “algo”, por lo cual, pierdes la posición de observador y pasas a ser experimentador, un espacio de profunda subjetividad. Ya no hay verdades. No hay opinión, solo hay comunicación de la vivencia.

La lógica humana no está diseñada para tener la certeza de nada: solo de la existencia de la paradoja. La duda no es el enemigo, sino el miedo a dudar. La única respuesta satisfactoria es la que desafía a la lógica. Cuanto más abrazamos la incertidumbre, más cerca estamos de la trascendencia. EL humano hace el viaje del cuestionamiento, pero la resolución final está fuera de la lógica. La verdad llega como una iluminación y no como una respuesta.

EL CAMINO DEL HEMISFERIO DERECHO

Si sigues más adelante, entrarás en los dominios holísticos de la síntesis. Aquí todo está afectado por todo, lo cual te empuja hacia el espacio de tu mundo interior. En este lugar ya no hay cuestionamiento, hay revelación.

La confusión es un estado vibrante de potencialidad. El cuestionamiento orientado a preguntarnos por nuestra naturaleza nuestro ser, nos empuja a elevar el espíritu, como han hecho los caminos del yoga y el tantra que han buscado unir la fisura humana interna y de tomar la aceptación de lo que somos respectivamente.  

Para tomar el camino de la mano izquierda o del hemisferio derecho se me ocurre sugerir:

  • Permítete sentir el dolor y el milagro de la transformación comienza.
  • Acepta sentir y pensar desde la duda y reconocer el caos de la vida misma.
  • Conecta tu garganta a tu corazón, acostúmbrate a expresarte desde el sentir en cada presente.  
  • Sé honesto: cuanto más aprendes, más preguntas se abren.
  • Espera a que la verdad te encuentre. La verdad no es un elemento que sacia la lógica. La verdad es un acontecimiento, una epifanía.
  • Abandona la obsesión por la verdad y su defensa, y entrégate a la poética del azar.
  • Sé paciente, no reacciones, evoluciona de acuerdo a tus propios plazos.
  • Confía y acepta que te llegará la luz, que eres portador de estados de claridad que emergen de tu propia genética y tu conexión con tu ser.
  • Abraza la confusión y activa la imaginación creadora, el portal que trasciende la verdad.

No hay nada que no sea verdad, porque lo que sucede y sientes en cada momento, es verdad. La verdad está aquí y ahora, pura e incorruptible, en cada presente, en cada estado de vida. Es eterna, pura, imperecedera, y tan simple como hermosa. La verdad es tu estado natural, un espacio a la deriva, una inmersión total en tu ser. Es el eterno momento del presente. Existe claridad en el espacio de la luz interior. Fuera de ella aparece la confusión.

LA IMAGINACIÓN CREADORA

Nuestra genética es una enciclopedia digital de la consciencia. La imaginación es la expresión de la fuerza de la vida sin impedimentos a través de tu genética. Einstein dijo que la imaginación es más importante que el conocimiento. Ser lo que auténticamente eres, permite desactivar los mecanismos de la mente y activar las puertas hacia la manifestación de tus dones. Poner la fuerza en las cualidades del ser, cortocircuita el atrapamiento del cerebro izquierdo.

Para ello: priorizo lo que siento en el puro presente; pongo la palabra al servicio del corazón en todo momento; escucho si mi reflexión se dirige al crecimiento de mi experiencia o responde a la opinología, a mi rabia o a la imitación; doy pleno valor y potencia a los estados modificados de la conciencia;  practico la visualización creadora para construir mi realidad; abrazo la vía del yoga y el tantra; practico la expresión libre, original y artística; amplifico los estados de alegría; experimento la indagación de las emociones y de mis miedos en la tribu.   

LA CONQUISTA DEL HOMBRE LIBRE

LA CONQUISTA DEL HOMBRE LIBRE

Después de que hace dos años se desvelara para mi toda la rabia que tenía paralizada dentro con mi padre, hoy puedo decir que he completado un camino. Así lo siento tras el sueño que he vivido esta noche. Ha sido un itinerario largo con episodios difíciles. Un auténtico viaje terapéutico con la ayuda de personas queridas y con entradas en la profundidad del dolor. Pero hoy me llega una sensación de sanación. Me he visto con mi padre en un lugar nuevo. Me confirma que algo se ha cerrado. Siento más paz conmigo y algo en mi se ha completado.

Alfredo volvía a casa borracho, como era habitual. Pero esta vez ya no lo recibía en casa el niño temeroso y paralizado, sino que le recibía yo, el hombre, en un lugar de madurez y templanza. Era capaz de verlo con una mirada natural, de adulto a adulto. Llegaba dando tumbos, tal y como recordaba desde mi niñez, muy deteriorado, descamisado y sin poder articular una palabra comprensible. Esta vez llegaba a casa, pero yo lo recibía sin el caudal de miedo y rechazo que tantas veces sentí de niño. Estaba mi madre en casa y mis hermanos, aunque en esta ocasión tomaba mi movimiento y me acercaba a él, sintiendo mi fuerza. Lo miraba con profunda compasión y con aceptación. Ahí tenía delante a un hombre que elegía ahogar sus miedos y frustraciones en una pendiente infinita de abandono al alcohol. Si, él lo elegía.

En este instante puedo experimentar una leve sonrisa en mi boca. Algo nuevo se abre. Por primera vez experimento una especie de complicidad. Mi adulto entiende el desastre emocional de este otro adulto, mi padre, y puedo observarlo sin que se me apodere la rabia. ¡Uf, cuanta rabia almacené durante años contra el hombre que me negaba un legado sano de masculinidad, paralizaba los estados emocionales de la familia y hacía sufrir a mamá! Ya la puedo soltar.

Ahora le acompaño a la cama y le ayudo a acostarse. Sin drama. Me devuelve una mirada cómplice y una sonrisa. Me arranca una cierta ternura. Lo tapo con las sábanas. Él se desabrocha la ropa dentro de las sábanas. Está a gusto. Solo quiere dormir una noche más, feliz en su evasión. Entiendo que es la vida que ha querido tomar para sortear sus incertidumbres, sus impotencias vitales. No necesito pensar más, es así, acojo las cosas como son, las acepto. Todo está bien.

Salgo de la habitación. Me invade algo distinto. Suelto una carga atávica. Ahora dejo atrás las ataduras de lo que el dolor y el rencor se empeñan en dejar pendiente y atraparte toda una vida. Ya puedo elegir el hombre que quiero ser. Ya obtengo el permiso interno para soltar cualquier lucha con lo masculino condicionado. Ya he resuelto, más allá de los ojos de mi madre, que durante tanto tiempo configuraron mi forma de ver a papá y de sentirlo porque, tal vez, necesité sujetarme en ella.

Conecto mi sueño con la inspiración que la última búsqueda de visión tuve sobre el hombre libre. Decretar que soy un hombre libre, ahora cobra una fuerza especial dentro de mí. Una auténtica sensación de poder me invade, poder para ser. Nada más y nada menos.

Si, soy un hombre libre. He tomado el sitio que he elegido tomar respecto a los hijos, las parejas, los compromisos laborales y el amor a mi cuerpo, que me otorga una dichosa alianza con mi salud. Soy libre para estar en medio de la naturaleza cuando esta me reclama y sentirme uno con ella. Libre para amar a corazón abierto a quien quiero y cuando quiero. Soy libre pensador, siento mucho gozo cuando conecto mi pensamiento al conocimiento espiritual. Soy un alma libre, un poeta de mi propia biografía. Amo lo que soy y lo que se esconde de mí, temeroso de ser visto. Amo mi herida y mis dones. Me abro al placer del puro presente, sin que mi cabeza tenga que ir a ningún compromiso u obligación más que la que me dicta el amor a mí mismo y el cuidado sustancial a las personas que amo. Soy un hombre libre, soy un hombre. Doy calor como el sol, pero no aprieto, no agobio. Otorgo el alimento de mi presencia. Me levanto sobre mí mismo, me elevo y arriba me puedo mostrar brillante, con mis propios ciclos y mis retiradas. Me conformo con lo que soy, disfruto mucho con mis dones. No juzgo y renuncio a llevar la razón. Me rindo y en ese rendirme, soy el hombre absoluto que quiero ser. Despierto cada mañana y anhelo para ese día justo lo que nombra mi deseo. Disfruto con mi movimiento singular, instintivo, individual y auténtico. Me abro al amor sin miedo, en las formas, tiempos y personas que quiero. Suelto lo que no va conmigo, lo despido y agradezco. Medito, descanso mi cuerpo. Amo el placer cotidiano, sin expectativas inflamadas.

Amo el placer de ser. Celebro a cada instante la comunicación auténtica con cada corazón que me aparece delante. Me otorgo el placer de comer y disfrutar con mi cuerpo al sol, al viento, al universo. Amo el placer de amar y el de encontrarme con otro cuerpo femenino, bello, elegante, profundamente sensual, despierto y con el corazón disponible. Me descubro cada día en mi capacidad parar abrirme a nuevos “darme cuenta”. Profundizar en la conciencia, la belleza de la vida y su trascendencia infinita. Soy un hombre libre, me amo porque no necesito nada y me entrego a todo; porque lo necesito todo y me entrego a lo que me da la gana. Soy bello por dentro, me lo reconozco y emano con naturalidad mi alegría hacia afuera. Es mi abundancia.  

Invoco mi corazón ardiente y mi sol en mi pecho. Invoco la capacidad para estar amorosamente presente a cada instante, con cada persona que me agrade o que me rete. Que me vea o que me provoque en mis fibras sensibles. Soy un hombre libre, así me parieron, así lo elegí desde el instante uno. Mi única dedicación es darme a lo que siento que necesito, sin entregarme a nada extraño, impostado o ajeno a mi propósito, nada que no sea la experiencia de amarme a mí mismo y amar la vida en sus múltiples formas. Me amo. Me parece fascinante el trabajo de desvelar mi corazón y darle su máxima amplitud en la entrega a la vida, al amor y a mí mismo. Me entrego a mi propósito de desvelar mi mejor versión y abrir las puertas a la percepción, la alegría, la danza instintiva, a la acogida tribal, al viaje de la conciencia, a la penetración del inconsciente, al viaje del placer, a la comunicación alegre y creativa, al encuentro humano profundo, a la emoción, a la vida.

Soy un hombre libre, por eso decreto la experiencia del absoluto presente. Porque soy un hombre libre escojo la constante comunicación con mi deseo en el aquí y el ahora, que elige en cada momento como manifestar su ser, como expresarse y manifestar el amor allá donde está. Invoco la generosidad, la abundancia y la entrega en el acto de ser honesto y coherente conmigo, salvaje, para que se despierte el magnetismo del ser que se completa a sí mismo, y atraer otras presencias que elijan esa misma cualidad: la del ser que se completa y se manifiesta a sí mismo.

FUISTE SALVAJE UNA VEZ, NO TE DEJES DOMESTICAR

FUISTE SALVAJE UNA VEZ, NO TE DEJES DOMESTICAR

Muchas veces digo eso de “necesito fluir”. Me doy cuenta de que con esto quiero asegurarme de que lo que hago, el tiempo del que dispongo y mi energía, estén auténticamente en sintonía con lo que deseo. Cuando es así siento que experimento más felicidad. Entonces la vida se vuelve mi aliada. Por lo tanto, ¿como definiría qué es esto de fluir? Para mi es otorgar la máxima calidad a la experiencia. Asegurarme de que lo que vivo, lo hago en un lugar de conciencia clara y en conexión con mi escucha y mi deseo auténtico.

Fluir es como estar en buena sintonía con el ahora y con el placer. Estar en absoluto presente, sin interrupciones, sin mucha mente, pero consciente y plenamente perceptivo hacia lo que estoy experimentando. Mihaly Csikszentmihalyi, intentó definir esta experiencia concretando una psicología de la felicidad.

No me preocupo por lo que quiero llegar a hacer o a ser, sino que pongo el foco en la experiencia, en “estar siendo”. Lo que acontece ahora, se vuelve interesante e intenso. Empiezo a fluir.

Si la energía de mi psique es óptima, no está excesivamente entregada a las tareas o la distracción, si no es arrastrada por la ilusión, entonces me otorga un orden en la conciencia. Aquí es donde descubro que experimento una escucha física y emocional de la experiencia, de lo que acontece aquí y ahora.

Un efecto habitual del comportamiento fijado en el carácter es la distracción, la reacción y la pérdida de contacto con el cuerpo. La energía queda así secuestrada por la personalidad. Olvidamos la auténtica intención que funda nuestro deseo. Nuestra forma de ser adquiere rigideces que se traducen fisiológicamente en corazas o armaduras. Son las tensiones, los bloqueos posturales, los automatismos del cuerpo, la falta de salud, de flexibilidad, etc., que inhiben la vida del cuerpo. Es una energía que no ha logrado descargarse por la contención del ego que sigue patrones de supervivencia desde el miedo y la escasez. Aquí subyace parte de nuestra incapacidad para fluir.  

Existen varias vías para la mejora en la calidad de nuestra experiencia, vías que ordenan nuestra energía psíquica y corporal haciéndola más óptima. La vía de la atención, la vía de la sanación emocional y la vía de la sensación. Sentir en un orden más perceptivo y saludable. Enfocarnos en niveles de conciencia más claros e involucrar al cuerpo y su sabiduría.

EL TRABAJO CON EL CUERPO: salir de lo domesticado.

En el cuerpo convergen la vida y el espíritu, dos voluntades no domesticables. El cuerpo, cuando le damos permiso para movilizar la energía y las memorias contenidas, reproduce por sí mismo estados de liberación que disuelven las funciones del carácter, procurándonos cambios internos y recuperando la función de la espontaneidad asociada al placer. La salud emocional y el desbloqueo físico van parejos y conducen a una mayor disponibilidad de la energía psíquica y espiritual.

La contracción muscular, el dolor, la pérdida de flexibilidad, la falta de sensibilidad en áreas del cuerpo, son síntomas de la rigidez emocional. En la fisonomía se manifiestan las carencias que desde la infancia arrastramos por la desatención a las necesidades y los deseos específicos. El ego, que se aleja de la sensibilidad emocional, nos aleja a su vez del propio cuerpo, separándonos de la creatividad y del gozo.

Al alejarnos del contacto real con la sensibilidad, nos resistimos a que la vida fluya espontáneamente a través de nosotros. El cuerpo busca naturalmente el placer en sintonía con la energía sexual. Reencontrarnos con la sensibilidad es mágico: se traspasa la rigidez y accede al placer de la liberación organísmica. Este es el objetivo del trabajo con el movimiento expresivo y la bionenergética.

Somos energía disponible. El bienestar emocional y la energía interna están en proporción directa. La adecuada disponibilidad de esta energía permitirá regular nuestro placer y viceversa. El cuerpo es un aliado para rescatar la unidad interna. La garganta, la pelvis, los brazos, la respiración, la descarga energética, nos permiten canalizar y expresar de forma que podemos volver a conectar los centros separados: la mente, el corazón y los genitales. El cuerpo da mucha información sobre todo esto: la forma de pisar, la sensación de arraigo, la facilidad para el contacto con otros cuerpos, el estado de alerta o de abandono, como se incorpora la expresión en la comunicación, la tensión de la mandíbula, etc.

Es necesario recuperar la sensación de estar completamente vivos. El cuerpo devuelve el realismo a la vida cotidiana. Te vuelves más propioceptivo. Nos reencuentra con el sentir, la función que permite ser fieles a lo que nos sucede y no evadirnos en fantasías que no nos pertenecen. Comenzamos a fluir. En este camino de sanación, las diversas fijaciones completan su homeostasis, su equilibrio interno final. El tipo esquizoide, recupera su derecho a existir de manera segura; el tipo oral, su derecho a estar seguro en su propia necesidad; el psicopático a ser autosuficiente; el masoquista a ser independiente; y el rígido a recuperar su derecho a desear y procurar la satisfacción.

La experiencia óptima es autotélica, poderosa, salvaje.

Significa que yo identifico mi propósito, me doto de las experiencias que necesito y completo la satisfacción a través de mi movimiento único. Cuando me sano a través de mi cuerpo, percibo que tengo muchos recursos internos para sentirme bien, para absorber permanentemente estados de gozo. El cuerpo lo domestiqué, pero si lo libero, despiertan todas las energías de la naturaleza que me recuerdan cual es mi origen, en conexión con el sentido del ser.

Para mi fluir tiene que ver con atreverme a ser salvaje, es decir, a no controlar la experiencia, no atar el presente, ser permeable a lo que acontece a través de mi sentir no condicionado. Vivir liberado de los miedos, es tomar la osadía de permitir que cada instante, cada emoción, cada acontecimiento, me sorprendan en su forma única, y entregarme a esa experiencia abarcante. Estar abierto a la vida con la certeza de que nada me puede hacer dimitir de ser yo mismo, aquí y ahora, en plena conexión con las energías primordiales que nos animan a todos/as: la energía para vivir, para sentir, para estar presente, para amar y para manifestar lo que soy.

El vacío está lleno

El vacío está lleno

Necesitamos de la naturaleza para liberar nuestra naturaleza. Caminar por la montaña, sentir el aire y recibir el sol en un estado de total receptividad y conciencia del presente, me libera y me hace recordar quién soy. Días atrás en el bosque tuve la sensación de que un día me escapé de este lugar sagrado y preexistente en el que tengo mi sitio, la naturaleza, para ir a buscar fuera algo que no sé qué es, en lugares donde irremediablemente no está. Eso que busco soy yo mismo y la naturaleza me recuerda que estoy aquí, que cuando desisto de salir y respiro, me encuentro. Es un estado de expansión que no había experimentado antes.

Llegar aquí es un regalo. Pero reconozco la paradoja, he necesitado previamente completar un viaje que me ha supuesto: entrar en la herida; desear despertar; acudir a buscar en lugares nuevos (distintos a donde se crearon los problemas) y llegar al vacío. La experiencia del vacío está llegando en este tiempo a mi vida con claridad. Siempre había hablado del vacío de modo mental, pero esta vez dos experiencias, en el bosque haciendo una búsqueda de la visión y con mi compañera Susi mediante una sesión de conexión, invocación y escucha, he tocado este lugar misterioso.

Cuando haces posible la técnica del abandono, del no hacer, es factible la llegada del vacío. Hay que quedarse ahí y esperar. Ya reconozco como los estados emocionales me sacan siempre a nuevos escenarios para evitar el contacto (en esto es especialista el carácter que no quiere tocar la incomodidad de la emoción pendiente). El no hacer me invita sencillamente a quedarme en el presente, en contacto con mi cuerpo. No hacer es no reaccionar. Solamente lo que el cuerpo necesite para su acomodo energético. Comienza así el trabajo: observar todo lo que pasa dentro.

En el bosque, durante día y medio viví una lucha interna que en realidad acepté como un proceso de limpieza. Solo podía aceptar que no pasaba nada. Ahí fuera me rodeaba una naturaleza excepcional pero no podía tomar nada ni sentir nada especial. Abandonarse sin reaccionar, esa es la clave. Confiar. En este lugar puedo, en ocasiones, sentir una sensación de poder en el hecho mismo de permanecer aquí, en el vacío, sin más. Desde el principio conecto con la palabra “medicina” que invoco ahora de manera espontánea. Se que este trance me trae algo que necesito.

Aquí puedo observarlo todo: la mente ansiosa encadenando imágenes; las emociones movilizándome; la rabia de episodios pasados; la amargura… también la desesperación que me trae observar durante horas esto. Pero hay un placer peculiar en descubrir que no reacciono a las emociones. Confío en mi cuerpo, solo acomodarlo y responder a su movimiento. Ahora me percato de algo. Me doy cuenta de mi mecanismo de evasión: me encanta planificar cosas y adelantar el escenario de satisfacción. Veo como eso funciona dentro de mí y me saca de la responsabilidad del pleno presente. Elijo ahora dejarlo pasar y volver al vacío. Me acerco a otro darme cuenta. Veo la fuerza que invertí en el pasado para sostener el personaje, en movilizar mi energía de hacer y de huir.

Me he sentado, tumbado en diversas posiciones, caminado en círculo… Sigo el movimiento del cuerpo como parte de mi escucha. Y cuando el movimiento cesa dentro de mí, me quedo sorprendentemente en contacto pleno con la experiencia sensorial. Ocupan el espacio las sensaciones sutiles del exterior de forma amplificada. Descubro que hay numerosísimos pájaros a mí alrededor. Siento mi respiración. Percibo la leve agitación de una rama. Un insecto. Hasta el tiempo que pasa lento lo puedo sentir de algún  modo a través del tenue ruido de fondo que me trae el paisaje.

Comienza mi diálogo con las cosas y empiezo, ahora sí, a descubrir. Le pregunto al vacío qué es. El vacío me responde: es no saber la respuesta a qué es el vacío. Aquí se para todo mi movimiento y empiezo por entender como la identidad y la voluntad me atrapan. ¡Soltar la identidad! Recibo esta invitación, pero. ¿Quién soy yo sin las cosas que hago? Recuerdo que esto se lo he escuchado a otras personas en terapia. Estoy en ese mismo punto. Me da miedo.  

Por fin, el vacío me lleva al contacto pleno con el placer y me llega un profundo alivio. Han pasado muchas horas. ¡Uf! La espera paciente ha merecido la pena. ¡Claro!, me digo, aquí en el vacío sin forma, entra a ocupar su espacio todo el placer de la vida. Me inunda, es un placer instalado, pleno, que invade mi cuerpo y mis sentidos. Está conectado con el hecho de estar ahí, de sentirme vivo en ese preciso instante. Me siento dispuesto a recibirlo en la forma que llega y desconectado del tiempo. En cierto modo, es eterno.

Amplio mi estado de comprensión en este momento. Dejo de luchar para que vengan cosas, se trata como de un estado especial de percepción en el que puede aparecer lo nuevo. Ahora sí que puedo estar aquí horas o meses. El vacío es aceptar que todo lo que hay está bien. Todo está para mí aquí. En el vacío máximo todo está a mi disposición, y al mismo tiempo estoy aquí disponible para la vida. No pretendo nada y lo entiendo todo: la vida es estar en el vacío, que es como estar en la escucha sensible máxima. Tomarlo todo para el disfrute.

Y, ¡sorpresa!, resulta que estar en esta actitud me conecta con la aventura auténtica: es extraordinario estar simplemente a la expectativa de lo que la vida te pueda traer de manera sorpresiva. Me emociona. Es la pura contemplación. Yo solo tengo que vivirlo. Me da todo el permiso para experimentar la libertad profunda y solo quedarme en recibir lo que llega para, si lo deseo,  jugar con todo en mi circo interior. Se me abre todo un mundo en el no hacer, no tengo palabras. El vacío está lleno de emoción receptiva y benevolente. Es otro tipo de conocimiento. Intuyo que una vez aquí solo se puede hacer una cosa: despertar a la auténtica realidad.

La noche en la que compartía invocación con mi compañera, tenía una sensación de que todo estaba bien, de que todo lo que recibiera en ese tiempo, era adecuado. Además me atravesaba una profunda gratitud. Es como si sorteara la dualidad. Me vino a la mente como la materia, si acudes a sus últimas partículas, entre ellas solo hay vacío. Es ahí donde debía encontrarme en ese momento. Es algo enigmático, no sé cómo abordarla, no hay polaridades. Intuyo que el vacío abre la puerta a una comprensión profunda de la realidad, de mi realidad.

Me apasiona la física cuántica. ¿Por qué la materia cambia de onda a partícula?; ¿Como el pensamiento se transforma en moléculas tales como neuropéptidos, hormonas y enzimas que ponen en marcha la actividad corporal? ¿Cómo se ha creado la información inscrita en el ADN, cuyas moléculas de carbono, hidrógeno y oxígeno por separado no despliegan ese programa?  Me despiertan una gran atracción todas preguntas. Cabría decir que donde no hay nada, parece que está todo. Intuyo una profunda conexión entre estos descubrimientos y mi experiencia en el bosque.

La materia y la energía nacen a la vida de algo que no es ni una cosa ni otra, un estado primigenio sin espacio ni tiempo que los físicos llaman “singularidad”. A su vez, el teorema de Bell es considerado por la mayoría de físicos del mundo como el descubrimiento más profundo de la historia de la ciencia que ha hecho que la física acepte la interconexión, la existencia de una especie de campo invisible que mantiene unida a toda la realidad. Este campo posee la propiedad de saber en todo momento lo que está pasando en cualquier parte.

La experiencia del vacío es un puente para acercarme a estos campos donde salgo de la persistente dualidad y comienzo mi despertar. Considero que existe una inteligencia flotante a la que puedo conectarme atravesando esa experiencia de no hacer. Es una posición de la conciencia que une todo lo existente y que me permite verlo todo sin hacer nada, ver la singularidad, el campo invisible que conecta todas las cosas unificándolas.

Cuando llego a esta conclusión, me invade el entusiasmo por entrar más a fondo en lo que no veo para empezar a ver. Le voy a llamar la nueva psico-física de la conciencia. Quiero indagar más y hacerlo a través del auténtico laboratorio del que dispongo: el inmenso entramado de mi realidad subjetiva abierta al espíritu, a la naturaleza y al todo.

Ecstatics: danzar para reconocernos libres

Ecstatics: danzar para reconocernos libres

Ecstatic dance va desplegando una comunidad de danzantes libres y conscientes en diversas ciudades a través de su propuesta de baile espontáneo. En Sevilla, una vez al mes, la iniciativa aglutina a miembros de una tribu muy diversa. Nació como un movimiento de expresión libre mediante la música y el baile en los años 70 y busca facilitar un espacio donde poder bailar dándole todo el protagonismo a la verdad de tu cuerpo y de tu movimiento, sin consignas, sin estilos, sin la interrupción de las convenciones sociales.

La propuesta es heredera de diversos movimientos que han buscado hacer del cuerpo un lugar auténtico donde las sensaciones, la emoción y la mente se alinean facilitando un contacto emocional y/o espiritual. Al mismo tiempo toma el poder de sugestión que posee la música en sus inspiraciones más variadas: R&B, electrónica, world music, pop, folk, psicodélica, de raíz, africana, funk, Soul, vocal, clásica, etc.

Cuando llegamos a una Ecstatic Dance lo hacemos con todas nuestras jaulas mentales que traemos de la vida diaria, nuestras resistencias, cansancios, hábitos, etc… y entregamos el cuerpo a un proceso de desmecanización. Sometido como lo tenemos al servicio de necesidades automáticas, le hemos robado muchas de sus posibilidades de expresión y satisfacción. Aquí se le da permiso al cuerpo y se abre la puerta a procesos personales de auto descubrimiento y de relaciones auténticas. En muchas ocasiones pasa que las personas tienen experiencias emocionales intensas. Se abren ventanas por las que conocerse mejor a uno mismo. Lorena lo expresa así: “a través de la Ecstatic, puedes convocar a tu yo animal, o retomar la inocencia. Puedes viajar a las emociones que no te permites en tu vida diaria o entregarte al juego y el placer de ser la persona que eres.”

Más allá de la inteligencia lingüística y lógico matemática que configura en buena medida nuestra forma de pensar y vivir, bailar nos abre el hemisferio derecho para que tomemos la inteligencia espacial, la musical, la corporal kinestésica y también la inteligencia emocional cuando la música se introduce en las fibras más profundas.  Interaccionar con otras personas que bailan nos abre la inteligencia interpersonal a muchos matices de comunicación a los que no estamos acostumbrados. Bailar improvisadamente con otros cuerpos, recoger las sensaciones sin interpretarlas, traspasar la vergüenza o quedarte en el vacío, todo ayuda a darle valor a la experiencia genuina y a tocar la vida.

Cuando hablas con las personas que asisten, es sorprendente ver cómo muchas están vinculadas con el mundo de la apertura a la conciencia corporal y espiritual: el arte, el yoga, el masaje, las terapias, la meditación, etc. Hay una emergencia de las experiencias donde lo importante es crear y conocerte desde el contacto auténtico con uno mismo. Una nueva tribu universal. Escuchar el cuerpo nos conduce a una mayor claridad si aceptamos que tiene algo que decirnos. Otro asistente, Fran, narra lo que sintió: “cuando baile un día cualquiera sin la distracción del lenguaje. La gente se arrojó a moverse, cedidos ante un despresurado código sin norma. Bailaban en esa situación particular, ante miradas particulares, en cada segundo particular. A pesar de ello, el movimiento, los ojos, el brillo de la pausa; todos lo practicaban con la desbloqueada planificación de mostrar sus más tiernos anhelos, sus nostalgias, sus deseos e ímpetus. Podíamos hacerlo. Era un viaje particular, pero inmensa y discretamente anónimo; lo cual lo convirtió en una danza universalmente libre. No era caos, era armónico y traslucido como un sueño despierto plasmado en la arena.”

Las tres horas de duración de cada sesión propician esto, entrar en un registro diferente al habitual donde te das permiso para expresar de modo distinto, liberado/a, donde reconocerse en formas espontáneas muchas veces olvidadas. Cuando la música adquiere ritmos y armonías de tipo fluido o stacatto, se suelta la rigidez corporal y mental. Los momentos en los que la música invita al caos, se libera la mente y emerge la expresión libre. Cuando la música va hacia armonías de fluidez y quietud, se despiertan los  movimientos internos más inesperados. Al finalizar, una rueda permite que quien lo desee verbalice cómo se siente o hable de lo vivido. Es un regalo recoger las impresiones que, en su mayoría, están cerca del corazón y reconocen el surgir de una energía valiosa.

Desde la posición del observador y como DJ, admiro la cantidad de matices y manifestaciones que se mueven durante cada sesión. Me reafirma en la necesidad de volver a dotar de mayor sentido a la actividad lúdica, dotarla de alma y de hacerlo implicando el cuerpo y el corazón. Los/as adultos/as además necesitamos recuperar la espontaneidad, la impulsividad, el juego, la fluidez y el sentido de libertad. Como hicieran nuestros predecesores en las tribus originarias, mover la energía corporal en grupo con el trance que aporta la música inspirada, nos devuelve nuestro universo simbólico y el capital afectivo-amoroso, abriéndonos a la experiencia del encuentro con uno/a mimo/a y con los/as demás.